NIÑO EN LA CAFETERÍA
La madre es una persona que cuida y protege a los demás, igual que las enfermeras cuidan a los enfermos en los hospitales, los bomberos apagan los fuegos, y el portero de mi casa vigila el edificio y está pendiente de los vecinos.
Por eso, esa mañana en la que mi niñera me lleva a desayunar a la cafetería de la esquina y se pone a hablar con el camarero, yo, después de entretenerme un rato correteando por los pasillos que forman las mesitas de la sala y de pararme con cada persona que me hace caso, me quedo mirando fijamente a una mujer que llama mamá a la señora que tiene al lado. Están hablando muy seriamente y yo me pregunto de qué cosa tan seria puede hablar una madre con su hija. Me lo pregunto porque me gustaría saber como puedo yo hablarle a mi madre para que me pida consejo como hace la madre de esa mujer con ella.
Dice mi padre que siempre hay que hacer caso a las personas mayores pero en este momento es la hija la que aconseja a la madre y ésta la que asiente haciéndola caso. Así que, disimuladamente, me siento con mi botellita llena de leche con colacao en la mesa de detrás y comienzo a escuchar. Distingo bien las voces; la madre debe ser una anciana de unos cuarenta o cincuenta años, y la hija tendrá la edad de mi madre, unos veintinco. La madre le cuenta a la hija que, después de un año casada con su nuevo marido, se ha dado cuenta de que su ex marido, el padre de la hija que la escucha, es el verdadero amor de su vida. Que se arrepiente de haberle abandonado hace diez años, y que quiere ir en su busca. Entonces, se me atraganta el colacao y comienzo a toser. Enseguida ellas se dan la vuelta y me cogen en brazos mientras me doy cuenta de que prefiero que mi madre no me pida consejo nunca. Que me encanta ser un niño de cuatro años y seguir creyendo que las madres son personas que cuidan y protegen a los demás, igual que las enfermeras cuidan a los enfermos en los hospitales, los bomberos apagan los fuegos, y el portero de mi casa vigila el edificio y está pendiente de los vecinos.
Nº 13
TARDE DE DUDAS
¡¡Oye nena, que me bajo al bar!!
Esta es la frase favorita de mi marido, todos los días desde hace un mes, llueva, nieve, con sol, con niebla… siempre lo mismo. A veces pienso que es la única frase que aprendió de pequeño, aunque no me le imagino diciéndole eso a su madre.
Un día, cansada de estar en casa esperando a que el llegase, decidí ir a buscarle, así de paso podría ver en primera persona el “santuario” de mi marido.
Después de mucho mentalizarme salí a la calle y me dirigí hacia el bar, esta a unos 10 pasos de la puerta de mi casa. Al llegar a la puerta me detuve un instante, respire hondo y abrí la puerta… por mas que mire en todas direcciones no encontré a mi marido, pero ya que estaba allí pues aproveche y me tome un café.
Que raro que no estuviese allí, pero igual estaba en el baño, así que comencé a tomarme el café y sin saber como, dentro de mi cabeza no paraba de darle vueltas de a donde se abría metido.
Unos minutos después, el camarero me pregunto que si estaba esperando a alguien ya que no paraba de mirar el reloj, le respondí que había quedado con mi marido en encontrarnos allí, pero que llegaba tarde.
Mi cabeza no me dejaba pensar en otra cosa que no fue mi marido, ¿Dónde estaría? Aproveche la ocasión en una de las veces que el camarero me miraba para preguntarle por el y después de describirle físicamente y la ropa que llevaba puesta el sonrió y me dijo que hoy no había entrado, que solo saludo desde la puerta e hizo un gesto como de tener prisa.
Mis manos comenzaron a temblar de tal manera que derrame parte del café sobre mi pantalón, me puse muy nerviosa, ¿Por qué? ¿Por qué me a engañado? Dios santo ¿y si me esta siendo infiel? No lo entiendo, si nunca hemos tenido ningún problema, jamás hemos discutido, ni una mala mirada, nada, absolutamente nada…
Comenzaron a asaltarme las dudas, quizás tenia que hacer algo importante y por eso no estaba en el bar, si debe ser eso, no creo que durante todo el tiempo que me lleva diciendo que viene aquí en realidad me estuviese mintiendo, no, no puede ser, pero me llenan sentimientos de tristeza y de duda.
El camarero, al verme tan nerviosa me sirvió una tila y me dijo que no me preocupase, que seguramente no tardaría en llegar.
Llevaba mas de una hora y media en el bar, totalmente desilusionada, jamás pensé que me encontraría en una situación así, dudando de mi esposo, el hombre con el que e vivido todos estos años, al que tanto e amado…
Respire despacio, muy despacio, hasta estar mas o menos relajada, pedí la cuenta, pero el camarero no me hacia caso, estaba ocupado hablando por el teléfono móvil. Unos minutos después, por fin colgó el teléfono y vino a atenderme, volví a pedir la cuenta, pero no quería cobrarme, en ese instante no entendía porque, de todas formas tampoco tenia ganas de pensar en la razón de porque me invitaba, ya tenia yo bastante con lo que tenia.
Me levante del banco en el que estaba sentada, me gire a hacia la puerta y… hay estaba el, mi marido, mirándome con cara de pasmado, seguro que se sentía culpable por haberme engañado, pero me daba lo mismo, me había decepcionado muchísimo.
Entro en el bar, hizo un saludo general y me pregunto que estaba haciendo allí, encima lo que me falta, darle explicaciones. Levante la mano haciendo gestos para comenzar a echarle la bronca, me daba igual que todo el mundo se enterase, me había engañado.
El, sin inmutarse, miro al camarero y le hizo un gesto de afirmación y de repente comenzó a sonar la música del cumpleaños feliz, mi marido me sonrió.
¡Feliz cumpleaños mi vida! Tomo mi mano, la acaricio suavemente y deposito en ella una cajita azul con un lazo.
No puede ser, yo misma había olvidado el día de mi cumpleaños.
Entonces se abrieron unas grandes puertas que separaban la zona del bar en dos, desde mi posición puede ver una tarta enorme, muchas flores, regalos e incluso un hombre con un violín.
Disculpa mi comportamiento durante este ultimo mes, pero quería prepararte el cumpleaños perfecto y no sabia como hacerlo para que no te dieses cuenta.
Que error más tonto al pensar que me había traicionado, todo era un montaje entre mi marido y el camarero para montarme una fiesta.
Desde ese día jamás volví a dudar de el y le agradezco de todo corazón haberme enseñado que una pequeña nube no puede estropear un gran día.
Nº 14
Salsa
Provengo de un país lejano y como cocinera domino la salsa. Hace algunos años tuve un pequeño restaurante y mi gran competidora era Nicanora, mujer apasionada y excelente bailarina de merengue. El pueblo era muy pequeño y nuestros clientes principalmente fueron los extranjeros. Por ello decidí crear una sabrosa salsa que acompañara a los guisos, que era de secreta receta, con dos ingredientes nunca declarados. Podía ser algo así: Se pone…en un cazo a fuego lento; cuando esté caliente se le agrega un poco de… y…; se deja en el fuego sin parar de remover; añadir… y seguir removiendo; para finalizar le riego con un chorrito de… y lo espolvoreo con… El resultado era espectacular. Casi todo el mundo sonreía y se encontraba alegre, sin necesidad de beber nada con alcohol. Nos pedían les dijésemos en que consistía la salsa y nuestra respuesta siempre era la misma: Las manos y el cariño de la cocinera. Me miraban entonces de modos diferentes y yo siempre les regalaba una sonrisa. En su mayoría volvían para saborear nuestros platos y, al parecer, se mostraban felices. Todo hay que decirlo, el secreto fue nuestra salsa. Un inesperado día, en la noche, se produjo un gran incendio en el local y nuestro futuro quedo hecho cenizas. No tenía dinero, ni ganas, para empezar una nueva aventura allí y también considere que el jefe de la policía resultaba ser el novio de Nicanora y su primo el alcalde. Recordé que mi establecimiento no tenia la licencia oportuna y que mis recursos eran limitados. Por eso viaje hasta aquí, en donde deseaba trabajar como cocinera hasta que pudiera tener mi propio negocio y condimentar con mi salsa especial. Tuve suerte y en semanas logre me contratasen como cocinera en un restaurante de variopintos clientes. Tal vez sea un poco peculiar, cocino bailando y canto frecuentemente ”bacalao colorao” al mismo tiempo. He tenido dos ayudantes de cocina, uno se hacia llamar Orlando y decía ser norteamericano, aunque vivió en Miami; pudo provenir de Cuba ó, incluso, haberse escapado de Guantánamo. Su color de piel era negro tizón, siempre se mostraba alegre y poseía un excelente sentido del ritmo. El segundo también provenía del mismo país y he pensado era agente del FBI y que le controlaba a Orlando, su nombre es Reinaldo y su piel blanca como la porcelana, sin mucho sentido del ritmo y serio de carácter, pero disciplinado para alcanzar el fin que se propusiera. Ambos comentaban que eran estudiantes de la universidad de aquí, en donde se preparaban para obtener un master en derecho, de reconocido prestigio internacional. Pues bien, fueron mis alumnos del baile de salsa hora y media de cada semana durante casi un año, en el mismo restaurante, antes de comenzar nuestro trabajo. Empezamos lentamente al ritmo sensual del cha-cha-cha y mambo, marcando cadera en la salsa, para movernos con los cuerpos juntos y los brazos estilo tropical, adelante, atrás y uno alrededor del otro manteniendo una posición equilibrada y mejorando progresivamente con esfuerzo y disciplina. Llegando a un buen nivel de adiestramiento en la salsa, me propusieron ambos presentarnos a un concurso de esta modalidad de baile, pero al tener que dejar a uno de ellos fuera rechace su petición. Entonces ellos decidieron participar como pareja y obtuvieron el primer premio. El tiempo fue pasando sin acontecimientos a destacar y poco antes de acabar sus master me propusieron, cada uno a su estilo, compartir la vida y montar un restaurante como negocio. Aunque pudieran estar coladitos por mi, yo no lo estaba por ellos hasta ese punto y les respondí que no era el momento. Antes de dejar su trabajo en el restaurante me pidieron que, a modo de despedida, les preparase una comida que les hiciese felices y que recordarían toda su vida, explicándoles al detalle la elaboración de la misma. Condimente tres platos y de postre les ofrecí un estupendo soufflé, haciéndoles saber que carecía de algunos ingredientes para preparar mis verdaderas especialidades. Insistieron en conocer las recetas deseadas, pero amparándome en el secreto de cocinera me negué a facilitárselas. Acordamos los tres en volvernos a encontrar en un futuro en algún lugar del mundo. Mantuvimos una fluida correspondencia, que en su caso siempre provenía de Washington, de dos apartados postales diferentes, hasta que un día pude verles claramente a los dos juntos en la fotografía de portada de un periódico, con armas pesadas en la mano, en actitud de ataque, durante la revuelta de un país africano. Entonces creí verlo claro, eran dos agentes de acción especial que pretendieron conocer los secretos de mi salsa de modo no agresivo, con el fin de explotarlo económicamente. Para evitar posibles problemas me he sometido a varias operaciones de cirugía estética y he cambiado de nombre, domicilio, aspecto y profesión. Hay quienes pueden estar dispuestos a todo por conseguir lo que quiere el que se lo ordene y no estoy en disposición de que lo puedan lograr.
Nº 15
Dilema
La música era imperceptible para los dos enamorados. La cena del reencuentro se celebraba en un sencillo restaurante, en que se despidieron tres meses antes. Carlos y Lupe estaban ensimismados el uno en el otro. Lo demás no era del mundo.
C.- …y entonces pensé en tí.
L.- Yo te he añorado cada momento.
C.- Si tanto nos queremos, ¿porqué no nos vamos a vivir juntos?
L.- Aunque lo deseo, es imposible. Tú trabajas destinado en Bulgaria y yo en Bélgica.
C.- Ven conmigo a Bulgaria y el inconveniente queda resuelto.
L.- Bien sabes que he estado formándome muchos años y procede me doctore para poder tener un futuro laboral satisfactorio, sin necesidad de depender de ti.
C.- Eso no te tiene que preocupar ya que…
Así siguieron toda la noche, cada uno con su razonamiento. No aceptaron la argumentación del otro. Dos meses después volvieron a celebrar otra cena en el mismo lugar.
L.- …he estado reflexionando sobre tu planteamiento de la anterior ocasión aquí.
C.- Y…
L.- Lo importante puede ser aprovechar la oportunidad y vivir la vida en común, ya que las situaciones aparecen y hay que ser inteligentes y no dejarlas pasar.
C.- Entonces vienes conmigo a la ciudad de Plovdiv.
L.- No, no, no. Yo había pensado estar ambos en Brujas. Es mejor, por muchas razones,… Continuaron queriendo justificar sus argumentos, que no lograron cambiar de opinión para tomar una decisión comprometida. Tres meses más tarde volvieron a citarse para cenar en el mismo restaurante, como siempre lo hacían cuando regresaban a rendir cuentas en sus respectivas oficinas de empresa.
C.- …deseando encontrar una solución a tu propuesta solicité una reunión con mi jefe en destino, en la que le planteé la excedencia por seis meses. Inicialmente me respondió negativamente, pero me dijo podíamos seguir hablando del tema para enfocarlo mejor. En resumen, fuimos tratando el asunto y progresivamente intimamos hasta llegar a ilusionarnos y decidir si nos íbamos o no a convivir juntos. Lo siento, pero la distancia nos lleva por caminos distintos a los planteados inicialmente.
L.- Algo parecido me ha sucedido a mí. Un compañero en la universidad me ha ido convenciendo de que la falta de contacto contigo puede propiciar otras oportunidades y me ha hecho pensar en la realidad… Se despidieron pero con el planteamiento de intentar llevar la situación hacía el camino de la sensatez, de modo pragmático. El hecho fue que Carlos convivió como pareja tres meses con su jefe Anne y Lupe se dejó arrastrar por el verbo fluido del tutor, llamado Ángelo, para poder compartir su apartamento las 24 horas de cada día. Ambos se apercibieron tarde de que su decisión fue precipitada, un error y que las ilusiones no se correspondía con la realidad que les tocaba vivir diariamente. Se sintieron frustrados, pero la decisión adoptada les convirtió en rehenes de sus nuevas parejas. Habían decidido mal y ahora sufrían las consecuencias. ¿Qué podían hacer? Cerca de medio año más tarde, habiendo roto todo vínculo de quien esperara ser el amor para siempre y no sabiendo enfocarlo bien para intentar encontrar los momentos de felicidad apetecidos, de modo inesperado se encontraron en un bar y hablaron. Ambos no continuaban con sus parejas, habían regresado a sus puestos de trabajo anteriores aquí, tenían una mala experiencia y una gran decepción por lo que podía haber sido si hubiesen apostado por seguir la senda de la ilusión cuando estuvieron enamorados. Ahora era otra la situación y no querían perder el resto de sus vidas. Convinieron cenar juntos el último viernes de cada mes en el restaurante habitual, como amigos. Al cuarto encuentro acordaron vivir juntos. Parece que les va bien. Ojala la experiencia les haga saborear mejor los momentos de felicidad que les toque tener en pareja y transigir en las situaciones adversas. El tiempo nos lo mostrara si han acertado en su decisión.
Nº 16
Gerardo
La comisaría de policía de una capital de provincia tiene un sagaz comisario llamado Gerardo. Posee buena vena artística y le agrada visitar exposiciones, siempre y cuando las considere relevantes en su desapasionado análisis. Esa pudo ser tal vez la motivación de visitar el Guggenheim de Bilbao, sin hacérselo saber a sus colegas de la villa. Le satisfizo la exposición temporal, aunque sin llegar al nivel que esperaba. Dada la hora en que salio del museo, tomó la determinación de pasear por los alrededores y cenar tranquilo en un restaurante acogedor. Preguntó como un turista, lo valoro y se dirigió al que considero de mayor interés. Solicitó un lugar tranquilo y le ofrecieron una mesa preparada para dos comensales, a la que acababan de anular su reserva. Le dejaron el pequeño jarrón que albergaba dos capullos de rosas rojas, enviadas previamente por quien había pedido esa mesa en concreto. Gerardo eligió un menú de dos platos, especialidad del restaurante, y un delicioso postre, que fue saboreando sin prisa hasta acompañarlo de un té de Birmania. Cuando se hallaba anotando un dato en su agenda, se apercibió que de pie, al otro lado de la mesa, estaba una mujer atractiva, de pelo moreno, con un porte discreto y elegante. Le miró con mucha atención y escucho:
- Le pido me permita tomar la tarjeta adosada al jarrón, pues era para mí. La cena no ha podido ser, dado que Miguel ha tenido un imprevisto que le ha motivado cancelarla. ¿Puedo?
G.-No hay inconveniente. Le agradeceré tome una de las flores y la otra me la pondré en el ojal, tal como se hacía en otro tiempo para celebrar algo bueno. Si me lo permite, yo tomaré otro té y usted lo que quiera, está invitada. Pidió un daiquiri y se sentó tranquila. Gerardo pregunto:
- ¿Ha podido apreciar la buena exposición que hay en el museo de Bellas Artes?, ¿puede decirme algo al respecto?, ¿hay alguna otra cosa interesante para ver?,…
Ella le dijo:
- Me llamó Marta y mi verdadera afición es la fotografía. Este local es uno de los que tiene este tipo de exposiciones. Ahora hay una realmente valiosa por la calidad del fotógrafo y el tema elegido. Puedo darle mi opinión y la de los críticos. A sus preguntas no le respondo, ya que no he tenido la oportunidad de asistir.
G.- Si me lo permite, voy un momento a lavarme las manos algo pegajosas por el postre. Ahora vuelvo y hablamos. Aprovechó para hacer dos llamadas por el móvil y regresó:
G.- Disculpe por la tardanza. ¿Puedo preguntarle cual es su profesión?
M.- Inversionista y, por cierto, con éxito. Busco, encuentro y decido si arriesgo el dinero ó no.
En ese momento, repentinamente entraron al mismo tiempo ocho personas en el comedor, mostrando placas de policía a tres hombres sentados a una mesa, situada cerca de la gran ventana, y a una pareja de otra, distante tres mesas y con vistas a la calle . Ninguno opuso resistencia al cerrarles las esposas ya que, además, vieron varios coches en el exterior con sirenas y luces azules.
G.- María, aunque digas llamarte Marta, un vehiculo nos esta esperando para que hagas la oportuna declaración. Lo sabemos todo y es mejor que confieses esta última operación, sin omisiones.
La invitación a María para cenar fue hecha por un topo y la tarjeta que acompañaba a las flores decía solo: Espero lo comprendas. Gerardo había seguido la pista de la operación de la droga desde dos años antes. Conoció cuando y donde se elaboraba el producto, cual era la mercancía real del embarque, el puerto de salida, nombre del barco, ruta y lugar previsto de entrega; zarpó el barco y se desarrolló todo tal como se esperaba; se permitió el despacho fraudulento de aduana y se montó el operativo para no levantar sospechas a los tres vendedores y a quienes deseaban comprar, evitando cualquier filtración ó recelo que entorpecería la captura de María y el resto de la organización. La red quedó desarticulada por cómo se desarrolló la acción. Gerardo demostró ser un buen profesional y un magnifico actor. Fue condecorado por ello.
Nº 17
Menu-do día
De primero: jeta a la plancha, de segundo: sin vergüenza al horno y de postre: miseria caramelizada.
- ¿Quién ha escrito esto?
La muy cabrona todavía tiene ganas de más, es increíble, su descafeinada dignidad me dan ganas de … He estado dejándome el pellejo aquí currando como una perra 14 horas diarias y ella no ha tenido que preocuparse de absolutamente nada porque yo soy responsable por mi misma no solo de llegar a la hora y organizar esta minúscula cocina para que rinda al ciento cincuenta por ciento sino de cocinar bien y rico , de presentar la comida de una forma creativa, hermosa , limpio los bordes de los platos y los aderezo con plantas que recojo cada día camino del trabajo, educo a los camareros para que sean menos torpes pero esta simple no ve nada de eso. Esta paleta que no es capaz de distinguir un solomillo de un entrecote es jefa de este privilegiado lugar que con su hortera gestión está a punto de pasar a engrosar la inacabable lista de garitos de tapas que solo gracias al Mediterráneo aún sirven productos medio comestibles…sin imaginación, sin clase y sin sentido del humor…así no hay quien cocine…Se desató el delantal y lo tiró sobre la mesa caliente, metió los cuchillos en la maleta y cuando hubo hecho esto, suspiro profunda y sonoramente. Fué este suspiro un adiós personal, íntimo. Se despidió de los hornos y de las cámaras, de sus respectivas almas, calientes y frías, que tantos placeres le habían aportado y sintió lastima de abandonarles a aquella suerte que se les avecinaba. Echó una breve mirada hacia el parterre que ella misma había preñado de semillas y cuyas flores agitadas por el suave viento parecían llorar como mariposas sujetas con correas. Eso iba a hacer ella ahora: romper su correa y revolotear quién sabe dónde pero aquello tenía que terminar… -Yo, lo he escrito yo.
- Esto en mi casa no, dijo la pánfila.
-¿En tu qué? ¿En tu casa dices, so necia? Sólo es tu casa para recibir los beneficios de los que no eres responsable en absoluto. Tu vulgar afición al dinero te aja el paladar y te impide saborear lo verdaderamente sabroso de este plato. Tratas a tus empleados sin respeto, es que no te das cuenta de la pila de horas de tu vida que pasas junto a ellos? No crees que serías un poco más feliz si te interesases más por tu gente? Estas muy ocupada componiendo vacías sonrisas de cera para gente a la que importas un carajo y luego tratas de resarcirte haciéndote la interesante con nosotros que somos tu familia, postiza de acuerdo , pero tu familia, la plantilla, la que hace que se mueva el barco.!Bah! Quizá soy yo mas necia pretendiendo que vengas a entender todo esto, míralo así :podía haberte plantado un puñetazo en la cara que es lo que quería hacer cuando me has puesto ese cochambroso billete al que llamas sueldo delante mientras sostenías tu gorda cartera a reventar de dinero; en vez de eso te he escrito un menú del día que bien podría ser una tirada de tarot porque es el futuro de este lugar, pan pa hoy y hambre pa mañana, y no me vengas con tu falso pudor y tus normas de la casa de la sidra porque te tengo muy bien calada, eres frívola y débil, no tienes gusto ni criterio, solo lugares comunes y moral doble como un sándwich mixto recalentado de dos días, conque recompón ese mohín de hija de maría que no sabe lo que es un burdel y prepárame la cuenta que ya me has chupado bastante y ya de ser puta, libre y sin chulo. Y se marchó. Cuanta vulgaridad había salido por su boca, le temblaban las piernas, se sentía efectivamente como si hubiese estado compitiendo por una esquina en la calle, no es por ser puta sino por lo animal del asunto, competir como en la selva por el territorio. Bramar…desperdiciara así la multitud de delicias que se pueden realizar con la boca …escupió sin ser vista y se prometió nunca más, por nada ni nadie, volver a caer tan bajo.
Nº 18
El café
Por Cándida Eréndida
Cuando llueve nos vemos allí. No hace falta siquiera quedar por teléfono; concretar una hora, que siempre ha de ser la misma; confirmar una asistencia inexcusable. Simplemente, a la salida, me dirijo a la parada del 21, espero pacientemente bajo la marquesina, me encaramo de un salto para evitar los charcos y, zarandeada y entre empujones confortables, llego hasta el café del callejón.
Allí se presenta Manolo, con su mandil negro reglamentario, moviéndose con agilidad entre las mesas de mármol, tan blancas y frías, sus sillas toneth, sus percheros a juego, la barra enfangada por los restos amargos de la primera tanda de desengañados de ese día, los que pensaban sentarse al fresco y charlar, como otras veces, de las noticias afables de todos los veranos, vacíos, gracias a Dios, de crónicas desagradables, de sucesos infaustos.
—¿Una cervecita?
Me trae una caña y unas aceitunas. A veces son alcaparras lo que se tambalea en peligroso equilibrio sobre los platillos superpuestos. Dentro de poco, diez minutos lo más, debes aparecer por la misma puerta batiente por la que acabo de entrar. Y así es, en efecto.
Traes tu inevitable aire de gravedad, algo innato en tu carácter desapacible. Cualquiera diría que te han despedido del trabajo o te han puesto los cuernos con cruel saña. Sueltas el paraguas a la entrada, en un cubo puesto al efecto junto a la puerta, donde se arraciman los puños y mangos de diversos colores. Se ha formado un charquito, como de llanto antiguo, alrededor del improvisado paragüero. Como no acostumbras a hablar hasta que te has acomodado, no le doy excesiva importancia a ese silencio incómodo.
Me hablas del tiempo, de lo extraño de esa lluvia en pleno agosto, de este año sin vacaciones, de lo que podemos hacer el fin de semana si hace bueno. Yo pienso mientras tanto en la lista de tapas, pues he comido poco al mediodía. Son, al fin y al cabo, los mismos planes absurdos de una pareja antigua de novios aburridos.
Suena la sintonía de un programa de radio. No llego a saber de qué es la tertulia de hoy. Te estoy mirando el pelo, desordenado, con canas cada vez más tangibles. Es una lástima que nos alcance así la vejez, con tanto desaliño.
Mañana tienes guardia. Quieres descansar, volver pronto. No sé a qué responde esa frase impensada, pero de repente no tengo ganas de verte más. Y no es de hoy, no es algo nuevo por culpa de esta lluvia improcedente. Simplemente noto, con mayor fuerza que otras veces, que es inútil esta lucha por llegar hasta el final, por embarcarse como todos en un matrimonio fracasado desde antes de producirse. Que para qué.
Ahora me miras con espanto. Yo pensé que hablaba por tu boca, pues no te veo el entusiasmo propio que se exige para esas aventuras. No cambiamos de hábitos, de lugares, de actores secundarios. No te lo tomes a mal.
Te coge por sorpresa tanta resolución. En mí es algo nuevo. Sin embargo, nunca he estado más segura. La lluvia ha borrado cualquier inconveniente; cualquier obstáculo inventado para no romper del todo se ha disuelto esa tarde definitivamente.
Un beso en la mejilla es quizás lo sensato, lo más civilizado. En cualquier caso, no me parece justo tomarme otra cerveza y pedir espinacas: debo ocultar un poco la sonrisa que pugna por salir, esconderla tras un luto provisional y fingido.
Al final me toca a mí pagar las cañas y me vuelvo a casa sin cenar. Ha dejado de llover hace un momento.
Nº 19
El ÚLTIMO VASCO con LEVITA
—¿Qué va a ser, don Miguel?
El camarero quedó de pie, frente al hombre de aspecto triste que había tomado asiento en un rincón del local, junto a una mesa de mármol que miraba a la ría, esperando que le dijera lo que deseaba tomar.
—¿Lo de siempre, don Miguel? —insistió.
El cliente miró al camarero desde una distancia infinita y asintió con un gesto casi imperceptible:
—Lo de siempre, Juan —dijo, al fin.
El camarero y dueño de la taberna —“Juantxu” para los amigos— tenía ante sí a un hombre que acababa de ser expulsado por unos energúmenos de su cátedra de Salamanca al macabro grito de “¡Viva la muerte!”, grito que era una sentencia firme para todo aquel que discrepara con su forma de pensar, razón brutal que empujó a don Miguel de Unamuno a buscar el calor de su tierra, de su casa, en las Siete Calles de Bilbao, ciudad y calles que cada vez que las pisaba tenían la virtud de devolverle la vida. Y el Rincón del Juan era su sitio predilecto para pensar tranquilamente al amor de un vaso de txakolí.
—Le veo decaído, don Miguel —le dijo aquella mañana otoñal—. Ánimo, verá como pronto se acaba toda esta locura de la guerra y volvemos a vivir en paz.
—No lo creo, amigo Juan. Estos bárbaros que presumen de salvapatrias acabarán con todo lo que de valor hemos alcanzado los humanos.
A este bilbaíno de pelo blanco, levita negra y aspecto ascético, el Rincón del Juan le había servido siempre de atalaya para observar la vida con la minuciosidad de un cirujano. Era un refugio seguro. Y es que sus recuerdos se mecían entre los cañonazos del sitio carlista de 1873 de su infancia, y el avance de los fascistas en este otoño de 1936, que iban sembrando el suelo de sal y sangre allá por donde pisaban. Lo tuvo claro cuando en el encontronazo con Millán Astray, en Salamanca, aquella mañana horrible vio palpitar su ojo de trapo mientras argumentaba, pistola en alto, que debía morir la inteligencia y daba vivas a la muerte.
—¿Estaba tuerto el fulano? —se atrevió a preguntar el dueño.
—No —respondió don Miguel—, estaba absolutamente ciego, ciego de entendimiento.
—¿Y usted qué le respondió? —añadió Juan aterrado por tamaña brutalidad y falta de respeto.
—¿Qué le podía decir a un energúmeno desatado como aquél, amigo Juan? Sencillamente, que con semejantes argumentos podrían vencer, pero no convencer. Éste es el templo de la inteligencia! —le dije— ¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto.
—Valientes palabras, señor Unamuno, pero seguro que no las entendieron —el tabernero se puso a limpiar el mármol con un paño mientras rumiaba las palabras del filósofo.
—No, desde luego que no. Palabras que para mí fueron como una sentencia de muerte… —añadió don Miguel con infinita tristeza.
“Juantxu”, el dueño del Rincón, un vasco de pura cepa con muchos años a la espalda sirviendo chiquitos y pinchos de tortilla, sabía por experiencia que cuando un hombre como don Miguel de Unamuno andaba buscando refugio en su casa, significaba que la vida ya se le iba de retirada, que definitivamente se desinteresaba del mundo, y que sus días estaban contados. Tal es así que, cuando le dijo «adiós» arrastrando la levita, en el vacío de la taberna, su voz sonó como un “hasta siempre” que selló con un portazo.
Nº 20
ALMAS GEMELAS
Carmen miraba cada día a través del cristal de la cafetería. Hacía ya demasiado tiempo que veía la vida pasar protegida tras aquel parapeto transparente y le resultaba un agradable pasatiempo. Le gustaba contemplar a la joven mamá que siempre cruzaba por el paso de cebra a carreras, llevando casi en volandas a sus niños, pero que parecía inmensamente feliz a pesar de vivir a cien por hora. También le gustaba mirar a la dependienta de la joyería de la esquina. Era una señora de mediana edad que siempre iba impecablemente vestida y tenía los más exquisitos modales. Algunas veces, sobre todo en las lluviosas tardes de invierno, entraba en la cafetería y se tomaba un café para entrar en calor antes de abrir la tienda. Por supuesto, también parecía feliz, aunque no estaba tan abrumada como la joven madre. Tenía Carmen todo un mundo de personajes detrás de aquel escaparate. Había un caballero que acudía a la cafetería el primer lunes de cada mes, y le gustaba a ella fantasear acerca de su vida. ¿Sería un caballero que iba a ver a un antiguo amor prohibido cuya boda habían impedido sus padres hacía ya mucho? ¿Sería un ladrón de guante blanco que llenaba sus bolsillos con las carteras de la gente que acababa de cobrar? En el fondo de su corazón Carmen creía que era simplemente un pensionista que acudía a cobrar su pensión, pero se imaginaba todas aquellas historias para llenar un poco el vacío de su vida. Por supuesto, no todo eran historias felices las que contemplaba Carmen desde su tranquilo refugio. También veía gente con que la desdicha dibujada en su rostro, y sobre todo, veía cada día a una mujer que pedía en la puerta del banco, que era la misma imagen de la desolación. Desde su puesto de observación, Carmen podía observarla a sus anchas, e inventarse historias sobre ella, sobre su pasado y adivinar por qué había acabado así. El tiempo pasaba inexorablemente y Carmen empezaba a estar demasiado hastiada de todo. Le aburría ver la vida pasar sin participar en ella, pero no sabía cómo remediar su situación. Ella había quedado huérfana con 15 años, así que ser madre a los 22 había colmado sus expectativas. Aunque era madre soltera había encontrado en su hijo la razón para vivir, por eso aquel fatídico día en que un conductor borracho se había cruzado en su camino, había decidido olvidarse del mundo. Había estado mucho tiempo sin salir de casa, y tiempo después empezó a ir únicamente a la cafetería, donde pedía un café y no tenía que añadir una palabra. Compraba lo imprescindible en el súper y se arreglaba con su pequeña pensión, pero ahora habían pasado demasiados años y aunque el sangrante dolor seguía ahí, necesitaba volver a vivir. Una de aquellas tardes observó que la mujer que pedía no estaba en su sitio habitual. Al principio no le dio mucha importancia, pero al ir pasando los días sin verla aparecer empezó a preocuparse. No sabía cómo empezar a buscarla, pero sentía que debía hacer algo, así que llamó a los hospitales para preguntar si había acudido recientemente una indigente y ninguno había recibido a nadie con semejante descripción. Después llamó a la policía por si la habían encontrado muerta y no la había identificado nadie, pero de nuevo todo fue en vano. Cuando ya no sabía qué hacer decidió ir a la iglesia y hablar con el hombre que pedía limosna allí, pues en alguna ocasión lo había visto hablar con ella. Superando el miedo que tenía de hablar con los demás se acercó al vagabundo, y después de darle una moneda le preguntó por la mujer desaparecida. Él no sabía gran cosa, excepto que se llamaba Sofía y que era amiga de una tal Maru, que comía en el albergue de las monjas los sábados. Desesperada Carmen decidió esperar hasta el sábado y mientras tanto siguió viendo la vida pasar desde la cafetería, aunque ahora le parecía de lo más insulso. Ese mismo sábado fue al albergue y localizó a Maru,que le contó que la única familia de Sofía era un sobrino que vivía en una casa de montaña a unos 30 kilómetros de allí. Cuando Maru le explicó cómo se llegaba Carmen tomó nota mental y decidió ir enseguida a preguntarle al sobrino. Hacía mucho que no conducía, pero aquella era la ocasión perfecta para retomar algo que en su día le había dado una gran independencia. Superados los obstáculos y cuando estaba a punto de llegar, Carmen decidió aparcar en un bosque y esconder un poco el coche. Un sexto sentido la avisaba así que se acercó suavemente a la casa y observó. No se oía un ruido y parecía que allí no vivía nadie, pero le llamó la atención que las ventanas estuviesen tapadas con tablones. Ella que todo lo veía a través de las ventanas no concebía que aquello fuese muy normal. Fue a la puerta y después de manipular con una ganzúa que llevaba en el llavero y que era un regalo de su hijo, la puerta cedió. Entró con cuidado y después de abrir varias puertas vio a Sofía atada y amordazada. Había en el cuarto un olor nauseabundo, pero Carmen lo ignoró y desató a la sorprendida Sofía. Ésta decía que debían darse prisa porque su sobrino estaba a punto de regresar, había ido a comprar tabaco. Carmen llevaba el móvil y rápidamente grabó y sacó fotos. Cuando estuvieron a salvo en el coche Sofía le explicó que su sobrino la había secuestrado para que lo incluyera en su testamento. Al parecer era muy rica, pero había renunciado a todo al perder a su único hijo, y desesperada se había dado a la bebida y había acabado en la calle. Ha pasado más de un año y Sofía y Carmen entran juntas en la cafetería. Resguardadas detrás de la ventana hablan de lo bien que lo han pasado en la excursión a Zarauz, y sonríen al ver el saludo que les manda el mendigo desde la puerta de la iglesia. Parece mentira que ahora pudieran sonreír y tuvieran tanto que compartir, allí sentadas ante un humeante café. Eran dos almas gemelas. Sofía sentía mucho que su sobrino estuviese en la cárcel, sobre todo porque él iba a ser el heredero pues en aquellos días ella no había hecho testamento y él era el único familiar vivo, pero la codicia le había cegado y ahora Sofía iba a dejar todo su dinero a las monjas del albergue. Con sonrisas melancólicas las dos mujeres empiezan a planear la próxima excursión, y contemplan a la dependienta de la joyería, que también está tomando un café.
Nº 21
EVOLUCIÓN.
Si tienes el anhelo de llevar a cabo investigación científica adquiere el aprendizaje preciso y por todos los medios hazlo. Difícilmente alguna otra cosa te dará tanta satisfacción y, sobre todo, tal sentido de logro. Severo Ochoa.
Sala de Actos. Hotel Ritz. Zona de Bar. El periodista del “Daily Mirror” que lleva un cartelito identificador: Míster Tilla, aborda al científico escocés colocándole sin consideración la alcachofa del micrófono en la boca:
-¿Su bisabuelo era un antepasado de los más humildes? –pregunta hiriente.
El investigador ignora la pregunta ejercitando el sabio arte del silencio. Ocioso tras el éxito de su ponencia, bebe en un vaso plano su tercer Gin Tonic by Hendrick´s que es una infusión de pétalos de rosa de Bulgaria y pepino holandés con la mejor tónica del mercado, tintineando los cubitos de hielo en el vaso quiere deleitarse con la orquesta sin hacer daño a nadie…
El periodista prosigue mordaz:
-¿Su abuelo fue veterinario?, ¿no?
Silencio.
-¿Su padre…, médico?, ¿no?
Silencio.
-¿La evolución llega con usted al grado supremo?
Nuestro científico de Girvan, admirador sin parangón de la escultural Christina Hendricks, mira al reportero en tres dimensiones, escrutándolo, e importándole su entrevista una leche, o un carajo, o un pepinillo en vinagre, justo en ese momento oye que desde un altavoz afónico citan al periodista en recepción, mencionándolo como Míster Francis, y nuestro experto dando un trago directo a su combinado de ambrosía piensa que, la evolución está ahora mismo en su paladar y que algunos seres humanos –sin lugar a dudas- se han estancado en el australopithecus de paco-tilla que tiene delante.

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