Aquí encontraras los relatos seleccionados del 22º al 34º

Jabier Calle LaVisitaComunicación
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Nº 22
El café
Quedo encima de la mesa. Su dueño quiso retirarle sin más. Una mirada de la acompañante le hizo arrepentirse. En las tardes de domingo en este bar se acercan parejas llenas de cansancio materno o paterno. Suman. Detrás un cierto alivio que les incomoda queda en la cocina de su casa. Allí junto a la despensa un trozo de queso, unas débiles mezclas de pimiento y atrevido cebollín. Antes de salir en dirección a la plateada barra donde se encuentran quizás, no lo sabemos con certeza, ella se estirase en la mesada de la cocina. En un cuartucho pequeño y atravesado por una luz roja que viene del patio común. El, tan solo, sumergido en sus piernas, hablase de sexo, o carne seca y agria del pasado amor. Nada más. O sí. Un vaso lleno de güisqui y una lengua barriendo dentro, después del sudor, o antes.
La intimidad de la colmena humana es esquiva. Uno puede imaginar la honradez o el aburrimiento, pero en la cocina del amor, allí se prestan desde el empacho de agua caliente y vientre liso, hasta el calor húmedo y perverso de cada pimiento rojo que ejecuta el baile del amor. O del desengaño. O de la torpeza invitada del amante que luego vuelto sobre si le dice -a ella. ¿Bajamos?. ¿A dónde?.
En la esquina esta un bar de aquellos de domingo.
“Vale”.
Nº 23 EL BRINDIS
La besé… y fue el final, atrás había quedado la mesita del bar y los recuerdos, atrás habían quedado los infinitos cafés y las innumerables palabras de amor.
Antes de cruzar el umbral de nuestro lugar preferido, me di vuelta y la vi por última vez, ella me miraba de reojo y sonreía; en ese momento me di cuenta, que se había liberado de mi celosa presencia y de mis continuos y obsesivos interrogatorios.
Fueron… seis años, cuatro meses, doce días y… unas cuantas horas viviendo un amor con muchos planes, pero increíblemente sin futuro, algunos amigos me decían que éramos como el agua y el aceite, pero… ¿quién era el agua y quién el aceite? Lo único que teníamos en común era saborear día tras día, el café en nuestra mesa del bar y fueron tantos los cafés… y fueron tantos los besos… y fueron tantas las promesas incumplidas…
Ella seguía sonriendo y yo mordiéndome los labios, ella seguía mirándome de reojo y yo… no pude aguantar más; volví, me senté y pedí dos cafés, ella me observó extrañada y temerosa, la miré fijamente a los ojos y comprendió que solamente quería brindar por la despedida. Sí… brindar con un humeante café a medio endulzar,
¿Brindar con café? ¿Y por qué no? Acaso nuestra primera cita, no había sido en esa misma mesa y bebiendo café…
Brindamos, la besé… y fue el final.
Nº 24 EL ÚLTIMO REFUGIO
Puntual a la cita consigo misma, recorrió el pasillo con la vista perdida en sabe Dios qué mundos, apenas miraba para saludar y con sus andares inquietos y dignos se sentaba en el rincón, buscando una soledad de la que se había hecho esclava y amiga. Seguía sus pasos hasta la mesa, la contemplaba ¿Para qué negarlo? Jamás cruzamos nuestras miradas y es que a pesar de la edad, se mostraba esquiva, quizás levantaba fronteras porque retenía una serena belleza, que sólo el paso del tiempo da a algunas personas y no quería que nadie la invadiera. Tomaba un café con leche calentita y una sacarina; por espacio de media hora leía un libro, sin dedicar siquiera una mirada al resto de la gente o incluso a mí, mientras le servía. Así todos, todos los días, menos los domingos.
¡Ya está aquí la viejilla, Jacinto! –me solía decir mi hijo, que todavía no sé, por qué me llama por mi nombre en lugar de padre o aita –A ver cuando le tiras los tejos, que te quedas embelesado cuando entra –añadía el muy bribón.
¡Vete a recoger las mesas y métete en tus asuntos! –le contestaba yo.
¡Con cuanto cariño atendía a Doña Julia! Cuántas veces quise iniciar una conversación que ella cortaba con una distante cordialidad ¡Cuántas veces volvía a la barra del bar derrotado! Pero tonto de mí, al día siguiente volvía a insistir ¿Sería poco para ella?
¿Cuándo me dejarás reformar esto? Sabes que el negocio se mantiene mal con un cafecito que se toman tus viejillas y se pasan aquí las horas muertas –me apremiaba Iker.
Más adelante, más adelante –siempre respondía.
No le faltaba razón a mi hijo, había que adecuarlo a los tiempos, pero me resistía a los cambios, quitaría las sillas de madera, las mesas de mármol, los azulejos con motivos campestres, las fluorescentes serían sustituidas por focos de colores relajantes, pero que nadie podría leer con esa luz. Ver el bar de Jacinto convertido en Hacinto´s pub, sería superior a mis fuerzas.
Hurgando en los recuerdos, retrocedí hasta la primera vez que entró en el bar iluminándolo con su sonrisa, me prendé de ella al instante y a los pocos instantes me sentí morir, cuando entraba un joven que la saludó besando esos labios, inaccesibles para mí, no había duda era su novio, desvaneciéndose todas mis esperanzas. Día tras día asistía a su encuentro, habían hecho del bar su punto de cita y el verla con tanta frecuencia en compañía de otro hombre, ver como salían cogidos de la cintura, me dejaba sumido en una profunda tristeza todo el día.
Jacinto, hoy se retrasa Doña Julia –me comenta mi hijo, no sin cierta malicia.
Es raro ella nunca falta a la cita con este bar, espero que no le haya pasado nada.
No es tan raro, la gente se cansa, cambia de opinión y de lugares ¿Y si el médico le ha prohibido tomar café?
Vendría a tomar otra cosa. Este bar encierra recuerdos para ella, que no renunciaría a revivir cada día. Es más, siempre me dio la impresión de que a veces fingía leer el libro.
Su esquela, con su foto en color, con algunos años menos, nos sacó de dudas. No se había cansado de frecuentar el café, se había cansado de la vida, de la soledad y de la rutina. Jamás dio pie a que nadie más entrara en su vida, mujer de un sólo hombre, pero nunca fui yo el elegido.
Fui al funeral, ya sólo me quedaba despedirme de Doña Julia y ante su féretro, sobrecogido, hablé con ella, sin que esta vez pudiera desviar la vista “He venido a despedirme de ti, a decirte en tu muerte aquellas cosas que no supe decirte en vida, porque ya nunca volverás al rinconcito donde cada día te veía llegar y ya sin darme cuenta no apartaba de ti la vista. Como un perrito zalamero me acercaba a ti por si recibía una caricia, pero nunca conseguí más que un amable buenas tardes. Sé que amaste a tu marido y que nadie ocupó su sitio, te admiraba por ello, pero me entristecía el saber que nunca sería para ti más que un simple tabernero, de un bar donde tú te refugiabas de un mundo, que al perder a tu marido, no tenía sentido, era tu último refugio… ¿Qué más quieres que te diga? ¿Qué te quise toda mi vida? Ya no tiene importancia, te has ido para siempre y contigo se va el bar Jacinto. Descansa en paz al lado de tu marido.”
Sin pretenderlo se me escaparon unas lágrimas inoportunas ¿Eran por Doña Julia? ¿Era por qué también para mí fue el último refugio? Me daba igual. A partir de su muerte, dejé el bar en manos de mi hijo, sabía lo que quería, pidió un crédito al banco y se propuso remodelarlo de arriba abajo, darle un aire más moderno. Seguro que le iría bien y ganaría más dinero, pero no podía imaginarme a Doña Julia sentada en su rinconcito, con música de chunda- chunda a todo volumen y leyendo su librito casi en penumbra, cambiando su café con leche calentita y una sacarina, por uno de esos tragos largos que en adelante se servirían en Hacinto´s pub. Los tiempos cambian, nosotros no, sólo nos dejamos llevar por la corriente como la rama en el río. Así estoy yo, a la deriva, sin mi último refugio.
Nº 25
Por algo existe el llanto
Ella tenía ganas de llorar. Todos lo notaban porque las lágrimas trataban de emerger de sus ojos, a pesar de que ella trataba de contenerlas… Estaba acompañada de personas que la querían, pero ninguna de ellas estaba interesada en escucharla… El mesero les sirvió el pedido a todos… café… les pasó la cuenta con el número de habitación para que firmaran y se retiró…
Estaba acompañada y como siempre cumplía su rol de buena compañera, callaba para que sus amigos expresaran lo que estaba en su interior… pero esta vez, a diferencia de otras, no escuchaba… no podía escuchar porque la frase “te quiero mucho”, la cual estaban nombrando con demasiada frecuencia esa tarde, retumbaba en sus oídos. Esas palabras tenían un significado especial en ese instante, eran un recuerdo doloroso de un amor no correspondido. Eran como dagas que la penetraban hasta el fondo de su ser, hiriéndola con su punta en el centro del corazón… por eso las lágrimas trataban de escapar, porque su mente no estaba presente, estaba estancada en ese momento, en ese instante, en ese tono de voz que dijo “te quiero mucho” en cambio de un “te amo”…
Todos estaban sumergidos viviendo su propia incertidumbre y escapando de ella con frases vanas, sobre temas de poco interés. Hasta que callaron y la miraron, era inevitable ver sus ojos llorosos… todos la miraron porque sintieron que era un compromiso hacerlo… miraron las personas de las demás mesas y pensaron que era mejor ayudarla a controlarse… pero ella lloró y expresó lo que sentía… Sin embargo, corazones de los demás estaban endurecidos porque estaban viviendo durante ese tiempo momentos de incertidumbre; incertidumbre que genera inestabilidad, angustia, dolor, temor… así que le hablaron con frases provenientes de un corazón endurecido por la incertidumbre, la inestabilidad, la angustia y el temor… y ella tuvo que regañarlos para defenderse, porque las frases vanas que no salen del corazón y se dirigen a un ser humano en su estado más vulnerable son como espadas que lastiman… Ella se puso su coraza, se llenó de molestia y en tono seco dijo: “dejen de juzgar y de hablar babosadas, se nota que no están escuchando lo que digo, no ven que lastiman… dicen palabra tras palabra, juzgando mi actitud, evaluando mis sentimientos y dictaminando la manera en que debo actuar, en que debo sentir… quisiera salir corriendo y estar sola para que no me lastimen…”
- Si quieres te dejamos a solas, si tanto te incomodamos.
- No ven que lo que necesito es llorar. Mi corazón está lastimado, y necesita llorar. Por eso tenemos lágrimas, porque son buenas, son útiles, fueron creadas para desahogar un sentimiento tan fuerte como el que llevo dentro, y quiero poder decir lo que siento sin que me juzguen, sin que me toreen… yo también creo en Dios, y creo que todo va a salir bien… no entiendo por qué Él me permitió vivir este dolor tan intenso, tan solo se que debo vivirlo, porque retenerlo me mata, me genera ira, rabia, ansiedad… y tan solo espero que ustedes como amigos puedan permitirme llorar… porque en ningún otro lado puedo hacerlo… y me permitan dejarme sentir y decir lo que siento, sin juicios estúpidos… ya quisiera yo, que con solo pensar algo sabio, pudiese desaparecer este sentimiento y seguir adelante… ¿Qué no ven que no puedo hacerlo?, ¿qué no ven que no es pensar y dejar de sentir?… el sentimiento sigue ahí a pesar de que mi mente saque otras conclusiones, el dolor sigue ahí a pesar de que concluya que recordarlo no me hace sentir bien… tan solo espero eso de ustedes… Si no pueden comprenderme, por favor respeten mi sentimiento y acompáñenme en silencio y dejen de regañarme porque no actúo como “debería actuar”, yo actúo como mis emociones me permiten actuar… tan solo necesito llorar…
Nº 26 Vos sabés como es Jorge”
Ocurrió el día que enterramos a mi hermano Alberto. Apenas tres o cuatro horas después. Entre nosotros nunca fuimos muy parecidos físicamente, pero cada tanto alguien nos confundía. No ocurría muy seguido, pero solía aparecer alguien que hacía tiempo que no nos veía, y nos confundía. Alberto me llevaba casi seis años. Cuando salimos del cementerio, después de todo, mi madre y mi hermana se fueron a su departamento, a la rutina de siempre, pero ahora con un motivo nuevo para seguir sufriendo. Con algunos amigos de Alberto, y míos, nos metimos en el primer boliche que encontramos, en la calle Corrientes, a tomar unos whiskies y a contar y escuchar historias de la vida del recién enterrado. Nos separamos cerca de las tres de la tarde y cuando quedé solo tomé un taxi para ir hasta el centro. Tenía que retirar un saco que había comprado unos días antes. “No es un trámite para un día de entierro”, pensé mientras le decía al chofer que me dejara en Maipú y Corrientes. Tenía que caminar cuatro cuadras y elegí Lavalle, que todavía era una linda calle de Buenos Aires por la que se podía andar. Iba distraído, pensando en las horas y los días que habíamos pasado juntos en la confitería El Reloj, casi la oficina de Alberto, cuando escuché el grito. -¡Alonso! Tenía una vaga idea de haber visto alguna vez al que venía hacia mi, sonriente y con los brazos abiertos. ¿De donde lo conocería ? ¿Del diario ? ¿De mi pueblo ? ¿De algún viaje con periodistas? ¿De Río Cuarto ? No tuve tiempo de pensar mucho más. Mientras me abrazaba decidí que era más práctico seguirle la corriente, hablar uno o dos minutos, despedirnos y a otra cosa. Por suerte, como ocurre casi siempre, el tipo tenía más ganas de hablar de sus cosas que de preguntar nada, y después de escuchar que le iba bárbaro, que la hija mayor se había casado, que estaba ganando más plata que nunca, que estaba saliendo con una secretaria nueva que era una máquina, y de decirle yo que no podía ir a tomar un café pues me estaban esperando, nos despedimos. Otro abrazo, promesas de llamarnos, y me preparé a seguir. Ahí me largó la pregunta.
- Ché. Y Jorge, ¿cómo anda ?
Entonces me di cuenta. Me había confundido con Alberto, y decirle que yo era Jorge y que a Alberto lo acabábamos de enterrar hubiera sido prolongar la charla y escuchar los lamentos de rigor. Yo no tenía nada de ganas de todo eso y le contesté casi sin pensar.
- Y, como siempre. Vos sabés como es Jorge – le dije, y volví a caminar por Lavalle, hacia el Bajo, pensando que sin querer había dicho las mismas palabras que con seguridad habría dicho Alberto, hasta con su mismo tono, entre crítico y resignado : “Y…,como siempre. Vos sabés como es Jorge”.
Nº 27 BODAS DE ORO
La historia comienza con una discusión inesperada.
El escenario en el que nos encontramos es un precioso asador del centro, coqueto y entrañable, llamado La Chimenea. Los protagonistas son un matrimonio que celebra sus bodas de oro. Los consagrados actores secundarios son naturalmente los hijos, nietos, y hermanos y cuñados de los contrayentes. Y, por último pero no menos importantes, los extras y artistas invitados: maitre, camareros e incluso, en papel estelar, el propio dueño del restaurante.
Se acaba de servir el segundo plato, un lechazo aromático y dorado en fuego de leña, cuando en la cabecera de la mesa estalla un pequeño conflicto. El marido ha protestado, tratando de que fuera con discreción, porque el vino, y el lo había advertido antes, recalca, no es todo lo bueno que era de esperar. La esposa ha suspirado por enésima vez y le ha recordado, extremando aún más si cabe la discreción, que él no ha querido pagar más y que no ha aceptado renunciar tampoco, como había sugerido ella, a ninguna de las entradas.
Ese intercambio de pareceres deriva muy pronto, y sin saber cómo, hacia terrenos más ásperos y comentarios más quisquillosos. Recuerdan con rencor que ya hubo desacuerdos previos sobre la celebración, e incluso sobre si hacerla o no. Y siguen en la misma línea. Ambos parecen empeñados en apuntalar con firmeza la grieta que se va abriendo entre ellos.
La disensión se va convirtiendo en trifulca y la trifulca en batalla campal. Las voces suben de tono y se extienden sobre las cabezas de los invitados, planeando por todo el salón como aves de mal agüero y pasmando a los invitados, que no pueden creer lo que está pasando. Nunca les habíamos visto discutir así, piensan los hijos. Qué mal carácter, piensa la familia de ella respecto a él. Esta mujer siempre tiene que dar la nota, la familia de él respecto a ella. Y así hasta que la mesa entera es un estruendo de conversaciones pretendidamente susurrantes que escapan a otros salones y violentan a camareros y maitre, que no saben ya muy bien que hacer.
El marido se levanta indignado, ya no la aguanta más, y tira la silla al suelo con la fuerza del arrebato. La mujer enrojece y se ahoga ante el desafío. Le arroja el contenido de su copa de vino tinto, que apenas ha probado. Si no le gustaba antes, piensa con malignidad, a ver qué le parece ahora.
Dos o tres comensales también se levantan bruscamente, todos gritan más para aplacar los ánimos, y dos camareros acuden presurosos con una botella de seltz para luchar contra la mancha, o contra la situación, no saben bien.
El maitre acude convocado por los gritos. La hija mayor no soporta tanta vergüenza, se va corriendo del salón. Otro hijo y su mujer tratan de hacerse oír sobre el barullo y acaban gritando descompuestos a todo familiar que se ponga delante. Alguien tira un zapato, la gente hace cosas extrañas cuando se exalta, y los niños más pequeños se tronchan de risa en sus sillas.
En la puerta del salón asoman las caras de varios clientes de otras mesas, intrigados por el clamor de la contienda.
En esto hace su aparición el dueño de La Chimenea, un señor elegante entrado en años que por un momento queda atónito ante la escena. En treinta y dos años de oficio no ha visto nada semejante. Una repentina inspiración, la capacidad de improvisar es algo que se desarrolla en hostelería, le lleva a conectar el proyector que hay en la sala, preparado para mostrar en la pantalla una presentación que han hecho los hijos como homenaje a los anfitriones.
En el salón suena a todo volumen la música, se atemperan las luces y se empiezan a proyectar las imágenes. La paz forzosa, pero paz al fin y al cabo, se instala precaria sobre la batalla.
Por la pantalla desfilan cincuenta años. Cincuenta años de rostros y lugares que todos reconocen. Cincuenta años de eventos, de acuerdos y desacuerdos. De conquistas y derrotas, de desgaste, de olvidos. Cincuenta años que siguen ahí, resumidos en fotos, hablándoles de otros tiempos y del ahora. Rescatando palabras, olores y sabores, devolviéndoles los años que han quedado atrás y dejando patente cuántos son los que aún están, juntos, celebrando ese día.
El dueño del restaurante se ha acercado con sigilo al matrimonio. Ahora nadie dice una palabra. Parece que la paz que se ha alcanzado es duradera.
¿Está todo a gusto de los señores? –pregunta sin ninguna ironía, con la rutina del buen oficio.
Sí, desde luego –responde el marido, con cierto embarazo-.
Me pareció que podía haber algún inconveniente…
Nada importante, una tontería. –Y añade con una repentina sonrisa, abarcando con un gesto todo el salón-: La verdad es que ha sido una celebración estupenda.
Ya lo creo, Manuel –confirma su mujer-, de esto sí que nos vamos a acordar toda la vida.
Y los dos se sonríen cómplices. Una sonrisa que les une más de lo que otras muchas cosas les separan, mientras todos los demás, espectadores, les miran en silencio y apuran sus copas en un silencioso brindis.
Nº 28
El Trovador
Hoy he ido ha almorzar como todos los días. Es el mejor sitio para poder estar uno consigo mismo.
Conozco a todos, todos me conocen.
Nunca pensé que podría estar tan a gusto entre extraños.
Hoy tengo mucho trabajo, pero el café y ese bocata no lo perdono. Dejo el carro en la puerta y quien entra detrás me hace alguna broma” cartera, que la grúa se lleva el carro”, me río y le contesto de forma teatral. Tomo mi café y hablo con el director de un banco de su cena con la cuadrilla. Descubro a la persona que es. Hablamos relajadamente. Leyendo el periódico comento algún articulo con el componente de un grupo de rock que toma café mientras su perro le espera en la puerta junto a mi carro. Dos empresarios entran y dicen que los de la protectora de animales están interrogando al perro. Sigo tomando mi café y entran los municipales saludando a todos desde la puerta y comentando que tal va la caza esta semana. El abuelo que toma su cortado mientras lee otro periódico, solo saluda para no perder la concentración. El canal de caza esta en la pantalla mientras buena música suena de fondo. Es el momento de terminar el bocadillo, no tengo ni idea de caza. Es un bar de hombres, pero me siento bien.
Son veinte minutos todos los días. Veinte minutos llenos de camaradería No se sus nombres, pero si sus motes y cuales son sus trabajos. Somos un grupo de gente diferente unidos por un café. Para alguien que trabaja fuera de su entorno almorzar así es un lujo. Paso ya el tiempo y es hora de que salga a repartir el correo. Durante todo el recorrido pienso en todos ellos y en como se reúnen diferentes personas sin apenas nada en común entorno a un café.
Dentro de poco empezare en otro pueblo, pero se que estos amigos seguirán aquí para otro día que tenga que tomar un café
Nº 29 La Palabra y El miedo
Cuando atravesó el umbral de la puerta que franqueaba el acceso al bar, un silencio denso inundó la estancia. Irguió la cabeza tanto cómo pudo, y arrastrando los pies, avanzó hacia el mostrador del local.
Buenas tardes, Don Miguel. – saludó el camarero, dibujando en su rostro una leve sonrisa. Me alegro de volver a verlo entre nosotros.
Buenas tardes Andrés.
Se dio la vuelta, sintiendo sobre él las incómodas miradas de la concurrencia. La mayoría de admiración; otras, las menos, de odio.
Café, imagino. -continuó el barman.
Por supuesto. -contestó Don Miguel inspeccionando desafiante a las veinte o treinta personas que habían clavado sus ojos en él- Largo de café. Cómo siempre.
Alzó la voz, asegurándose de que todo el mundo le oyese.
Soy animal de costumbres, y seguiré viniendo a tomar café a esta taberna mientras las fuerzas me lo permitan. Y ningún criminal me lo va a impedir.
Cuando quince días antes había entrado por la misma puerta, aun no lucía la leve cojera que ahora manifestaba su pierna izquierda, fruto del disparo que le había atravesado el fémur. Confiado en la rutina que llevaba a rajatabla desde hacía ya más de seis años, recorrió los escasos cuatro metros que le separaban de la barra sin reparar en el personaje que, sentado en una mesa a la derecha de la puerta, ocultaba su rostro en la penumbra. Como cada día, saludó amablemente al camarero, que tras un saludo igual de rutinario, le sirvió su café.
Apenas hubo sorbido el primer trago, reparó en la presencia de aquel extraño, justo cuando el tipo se levantaba de su asiento y avanzaba hacia él con paso decidido.
No tuvo tiempo de reaccionar. Sin mediar palabra, el desconocido le descerrajó un tiro en la pierna y echó a correr, perdiéndose por los estrechos caminos primero, y por el monte después.
Estaba claro que la intención no había sido matarlo, sino sumirlo en un estado de terror que a Don Miguel se le antojó mucho más atroz que la muerte misma.
Nadie intentó dar alcance al pistolero, y eso había sido lo que más le había dolido a Don Miguel. La mayoría de sus vecinos le consideraban un auténtico mecenas. Había sido él quien había logrado el local para la biblioteca. Y quien había conseguido un aula para que los chicos más pequeños no tuviesen que desplazarse a la ciudad para estudiar. Y quien había puesto el dinero de su propio bolsillo para instalar una antena de telefonía que diese cobertura al pueblo, otorgando a las madres la posibilidad de hablar con los hijos que se iban a la capital en busca de trabajo.
A la hora de defenderle, nadie se había movido, y aunque como era lógico, también tenía detractores, le hubiera gustado que alguien hubiese ido tras aquel indeseable.
Permitís que el miedo atenace vuestras vidas, -continuó diciendo- pero decidme entonces. ¿Que vida estáis viviendo? ¿La que queréis , o la que otros os permiten vivir?
El suelo se convirtió entonces en el centro de todas las miradas, mostrando claramente la vergüenza que empezaba a adueñarse de la gente que allí se daba cita.
Fue como un chispazo que despertó la conciencia colectiva. Todos, amigos y enemigos de Don Miguel, se levantaron, fundiéndose en un espontaneo y ruidoso aplauso.
Lástima -les dijo él con un deje de tristeza en su voz- que ahora ya no sirva de nada.
Obligó a su cojera a atravesar el bar de vuelta hacia la puerta, flanqueado por la gente que continuaba aplaudiéndole.
Salió a la calle sintiéndose apenado ante la evidencia del miedo que flotaba en el pueblo, pero esperanzado, conocedor de que las palabras, si se les concedía el tiempo necesario, podrían sin duda vencer al temor.
Nº 30 LA FELICIDAD
—Me dijeron que usted traería la felicidad, pero tan sólo trae una máscara, no la tiene, no tiene la felicidad y no es su culpa, ya lo sé, no lo juzgo. Su cuerpo está pintado con colores vivos, gotas de diferentes tonos bajan por su cuello, crean un pequeño mar multicolor en los huecos de su clavícula. Pero no es la felicidad.
—Traigo su felicidad conmigo, no en mí, ni sobre mí, ni dentro de mí, sino conmigo. Le dijeron bien, yo traigo la felicidad para usted, que no es la misma felicidad hecha para mí; acepto que se decepcione con estas tintas hechas para ocultar mi imagen, pero estas son mi felicidad, no la suya. La suya la traigo aquí, en el bolsillo, déjeme revisar… si, exactamente, es este espejo.
—Es liviano. Y redondo. Y pequeño.
—Fue hecho para usted.
—Sin marco, desportillado como un diento viejo.
—Fue hecho para usted.
—Tiene un destino triste este espejo. Fue hecho para mí.
—Sí. Tenga cuidado, puede cortarse con el filo. Fue hecho para usted. Con el espejo vienen esta caja de fósforos y esta moneda; la moneda debe entregársela a alguien que sólo usted conoce junto a la felicidad hecha para él, los fósforos no sé para qué son.
—Yo sé para qué son. La pintura que es su felicidad está hecha para consumirse en fuego, para eso son, para encender el fuego.
—No olvides darle la moneda. El que tú conoces sabrá qué hacer con el espejo cuando le entregues la felicidad.
Nº 31
EL DESEO DE PIERRE
Quién sabe por qué optó por ese trabajo, se preguntaba Rodrigo Martín, el tío abuelo de Pierre Martín, un hombre de 82 años con una salud de hierro que todavía seguía viviendo en el pueblo. Siempre fue un chico raro, además de francés, les contaba a sus amigos, habitantes como él del club de los jubilados. Entre partida y partida de mus hablaban de la vida, del tiempo y de los recuerdos. El invierno al menos no daba para más. La media de edad del municipio era de 62 años, habían cerrado el colegio por falta de niños y lo único que hacía que no fueran ya un pueblo fantasma era el tren, que pasaba dos veces al día, y las fiestas patronales de septiembre, cuando la plaza mayor, donde entraban media docena de vehículos mal aparcados, se decoraba con banderines de fiesta y se regalaban bollos preñados a los visitantes.
Allí había aterrizado Pierre, con su mochila a la espalda y su forma de hablar, tan pausada y tan europea, que decían algunos. El Camino de Santiago, pensó su tío abuelo, este chico está de paso. Pero, para su sorpresa, le explicó que había llegado para quedarse una buena temporada. Antes de que Rodrigo palideciera el joven le tranquilizó diciéndole que ya tenía trabajo y lecho. Sí, dijo lecho, y Rodrigo no pensó qué palabra más rara, porque con 82 años uno ya ha vivido y ha oído todo o casi todo y entiende perfectamente las cosas por su contexto.
Así que el chico bajó de pronto la media de edad de aquella localidad, empezó a trabajar en el bar de la estación de tren a cambio de un alquiler muy bajo y se instaló en el piso de arriba de la propia estación sin pedir permiso a ningún organismo estatal pero con el beneplácito – y el silencio – de todo el pueblo.
El primer mes eran pocos los que se atrevían a entrar, al fin y al cabo en el pueblo ya había dos bares, además del club de los jubilados, y la estación pillaba un poco a desmano. Pero a Pierre parecía no importarle. Se dedicó con esmero a limpiar el local y a hacer algún arreglo, una manilla suelta por aquí, fijar la balda de las botellas, cambiar un cristal picado por la humedad, ese tipo de cosas. Para cuando hubo acabado ya eran doce o quince los parroquianos asiduos a la ronda de vinos de la mañana, además de cuatro mujeres que empezaron a reunirse por las tardes para tomar el café y crepes, ya que Pierre, además de misterio, también tenía mano para los fogones.
Rodrigo y sus amigos pasaban por allí al menos una vez cada dos días. Algunos bebían vino y otros trina por prescripción médica, pero todos se preguntaban por qué había elegido ese trabajo, tan alejado de París, del glamour y de la gente de su edad. Y, ante las sonrisas esquivas del chico, concluían que el poder de los ancestros le había llamado o que tendría algún tipo de crisis estresante o depresión o como se llamase, que alguien había leído que era la enfermedad del siglo XXI.
El caso es que todos le fueron cogiendo cariño, por su cara de bueno, por la profundidad de sus ojos y por su nariz cubista. Y porque era un sol, las cosas como son, y dedicaba toda la atención del mundo a cada cliente y tenía todo como los chorros del oro.
Además de los lugareños, apenas entraba gente en el bar. Alguna cuadrilla de jóvenes de otros pueblos que venían haciendo ruido con sus coches trucados llamados por la curiosidad y, una vez, el pica del tren de La Robla, que necesitaba comer algo dulce después de sufrir un bajón de tensión. Pero Pierre se sentía feliz.
Hasta que un día apareció su padre, Luís Martín, y se presentó en casa de su viejo tío Rodrigo. Le preguntó por el chico, que tenía muy preocupada a toda la familia porque había dejado los estudios de arquitectura y se había ido a vivir la vida. Rodrigo adivinó algo extraño en el tono de la voz de su sobrino, así que le dijo, ha vuelto a Francia, ayer mismo partió. Luís Martín esbozó un mohín, luego le escrutó con la mirada y finalmente le dio las gracias y se marchó. Era la primera vez en su vida que Rodrigo mentía de forma directa, porque por omisión para él no contaba, que para eso era de otra generación. Pero un impulso le llevó hasta el bar de la estación a pedir explicaciones a Pierre en un intento algo abstracto de redimirse de su pecado.
Entonces lo supo, Pierre Martín, hijo de Luís Martín y nieto de Adolfo Martín, ambos camareros jubilados del Café de Flore de París, habían hecho todo lo posible, junto con el resto de la familia – la madre y un par de hermanas – para que él no trabajara nunca detrás de una barra. Pero él sabía, por su naturaleza, tal vez por su nariz cubista o por la profundidad de sus ojos, que nunca podría hacer nada en contra de sus propios deseos. Y su deseo no era otro que engancharse un trapo almidonado y blanco a la hebilla de su pantalón y sonreír a los clientes, y poner copas y cafés y escuchar lo que la gente quisiera decirle, por él mismo y también porque era la única competencia real que tenían los psicólogos, a algunos de los cuales había visitado desde su más tierna infancia – desde que empezó a disfrazarse de camarero -, por expreso deseo de sus padres.
32º
El hombre tortuga
Sobre el escenario del Club Paraíso, Soledad, entonaba ‘Cruz de olvido’. Frente al escenario, en una de las mesas, Bashige tomaba una copa de Soberano. Como casi todos los que acudían al local de jazz, este inmigrante ilegal bebía para olvidar. Sin embargo, la canción se lo impedía.
El miedo a tener que regresar a su país, desquebrajándole la poca fuerza que le quedaba para seguir luchando y las pocas ilusiones que aún no se habían perdido en su largo caminar. Bashige trataba de despojarse de todos los sentimientos que había experimentado desde que logró cruzar el Estrecho. Todo el esfuerzo realizado para llegar a Europa fue inútil. Su familia tuvo que ahorrar durante años para conseguir reunir el dinero suficiente para enviarlo a la tierra soñada. Un par de años trabajando en España y sacaría a toda su familia de la miseria.
El deseo de prosperar y llegar a ser alguien, le llevó a abandonar Ouacha. Los llantos y sollozos de sus amigos y familiares, junto con el cantar de los grillos, formaban la banda sonora de aquella cálida y estrellada noche. El camino fue largo y duro, pero, al fin, logró llegar a la frontera de Marruecos, en lo alto de la montaña. Tras noches enteras caminando, nunca de día por miedo a cruzarse con algún policía, llegó a lo alto de la montaña. Desde allí divisó Europa, sin embargo, se encontró con un obstáculo inesperado: una valla triple y electrificada.
Tras buscar durante varios días, logró encontrar a un hombre que le ayudara a cruzar a nado el Estrecho, un porteador que, por 1.500 euros, se viste con traje de neopreno a cuya espalda se sujeta el inmigrante, como una tortuga. A pesar de que el mar estaba en calma, Bashige pasó miedo. Era de noche, no veía nada a su alrededor y el agua estaba muy fría. Las olas golpeaban contra su cara, dificultándole la respiración. Durante horas, tuvo miedo de morir ahogado. Con síntomas de hipotermia y a punto de desfallecer, tuvo que ser atendido por voluntarios de Cruz Roja.
Una vez en España, el sueño se convirtió en pesadilla y el paraíso en seol. Primero hubo que buscar un lugar donde dormir. Encontró un cuchitril que compartía con otros 5 simpapeles. Uno de ellos le ayudó a encontrar empleo, trabajando para las mafias, vendiendo bolsos falsos en la calle. Explotado por sus jefes y en alerta en todo momento por el miedo a ser deportado a Argelia.
Entre el gentío de la ciudad, se siente arrumbado. Camina cabizbajo, recibiendo miradas recelosas. Le invade la incomodidad. No encaja en la sociedad. Sabe que le quieren despojar de la tierra soñada. Anhela su ciudad, pero no puede regresar. No puede fallar a quienes pusieron todas sus ilusiones y sus ahorros en este viaje que haría prosperar a toda una familia.
Sorbo a sorbo, Bashige trata de olvidar todos esos sentimientos. Pero en realidad, la voz de Soledad y la música que emerge del viejo piano de Germán, es lo que realmente mantienen con fuerza al joven inmigrante, otorgándole alas para volar.
33º LOW BATTERY
Me llamo K 535 i , tengo una autonomía de 24 horas y si me pongo, a veces ni duermo. Mi batería es de litio, que dura más, pero últimamente no salgo de la cama así que debo de gastar poco….. de la tecnología punta podría decirse que tengo una memoria excelente…¡Cómo olvidar!. También dispongo de memoria fotográfica ilimitada, aunque a veces pienso que sólo me sirve para tener las pupilas cargadas de imágenes que no
quisiera volver a ver.
Por supuesto, dispongo de una agenda y de una capacidad increíble de organización y planificación. No hay más que ver lo bien que planifico tu vida a la vez que hago la casa, nuestra casa, hago la compra, llevo a los niños al colegio, los nuestros, y en definitiva organizo la vida diaria, la nuestra. Todo dispuesto para cuando tú llegas, que para eso eres el que trabaja, verdad cielo? Anoche, pasé de enchufarme a la red, pasé de cargarme aún sabiendo lo que eso supondría. Elegí rendirme, porque para vivir así mejor desenchufarme. Me sentía inmensamente abatida, vencida, me rendí. Me dejé apagar… Hoy tengo miedo. Me miro en el espejo y analizo cada arañazo de mi carcasa, cada marca irreparable, cada sombra ,cada cicatriz. Siento como la pantalla, la mía, se nubla.
- Me habrá entrado agua- pienso mientras con suavidad recojo las lagrimas.
Hoy tengo miedo de caerme una vez más y romperme definitivamente. Como aquellos viejos erickson a los que se les rompía la tapa y ya no servían, o como cuando caes tan frontalmente que la pantalla lcd se despide bruscamente y hay un silencio enorme, sepulcral, sin adioses ni lagrimas, sin más, porque no hay qué decir ni qué hacer. Porque ya no existes, ni has tenido tiempo de dudar si quieres seguir existiendo… aunque sea así, de este modo. Hoy tengo miedo de caerme y quedarme bloqueada para siempre. Miedo de caerme aún siendo tú quien me tira, quien me empuja y golpea. Quien me humilla y me abolla. Porque soy yo, si; soy yo quien se cae aunque la empujes, soy yo quien decide enchufar cada noche su alegría y su esperanza en vez de salir corriendo de una vez.
Hoy, después de mirarme al espejo me he metido en la cama. Mi cuerpo, mi cerebro, mi alma están fuera de cobertura. Apenas me puedo mover. Cierro los ojos. Te pienso. Seguro que estás en el bar. Evadiéndote- dices cada noche. ¡¡ Qué cómodo!! Yo para evadirme…¡¡Qué te voy a contar.!! Yo también tengo un bar al que bajar, pero apenas me queda espacio…ni tiempo.
Me duele todo el cuerpo. De golpe, me siento todo lo mayor que tú me dices que parezco, me acaricio despacio el vientre y noto como pesa ese kilo de más que ni un solo día has dejado de recordarme. Miro despacio mis manos. mis teclas, mis opciones… Cierro los ojos y te pienso de nuevo; Tan guapo, tan inteligente, tan trabajador… Y un dolor intenso recorre mi alma a la vez que un pitido me arranca de mis pensamientos. Me incorporo. Estoy temblando. Un sudor frío me recorre. ¡¡No puedo más ,me va a estallar la cabeza.!! De nuevo un dolor, si cabe más profundo, me recorre cortándome el aliento y tras de él ese ensordecedor pitido. Me asusto, tengo miedo. Salgo todo lo rápido que el dolor me permite de la cama. Voy a tientas hasta el cuarto de baño y enciendo la luz. Apenas me tengo en pie, no hallo fuerzas… De pronto, alzo mi cara hacia el espejo y lo veo. Es rojo, enorme, aterrador. Un único mensaje: LOW BATTERY. Tengo miedo. Rompo a llorar, me rompo. Intento borrar el mensaje del espejo…no es posible, golpeo. Me inundo en llanto…..no es posible- me digo. No quiero. No quiero apagarme. De nuevo ese maldito pitido en mis oídos, en mi alma. Y es ella, mi alma ,la que grita, la que me grita: No te rindas. No te apagues. Huye. Escapa… A duras penas me sostengo en pie pero encuentro la energía necesaria para moverme y utilizar la escasa batería que me queda en no rendirme, en no apagarme. Estoy débil, muy débil. tocando fondo. Mis movimientos son lentos pero seguros. Sé hacia donde voy. Respiro hondo y decido dejar de llorar. Sé quien soy- me digo mientras me visto con dificultad. Sé quien soy, repito intentando llenarme de esa otra energía en la que yo si creo. Cojo las llaves y cierro la puerta de golpe. Algo se rompe dentro de mí, duele. Duele mucho, tanto que me paraliza. Te pienso y siento como todo se derrumba. Dudo. Retrocedo. Vuelvo mi mirada a esa puerta, a lo que significa. Pienso si no sería mejor bajar al bar, a buscarte e intentar hablar de nuevo….Engañarme. Estoy temblando. Cierro los ojos para no mirar más, sigo paralizada, intento buscarte en mis recuerdos, en mi piel, intento perdonarte, girar la llave de nuevo…Esperarte. De nuevo el pitido hace que me maree, me apago, introduzco el pin y me vuelvo a encender.¡No quiero apagarme! Lentamente comienzo a bajar las escaleras, a separarme de la puerta, de ti. Mis pasos son lentos pero seguros. Sé hacia donde voy. Entro en la tienda de telefonía que hay al lado de mi casa y como en un último suspiro suplico al dependiente que me atienda……………….. LOW BATTERY. Se me cierran los ojos. Han pasado cuatro meses y aún siento mucho dolor. No tengo prisa. Tengo toda una vida por delante. Sonrío. Le pido a Mariano otro café. Me devuelve la sonrisa. Han sido cuatro meses de cafés y lagrimas. En mi bar. Ya tengo tiempo y espacio… Una melodía me arranca de mis pensamientos: “Escapa, que la vida se acaba, los sueños se gastan….los minutos se marchan. Siente la llamada de la libertad…..” Busco en el bolso mi móvil.
- ¿Si?. SÍ, SOY YO…
-Mariano, por favor, tengo que irme.
-Hoy invita la casa.-me responde con un abrazo invisible. Ten un bonito día Elena.
- Gracias. Tú También. Luego nos vemos.
Me llamo Elena y hoy no tengo miedo.
34º
ERA ÉL
Después de beber en silencio su quinto daiquiri se levantó y vino hasta mi mesa con pasos lentos. Parecía deprimido, afectado por alguna preocupación. La ropa que cubría el cuerpo robusto era simple y estaba algo despeinado. Me pidió permiso y aló una silla para sentarse. Esbozó una leve sonrisa debajo de la barba blanca amarillenta y me dijo:
- ¿Me invita a un trago? Ya debo mucho en este lugar, aunque claro, me usan como propaganda.
- ¿Cómo es eso, le pregunté intrigado?
- Pues si mi amigo, el dueño sabe que mi presencia atrae al público.
“Debe estar muy ebrio” Pensé, pero me dispuse a escucharlo callado, sin preguntarle nada. Comenzó diciendo que había nacido al final del siglo XIX y casi me suelto una carcajada en su cara, pero me contuve. Tomó la copa entre sus manos y me habló de cuando gravemente herido por la artillería austriaca caminó cuarenta metros con un soldado italiano sobre los hombros para ponerlo a salvo, de la Medalla de Plata al Valor que ganó por la heroicidad; describió a la enfermera que amó en el hospital en Milán y que después lo dejó por un oficial napolitano; se quedó muy serio al invocar las dos guerras mundiales, donde según él, había sido chofer de ambulancia y corresponsal de guerra y creo que vi lágrimas en sus ojos; refirió sus viajes a Francia, Italia, España, Alemania, Normandía; se acordó con tristeza de Bumby, su primer hijo; y lo sentí algo eufórico al hablar de su amor desde pequeño por la pesca y la caza. Contó como también se empleó como sparring para boxeadores y «cazaba» palomas en los Jardines de Luxemburgo, pues los ahorros mermaban y no ganaba lo suficiente para dar de comer a su familia. Después, como en un soliloquio, mencionó El Viejo y el Mar, Por quien Doblan Las Campanas, Fiesta y Adiós a las Armas, entre otros títulos y dijo que el premio no le pertenecía, sino a la hermosa isla que lo había acogido. Por último me preguntó:
- ¿Sabes como me gusta escribir?
- No tengo la menor idea – Respondí incrédulo.
- En pie y vistiendo sólo calzoncillos en la Finca Vigía.
Como por arte de magia su imagen se fue esfumando hasta desaparecer entre el humo de la langosta que el camarero colocó a mi frente. Y aquella mesa a donde debería volver el hombre de la barba estaba sin vasos y supe que hacía años no había sido ocupada por nadie. El dependiente sonrió levemente y me dijo:
- Era aquel el lugar del Maestro. Todos venían al Floridita a ver a Ernest Hemingway beber sus daiquiris.
- ¡Pero él conversó ahora conmigo! – Exclamé atónito.
- Es imposible, mi amigo. Murió hace cincuenta años, aunque su recuerdo persiste en este ambiente.

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