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RESULTADO 3º CONCURSO RELATOS CORTO LaVisita y Larruzz

Las Votaciones de los diferentes miembros del Jurado están tan ajustadas que nos hemos visto obligados a posponer la decisión del ganador hasta ahora.
Agradecer a todos las personas participantes por el interés y las ganas. Conscientes del desencanto que solo pueden ganar unos pocos, felicitamos a todos, pero especialmente

Premio del Jurado: Nº 3 Viajar de ELISABET MANERO

Premio 1º distinción especial Nº 13 TOMANDO UN CAFE J ose Maria Rodon Cervera

Premio Publico Nº 24 EL REPARTIDOR DE COCA-COLA de Javier Revilla Cuesta

Premio Video Creación al relato mas visual Nº 5 EL BARMAN de Jose Lopez Santander

Jabier Calle
Secretario Jurado 3º Edición Certamen de Relato corto sobre Hostelería de Larruzz

Los miembros del Jurado han sido
Beatriz Celaya
Mikel Alvira
José María Bilbao

RECORDAR que la entrega de premios sera el próximo Viernes 6 de mayo a las 22h en el Restaurante Larruzz. Siendo imprescindible realizar la reservar previa llamada al 944 230 820 haciendo referencia para la Entrega de Premios de Relatos. El precio sera de 25€ y el aforo sera limitado.

3º CONCURSO RELATOS CORTOS NOTA

La Organización del Concurso de Relatos Cortos sobre Hostelería ha resuelto:
PRIMERO: Aplazar la publicación de las personas ganadoras hasta el día 2 de Mayo.
SEGUNDO: Admitir, pero sin opción a premio a los relatos presentados que superen el folio de extensión. Pudiendo ser incluidos en el libro si el Jurado lo considera oportuno
TERCERO: La cena entrega de premios se realizara el Viernes día 6 de Mayo a las 22h. en Larruzz. Pudiendo acudir aquellas personas que lo deseen Si bien las plazas son limitadas. El precio de la misma será de 25€ y para reservar habrá que llamar directamente al restaurante 944 230 820 indicando que dicha reserva es para la entrega de premios de Relatos Cortos.
CUARTO: Trasmitir el agradecimiento a todas las personas que han participado enviando sus relatos y a quienes han votado y aportado infinidad de sugerencias que cada año, nos ayudan a mejorar. Pedir disculpas por los trastornos que hayamos podido ocasionar por los cambios de fechas.
En nombre de la organización y actuando como secretario.
JabierCalle

3º CONCURSO RELATOS. Nº 51 al 70

Entre todos los que están llegando, aquí tenemos los primeros relatos seleccionados.
Puedes votar enviando SOLO desde la Web de www.lavisita.com en la sección CONTACTO, poniendo claramente NOMBRE y APELLIDOS, MAIL, en ASUNTO: 3º CONSURSO de RELATOS y en MENSAJE la valoración de 1 a 3.
Los criterios, será:
Relación con el Tema: Hosteleria, Cafés, Bares, Restaurantes…
Originalidad del relato
Estilo Gramatical y Ortográfico.
Esperamos vuestros votos, por que entre todos los recibidos, sortearemos un lote de libro, invitación a la cena para dos personas en Larruzz Bilbao, en la entrega de premios y un lote de Vino.
Solo será valido una votación por dirección de correo electrónico, no pudiendo coincidir direcciones distintas con un mismo nombre.
AVISO IMPORTANTE… LA CENA ENTREGA PREMIOS SE TRASLADA AL VIERNES DIA 6 de MAYO a LAS 22.00h. El Precio de la cena sera de 25€
VOTOS PUBLICO.- Hasta las 10h Lunes 18 Abril
Nº 24 EL REPARTIDOR DE COCA-COLA 72 VOTOS
Nª 26 LA ESPERADA CITA 33 VOTOS
Nº 21 LA SEMANA DEL PINCHO 15 VOTOS
Nº3 VIAJAR 9
Nº 15 CASA FLORIAN 6
Nº 5 EL BARMAN 3
Nª 30 LA CENA 3
Nº 54 UN ASADO ALARMANTE 3
Nº 29 El hechizo de todos los besos 3
Nº8 cafe, solo 3

Nº 51 Llegué a la cafetería Oskarbi.
Llegué a la cafetería Oskarbi, pronto, muy pronto las 07:30 Zulú; como dicen en éstas series made in hollywood. Mi noche de insomnio apelmazaba tanto a mis ojos como a mi mente y en un alarde de supuesta lucidez le pedí a Karmelo un café solo con hielo y un chupito de hierbas.
Karmelo se me quedó mirando como si intuyera lo nada dormido y me dijo:
- ¿Y una pastilla para dormir, no sería mejor? Montxu
- ¡Que más da! le dije, total, de aquí me voy a dormir, si puedo claro.
- Deberías cuidarte un poco Montxu –me dijo-
- Supongo, contesté mientras por mi gaznate corría impetuoso el líquido verdoso.
Lo cierto es que razón no le faltaba, como cliente asiduo, debería prestar más atención a aquellos que tras una barra se prestan a contarnos lo que nosotros no vemos, por estar implicados en nuestro mundo particular.
Me quedé observando desde la ventana del local aquella gente que pasaba y cuyo rostro no mostraba gesto alguno salvo el de cotidianidad, aburrimiento y un poco de hastío ante el día a día. Me vi en cierto modo reflejado en ellos y el toque de orujo se fue apoderando de mí.
-Nada. Me dije, hablando conmigo mismo….
Ni palabras vagando, ni pensamientos en mi cabeza, la nada absoluta surca mi mente como si montada en un pedo o viento de azucena mi neurona hubiese huido o escapado. Adivino que su ausencia y su rauda partida se deben, tal vez, al uso absurdo que hasta hoy le he venido dando.
¿Vagará la puñetera buscando, con ansia, un nuevo destinatario, alguien apto para hacer de ella un uso más adecuado? Ruego su devolución, si alguien la encuentra —pese a la magnífica sensación de no sentir ni padecer que me produce su ausencia—. En su defecto consíganme otra, aunque sea agonizante y esté maltrecha. Al rato, algo o alguien llamó:
— Toc, toc, toc. ¿Hay alguien por aquí? —dijo.
— Abrí los ojos, sin saber qué me estaba pasando, inquieto, a la luz del amanecer, mientras giraba mi cabeza a un lado y otro, buscando. ¿Quién formuló la pregunta? me dije un tanto perplejo, desorientado.
Incorporándome con pereza, salí de mi lecho de ensueño. Con la bata puesta, ojeando por la mirilla de la puerta. ¡Nadie parece haber llamado!, me repetí extrañado. Tal vez sea un sueño, seguí diciéndome asombrado.
— Toc, toc, toc. – De nuevo. Me giré raudo, evitando que se escondiese.
— ¿Quién eres maldita o maldito? -exclamé enfadado.
— Soy yo, lelo. Tu neurona y he regresado. -Oí decir. Suspiré entre un bostezo, sintiéndome otra vez “cuerdo”.
— Podrías haber esperado a mi despertar -la increpé un poco cabreado, preguntándole luego:
— ¿Dónde has estado?
— Buscando lo que tú tanto añoras. Estoy harta de tus ruegos y tus lloros. He conocido un “neurono” y tengo un regalo para ti.
En el interior de mi mente rebotaba una “neuronita” que dijo, sonriente:
— Mami, qué vacío está y qué frío hace en esta mente.
— Sí cariño, su dueño anda entre la cordura y la locura aturullándose, maltratándose constantemente.
— ¡Promiscua! — grité, mientras ella tapaba los oídos a la criatura.
Supe entonces que la locura sería mi dicha, instalándose por siempre en mi mente y me sentí bien, extrañamente agradecido. ¿Quién desea cordura en esta “eternidad” caduca? El albedrío loco resulta mucho más gratificante que este absurdo sin vivir cuerdo, que hace tu vida presa, marchita.
- Sabes Karmelo, -le dije tras volver de este ensueño extraño-, creo que lo de la pastillita para dormir me irá sin duda mejor, y abandoné la cafetería con cierto temor al color verde.
Nº 52 HABITACION 315
-Amaneció deslumbrada por tan solo un insolente rayo de sol que se había abierto paso a través de uno de los resquicios de la persiana. Las sábanas, en férreo régimen de anarquía contra la cama, envolvían parte de su cuerpo desnudo, dejando la otra mitad a la vista por partes. Belleza caótica que traducía, en pocas palabras, toda una noche de incontables batallas pasionales.
A los segundos de sumergirse en el aciago mundo de la consciencia, recordó los bailes, risas e ilusiones forjadas a raíz del impredecible elixir de Baco, la noche anterior, en la barra del bar del hotel donde se alojaba a menudo.
Se dio la vuelta lentamente, buscando un brazo que la devolviese a su refugio sentimental… refugio que, desgraciadamente, solo podría haber encontrado en el mundo onírico que acababa de abandonar.
Una maleta se erigía impasible sobre el hueco de la cama donde el placer encarnado había estado descansando. A su lado yacía la ropa que les había sobrado la noche anterior resistiéndose a ser empaquetada. Más allá, un armario abierto terminaba de augurar el inevitable y nefasto final.
Se incorporó despacio, con la esperanza de ralentizar el tiempo, buscando respuestas a aquella demolición de felicidad, encontrándolas en los cristalinos ojos que se derrumbaban en una de las esquinas de la habitación sin parar de mirarla. Un solo segundo en armonía con aquellas motas de vida, que escapaban en forma de lágrimas, la hicieron recordar que aquello no había sido, en ningún momento, para siempre.
No hicieron falta palabras, besos ni caricias de despedida. Solo una mirada, un momento de inexplicable complicidad antes de cerrar la puerta, bastó para agradecerse mutuamente el simple hecho de existir.
Se quedó mirando aquel portal mágico por donde, hacía tan solo unas horas, habían entrado mil y una sensaciones que, por el mismo hueco de la pared ahogado en madera, acababan de desaparecer.
Sola, desconsolada y derrumbada sobre aquel antiguo paraíso blanco y arrugado, volvió la vista hacia donde apuntaba en aquel momento el maldito e insolente rayo de sol fulminante de esperanzas, hallando un valioso billete con forma de avioncito de papel…
Un hotel, una habitación, un trabajo, un pago y otra decepción…
Había nacido la mafia del sueño.
N º 53 “ENCONTRAR EL CAMINO”
Cuando él estaba tras la barra aquel local no le había parecido tan bonito. Hoy era distinto, se sentaba en aquella cómoda butaca y disfrutaba al reírse de aquel tiempo pasado en el que la hostelería era una tirana que esclavizaba sus horas. Gozó de aquella música en directo que tantas y tantas veces había tenido delante y a la que jamás había podido prestar atención. Cerró los ojos y sintió cómo las notas atravesaban sus oídos y permanecían dentro de él largo tiempo, dejando a su paso un regusto a magia y sentimientos arraigados en el ayer. Se sentía casi como si la pianista le hubiera confiado un secreto, solo a él y a nadie más, algo sincero y auténtico que no podría contar jamás. Entonces abrió los ojos y la vio: ella acariciaba el marfil de las teclas con la sutileza y precisión con que se mueven los felinos. Sus dedos apenas parecían presionar sobre el piano, más bien flotaban de un lado a otro. Ella le observó, no dejó de mirarle mientras él la contemplaba, encandilado por la luz que se reflejaba en la superficie del instrumento.
Aquellas emociones eran nuevas para él y quiso compartirlas con alguien, pero nadie había a su lado. Entonces comenzó a evocar en su mente el momento en el que cada noche, todos los camareros cerraban el local y se relajaban ablando unos con otros mientras terminaban la jornada. Recordó el compañero que suplió su turno de trabajo la noche en que su madre se cayó en el salón de su casa, y el que se quedó con él una hora más el día que la caja no cuadraba, hasta que al fin cuadró. No pudo evitar pensar en las copas que a veces se tomaban al acabar, y que solían alargarse hasta horas verdaderamente intempestivas. Si lo pensaba con fuerza podía sentir las palmadas en la espalda que le daba su jefe cuando se hacía tarde y aún estaba el local lleno de gente. Añoró el compañerismo, la camaradería que los unía a todos, y se dio cuenta de que envidiaba su vida pasada.
Ahora todos querían pisarle: no había amistad ni ayuda, daba igual el precio que tuvieran que pagar: si alguien podía ascender todo era justificado. Era irrisorio pensar que alguien pasaría una hora más en la oficina sino fuera para su propio beneficio, y la lucha y la necesidad de ser el mejor eran su día a día. No había amigos ni copas después del trabajo. No había un jefe que le diera palmadas en la espalda a las tres de la mañana porque ahora, a esas horas, no había un jefe, sino que estaba solo ante la pantalla de su ordenador mientras el director llevaba horas con su familia.
Había pasado toda su vida codiciando lo que ahora tenía para darse cuenta de que aquello no era lo que quería, que ir a tomarse una copa que valía un ojo de la cara no tenía sentido si no podía compartirla con alguien que mereciese la pena. En aquel instante, solo en ese preciso instante, fue consciente de que no había desperdiciado unos valiosos años de su vida, sino que los había invertido en descubrir qué era lo que le haría disfrutar de los muchos años que aún le quedaban por vivir.
Con ese pensamiento flotando en el aire, se levantó, se quitó la corbata que le ahogaba como la soga al reo y la chaqueta que le aprisionaba como a un demente al que colocan una camisa de fuerza y las tiró, a sus pies. Así se sintió libre mientras caminaba con decisión a la barra, tras la cual preparó el cocktail favorito de la pianista. Ahora sabía qué quería y sabía como conseguirlo. Sintió las miradas de sus compañeros en su espalda cuando caminaba hacia ella, pero no le importó, siguió caminando hasta entregar la primera de una larga lista de liberaciones.
Nº 54 UN ASADO ALARMANTE
Entró despacio, evitaba tropezar en un terrazo herido por tantos zafarranchos de lejías y fregonas. Era la única tasca del pueblo, donde su vecina Pilar ofrecía el menú del día, reñidas partidas de mus, chiquiteo amenizado con alguna bilbainada, hasta que cerraban a las diez. Sobre las mesas en penumbra cuchicheaban las sillas invertidas, un halo de soledad enmohecida envolvía el recinto, trasmitiendo una inquietud que la estremecía.
Pilar le salió a recibir, llevaba todavía en la mano el cartel de “cerrado por defunción”. Pasaron a la cocina, en el centro una mesa cubierta por un hule, donde a diario la familia comía, con cuatro sillas alrededor, de color verde algo desvaído, donde ambas tomaron asiento. La chapa de carbón estaba encendida y caldeaba un poco el ambiente, aunque hacia poco que la había encendido.
 ¡Qué bien se está aquí!–exclamó Faustina, algo arrugada y frotándose ambos brazos-. ¿No te parece que huele un poco raro, como a quemado?
 Será la humedad del carbón, se pasa enseguida.
 He venido a traerte la llave, en cuanto terminé de planchar. ¿Y a ti cómo te fue? Bueno… ¿cómo te va a ir?, de funeral ya se sabe. ¡Qué pena! ¿Verdad? Ya vamos a más funerales que bautizos. Es lo que yo digo, hija, que estamos de paso.
 Sí –contestó Pilar, sirviendo el café- . ¿Te dio mucho que hacer mi madre?
 ¿Doña Carmen? ¡Una santa! Le hacía la comida, la llevaba al aseo y después no había nadie en casa, ya sabes, se entretiene leyendo y escuchando esas novelas por la radio, que es lo que dice mi marido, una casa sin radio, te aísla del mundo, él siempre tan filántropo.
 Filósofo, Faustina. No sabes cómo me alegro –dijo Pilar-. Las personas mayores necesitan tantas atenciones o más que los niños. Gracias de corazón por haber cuidado de ella.
 ¿Qué me vas a decir a mí? ¡Lo que luché con mi madre! La gente mayor coge muchas manías. Hija, alguna tiene que tener Doña Carmen, eso hay que entenderlo, que a ver qué pasa con nosotras cuando tengamos su edad, mira lo que le pasó a Lucia por la manía de salir a las tantas a contemplar las estrellas, al final le dio un telele y se fue con los pies palante.
El tiro estaba abierto del todo y el silbido del aire, ascendía llevándose el calor. La chapa central empezaba a ponerse al rojo, crujían las chispas.
 ¡Falta el maldito gato! –llamó la atención Doña Carmen, desde el escalón de entrada a la cocina-. Ese gato es muy friolero, que te lo he dicho un montón de veces, hija, que se lo dije a Faustina, ese gato es muy friolero, más que yo, que me paso la vida arrimada al brasero.
 ¡Qué extraño! ¿Dónde se metería? -se preguntaba Pilar, mirando a uno y otro lado-. En la calle seguro que no, siempre está donde hay calorcito.
 ¿Se habrá marchado de casa, al faltar tú? Estos animales son muy fieles y falta su dueña y se trastornan, le pasó a mi marido con el perro que le siguió varios kilómetros en el autobús, pero luego el tonto de él no supo volver a casa, cuando ya no podía dar un paso y eso que se lo dije, mete al perro en el patio, no le dejes suelto que te la lía, pero como no me hace nunca caso, pasó lo que tenía que pasar.
 ¿Utilizaste el horno para alguna comida? –preguntó Pilar preocupada.
 Sí, pusimos pollo asado –dijo Faustina-. Es un buen horno, asa muy bien. Nosotros teníamos antes una cocina así, pero la quitamos, porque decía mi marido que el carbón era muy sucio y daba mucho humo, pero asar, asa muy bien y Doña Carmen, ya sabes, masticar despacito…¡Con tan pocas muelas!
 ¡Cuidado que lo he repetido! ¡Ese gato además de tonto, es muy friolero! –intervino Doña Carmen.
 Al volver a tu casa, ¿cerraste la puerta del horno? –volvió a preguntar Pilar, casi sin habla.
 Sí –contestó Faustina, llevándose las manos a la cabeza.
Ambas miraron la puerta del horno. Ninguna se atrevió a abrirla.
 ¡Qué es muy friolero! –repitió Doña Carmen, alejándose de la cocina para escuchar la novela.
 Nº 55 CAFÉ CON LECHE…

 Entro en el bar, le busco con la mirada. No está.

 Llegó como cada día, sola, embozada en la bufanda y oculta tras un abrigo de paño negro. Se sentó en el rincón de siempre, sacó un libro de su bolso y miró hacia la barra. Como siempre.

 Me siento. Abro el libro. Pido el café con leche. No está.

 Cogí una taza y le puse el café. Muy caliente. Me gusta verla enfriarlo jugueteando con la cuchara de manera distraída, sin apartar la vista de las páginas ajadas. Ella no se da cuenta de nada. Absorbida en la lectura puedo observarla desde mi puesto de vigía junto a la máquina de café. Sólo levanta su mirada cuando el sonido de la puerta anuncia un nuevo cliente. Parece esperar a alguien, pero nunca llega nadie…

 Alguien entra. El aire frío eriza mi piel. Giro la cabeza. Pero no es él.

 Miro el reloj de propaganda de una bebida que cuelga en la pared sobre el armario de los vasos. Las doce y media. Como siempre. Ocho minutos más tarde sacará el dinero del bolso, dejará diez céntimos de propina y guardará con cuidado el libro.

 Dejo el dinero sobre la mesa. Guardo la cartera.

 Miro de reojo las manecillas: y treinta y siete, comienza el ritual. Se coloca el bolso tras guardar la cartera y el libro y se levanta. Coloca su bufanda en torno al cuello, echa una última mirada hacia un rincón de la barra, no importa si está vacío o no, y murmura un hasta luego con mirada nostálgica.

 Miro hacia el rincón donde una vez estuvo. Pero no está. Le digo adiós. Y me voy.

 Me acerco a la mesa y recojo el dinero y la taza; siempre dejo su taza sobre el fregadero hasta última hora. Me gusta mirarla y tratar de adivinar por los restos de espuma dónde ha depositado sus labios. Imagino el sabor a café de sus besos. Por fin abro una cajita y deposito la mitad del azucarillo que ha dejado junto a otros muchos que he ido recogiendo desde la tercera vez que vino.

 Algún día le devolveré ese dulzor a su mirada.

 Cojo la taza y la coloco bajo el grifo. La crema y el azúcar sin disolver desaparecen… y su presencia queda exorcizada durante el resto del día.
 Nº 56 La píldora zen

 El amor me perdió. Quiero decir que por amor me perdí. No sé qué quiero decir. Pero cuando conocí a mi novia, el mundo desapareció. Tampoco es eso. No es que desapareciera. Es que cambió. No cambió. Yo cambié. Pero al cambiar yo, el mundo lo hizo conmigo. Pero él no cambió. No sé.
 Bueno, pues así estoy desde que me enamoré. Me confundo, no pienso bien. Mi cabeza parece una batidora, todo se mezcla. Y, además, soy feliz. Soy feliz de estar confundido, de no enterarme de nada. Pero eso sólo me pasa cuando no estoy con ella. No lo de ser feliz, lo de la confusión. Cuando estoy con ella soy feliz y veo con claridad. Y esa claridad lo inunda todo. La calle es clara, los coches son claros, los árboles. No claros: brillantes. Eso es, sí, brillantes. Cuando está ella, el mundo entero brilla.
 Y esto que voy a decir, quiero que haga mucha gracia: mi novia es monja. ¿A que es gracioso? Si no lo ha sido es porque desde que estoy enamorado he perdido la gracia. Antes contaba chistes y todos se reían. Ahora, cuando cuento un chiste nadie se ríe. No lo entienden. Pasa como con el chiste que acabo de contar. Nadie se ha reído. ¿Por qué? Pues porque he perdido la gracia desde que estoy enamorado. Mi novia me la ha absorbido. La ha convertido en belleza. Ya era guapa cuando la conocí; pero ahora, con mi gracia absorbida dentro de ella, es la mujer más guapa del mundo.
 Pero el chiste de arriba no es tal. Sólo si no lo acabo. Fuera de bromas: ella es monja. Pero monja zen, lo que quiere decir que puede tener novio. Ese soy yo: el novio de la monja. Según su maestro, el sexo está para disfrutarlo. Yo quiero a su maestro, aunque solo sea por ese detalle. Qué buena persona es tu maestro, digo yo a mi novia. Y ella cierra los ojos, entra en estado zen y se calla. Lo hace, callarse, porque su maestro es el maestro de la No-palabra. Así le llaman. Sus alumnos le dicen o “maestro” o “No-palabra”.
 A mí, todo lo que haga mi novia me encanta. Si quiere ser monja, me encanta. Si no quiere comer carne, me encanta. Pero debo confesar que yo llevo una doble vida. En una, soy vegetariano, me gusta el silencio; en la otra, me gusta la carne y entro en los bares con mis amigos y arrasamos y oigo a los Who. En las dos amo a mi novia, pero ella no me conoce por completo. Mi parte infernal es sólo mía.
 Ya he explicado como tengo la cabeza por causa del amor. Mi novia me lo notaba y me invitó a conocer a su maestro. Me dijo que la presencia del maestro me calmaría la mente y que él me aconsejaría que meditase cada día para serenarla; me iniciaría en el zen. Yo hice un trato con mi novia: me pasaría por su templo, si ella se pasaba por al mío. Cerró los ojos. Cuando los abrió dijo que sí, sin saber qué era eso de “mi templo”. Así es mi novia, decide las cosas con los ojos cerrados. ¡Y está tan guapa cuando medita!
 Me acerqué a su templo. Era un chalet, pero que lo llamaban “el templo”. Yo no hablé a mi novia de “mi templo”. Ella creería que era una de mis bromas, esas bromas que no tenían gracia, y que no la tenían porque ella me la había absorbido; la gracia, quiero decir. Pero igual que ellos tenían un chalet al que llamaban templo, yo tenía un bar al que se le podía llamar también templo. Pero no dije a mi novia que lo mío no era una broma, pues tenía la ilusión de que le gustara mi templo, mis amigos y los Who.
 Bien, pues me acerqué con mi novia al templo zen un sábado, que era cuando se reunían los monjes y las monjas con el maestro No-palabra. Ya sabía él de mí, mi novia le había dicho que yo iba a ir. Él dijo que estaría encantado de conocerme, instruirme e iniciarme. Dentro había mucho silencio, nadie hablaba y todos caminaban descalzos y despacio, vestidos con amplias batas negras. Me senté en el círculo de los alumnos, con las piernas cruzadas, en una sala limpia y fresca que daba al jardín. Luego llegó No-palabra y todos cerraron los ojos. Yo me quedé allí, con ganas de fumar, mirando el jardín, con las piernas doloridas. A la media hora, el maestro dijo: “¡puño de hierro!” y los alumnos contestaron: “¡puño de nubes!” Abrieron los ojos. Se quedaron quietos. El maestro me llamó, dijo: “ven” y fui. Me senté frente a él. No sentí nada especial, pero si es cierto que mi mente se calmó. Luego me habló sobre el Camino de la Virtud y al final me instruyó en el zen y me inició. Llegó un alumno, que puso la mano abierta frente a mí. Yo creía que me la tendía para ayudarme a ponerme en pie, pero cuando fui a cogérsela, dijo: “¿y el regalo?” Yo no sabía nada de regalos. Mi novia no me había dicho nada o si lo había dicho, la había entendido otra cosa, pues ella hablaba mucho con metáforas. Entonces sufrí una especie de iluminación, el sitio era idóneo para ello.
 Les dije que mi regalo estaba en mi templo. Pensé que así mataría dos pájaros de un tiro: darles el regalo y enseñar a mi novia mi otra vida. Ahora no entiendo cómo me atreví a hablar de la forma en que lo hice, pero debió ser el lugar o el amor o este ego mío, que me pierde. El maestro mando sentar al alumno. Yo comencé mi discurso. Mi regalo consistía en una píldora, dije. Cuando la tragabas se abría tu corazón; se aclaraba tu mente; se sutilizaban tus sentidos; la píldora llegaba a los ojos y el universo resplandecía; al oído, y el espacio se volvía denso; en el paladar construía figuras de sabor; en la nariz entraba para expandir el cerebro; hacía a la lengua locuaz e incisiva; enviaba al alma el amor del mundo; elevaba el espíritu; hacía que abrazaras a tus amigos y olvidaras a tus enemigos; con ella, amabas la verdad y odiabas la mentira; te relajaba, te calmaba, te hacía dormir bien, te hacía creativo, imaginativo, activo; te dejaba cerca de Dios, cerca de Su mano.
 El maestro me sonrió y dijo que quería probar mi píldora, mi “píldora-zen”. Nos levantamos, se cambiaron de ropa. Mi novia me miraba orgullosa. Había coches suficientes, nos fuimos.
 Llegamos a Casa Paco. Yo entré el primero, mis amigos me saludaron. Paco me puso a los Who, como siempre hacía; sonó Baba O’Riley. Los mandé callar a todos y dije que venía con unos amigos. No-palabra, sus monjes y monjas, ya estaban dentro. Alcé los brazos al cielo y grité: ¡Vino para todos! FIN
 N º 57 LA CHICA QUE LLOVIO DEL CIELO

 La chica llegó al hostel en uno de esos días fatales. No cabía un alfiler. Hasta la más recóndita de las habitaciones se encontraba ocupada por culpa del fin de semana largo. Claro que al dueño le importaba poco que yo tuviese que arreglarme con tamaña cantidad de turistas, a él le convenía llenar la estancia sin importarle que yo tuviera que apilarlos como a barriles en una bodega, y aprovechaba la ocasión para subir los costes de cada almohada y de cada bocado.
 Generalmente, los clientes son tolerantes. Apenas se dan cuenta de que debo arreglármelas solo toda la noche, comprenden que no se puede pretender atención cinco estrellas. Pero no todos lo comprenden y, algunos, se ponen exigentes conmigo como si tuviera la culpa de que no me designen ayudantes ni para esas fechas.
 Cuando está tan lleno, no se sabe qué hacer en primer lugar. El teléfono suena a cada minuto y no haces más que repetir que no hay espacio. Hay que limpiar lo que va ensuciándose y llevar toallas y sábanas a los que recién ingresan.
 Aquella noche yo estaba agotado tras pasar el día en el campo, antes de ir a trabajar. Había sido un hermoso día y nada había hecho sospechar que el crepúsculo podía llegar con semejante tormenta.
 Detesto las tormentas en horario de trabajo: las alarmas de seguridad se activan por sí solas y el vestíbulo se convierte en la imitación exacta de un chiquero. Debo armarme de lampazo y paciencia para sobrellevarlas.
 Cerca de las once de la noche llegó la calma: los que partían, partieron; los que quedaban, estaban durmiendo. Milagrosamente el teléfono cesó de sonar y ni me tomé la molestia de verificar si funcionaba. Un hermoso silencio se adueñó de los rincones y apoyé la espalda en el respaldo de la silla, intentando atrapar un poco de la paz que me rodeaba para recuperar el aliento antes de volvieran a llamarme desde alguna de las habitaciones.
 Cuando el timbre de la puerta sonó, pareció recorrerme completo. Pegué un salto y acudí para encontrarla a ella. Cubierta con un sacón, parecía una bruja, el gesto desencajado, el maquillaje corrido, los cabellos alborotados y un bulto contra el pecho: traía un niño entre los brazos. Empapada de pie a cabeza y con la voz quebrada me dijo que había ido de hostería en hostería en busca de un cuarto y no lo había conseguido. No pude decirle que se pegara la vuelta.
 La hice pasar y armé una cama improvisada sobre el sillón, para que recostara a su hijo, y le ofrecí usar el baño de los empleados para que pudiera darse una ducha y cambiarse de ropa.
 La que salió del baño parecía otra. El rostro aniñado, el cuerpo esbelto enfundado en un vestido leve de color rojo. Olía a rosas. Hasta su voz se había dulcificado.
 El niño dormía plácidamente, ajeno a la tormenta y los avatares de su madre por conseguirle una cama. Ella y yo pasamos la noche velando su sueño, tomando café y conversando hasta que amaneció y llegó mi reemplazante.
 Pensé que si la dejaba allí, la pondrían en la calle otra vez por falta de espacio. Así que la invité a mi casa, asegurándole que, al menos, un plato de comida podría ofrecerles.
 Aún no conocía de ella más que lo que me había contado, y no quise ser indiscreto preguntando por el padre el niño u otras cosas. De todo eso me enteré después, con el correr de los meses, cuando ya estábamos enamorados. Nos casamos hace ya tres años. Y aún, cuando me preguntan cómo nos conocimos, respondo que llovió del cielo con aquella tormenta que cayó en Semana Santa sobre Rosario.
 Nº 58 El bar de la Oca Negra
Solía frecuentar este bar durante la semana, para comer el bocadillo y tomar mi café demedia mañana.
En los fines de semana, allí tomaba yo el vermut y encontraba con los amiguetes para ver a los partidos.
Por la noche, este bar se transformaba en un Pub y más de una vez viví allí el fin de semana.
Fue allí que conocí a la mujer más guapa de todo el barrio, Susana. Estaba separada y tenía dos niños en edad escolar.
Sus cabellos negros y largos. Sus ojos expresivos. Su cuerpo escultural.Sí, un día la vi sentada en una mesa y me llamó la atención su belleza. Luego me percaté que ella también frecuentaba el bar a diario. Busqué la manera de acercarme y logré durante la copa mundial.El partido en si no lo recuerdo bien. Sé que jugaba España, pero no recuerdo contra quien.Lo que sí recuerdo bien era su cara mirando la tele. Apenas pestañeaba. Vibraba con cada buena jugada y gritaba como una posesa cuando marcábamos un gol.
Este día le invité una cerveza.Pedí a la camarera que la llevase a su mesa.Para mi sorpresa, ella se levantó y se acercó a mí para agradecer el detalle.Entablamos conversación y sentí que era algo diferente de las demás mujeres que había conocido hasta entonces.
Durante muchos meses encontrábamos en el bar la Oca Negra, a media mañana, para tomar el café y por las tardes para charlar un rato.
Entonces la invité a tomar una copa, un viernes por la noche.
Llegué sobre las diez y ella ya estaba allí con dos amigas.
Vestía un vestido negro corto, que dejaba a muestra un bello par de piernas. El pelo lo traía amarrado en una coleta alta, lo que realzaba aun más el rostro y sus ojos.
No más verme, vino a mi encuentro, me dio un beso en la mejilla y me arrastró junto a sus amigas, que me presentó no más llegar.
Aquel viernes supe que estaba enamorado.
Cuando la vi bailar, no me quedó sombra de dudas, era la mujer perfecta.Después de muchas copas, y con el alcohol ya surtiendo efecto, la invité a mi casa.Yo vivía a dos calles de allí y nos fuimos andando.Llegamos en mi modesto piso se soltero casi comiéndonos a besos.No más cerrar la puerta, me quité la camisa y fue por su blusa.Ella me dijo que esperara, que quería que las cosas fosen más tranquilas.Así que me tragué mi hombría y esperé el momento exacto.
Poco a poco ella me fue quitando el resto de la ropa hasta dejarme desnudo y entonces buscó una música y se puso a bailar para mí.
Fue quitando la ropa mientras bailaba hasta quedarse con un minúsculo tanga negro.
¡Que cuerpo!
Pero entonces algo pasó.
Antes de acostarse en la cama conmigo, me dijo que todo en la vida tenía un precio y medio el suyo.
Totalmente desconcertado, fue a mi cartera y aparté el dinero.
Lo hicimos, y fue no más terminar, ella se levantó, se vistió y me dijo adiós.
El lunes siguiente, cuando la vi en la Oca Negra, me saludó y se sentó conmigo.
No sabía de que hablarle, ni que hacer, ni como tratarla.
En fin, que me he enamorado de una mujer perfecta, a mis ojos, pero que se acostaba con todo el pueblo, por dinero.
N º 59 PLAZA DE ABASTOS
Siento predilección, cuando visito un pueblo o ciudad, por conocer sus mercados, sus plazas
de abastos. En ellos late, o latía, el pulso del lugar. Hoy, los Mercadonas, Carrefour y demás
supercherías invasoras, están acabando con ellos. Ellos formaban parte intrínseca de la
idiosincrasia de nuestros pueblos. Cuando los paseo, me gusta saborear los olores de las
frutas, reír con los pregones de los tenderos, dibujar en mi mente las sierras y colinas que
forman las verduras y hortalizas, prados de colores, tomates, apios y coles.
Esperaba encontrar todo esto y más en Moguer, pero me desilusioné. Su plaza es breve en
productos y callejones. No sé si será por esas supercherías, no sé si será que siempre fue así.
Vaya para ellos este recuerdo, para los que son y para los que se fueron.
Nº 60 Britania

- Conozco un bar buenísimo a donde podemos ir a tomarnos una copa– me dijo Grilo.
Así que acepté. No sé si con poco entusiasmo, pero sí con menos energías que las de él. Su carácter era así, impulsivo, aunque no siempre cediera a los impulsos. Bailaba como un péndulo entre una timidez anuladora y un frenesí repentino, a veces frenético. Era como si en su interior se librara una batalla extendida, y, cuando el estallido ganaba a la mesura, de la nada soltaba una idea, una propuesta. Pero aunque sus proposiciones reales eran siempre menos ampulosas que la forma en que las anunciaba, confieso que encontraba cierto disfrute en aguarle la fiesta en cada nuevo plan que me soltaba.
- Vamos – le respondí – sorpréndeme.
Llevábamos dos semanas de novios. Es, sin duda, la mejor época que puede existir. Se vive una prolongación de la temporada de cortejo, hay todavía una ilusión por romper el hielo, por seguir impresionando al otro, por actuar, simplemente actuar, sin dar por sentado que el otro es una presa segura. Y a mí me gustaba desvanecer sus ímpetus esporádicos, (que tanto esfuerzo le debían costar) tan solo para sentirme un poco una mujer difícil, un poco una reina, un poco una diosa. De ese modo él seguía buscando lugares y situaciones que pudieran impresionarme.
Llegamos. Bajamos del coche. Yo le sonreía mientras él me tomaba de la mano. Al cruzar la puerta, que se abrió automáticamente apenas nos acercamos, él se dirigió a un recepcionista que estaba tras una barra.
- El bar abre días de semana, también ¿cierto? – le preguntó Grilo.
Entonces caí en cuenta de que el muy perro me había traído a un hotel. A un ridículo y escondido hotel con bar incluido en el sótano. Un hotel de choque y fuga, como les dicen, de nombre Britania. Tamaño mamón, en plano San Isidro y con dos semanas de noviazgo este imbécil creía que ya podía emborracharme para luego subirme derechito a la habitación. Le pegué una cachetada ahí, en frente de ese recepcionista cómplice y un botones que apareció del supuesto bar. Salí a calle a buscar un taxi. Lo grité que no me siguiera, que se fuera al infierno si creía que era una mujer tan fácil como todas esas a las que seguro frecuentaba él. No pudo impedir que me subiera al taxi y felizmente no insistió porque el chofer hizo fuerza común conmigo y le advirtió que no subiera. Pero me siguió en su coche, sí, me siguió hasta mi casa y cuando le estrellé la puerta en la cara siguió con el timbre. Tuve que contarle la historia a mi hermano y fue él quien salió a largarlo a patadas y decirle que yo no era ninguna putanilla de a medio (¿implicaba que sí lo era a secas?) y que no volviera jamás a buscarme.
Y Grilo nunca volvió, desafortunadamente.
Han pasado diez años desde aquella vez y ahora, que sueño con que algún hombre me lleve de frente a las camas de cualquier hotel aún más cutre que el Britania (sin siquiera insinuarle que nos detengamos en un bar) he vuelto a este hotel, que milagrosamente sigue en pie. He venido con una amiga que me ha propuesto tomarnos la última copa de la noche “en el bar hundido de un hotel”. He recordado la noche de Grilo y le he contado la historia, sintiéndome un poco culpable, un poco estúpida, pues quizá él de verdad, tan solo quería una copa. Mi amiga dice que así somos todas las mujeres en esta ciudad, cándidas y puritanas en la adolescencia y unas putas de alto tránsito al pasar los treinta para recuperar el tiempo perdido. Que ahora las nuevas generaciones, en cambio, han invertido el orden, primero de revuelcan hasta consumirse y luego se la pasan inventariando arrugas, bebiendo como nosotras y rememorando tiempos pretéritos con la esperanza de que algún volante les haga el honor de un choque y fuga.
Nos hemos parado para marcharnos y he visto a Grilo en la mesa de la esquina con una copa en la mano y otro hombre enfrente. He pensado por un segundo que ahora Grilo es gay, pero me ha abordado la idea de que, quizá, efectivamente, el bar y el hotel sean dos universos aislados, tanto para los dueños como para sus clientes. Le he visto unas cuantas canas sobre la oreja y una barba de pocos días que me obligan a acercarme. Tiene una camisa de seda, gualda, cara, suelta. Desearía arrancársela con los dientes pero lo único que me queda es actuar con mesura. Después de todo, en actos violentos estoy al debe con él.
Me he acercado a su mesa y me ha reconocido sin ocultar su estupor. Le he dicho, sin intimidarme por el amigo, que desearía invitarle una copa, pero que, dado nuestro prontuario, para resarcirme, solo puedo invitarle de frente una noche en el Britania, aquí, en los altos de este bar. Grilo ha aceptado, raudo y sin dramas, pero me ha exigido que antes, nos tomemos una copa.
Nº 61 ——————– Espectáculo incluido
Me disponía a tomar mi caña cuando el borracho empezó discernir sobre el servicio militar obligatorio y las graves consecuencias de su ausencia en el proyecto vital de cualquier persona que se precie. Unos maricones son todos, decía. El bar estaba abarrotado. En la barra se acumulaban los clientes sedientos. Yo pude sentarme en un taburete y escuchaba atentamente el relato de lo que parecía el borracho oficial del establecimiento. Siempre me han interesado las historias militares. Suargumentación sólida y profunda me fascinaba. El borracho tiró varias veces un taburete al suelo y de vez en cuando escupía horrendos tacos que en ocasiones impactaban en alguna moral reprimida de algún cliente. De repente, el camarero, harto del discurso militarista y de la inevitable lluvia de improperios, saltó al ruedo y empezó a empujar al sujeto hacia la puerta.
—Venga a la puta calle, que me tienes harto.
— ¡Eh, eh, eh! — No te metas con él, ¡hombre!, que está ido —dije.
No me hizo caso. El camarero arrastró al borracho hacia la puerta, pero éste se aferró al marco para evitar la expulsión del local. Desesperado el camarero le dio una patada seca y certera en el estomago en forma de gancho. El borracho cayó bruscamente gritando de dolor. Los de la barra observaban el espectáculo sin intervenir. La tensión se mezclaba con el olor rancio de vino y madera de las barricas de vino. Una mujer salió de la cocina con una gran sartén grasienta y le dio al borracho en la cabeza que quedó inerte en el suelo. Un cliente con boina, alzó su chato de vino hacia la luz buscando imperfecciones en el caldo y afirmó gritando que el borracho seguramente era ya fiambre y que daba muy mala imagen ver el cuerpo de un desgraciado en la entrada de un bar de esa categoría. Entre el camarero, su mujer y yo arrastramos el cuerpo hacia la calle y lo dejamos en la esquina junto al contenedor de basura. Algunos clientes se asomaron a la calle para observar la reacción del alcohólico, pero éste se levantó del suelo y desapareció en la oscuridad. Horas más tarde, Carlos el borracho y yo cenábamos con el dueño del bar. Minutos antes le pasé la factura de nuestra actuación y él nos invitó a cenar agradeciendo nuestra profesionalidad. El dueño nos comentó que desde que contrató nuestras actuaciones costumbristas su clientela había
aumentado. Teníamos un repertorio extenso: borrachos, discusiones deportivas, políticas, gritos,peleas, canciones, reclamaciones, todo tipo de situaciones que daban vida y distracción a la clientela.Algunos sabían que éramos actores y aún así no les importaba, pero la mayoría lo desconocía. Se decía que siempre había mucho ambiente en ese bar, un bar como los de antes, como los de siempre, un bar humilde con espectáculo incluido.

Nº 62 EN EL HOSTAL

He decidido viajar con poco equipaje, quiero escapar de las grandes dificultades que actualmente tengo. Salí del hogar sin rumbo y al atardecer me alojé en un hostal, la habitación que me asignaron era cálida, sencilla, silenciosa, casi podía identificarla como el ambiente que necesita mi alma en este momento.

El silencio de la habitación me permite notar que una de mis complacencias, al igual que para otros seres humanos son las historietas mentales, nacidas y crecidas en los problemas de la vida y con un final modelado según la imaginación del autor.

Todos somos autores y espectadores de historietas mentales creadas con nuestras vivencias, en las que infantilmente asignamos el final que quisiéramos. Pero el final puede no coincidir con nuestras expectativas, en cuyo caso la historieta mental es un fracaso inicial, que promueve al fracaso real en que podría terminar nuestro problema.

La habitación vacía, las personas ajenas con las que me crucé al llegar, raptaron el tiempo que había sido propiedad de las historietas. La soledad que brinda este hostal me hace notar que ese tiempo tuvo un sabor dulce, me hizo sentir exitosa, en mi historieta yo fui una heroína o una víctima, pero no solo interpreté el guión, sino que mi mente parecía no distinguir lo que es real de lo que es imaginario, es como una niña golosa, para quien las interpretaciones de héroe o victima son el más delicioso manjar que se niega a soltar.

Salí a cenar y sonreí a varias personas que no conocía, todo en el hostal a mi alrededor constituye una nueva vida, al fin puedo respirar, descansar, no voy a pensar en el mañana que me devolverá la vida que quedó pendiente.

En esa vida fueron incontables las veces que imaginé a mis problemas con un final anhelado, cada historieta fue una compensación a la insatisfacción y a la impotencia por solucionar los casos y una vez construida la historieta, como creyente empiezo a exigir a Dios el cumplimiento del fin imaginado, otorgándole un pequeño margen de flexibilidad, siempre a mi favor. Así es como he podido obtener fracaso tras fracaso.

En la cena puedo ver rostros sonrientes de personas que por ahora no deben estar afectadas por grandes problemas inmediatos, no es que no los tengan, sino que están viviendo un “STOP”. Eso es lo que necesito ahora establecer un límite a mi mente, un pequeño tap con un dedo sobre mi frente puede ser suficiente para frenar una historieta.

Una imagen religiosa sobre el mostrador del administrador del hostal, me invita a revisar las bases de mi creencia, la oración que Jesús nos enseñó me es de gran utilidad, sobretodo dos frases que dicen: “Venga a nosotros tu reino y Hágase tu voluntad”

En “Venga a nosotros tu reino” estamos pidiendo todo lo que el reino de los cielos puede ofrecer: felicidad, paz y solución a todos los problemas, y en “Hágase tu voluntad” estamos desechando el final soñado de nuestra historieta y confiando ciegamente en la paternidad de Dios.

Que irónico es que cuanto mas desesperados estamos con un problema que tuvo su origen en nosotros, mas exigentes somos con Dios afectado por nuestras ofensas. Es necesario volver a la oración de Jesús, con la frase “Perdónanos nuestras deudas”.

De regreso a la soledad de mi habitación y cierro los ojos para desechar el fin que he creado en mis historietas, nuevamente cierro con más fuerza los ojos, confiando en el reino de soluciones que pedimos en oración, y finalmente desarmo mi papel de heroína y desecho mi guión de víctima. Las hago a un lado, para dar paso a la voluntad de Dios, y con un sincero desarme llega la paz.

Mañana será un nuevo día, me despediré agradecida por la soledad del hostal, rezaré sin exigir, los problemas que me esperan son los mismos de ayer, pero yo soy diferente. No necesito guiones, historietas ni finales, solo confianza y el desarme en busca de paz.
Nº 63 ( SIN TITULO )
La disolución de café con leche daba vueltas en el mismo sentido que las aguas del reloj al compás de la pequeña cucharilla de plata que las dirigía, mientras que el director, yo, me distraía aburrido mirando aquel curioso movimiento circular, que daba vueltas y vueltas.
La explicación de esta situación tan previsiblemente normal y rutinaria sin embargo tiene una resolución de lo más curiosa e interesante.
Recordaba el día en el que entré en el café por primera vez. Su sonrisa agarró a mi mente por la espalda, embotellándola para el final de sus días, o eso creía entonces, de tal forma que no fui capaz de pronunciar palabra cuando su voz melodiosa sonó en mis oídos.
- ¿Señor? ¿Desea tomar algo?
“Vuelve, estúpido” Me grité a voces sordas en mi cabeza.
- Un café con leche. – Dije aparentando normalidad. La chica desvió su mirada para apuntar en la pequeña libretilla, por lo que dejé de tener la perspectiva de sus preciosos ojos al alcance de los míos. Y, después de esto, deslizó su pelirroja melena para volverse sobre sí y marcharse.
Así, la misma escena se repitió un día sí y otro también. Todos los días me quedaba perdido en su mirada intensa hasta que esta desviaba su atención de la mía para atender a otras mesas, o simplemente para no mirarme más.
Supuse que era normal enamorarse de una camarera, además siendo un hombre soltero, de treinta y tres años, sin ninguna otra inspiración más que tocar la trompeta en la calle para ganar el dinero suficiente como para poder completar la entonces tan cara tarifa del apestoso casero.
Sin embargo no vi lo que en mi cabeza se fue dibujando a medida que el tiempo pasaba. Sentía como la profundidad de su mirada verde manipulaba cada fibra de mi cuerpo con sus manos, blancas y pálidas, haciendo que mi comportamiento cambiase de forma radical. Por primera vez en mi vida, dejé de tocar la trompeta sin más, y pasaba el día durmiendo, esperando que llegasen las seis de la tarde para poder llegar a las y media en punto a la cafetería y poder observar la mirada de mis sueños una vez más… El encaprichamiento derivó en una obsesión que bailaba entre la frontera de lo cuerdo y lo loco.
Pero como todo en este mundo, mi idílica situación rompió con su rutina de forma estrepitosa. El jueves, quince de enero de 1923, volví a entrar a las seis y media en punto en la cafetería. No hizo falta mirar a la barra, ni buscarla con la mirada, ni preguntarme por qué. Simplemente faltaba la felicidad, la luz, el motivo de mi existencia…. Porque no me hizo falta buscarla para saber que en aquel sitio, ella ya no estaba.
Volví una y otra vez, sin atreverme a preguntar. El cruel café con leche caía desafiante desde las manos de una nueva mujer, unas manos oscuras y ásperas a la vista, totalmente diferentes a la de mi idílica camarera.
Ya no pude contemplar la extensa cabellera pelirroja bailar al compás de sus andares mientras le acariciaba la parte trasera de la camisa blanca, cuando se alejaba de mi mesa. No pude contemplar entonces sus manos depositar cuidadosamente el tan delicioso café con leche que ella me dejaba como un regalo, un epílogo de una obra que jamás se llegó a escribir, de un mentiroso continuará, de la falsa esperanza disfrazada. Ese café que esperaba que algún día tomase sentado a mi lado.
Y como todos los días, introducía la cuchara de plata en la taza de café para darle vueltas y vueltas y mirar absorto como el café no paraba de girar, perdido en los pensamientos que me traían una y otra tarde allí, frente aquella taza de café, asqueroso y amargo, que solamente daba vueltas y vueltas al son de mi cucharilla.

Nº 64 LA GATA Y EL RATON
Apoyado sobre mi brazo izquierdo bebo tragos del tirón y te imagino rondándome como les rondas,abrazándome como les abrazas, besando mi boca como besas las suyas. Puede que sea el efecto de esta espiritosa que nubla mis percepciones, pero todas las noches acabo de igual forma, tirado sobre el colchón de mi apartamento, con un insoportable dolor de cabeza cuando la habitación deja de dar vueltas. No sé por qué regreso a este antro. No sé qué me ata a él. No sé por qué sigo bebiendo esa mierda que acabará matándome un día de éstos. Sí, lo sé. Pero no quiero escuchar la explicación que bien podría darme. No quiero saber que
eres tú la que me hace acudir hasta allí. Tendría excusa si pensase que el antro está en mi barrio. Pero no lo está. Tendría excusa si creyese que el antro queda en algún punto del camino de regreso a casa. Pero se encuentra en el extremo opuesto a la ciudad. Eres tú, sólo tú, la que me hace llegar hasta aquí, la que me mata con cada uno de sus desplantes y me revive con su sola presencia. ¡Ponme otra Sam, y a ella también!
Y ahí estás de nuevo, sorbiéndole los sesos a ese estúpido con ojos de vaca, tristemente distanciados el uno del otro, como si de tan mal avenidos hubiesen puesto piel de por medio. Esos ojos que te observan sin miramientos, que se adentran en las profundidades de tu escote generoso y corruptor mientras tú plantas tus senos delante de su cara, uno a cada lado de sus belfos, a la vez que él trata de respirar con los ojos aturdidos
y desencajados, a punto de saltarle de las cuencas y adentrarse en el olvido de tu cuerpo. Tu boca llena de caricias su oído inquieto y tu aliento eriza su piel, su boca traza gestos de placer contenido y su cuerpo se estremece, consecuencia de tus palabras de embauco y del deslizar de tus dedos, finos y alargados,recorriéndole la espalda bajo la camisa. Devoras su boca con celo, sus labios desaparecen entre los tuyos para aparecer brillantes y salivados, sin importarte lo que yo piense, o lo que sienta, o lo que sufra, o lo que duela. Ahora, simplemente, me miras mientras te lo comes, y ese mirar tuyo, me enloquece y me excita. Sin dejar de observarme, tomas su mano, velluda y nudosa, y la llevas a tu pecho, apretándola contra el incipiente
pezón que se abre paso en la tela del vestido para que él se desinhiba. El tipo tiene los ojos cerrados, como si soñase, y apenas sabe hacer lo que debería. ¡Estúpido con suerte! ¡Desgraciado ñurdo! Os levantáis y marcháis directos al baño mientras yo me quedo desmadejado sobre la silla, encallado en la barra, con la cabeza apoyada sobre el brazo izquierdo, mirando al fondo del vaso de esta ginebra que me mata casi tanto como tú, deseando tener la suerte del ojos de vaca, porque así podría tenerte a ti. Percibo, aletargado en mi ensimismamiento, tu voz cercana y melosa. Un sombrero tejano. Puede que sea lo único que has podido ver en él que te haya hecho sentarte junto a ese don nadie y no junto a mí. ¡Ponme otra Sam, y a ella también!
No es más joven que yo, ni más guapo que yo, ni más limpio que yo, ni más… Pero estás con él y no conmigo.
Y me siento frustrado y sucio, me pregunto una y otra vez por qué cualquiera y no yo. Siento ganas de vomitar al ver cómo tu mano, morena y ágil, avanza desde su rodilla hacia su entrepierna, decidida. Ya de rodillas frente a la letrina, apoyo mis manos a ambos lados y la cena avanza a bocanadas con virulencia, invirtiendo elcamino andado, cayendo sobre el agua del fondo sin formar figuras que traigan buenas nuevas como hace el café. Simplemente los grumos se arremolinan en una de las paredes laterales, uniéndose emparejados. Hasta
ellos tienen pareja… Alguien golpea la puerta del baño. ¡Ya salgo joder! Mientras me incorporo y me limpio la boca de los últimos restos, el metálico sonido de unas hebillas desenhebrándose capta mi atención. A continuación, unos jadeos y el peor de mis temores acechando a mis deseos. Atravieso la puerta casi sin mirar pero, de soslayo, te encuentro mirándome con lascivia, uno de tus senos rebrotándose por el hueco del escote mientras él, agachado entre tus piernas, que descansan sobre la pila del lavabo, busca con su boca el fruto de
mi perdición… Desaparezco de allí con los ojos dolidos de tanto apretar por no seguir mirando. El humo del tabaco y los punteos de una guitarra desafinada me devuelven a la barra. ¡Ponme otra Sam!
Ya nada me importa. Mis ojos vidriosos buscan a Sam. Pagarle las copas e irme a mi casa. Ese es mi objetivo.
Otra noche que no volveré a ver, una paletada más a mi sepelio. Sin nada. Sin nadie. Mis ilusiones se arrojan por el desagüe de una realidad a la que no le caigo demasiado bien, que ceba mis sueños de ti y te coloca cerca, tal vez demasiado, para arrebatarte siempre y alejarte de mi cuerpo. Yo soy el hombre que tú necesitas pero tú no serás, a buen seguro, la mujer que yo merezco. Y sin embargo, ahora que te acercas a mí, cuando ya todo el mundo se marchó a encamarse, le pido a Sam que anote en mi cuenta la copa que consumes porque me miras con ese deseo que me cautiva. Y aunque es el mismo con que me observas cuando te lo montas con otros, nada me hace mayor bien que creer que te satisfago, aunque sea dilapidando mi dinero en tus tequilas salados con un punto de limón. Y cuando me dispongo a abandonar la barra finiquito el último trago y dejo el vaso sobre la piedra, y tu mano entonces alcanza la mía y detiene mi ser y hasta los latidos de mi corazón. Esa misma mano recorre mi brazo en ascenso hasta mi cuello y luego viaja sobre el contorno de mis labios, y de seguido tu boca se funde con la mía para despertar en mí lo frustrado y lo adormecido. Mis manos despiertan y buscan tu cuerpo pero tú las tomas con mando y las separas de tus curvas. Es suficiente
por hoy, arrojan tus labios en un siseo. Y yo, tonto de mí, lo asumo como un soldado raso, recojo mi cazadora y mientras camino hacia la salida, engarzo la cremallera y tiro de ella. Afuera hace frío, mi aliento se convierte en vaho blanquecino elevándose por encima de mi cabeza. En ella, tu cuerpo y tu boca, tus curvas y el deseo que encierran tus ojos. Se que es una táctica, que sabes mover tus fichas con maestría y que mantendrás el cabo que nos une lo suficientemente tenso para que penda de tí y lo suficientemente distendido como para
que no me ahogue y desfallezca. Es tu juego. Soy tu presa. Y a pesar de darme cuenta, quiero participar de ello y disfrutar de cada momento que me entregas. Dentro de dos horas el despertador me anunciará que tengo que acudir al trabajo en media hora. Apresuro mis pasos, la casa se encuentra todavía distante, a varias manzanas en línea recta. Necesito el dinero. Me permite continuar la partida.
Nº 65 AMOR DE HOTEL
Estaba en medio de un gran chapuzón, el transito estaba horrible y como es de costumbre ninguna taxi disponible y creo que ningún taxista me hubiera recogido por que estaba empapado asta los calzoncillos, no me importo mojarme más, es mas creo que disfrutaba, sentir la lluvia, se me venían gratos recuerdos de mi niñez, realmente estaba disfrutando la lluvia a si que decidí ir caminando a mi departamento.
En medio de recuerdos y más recuerdos, sentí un pequeño golpe, me había topado con una mujer, era la mujer más bella que había visto, la lluvia rosaba todo su rostro era como ver mil ángeles danzando solo para mi, mi nerviosismo se noto de inmediato, trataba de disculparme por el tropiezo, ella se disculpo primero, yo no sabia que decir estaba muy hermosa, me hubiera quedado viéndola toda mi vida.
Me di cuenta que ella tenia un poco frio aun que no le importaba mucho, creo que estaba disfrutando la lluvia como yo, quería invitarle a tomar un café o algo por el estilo pero ningún local nos hubiera recibido ambos estábamos muy empapados, fue cuando me di cuenta que estábamos parados frente de un hotel, quería invitarle a pasar pero pensé, tal vez se moleste o lo tome como un insulto, tenia que elegir las palabras adecuadas, cuando ella se adelanto de nuevo, me dijo que pasemos, esperemos que pase un poco la lluvia, de ninguna manera rechazaría su invitación.
Pasamos al hotel era uno sencillo, tenia unos sofás antiguos pero muy conservados, salió de un cuarto un señor de caballera muy blanca de apariencia chistosa, tenia la nariz muy pronunciada, tenia el asentó francés, nos vio y nos dijo sí deseábamos un cuarto, me puse muy nervioso, ella contesto que no, solo nos estamos refugiándonos de la lluvia, el señor muy serio nos dijo que no podíamos quedarnos, la única forma que podíamos quedarnos era hospedándonos, mientras afuera los rayos seguían gritando que la lluvia aun tiene para más, esta vez me adelante le mire los ojos a la dama y le dije que si podíamos hospedarnos asta que pase la lluvia total ya estamos aquí, ella sonrió un poco y acepto la invitación, me acerque al hombre que nos recepción para darles mi datos y hospedarnos, ella pregunto si tenia algo de beber un café o algo, el viejo señor le dijo solo tenemos vinos pero vinos de muy buena calidad, ella me miro y dijo tu pagas el hospedaje y yo invito el vino. Era la mejor noche me preguntaba si estaba pasando o no, o era un simple sueño.
Pasamos a la habitación, eran habitaciones decorados con cosas antiguas, tenia veleros antiguos, cuadros antiguas, y algunas fotografías también antiguas, el piso era alfombrado se sentía muy cálido en el cuarto, también tenia una ventana muy grande empezaba desde el piso asta el techo con una gran cortina, la ventana tenia vista a la autopista. Estábamos muy empapados ella me pregunto mi nombre y yo pregunte lo mismo ella sonrió era tan bella, que su sonrisa me desorbitaba me ponía muy nervioso, le pregunte el motivo de su sonrisa me dijo: “no te conozco y ya estoy en un cuarto contigo”, yo también sonríe un poco no supe que decir, ella se metió al baño se seco y salió con una bata, ella me dijo cequeta, hay otra bata en el baño.
Después descorche la botella de vino, nos sentamos en la alfombre frente a la ventana corrimos la cortina y nos pasamos viendo la autopista y los diversos carros que pasaban, hablamos de todo desde nuestra niñez, asta nuestros trabajos, lo que pensamos, nuestras metas, era una noche estupenda, seguíamos conversando, esperando que la lluvia pase. Rezaba y pedía a Dios que nunca acabara de llover, pero lo más seguro era que nuestra botella de vino se acabara antes de que acabe de llover. Estaba enamorado de aquella mujer tenia tanto miedo decirle, que la amaba y quisiera pasar toda mi vida a su lado, tenia que hacerlo nunca me perdonaría si dejaba pasar esta oportunidad, estaba enamorado con un adolescente, cuando estuve apunto de decírselo, hubo un apagón en la ciudad y sentí el paraíso en mis labios ella me había besado.
Esa noche siempre estará en corazón y lo recuerdo cada vez que veo a la mujer que duerme a mi lado. Éramos dos gitanos siguiendo el flujo de la naturaleza, éramos dos gitanos cómplices del destino.

Nº 66 EN LA PLAZA DEL ÚNICO BAR
La canción de Sabina sonaba machaconamente en el coche. La había venido escuchando todo el camino hasta Córdoba. Diría que la sabía de memoria de tanto oírla. Por fin, después de dar muchas vueltas, logré aparcar. Arrastrando la maleta me dirigí hacia una placita cercana. Me encaminé al único bar que vi abierto. Mientras me aproximaba, iba tarareando la canción de Sabina: ”Fue en un pueblo con bar…”
En la barra pedí un café solo. Al levantar la cabeza la vi: era una chiquilla bellísima. Me miró desde la profundidad de sus hermosos ojos verdes. Sentí deseos de tenerla. Pero sólo se me ocurrió decir:
─Oye, necesito alojarme por dos noches, ¿hay una habitación en este hostal?
─Creo que sí. Pasa a recepción ─dijo señalando a la izquierda─. Mi tío te atenderá.
Mentalmente me dije que Córdoba no tenía mar ni, yo había asistido anoche a un concierto. Y la sugerente letra no dejaba de martillearme en el cerebro: tú reinabas detrás de la barra del único bar…
Sin pensármelo un segundo le espeté que me gustaría dar un paseo con ella, así me enseñaba su ciudad. Me dijo que tenía que atender la barra hasta las doce. Te esperaré hasta esa hora, le dije.
La reunión comercial resultó un éxito. Esto significaba viajar a Córdoba bastante a menudo.
Después de la comida de trabajo recorrí algunos lugares típicos y ya oscurecido, me dirigí al hostal. Allí estaba ella. Tenía el pelo recogido en una coleta. Vino hacia mí. Le pedí un cubata, como en la canción.
Se fue a atender a unos clientes. A los cinco minutos regresó y me pidió que le cantara la canción. Lo haré, pero deberás dejar abierto el balcón, le dije. Respondió sonriendo que estaba loco y se fue.
Esperé impaciente. Pasadas las doce apareció con un vestido azul, corto, y la cabellera negra suelta. Sus grandes ojos brillaban en la oscuridad. Le dije que me encantaba esta ciudad y me llevó a unos rincones inexplorados por los turistas. Terminamos en una calle típica por sus bares y mucho ambiente joven. En el pub pedimos dos cubatas, y me pidió que se la cantara de nuevo. Me aproximé a ella, le pasé la mano por el hombro y le canté el estribillo. Luego le hablé de mi vida, de mi trabajo en el Norte. Ella sólo contó que vivía con sus tíos, que era de un pueblo con mar, en el Sur.
De vuelta hacia el bar la cogí de la mano, y ella se estremeció. La acaricié. La besé en la cara. Y nos abrazamos. Aquello pasó de repente, como en la canción.
─Estamos llegando a la Plaza del bar ─dijo ella zafándose de mis brazos.
─¿Por qué la llamas la Plaza del bar?
─Porque el bar de mi tío, es el único que hay en la plaza. Había otro en la parte de abajo, pero cerró, por la crisis, ya sabes. En su lugar han abierto una tienda de telefonía móvil.
Bajo una farola le sellé la boca con un beso. No dejé de besarla hasta llegar a la puerta del bar.
Le pedí que durmiera conmigo. Me dijo que ella iría a mi cuarto, que dejara la puerta abierta.
Al día siguiente estaba deseando terminar mis compromisos para llegarme junto a ella. Era lo mejor que me había sucedido. Y no quería perderla. Por la noche le hice una seña. Ella entendió que la esperaba en mi cuarto. Le ofrecí una copa de cava. Brindamos. Me miré en sus ojos verdes con rabiosa tristeza. Por la mañana yo me iría lejos. “…Y desnudos al anochecer nos encontró la luna…”
Al bajar a desayunar ella no estaba tras la barra. No querría despedirse. Lo entendí.
Llegó el otoño. Me sentía deprimido, con un poso de melancolía. El invierno fue anodino, eterno. No volví a Córdoba hasta principios de junio. Como el año anterior, aparqué cerca del hostal y, temblando como un adolescente, me encaminé hacia mi amada “plaza del bar” del pasado verano.
Lo mismo que en la canción, ya no existía nuestro bar. La única diferencia era que en vez de una sucursal del Hispanoamericano, había una tienda de “Compro oro”. En el otro extremo de la plaza, vi un rótulo con grandes letras se leía HOSTAL. Entré en él. El bar estaba vacío.
Pregunté por muchacha morena, de ojos verdes, que servía en el otro bar el año pasado.No sabía su nombre, nunca se lo pregunté: me bastaba con estar junto a ella, con sentirla y amarla.
Mi historia fue real. La conocí en este lugar y aquí la amé. En recepción pedí el mismo número de habitación que hacía un año. En mi soledad, rememoré todo lo vivido el pasado verano. Encendí mi MP3. La voz aguardentosa de Sabina desgranaba los versos que me sabía de memoria.
Me volví. Noté que unas lágrimas rodaban por mi cara. Con el pensamiento puesto en aquella muchacha, abrí de nuevo la botella y me serví otro cubata. Luego bajé a la calle. Cogí unos adoquines. Y los arrojé con rabia. No tardaron en llegar los municipales. No me defendí. Me subieron al coche policial y me encontré en la comisaría.
Y en la sala donde me metieron para tomarme la declaración, allí estaba ella. Quedé impactado. Me miró sin extrañarse. Estábamos solos en la sala. Le pregunté qué hacía allí.
─Esperarte ─respondió sin dejar de mirarme.
Me dijo que esperaba que, si la amaba, vendría algún día, como en la balada y por eso sabía que mi destino final era terminar allí, en la Policía; y por eso se preparó, opositó a policía y solicitó ese puesto.
Le sonreí, me sonrió: se nos iluminaron las caras. Le tarareé nuestra canción.
Y nunca un preso estuvo tan feliz de que lo llevaran a la cárcel.
Nombre del relato: EN LA PLAZA DEL ÚNICO BAR
Nº 67 “Encuentros del destino”

Al empujar la puerta, me encontré una cervecería de estilo country, que siempre había provocado mi curiosidad. Toda entablillada desde el techo abovedado hasta el suelo, la madera crujía bajo mis tacones. Como por inercia, empecé a caminar de puntillas, serpenteando entre la multitud que se había congregado en ese local de culto. Abarrotada de punta a punta, busqué una mesa vacía. Había quedado sobre las siete y aunque me había adelantado más de media hora, ese tiempo me serviría para disfrutar más de aquel rincón.
Vi que arriba había otra planta, así que subí, cogiendo la baranda barnizada en color caoba, y escalé suavemente cada peldaño, despacio, apoyando mis pies esta vez, sobre una moqueta.
Ya arriba, eché un vistazo amplio, más mesas desocupadas, y hasta la música, que provenía de una colorida y antiquísima gramola; advertí, sonaba más suave.
Escogí sentarme en una mesa que daba a una ventana, las puertas de ésta tenían una pintura ya corroída, pero que le daban un aire al entorno, más auténtico, dándole mayor carácter a todo el mobiliario de la cervecería.
Ya sentada, a los cinco minutos se acercó un camarero a tomar nota de lo que iba a pedir. Nada más cruzar nuestras miradas, provocó que la bandeja que sostenía con soltura en su mano se le cayese de golpe. Ruborizado la recogió, mientras yo intentaba ayudarle, recogiendo su bolígrafo negro y su blog de notas. Todo el mundo nos estaba mirando, pensé que al levantarse su rostro se habría quedado serio; sin embargo, sus primeras palabras me hicieron sonreír sin esperarlo.
-¿Tú ves lo que hay que hacer para llamar la atención de los demás? –respondió, mientras dejaba asomar una preciosa sonrisa que me dejó temblorosa.
-Sí –sólo supe responderle, a lo que él, notando mi timidez y mi escasa recurrente respuesta, con todo el descaro del mundo, separó la silla de enfrente mío, y se sentó como si fuese a él a quien estaba esperando.
-Perdona, pero es que estoy esperando a alguien, no quisiera parecer grosera, y lamento mucho la escena anterior con la bandeja, pero creo que lo más seguro es que alguien te esté echando de menos, ¿tu jefe, por ejemplo? –Mis palabras no debieron parecerle convincentes, porque nada más acabar mi frase, me estampó un beso en los labios y me dijo:
-Eres la muchacha más tozuda que me he encontrado jamás, deja de fingir que no me quieres y deseas, y por una vez en tu vida, déjate llevar –y acto seguido, se levantó y se fue como si no hubiese pasado nada, a servir una mesa, no sin antes girarse hacia mí y guiñarme el ojo de manera cómplice.
Con los nervios a flor de piel, casi se me olvida el porqué de estar allí sentada, mi cita. Había quedado con mi buena amiga Aitana y ya eran las siete y cuarto. La llamé pero su móvil no daba señal, cosa extraña, así que le dejé un mensaje diciéndole que la estaba esperando y que tenía una extraña anécdota que contarle, poniéndole entre comillas, “he encontrado el amor de mi vida”.
Pasaron unos veinte minutos más antes de que volviese, trayendo en su bandeja, esta vez con mayor equilibrio, un par de cocteles, adornado uno de ellos con una sombrilla de color naranja.
Sin dejar de mirarme, me sirvió la copa dejando la otra en el que se había asignado como su asiento, sentándose después. Levantando su copa en señal de brindis, me sonrío instándome a hacer lo mismo.
-Por nosotros, porque a partir de ahora nuestros caminos no se separen, y aunque hayamos tardado una eternidad en encontrarnos, por fin estamos juntos y éste será el comienzo de la más bella historia de amor –Sin levantar mi mirada de la suya, y como llevada por un cuento con el que había soñado toda la vida, elevé mi copa, brindando con aquél desconocido que había recorrido mis entrañas y mi corazón de una manera desbocada y nada usual.
-¡Por nosotros! –añadí, y con el más natural gesto, me levanté y lo besé durante un largo rato que se hizo corto y frenó, tras el inesperado sonido de dos móviles sonando al mismo tiempo.
Sin darme cuenta de que el mío también sonaba, me quedé observando como su rostro palidecía por momentos tras haber cogido la llamada de su teléfono. Su expresión amorosa había desaparecido, y yo sentí una opresión en el corazón, provocando que me abalanzara sobre mi móvil antes de que desapareciera el último tono de llamada. La voz del interlocutor me resultó familiar, y tras prestar la máxima atención a las palabras que escuchaba, mi rostro también acabó desencajándose.
A los dos días nos encontramos de nuevo, esta vez en un cementerio; yo, asistiendo al entierro de mi gran amiga Aitana, él, al de su hermana…Aitana también.
Aquella tarde, el encuentro con mi amiga, tenía como propósito, presentarme a su hermano Alejandro, camarero de aquella cervecería.

Nº 68 SOLO FUE UN ROCE
Sólo fue un roce. Un simple roce de la punta de sus dedos en su hombro desnudo y la chispa saltó. ¿Bailas?, oyó a su espalda, y se giró lentamente para confirmar con sus propios ojos lo que su instinto le había anticipado. Era él. Las rodillas le traicionaron y aceptó la mano que le ofrecía más por accidente que por voluntad propia. Él la atrajo hacia sí con un hábil movimiento y la rodeó por la cintura hasta que la tuvo firmemente pegada a él. Atrapada en su abrazo dio rienda suelta a lo que había estado tratando de ocultar durante toda la fiesta. Deseaba a ese hombre.
Él jamás se había sentido tan dominado por un impulso. En cuanto entró en el pub y la vio supo que estaba perdido. Un sexto sentido le había llevado a acudir a la fiesta de cumpleaños de un compañero de trabajo, aunque a sí mismo se había dicho que lo hacía por ser educado. Lo que no esperaba era encontrarla a ella allí. Y a pesar de tratar de evitarla durante más de dos horas, mirara hacia donde mirara, allí la veía. Así que dejó de escabullirse de lo que el destino parecía depararle y fue a por ella sin pensar.
Sólo fue un roce. Ella estaba frente a la barra y él rozó su hombro ligeramente para no sobresaltarla. Pero el chispazo que le provocó su cremosa y delicada piel le hizo hervir la sangre con un único mensaje. Mía. Sus brazos fueron los primeros en demostrar la excitación de todo su cuerpo cuando la atrajeron hacia él sin darle pie a declinar su oferta. Sus labios habían pronunciado una sola invitación, pero los movimientos que la llevaron a la pista insinuaban la propuesta de otro tipo de danza.
Ella no sabía dónde poner las manos. ¡Dios bendito! ¡Aún le temblaban! Había tirado al menos cuatro vasos desde que lo había visto entrar por la puerta. Su primer impulso había sido esconderse. Cobarde. Pero como no podía hacerlo se había limitado a esquivarlo. Parecía mentira que ahora sus temblorosas manos decidieran ir por libre y estuvieran recorriéndole la espalda, recreándose en ella al ritmo de la música. Pero aún más increíble era que el hombre del metro, el más sexy que había visto en su vida, la hubiera sacado a bailar y la estuviera mirando con aquellos traviesos ojos verdes como si no llevara ropa. Por el momento, sus manos se habían deslizado por el interior de su camiseta a la altura de la cintura, y prometían ascender con cada nota. Se aferró a sus hombros cuando las rodillas volvieron a fallarle. ¿Se podía tener un orgasmo con tan solo un baile? ¿Y con un hombre al que apenas conoces de verlo los veinte minutos que coincides con él en un vagón?
Se respondió a sí misma cuando en un cambio de canción él la hizo girar. Besó, y casi mordió, el dorso de su mano mirándole hambriento la jadeante boca y la volvió a pegar contra su cuerpo, demostrando en el impacto que estaba tan excitado como ella.
Hernán se quedó sin aliento. La mujer más sensual que había visto en su vida parecía estar derritiéndose entre sus brazos o, más concretamente, contra un punto entre sus piernas. La tenía tan cerca que podía percibir su aroma. Oh sí, era la misma fragancia afrutada que desprendía aquella tarde que se permitió la licencia de situarse justo tras ella cuando llegaban a su parada. Ese día tenía el pelo mojado, y no pudo evitar imaginársela en la ducha, y a la noche, soñar con ella por primera vez. Él volvía de trabajar y, para su suerte, habían vuelto a coincidir. Supuso que a esa hora ella iría su trabajo, y recordar ese detalle hizo que, por fin, pudiera pensar en algo que no fuera ese impresionante cuerpo.
¿Estás trabajando?, le preguntó apartándola ligeramente para poder verla. Iba con pantalón y camiseta de tirantes negros, y como no había ni punto de comparación entre cómo le sentaban a ella y al resto de las camareras, ni se había parado a pensar que pudiera ser un uniforme.
Sí, respondió ella alejándose de pronto de él. Y de hecho, debería seguir haciéndolo.
Selena volvió a la barra. Se puso a recoger los primeros vasos que encontró. El tercero se le escurrió entre las manos cuando aquellos pecaminosos dedos se posaron sobre sus hombros de nuevo.
¿A qué hora sales?, susurró en su oído, pero a ella le sonó más bien como voy a devorarte.
A las 3, dijo en un suspiro, queriendo decir soy tuya a partir de esa hora y para siempre.
La camarera de la barra salió en ese instante y le quitó de las manos una bayeta que apretaba con excesiva fuerza. Yo salgo a las 3. Tú sales a las 12, y son menos cinco, dijo con una sonrisa.
Para cuando Selena entendió el capote que le acababa de echar, la camarera ya le había puesto en las manos la chaqueta y el bolso. Así que, o bien tenía una muy patética impresión sobre su vida sexual, o bien era la mejor jefa del mundo.
Hernán y Selena se dirigieron a la puerta del pub con repentina timidez, lentamente y cogidos de la mano. Pero en cuanto la cruzaron, sus bocas se colmaron con una desbocada avidez que era el preámbulo de otro baile mucho más íntimo.
N º69 MECÁNICA DINÁMICA

Alongado en la balaustrada superior del café Manhattan, a cuatro metros de altura, recordé al majareta de Alfred Jarry, pistola en mano, disparando contra los espejos de los cafés parisinos, hechos que provocaban, normalmente, el pánico y la precipitada huida de buena parte de la clientela. Eso y como, en una ocasión, tras el tiroteo y ya más tranquilo, se volvió hacia una mujer sentada a su lado y le dijo: «Ahora que hemos roto el hielo, charlemos».
Desde niño, asomado a ventanas y balcones, desarrollé cierta afición por las alturas. Me subía, me alongaba y captaba o creía captar ideas propias, nuevas perspectivas. Me resultaba relativamente fácil elucubrar sobre los pormenores del vuelo libre, analizar y predecir la naturaleza de los movimientos que resultaban de las diferentes interacciones posibles: el momento, la fuerza y la energía, fundamentos de corte escolar bajo nombres interiorizados a base de muchas horas y un cuidadoso método de repetición. Newton y Galileo, nada menos. De igual forma, justo es reconocerlo, mi afición concitaba también una particular atención publica y/o privada muy definida: «¡baja de ahí, niño!»
De esa guisa, en un equilibrio imperfecto pero útil sobre la balaustrada del café Manhattan, observé los movimientos acompasados y vibrantes de doña Malena, aplicada sobre la máquina de café, y a dos clientes y medio inmersos en sus pistas diarias. O despistados. O un poco de todo. O yo qué sé. Pintxo de tortilla, café muy cargado y Montecristo del cinco.
Mis circunstancias y mis propósitos no fueron descubiertos de inmediato, así que volví los ojos hacia el medio cliente que fumaba junto a la puerta, mitad dentro, mitad fuera, ladeando un poco la cabeza para cruzar nuestras miradas. De aspecto inanimado, aparentemente limpio pero profundamente sucio, de sus labios y de sus dedos surgía un hilo continuo de humo que, por la leyes de la Física y de la Teoría Cinética de Gases, ascendía y se mezclaba con el vapor de agua de la vieja cafetera Saeco, cuatro servicios, dieciséis tazas sobre las carcasa y un trapo a juego.
«Otro maldito fumador», pensé. Y así lo dije, alto y claro, como un disparo, desde arriba, a cuatro metros de altura, alongado en la balaustrada del café Manhattan y pretendiendo emular, convenientemente actualizado, al patafísico Alfred Jarry, cuya afición a desenfundar la pistola y disparar le había causado mas de un disgusto -aunque ningún herido- y, concretamente, que buena parte de la gente huyera precipitadamente ante cualquier movimiento extraño.
En mi caso, la primera consecuencia fue otra. Apenas un «Hostia, ¿qué haces ahí?» resueltamente ejecutado por parte de doña Malena mientras equilibraba dos tazas de café en una sola mano. Eso y la media sonrisa del medio cliente que, simuladamente distraído, preparaba un nuevo homenaje a su Montecristo del cinco, un cuarto de pierna fuera, un cuarto de pierna dentro del, en aquel instante, surrealista café Manhattan.
Se trataba, consecuentemente, de ser más claro. Se trataba, en definitiva, de exponenciar la táctica de Alfred Jarry. Aprovechar las prácticas mentales interiorizadas desde niño e invocar un trinomio perfecto. Jarry, Newton y Galileo. Momento, fuerza y energía. Si resulta que el momento, la fuerza y la energía se conocen, y se ponen en práctica de una forma expresa, es posible establecer reglas mediante las cuales predecir los movimientos resultantes. Partir de un punto A, la balaustrada superior del café Manhattan, y llegar a un punto B, el piso inferior, para, como resultado, dejar claro un punto de vista, se presentaba bastante fácil a base de tanta práctica teórica.
Así que me lancé. A por él. Y, en este tipo de lanzamientos, el cuerpo está sometido simultáneamente a la acción de dos variables: un movimiento horizontal con velocidad constante, y un movimiento vertical y uniformemente acelerado, variables que produjeron que mi desplazamiento resultante fuera el predicho, un premio a la lógica: la trayectoria parabólica. De la balaustrada superior, al piso inferior. Lanzamiento, fuerzas en juego, tiempo de vuelo y, como resultado, posición final. Un pequeño estruendo, caras de estupor y un conato de huida precipitada . Por fin, las mismas consecuencias que provocaba la extraña afición de Alfred Jarry complementadas con los efectismos típicos de la mecánica dinámica.
Ya en el suelo, más tranquilo, no pude más que sonreír satisfecho: «Ahora que hemos roto el hielo, charlemos de la Ley Antitabaco».
Nº 70
MIENTRAS ESPERO

Apoyé los codos sobre la barra, consciente de que las mangas de la camisa estaban absorbiendo los restos de cerveza. Acomodé mi cabeza entre los brazos y vacilé la complicada posibilidad de encontrarme al lado a algún desconocido interesante en cuanto regresara a mi posición normal.
Mi pareja no tardaría en llegar. Su turno acababa en diez minutos y la oficina estaba cerca del bar. No obstante, estaba dispuesta a arriesgar por satisfacer mi placer libertino. Al fin y al cabo, él era consciente de mi debilidad e incluso la compartía conmigo, lo cual me enorgullecía. A nadie le amarga un dulce, y nos convencimos de que sólo es prohibido cuando se pierde el control.
Mientras procuraba apaciguarme, me sedujo una voz susurrante gradualmente más intensa cuanto más se acercaba. Percibí el vapor de su aliento empañando mi oído y produciendo un gracioso hormigueo. Me conmovió hasta el punto de erguirme con un ritmo pausado, como si le buscara guiándome por el olfato.
– Sssssh. Finge que no me esperabas, así será más excitante.
– ¿Al menos puedo mirarte?
– No es necesario cuando existe el poder de la descripción.
– Entonces, preséntate –sugerí atrevida, y continué: voy a atender con los cinco sentidos.
– Será suficiente con menos.
– Vaya, demuestras ser vanidoso.
– No lo creas. Me sonrojo con facilidad, hasta el punto de adoptar un color rojo cereza.
– Sí que es exagerado. Resultas pasional, fulgurante, maduro.
– Desprendo un aroma frutal. Utilizo el mismo perfume desde que tengo uso de razón, aunque disfrutarás más si te acercas a mi cuello –y así lo hice, fingiendo mi interés por estimular el olfato, pese a que prefería deleitar mi imaginación acortando distancias–. Es evidente también el olor a regaliz.
– Atrayente… Sin embargo, eso ya he podido deducirlo. Me he tapado los ojos, no la nariz.
– Eres avispada. ¿Deseas probarme?
La conversación empezaba a subir de tono. Sinceramente, estaba dispuesta a ponerme a la altura de la situación, pues empezaba a desearlo con ansias. Titubeé para simular recato, aunque sólo se trataba de una estrategia femenina. No obstante, pronto empecé a olvidar comedimientos ávida de placer.
El tumulto no impidió nuestra aventura atrevida, pues ignoramos a todos los presentes. Nos fundimos desde la comisura de los labios y aguanté la agitación para disfrutar hasta el culmen. Lo definí como un beso pasional, explosivo, persistente,… No quise desprenderme de él, me amarré con fuerzas a su cuerpo hasta extinguir su rojez y estiré la mano en busca de prolongar la experiencia.
– Te ha gustado, ¿eh?
– Mucho más de lo que pude imaginar. Nunca había sido mejor. Y créeme que yo de esto sé mucho –contesté a la nueva voz que irrumpía en mi cometido placentero.
– Estoy de acuerdo contigo. Es un vino con mucha vida.
– Y que lo digas…

RELATOS 34º al 50º y VOTOS PUBLICO

Entre todos los que están llegando, aquí tenemos los primeros relatos seleccionados.
Puedes votar enviando SOLO desde la Web de www.lavisita.com en la sección CONTACTO, poniendo claramente NOMBRE y APELLIDOS, MAIL, en ASUNTO: 3º CONSURSO de RELATOS y en MENSAJE la valoración de 1 a 3.
Los criterios, será:
Relación con el Tema: Hosteleria, Cafés, Bares, Restaurantes…
Originalidad del relato
Estilo Gramatical y Ortográfico.
Esperamos vuestros votos, por que entre todos los recibidos, sortearemos un lote de libro, invitación a la cena para dos personas en Larruzz Bilbao, en la entrega de premios y un lote de Vino.
Solo será valido una votación por dirección de correo electrónico, no pudiendo coincidir direcciones distintas con un mismo nombre.
VOTOS PUBLICO.-
Nº 21 LA SEMANA DEL PINCHO 15 VOTOS
Nª 26 LA ESPERADA CITA 6
Nº 5 EL BARMAN 3
Nª 30 LA CENA 3
Nº 15 CASA FLORIAN 3

Nº 34 Cuest ión de edad
Acabo de encender el ordenador como cada tarde de sábado. Segundos después inicio un blog que fantasea con el amor : “este sábado tomaré un petisú de fresa en la discoteca The Brazen Head (abierta toda la noche) ;tengo unos labios súperricos” . Suena a confidencia suti l que embelesa. A decir verdad, es indiscreta como una abeja ronroneando ante el ramillete de amapolas, pero su sinceridad me excita. Aunque da miedo que puedan abordar la Web en Ciudad Juárez. Pero así es la esclavitud del ciberespacio.
Las mujeres son ar rogantes en el ar te de la seducción. Son como una tormenta de verano. Disf rutan host igando, sin que podamos hacer nada para evitar su granizo. Eso, si no nos par te alguno de sus rayos. A mi me agrada su f icción est i l ista plagada de metáforas. Coqueteo con sus ment iras para atraernos. En eso nos parecemos. La diferencia es que yo lo cuento como es,
sin metáforas. Soy de expresar lo que me viene en gana. A estas alturas disfruto con la contracultura y los escapes radiact ivos. Así que me he comprado unos bóxer pegadi tos, he volcado lo que quedaba del frasco de colonia “pour homme” , y sin cenar , voy directo a buscar a la espabi lada de Internet en la discoteca esa de San Francisco esquina con Ar rezaga.
En la entrada surge la pr imera tarascada. Junto al ropero está el chico listo que cuando aparece la pasma culpa inmediatamente al dueño. No digo que quisiera mangar nada. Hablo de que echa humo como si estuviera quemando rastrojos. Solo que esta vez, el humo huele a por ro l ituano más que el sudario de aquel Sabina que esnifaba cubatas subido en uno de los leones del Congreso. La verdad, no me ha venido mal la humareda. Para espantar la, he
movido el car tón de Internet que l levo colgado al cuel lo, y para el tercer meneo tengo a todas las veinteañeras de cul ito respingón f isgando. Siento no poder atender las, pero no me valen: demasiado infantiloides. Avanzo rápido entre el fuego y la música de Eric Clapton. Su gui tar ra comienza a sonarme muy crepuscular . Entre las dos pistas afano una cerveza de la bar ra y sigo hasta el fondo. En el tumulto me ha parecido que la espuma está sobada con
tequila, aunque no me quejo: ha sal ido barata. Eric sigue presionando y me adorno con var ios escorzos haciendo girar la pierna como prueba de mi sobriedad. Todo esto ya en la segunda pista y algo excitado (cansancio) . Acepto con dignidad que me sienta algo der rengado. Así que me acomodo en la par te más tranqui la del mostrador y pido un ir landés (¿será por lo de la
cena?) . Mientras voy recuperando una par te del resuel lo, me viene a la cabeza la f rase del ocur rente Groucho: “debo confesar que nací a una edad muy temprana” . Pido ayuda al barman para repasar la, y noto que comienzo a flotar . “Hoy no es mi cumpleaños” me dice el cur rela. “Pero tenía razón el bigotudo aquel, ¿a que sí?” le insisto. “Pague antes de que se le olvide” me conmina. Y ahora que recuerdo no lo he hecho, aunque lo cier to es que ha sido porque en ese momento Anabela ha surgido de las sombras.Hemos venido al apartamento, y mientras acabo este relato, voy notando el tirón muscular de la viagra. Es el secreto de cada sábado. La ci ta de aquel blog la guardo en una carpeta con clave. Es del mismísimo día (¿1972?) en que conocí a Anabela. Así que abro el Word y releo lo de los labios ricos.
Luego me observo en el espejo el vientre plano y las nalgas vaporosas, y salgo cor r iendo a buscar la. Discretamente voy logrando encer rar los muchos años en el cajón de la mesi lla. En el DNI me f iguran setenta y tantos (hebor rado el últ imo dígito del año) y a Anabela otros tantos, menos seis. Pero follando parecemos dos chavales. Eso sí, con la ayuda de la viagra y de unas cremas para la vulva que son (aparentan ser ) pecata minuta. Opino que los
gerontólogos deber ían estudiar este fenómeno (me ref iero al del archivo Word) . Aunque puede que revier ta igual desde el formato PDF, e incluso desde cualquier otro. Con mi edad, quizá todavía lo intente con alguna otra.
Nº 35 MICRO UNIVERSO

Se había decidido por la mesa más discreta en un rincón de la cafetería. No era un lugar elegido al azar, desde allí podía ver a través del limpio cristal con el nombre del local grabado junto a sendas tazas de humeante contenido. Los transeúntes discurrían a lo largo de la calle y los vehículos llenaban ésta de ruido y movimiento. Frente al café, un edificio alto de coloridos toldos con el nombre de unos grandes almacenes y un poco más adelante, se podían distinguir las altas copas de los álamos que presidían la entrada del parque.
• ¿Desea tomar algo? –
Dando un respingo Elena se vuelve a la muchacha que había desviado su atención del ventanal. La camarera, una joven de sonrisa afable ataviada con un pantalón y camisa negros espera paciente su respuesta. Se retira un mechón de su castaña melena tras la oreja en un gesto nervioso y mecánico.
• Tomaré un café, cortado por favor – Antes de que la joven se aleje alza la mano como si fuese a detenerla – A ser posible con leche fría… – La voz parece ir apagándosele a medida que termina de hablar.
Había llegado pronto, siempre lo hacía. Las voces alrededor lograban distraer su atención de vez en cuando y la lluvia fuera, lo hacía el resto del tiempo.
Un par de minutos después tenía el café frente a ella mientras agradecía a la muchacha el servicio.
Era un lugar acogedor, no demasiado recargado, de los que ahora se estilan, minimalista, elegante y cálido. Las mesas no estaban demasiado juntas entre sí lo que proporcionaba intimidad a quienes las ocupaban. A veces, cuando la tocaba esperar, Elena jugaba a imaginar las historias de aquellos que se encontraban en el local.
Como la parejita de enfrente, quizás no fuesen novios pero que a ella le gustaba el muchacho estaba claro por la forma en que evitaba mirarle a los ojos y cómo sonreía con cierta timidez. Compartían algo sobre la mesa, unos papeles, quizás estudiaban juntos, había tantos “quizás” posibles…
Sonríe mientras vacía la mitad del contenido del azucarillo en el café. Los cafés, los bares, son lugares especiales donde tienen lugar multitud de historias. Juventudes forjadas al calor de una mesa en un local que se convertía en sede de un grupo de amigos. Amores que comienzan en un tonteo en una barra, o por una mirada a través de las mesas. Negocios que se cierran o se abren sin la tensión de una oficina y compartiendo una bebida que suaviza el ambiente. El escenario de tantos acontecimientos importantes en la vida de muchas personas, aniversarios, compromisos, cumpleaños, declaraciones…
Y si todo ello cuenta con el trato agradable y llano de quienes lo forman, cualquier sensación se multiplica. El reconocimiento cómplice de un camarero que acostumbra a servirte. El saludo familiar tras la barra de quien te reconoce como habitual haciéndote sentir como en casa de un amigo.
Es como si el tiempo se detuviese durante unos momentos, apeándose del universo conocido para adentrarse en un micro universo variado e inagotable en el que a pesar de lo reducido del espacio en el que se desarrolla, cada historia es diferente y única.
• No sabes cuánto lo siento…lo siento de veras – La voz la trae de vuelta a su realidad, a su mesa y al lugar en el que está. Alza la mirada sonriendo comprensiva.
• No te preocupes – Mueve una de sus manos para posarla sobre la de él que no la aparta hasta un instante después cuando vuelve la camarera preguntando por la consumición.
Ambos se miran un momento, Elena intenta sonreírle transmitiéndole tranquilidad y él termina por hacerlo también.
• Cómo te va todo, no hemos podido hablar mucho desde la discusión – Sigue sin peinarse antes de salir de casa, pero ahora no estaba ella para recordárselo antes de salir por la puerta.
• Bien, bueno, ya sabes, intentando poner orden en medio del caos – Sus ojos la observan a su vez con detenimiento – ¡Te has cortado el pelo!.
A pesar de lo que intentara negar después, una risa coqueta escapa de sus labios y su mano toca las puntas recortadas a la altura del hombro.
Sus pensamientos vuelven a volar por el local. Sí, eran lugares cálidos con infinidad de historias, en las que también cabían finales no muy felices. Amparo de solitarios, desahogo de sueños rotos e incluso, espacios donde se desarrollaban rupturas quizás más contenidas que en cualquier otro lugar, como la de ella. Aquella tarde, la cafetería sería testigo del civilizado fin de su matrimonio.

Nª 36 PRINCESAS Y RANAS

Mientras Olvido se cambia en la habitación, abajo, en la cafetería, su novio, Svetozar, está sentado a una mesa delante de una gran jarra de cerveza. Un poco más lejos, dos mujeres, una rubia y otra castaño, charlan, ante una taza de café, y a su lado, una niña bebe un líquido naranja. Otros clientes permanecen junto a la barra. De vez en cuando la mujer rubia lanza miradas a Svetozar. La niña se pone a jugar entre las mesas y se fija en Svetozar, que le guiña un ojo. Se acerca y le dice: “Me has guiñado un ojo. ¿Por qué?” “Porque me caes bien”. “No pronuncias bien el español. Eres de otro país”. “Soy serbio”. La niña se queda pensativa. “¿Por qué te caigo bien si no me conoces?” “Porque sí”. “Y ¿por qué sí?” “Porque sí es porque sí, si no, sería porque no, ¿queda claro?”. “No. ¿Por qué eres tan grande?” “También porque sí. ¿Queda claro?”. “No, no queda claro”. Él ríe y le pregunta: “¿Cómo te llamas?”. “Jimena”. “Jimena es un nombre muy bonito. Y tú también eres una niña muy bonita”. “Ya sé que es un nombre bonito, por eso me lo puso mamá. Y también sé que soy una niña bonita; todo el mundo me dice que soy una niña bonita”. “Ah, eso sí queda claro”. Bebe un trago de cerveza y se seca el bigote con el dorso de la mano. “Mamá no me deja secarme con la mano. Dice que hay que usar la servilleta”. “Las mamás muchas veces tienen razón. ¿Quién es tu mamá?”. Jimena se vuelve. “Aquella que tiene el pelo rubio”. “Tu mamá también es muy bonita”. “¿Te gustaría casarte con ella?”. “Eh, bueno… ¿No tienes padre?”. “No. Ella ha dicho a su amiga Dora que eres un fenómeno de la naturaleza, un enorme simio, pero un simio muy atractivo”. El hombre ríe con ganas. Las mujeres lo miran. La mujer rubia llama a la niña, que se acerca a la mesa y la escucha. Luego, tras beber un sorbo, se va acercando con disimulo de nuevo a donde Svetozar. “¿Por qué tienes tantos pelos en el pecho y en los brazos?”. “Ah, eso ya no es porque sí. Mi padre era muy peludo y mi abuelo mucho más y mi tatarabuelo, muchísimo más, y así hasta llegar al abuelo primero, que era parecido a un simio”. “Claro, por eso pareces un gorila”. El hombre ríe y vuelve a beber. “¿Y también tenían una tripa tan grande?”. “No, no. ¿Quieres saber por qué tengo una tripa tan grande?•. “Sí”, dice y da una vuelta alrededor de la mesa jugueteando con los dedos, que suben y bajan por los respaldos de las sillas. “Sabes, tienes cara de lista”, le dice él. “Ya lo sé. Me dicen que soy una niña muy espabilada. Y lo de la tripa, ¿qué?”. “Ah, la tripa. No se te olvida nada. Como creo que puedes guardar secretos, te lo diré. Me gustan mucho las ranas y las princesas, así que, cuando voy al campo y veo una rana, la meto al estómago por si puede ocultarse una princesa dentro. Luego, al llegar a casa, la suelto en el estanque”. La niña mira hacia la tripa, pensativa. Le dice: “Yo sé un cuento de una princesa que se convirtió en rana y, luego, en princesa otra vez”. “Yo a las ranas más bonitas, en las que creo que se puede esconder una princesa, las desencanto y las convierto en princesas. En este momento tengo una arriba en la habitación”. “¿Cómo se llama?”. “Olvido. Estaba olvidada la pobre dentro de una rana”. “¿Me la puedes enseñar?”. “Claro. Dentro de un poco bajará”. “¿Y no se ahogan con tanta cerveza que bebes?”. “No, no, las ranas son anfibias. Pueden vivir en la tierra y en el agua, o en la cerveza. A mis ranas les gusta mucho la cerveza”. “¿Y no croan?”. “Sí, a veces, sí. Escucha”. “Se oye poco”, dice ella. “Es porque tiene que atravesar las paredes de la tripa y la camisa”. “Y ¿para qué quieres tantas princesas?”. “Eres espabilada, ya veo. Las tengo en una casa de campo hasta que vea que un príncipe anda buscando una, y se la presento. A veces, alguna princesa tiene envidia de otras y riñe con ellas, entonces la convierto en rana otra vez como castigo, y otras veces, me canso de jugar y viajar con la misma princesa, la hago rana y me la meto al estómago y convierto a otra rana en mi princesa favorita”. “¡Pobres ranas!, ¡pobres princesas! Con razón dice mamá que eres un fenómeno de la naturaleza”. Él se echa a reír. Olvido entra en ese momento en la cafetería y se acerca a la mesa. Viene con la frondosa melena negra recién lavada y peinada. Lleva un vestido rojo con algo de escote. En el cuello luce un collar plateado con pequeños colgantes en forma de pepita. Las dos mujeres se quedan mirándola, así como los de la barra y el camarero. “Jimena, te presento a mi princesa. Princesa Olvido, te presento a Jimena”. Olvido saluda a la niña, sonríe y le da un beso. “Qué perfume, qué bien huele”, dice Jimena, “Y. qué vestido tan bonito. Pareces una princesa de verdad”. “Claro que es una princesa de verdad”, dice Svetozar. “Pues ten cuidado, porque cuando se canse de jugar y viajar contigo, te volverá a convertir en rana, te meterá en su tripa y se irá con otra princesa sacada de otra rana. Dice mamá que es un fenómeno de la naturaleza”. Ellos ríen. La mamá y su amiga se levantan y llaman a la niña. Svetozar, cuando Jimena pasa cerca de él, le dice: “Adiós, princesita”. “Yo no quiero ser princesa, no quiero ser convertida en rana y tragada por un fenómeno de la naturaleza”, responde la niña.
La cara de la madre de Jimena enrojece, y de Svetozar sale una sonora carcajada.

Nº 37 EL BAR…, MI BAR
Donde mi corazón umbilical se cerceno y mis agudos lamentos alertaron a la familia y clientes. Llanto y alegría fusionados, y felicitaciones mutuas por el advenimiento, uniendo familia y parroquianos; nuevos padres, primicia para los abuelos, tíos por primera vez, motivo de algarada en la clientela…¡el calostro lo mame a un tabique de la taberna de mis abuelos!
Mi niñez, plagada de vivencias preñadas de ingenuidad: las primeras piras, los primeros pitillos; el escayolamiento del brazo de mi tío por accidente de bici; su primera embarcación ( hecha de lona y tablas por el mismo), tragada por las aguas de la ría el día de su botadura, junto al ayuntamiento de Bilbao. En las mismas escaleras en que poco después, posábamos los flotantes preservativos que pescaba, acompañado por mis amigos, con un palo. Amalgama de recuerdos junto al principal divertimiento: la pelota mano, practicada diariamente en la fachada del frontón euskalduna y en los edificios adyacentes.
Ocurrió en aquellos días un hecho impactante, que tragararon mis ojos y mis oídos con un acelerón de mi corazón. Fue un día que oí gritar a mi madre con alarmante voz, requiriendo la intervención de mi abuelo, el cual se encontraba sirviendo en el mostrador: ¡Aitite que nos roban! Dos ladrones trepaban en aquel instante, ayudados por un tercero que los aupaba, al entresuelo donde se guardaba el grueso de la recaudación. Instantes después, mi abuelo colocaba un taco de billar, a modo de pajarita, en el cuello de uno de los maleantes, inmovilizándolo contra la pared, mientras mi garbosa abuela tocaba con la punta de un enorme cuchillo la tripa del otro. Cuando la policía llego, mi madre señalo al sorprendido tercer caco como cómplice de los otros dos.
Pero aquella desordenada niñez, dio paso, con el infatigable deseo de hacerme mayor, a la pubertad, y con ella al hermanamiento con la gente andaluzi al crearse la peña andaluza dentro de las dependencias del bar. Por aquel entonces nació mi amor a la copla.
Fue por aquel entonces cuando comencé a percatarme del cambio fisonómico que se iba produciendo en los componentes de aquellas maravillosas cuadrillas, que en su recorrido diario de tasca en tasca, alegraban con canciones inolvidables a cuantos les escuchábamos. El cambio se iba produciendo por el poteo de mañana y tarde, el cual se iba fulminando, si piedad, a aquellas personas tan cercanas para mi. Era la otra cara de la moneda que mi niñez no había sabido apreciar.
Después a los dieciséis años y con una mala premonición en mi corazón y mis entrañas crujiendo de angustias embarque para México; el hermano de mi padre me ofrecía un buen porvenir a su lado. Vino a despedirme de Santurtzi todo la familia. El momento fue crucial, antes debía vencer , anímicamente, con mi ilusión y compromiso de ir a México, la enorme tristeza que me corroía por dejar a los míos.
A los dieciocho años regrese. Era ya imposible para mi vivir fuera mas tiempo alejado de mi gente y de mi pueblo. Pero el ilusionante regreso se vio enturbiado por la noticia del traslado de la taberna. Y así fue como la premonición que ardió en mis adentros al ausentarme se cumplió. ¡Ya no vería jamás el Bar abierto ni a mis abuelos junto al mostrador! Hoy es el día que aun sueño con mi amada taberna.
Nº 38 CALZADA DE TLALPAN
Son las 10:00 p.m. y la luz de neos serpentea las sombras de las chicas y chicos que caminan por la gran avenida, Carmen de gruesos labios color carmín espalda ancha y tez morena como la de una virgen que se crucifico para salvar a los pecadores de la carne, espera la llegada de alguien que le cambiara por placer su existencia, acostumbrada a esta vida nocturna, el precio es de $ 500 pesos más el cuarto de hotel a y de paso pues algo de beber tal vez tequila o bueno lo que el cliente ofrezca, llega un automóvil de mediana calidad y marca, ¿cuanto preciosa, sube al auto y se enfilan en dirección a la autopista a el lugar conocido como el mirador, desde ahí se observa una vista panorámica a la parte sur de la ciudad, es quizá pos su ubicación uno de los mejores sitios para arrojarse a la lujuria y los placeres de la noche, en eso estaban al entrar a la habitación ya había servido una botella de vino espumoso, decía el galán la espuma me recuerda la arena, la playa y el hotel con alberca que visite cuando era una persona con el pelo largo y la cara suave, la piel ligera y sin canas, la vista era una hermosa vista desde lo alto de un cerro se podía admirar los yates y barcos que cruzan la bahía y reflejan en lo azul del mar y el cielo la tranquilidad del viento, podía permanecer por horas sentado desde la pequeña vista del balcón a esperar que el sol se perdiera tras las olas y ver de nuevo el amanecer escuchando algo de música que me acompañara, la pregunta seria y solo podías disfrutar de esos momentos, Carmen reviro y quedo callada, muda y al rato sollozo diciendo, de donde soy había unas cuantas chozas eso si se perdía el tiempo en el calor asfixiante de la costa y ahí pocas son la habitaciones que se alquilaban para los visitantes. Sixto encendió la radio “Olvida ya la tarde que te ame tirados en la arena que yo ya olvide y se feliz…” He guapo no puedes poner algo más alegre o más romántico reprocho Carmen mientras se retiraba el porta bustos y caminaba despacio a la presencia de el, tirado en la cama semi desnudo aguardando la robusta y perfumada joven.
Nº 39 BRINDIS POR JAVIER
Vino para todos la casa invita hoy, pero antes una historia les contaré. La voz de Javier denota melancolía. Hace treinta años un enigmático anciano ocupó esta mesa. Era de madrugada y en la taberna además del longevo, permanecíamos mi gata y yo. Con afabilidad me interpela el viejo. Ha cumplido cincuenta años e inicia su declive, ineludible candidato para adefesio. Si lo desea podemos evitar esos achaques. He venido a garantizarle treinta cumpleaños con impecable salud y vitalidad, libre de posibles accidentes o enfermedades, le ofrezco la plenitud total. De la propuesta se infiere una condición indispensable, en la noche de su aniversario ochenta dormirá y no despertará. Mañana al amanecer, una paloma negra lo visitará y de acceder a este pacto, permanecerá con usted. En caso contrario la expedirá con su negativa.
Larga noche de meditaciones encontradas, de pensamientos reñidos, mientras la parte débil del ser humano sucumbe ladinamente a las tentaciones, hay también instantes de entereza, de rechazo a la felicidad importada, a la mentira del bienestar condicionado. Desconcertado, apenas logré dormir. Amanecí rememorando el drama acaecido y en la ventana, el ave enunciada despejaba dudas. Las prerrogativas del ofrecimiento estaban claras, pero estimar solo las ventajas era muy simple, debía justipreciar la denominada condición indispensable. Vivir deduciendo el tiempo que nos queda, sería una desdicha insoportable para mi salud mental, además los seres humanos vivimos en sociedad y pertenecemos a ella por la similitud natural de nuestros derroteros.
Con la alborada se imponía la decisión. Concluí no aceptar pactos con mi vida, aunque ajeno aún estaba que en un rincón de la estancia, rodeada de plumas negras, pudría su improvisada cena mi insaciable gata Tana. El silencio imperaba en la cantina cuando el tabernero Javier levantando su vaso, se permitía brindar por su onomástico ochenta, el último de sus días.
Nº 40 AMANECER EN EL EDÉN
Las sábanas de algodón todavía oliendo a lavanda me saludan cuando los primeros rayos del sol de primavera, que empieza a levantar por el horizonte de la montaña, se introducen por la ventana de la habitación cuya terraza apunta a ese horizonte, a esas montañas, cuyas últimas nieves se derriten a medida que la nueva estación se va asentando en la región.
Me apetece mucho más que estirarme, por las dimensiones de la cama más allá de no ser para una sola persona, el olor de las sábanas, la luz que va engalanando toda la habitación, la sensación de estar imbuido entre algodones frescos de un colchón suave.
El edén después de una noche totalmente plácida, merecedor tras semanas y semanas de intenso trabajo, conseguido el logro de terminar lo que por muchas de ellas, varios meses que casi suenan muchos años, en el que he estado sembrando días y días, y recomponiendo el cuerpo para hacerlo más maduro, ávido con el paso del tiempo.
Este fin de semana quería el escondite perfecto para hacer la parada que buscara y encontrara el camino a seguir de ahora en adelante.
Impregnado en lavanda, ahora envuelto en una bata soltando perfumes de frutos del bosque tras una ducha con gel y jabones de aloe y manzana, me dirijo a tomar el desayuno en la agradable cafetería, arrastrado por el olor del café y las tostadas recién hechas empapando el ambiente.
Toda una ceremonia que va a dar con el inicio del día D, que en los anales de mi diario quedará marcado como el día en que sin ser más que lo que soy me sentí además príncipe en este Hostal Restaurante de montaña. Y todo será apenas el comienzo, que volverá cuando llegue de nuevo la noche y mañana el sol de primavera quiera drogarme nuevamente colándose por la ventana.
Nº 41 SE ACABARON LAS OLIVAS

De acuerdo, señor comisario, hay demasiados cadáveres en este barrio anodino y muy pocas respuestas a sus preguntas oficiales. Hay de que estar consternado y con razón, yo la entiendo. Encima, como usted me comenta, sus respectivas huellas dactilares no constan en ningún archivo y nadie los reivindica para enterrarlos como Dios manda.
Ya. Fíjese en el calor. En las aspas grasientas del ventilador ahí arriba. En la mosca que lleva cuatro días atrapada en use cenicero metálico pringoso y nadie se atreve a apagarle un cigarrillo encima. En mí con mi muleta que uso cuando no se me olvida. Cuando el coñac no me envalentona y me hace llegar a brincos hasta la puerta de entrada.
Se han muerto, eso es todo, son cosas que le pasan a cualquiera.
Mari, es que se lo tenía merecido, por rubia, presumida y cotilla. Vestía como una mala pécora y tenía una voz desgraciada. Además, en la vida, le oí decir algo bonito o agradable. No nos hacía falta una camarera así. La gente sin gracia por lo general no tiene porqué seguir existiendo: hacen circular el mal rollo en plan bola de nieve, y luego se producen aludes cotidianos y nefastos. Pero no estoy confesando, cuidado: tan sólo me alegro de que alguien se haya encargado de hacerlo. Fumaba, mandaba e imponía su ley de andaluza creída. Llegamos a estar tan hartos de ella que el relámpago de sus ojos bonitos se transformó en una señal intermitente como de obras en la carretera, y a todo el mundo le gusta que el firme se vuelva a poner en condiciones cuanto antes. Por cierto, desapareció sin dejar rastro de sí, aparte de ese paquete de Ducados que ve en la estantería de la derecha. Quedan exactamente ocho, que a nadie le apetece fumar.
Y Bilal, el marroquí, vaya pieza. Pasos elásticos y nerviosos sin pausas entre uno y otro. Me daban una envidia cochina. Tejanos apretados y cicatriz alusiva entre mejilla y mentón. Camisas holgadas regaladas al viento. Costillas qe se podían contar sin radiografía. Pequeños abdominales marcados sin mérito, y chulería para dar y vender. Juventud de la sana y desperdiciada. Azarosas afirmaciones. Amistades semi-peligrosas. Ése era Bilal. Pasaba y no pasaba. Nunca se detenía a pensar más de lo que hiciera falta. Se sospechaba por ahí que actuaba por instinto con una claridad aplastadora. Las cosas le iban bastante mejor que a los que nos comemos el coco y le damos más vueltas a nuestros asuntos que el centrifugado de las lavadoras a los trapos. Yo no lo juraría, pero a él le suprimieron por no verle más con esa sonrisa superior e inefable apoyado a la más ociosa pared con aire de tener negocios apacibles y prósperos.
Un asalariado cualquiera se lo cargaría, comisario, un viernes por la noche, con todas esas horas de curro infructuoso encima. Amen.
Y mire cómo llueve: treinta y siete días contados. La depresión empieza a hacer mella en el tejido cerebral; se mece como una araña haragana en el medio de una tela temiblemente elástica. Los niños lloran por nada. Los japoneses cogen navajas evocando antiguas katanas y llevan a cabo matanzas insensatas en puntos neurálgicos de sus ciudades; están hartos del mundo. La poderosa humedad crea lombrices bajo las esterillas y gusanillos en las mentes.
El vendedor de la ONCE ha desaparecido. Usted y yo lo sabemos. Era una presa ideal. No tan ciego como debido, pero lo suficientemente estático como para representar un buen objetivo. Te maldecía peor que una cíngara pordiosera cada vez que te negabas comprarle uno de sus repetitivos boletos. ¿Usted cree en los números, comisario? ¿No siente que la matemática vive una existencia a parte, brillando lejana y superior sobre nuestros cutres y desordenados destinos? ¿Cómo se supone que nos puedan rozar esas cifras pijas, banqueras, logarítmicas? El vendedor de la ONCE, cierto Manuel Izarreugui, bajaba no se sabe de dónde ya que se desconocía su domicilio. Se otorgaba identidades alternadas según los días pares o impares y tejía alrededor de su persona una enmarañada trama de anécdotas más o menos repelentes. Se murmuraba por ahí que mantenía relaciones sexuales con perros del vecindario a los que atraía con latas de comida formato familiar, pero ésas quizás sean malvadas ilaciones de alguna víctima de sus bofetadas matutinas. Porque por la mañana Manuel más de una vez llegó a darle un guantazo muy poco minusválido al incauto no comprador del momento.
A Izarregui le encontraron en pedazos, n’est-ce pas? bajo el puente de la C-32. Por descontado. Un gran clásico. Casi banal. Demasiadas novelas policíacas. Ya cuesta esmerarse en un asesinato original, de estos tiempos.
La ONCE repone su personal sin problema en un mundo con tan poca perspectiva. Un paquete de basura negro gigante y ciao Manuel, nadie te espera en la morgue.
Yo sé por qué usted me aprieta encuesta tras encuesta: soy el único sobrevivido en este local apestoso. Ocupo mi espacio en silencio tirándome pedos mefíticos, me aclaro la garganta con cierta frecuencia, y escupo apuntando a las negras ranuras entre baldosa y baldosa. El color de este suelo deprimiría a cualquiera. Sé que tras sus visitas usted ha de tomar pastillas. Sé muchas cosas y me callo, me hago el interesante. No hay pruebas para detenerme, y torturar en público queda prohibido. Por esta calle chivata pasan fantasmas muy vivos, testigos oculares en potencia. Encima, por si no lo sabe, soy oficialmente intocable: pensión de invalidez. Me caí de un andamio. Y no llevaba ni casco. Así se quedó mi cabeza: solitaria, confusa. Y empezó a crear elementos ajenos. Creo que le voy a ayudar, sin embargo, ya que no tengo mejor cosa que hacer, en esta tarde lluviosa.
No pierda su tiempo precioso en enumerarme la gente que ha ido esfumándose por un tubo, a un ritmo sostenido. Nos encontramos los dos en el centro de un gran teatro vacío. Se llama la escena del crimen. El policía y el sospechoso.
Estamos ambos cansados, mal afeitados, y sentados en postura anti-ergonómica. Nos huele el aliento por culpa de los mismos malos hábitos. El concepto de limpieza y alegría habita un planeta antitético al que nos acoge aburrido. Lo único es que usted aún se cuestiona, y yo ya acabé todo mi diálogo. Sólo falta inmortalizarlo por escrito.
Usted me da pena y rabia y una pizca de remordimiento creativo.
Ha llegado la hora más triste: la de la verdad, comisario. En cuanto me decida a hablar y salga a flote el entero complot, se acaba mi última diversión y yo, como usted, ya me esfumo.
Cuesta despedirse de este mundo, aunque sea ficticio.
Dejemos que los minutos finales sean como siempre emblemáticos. No nos perdamos la fugaz ocasión de hacer parte integrante de la literatura.
No hay delito porque no hay personajes reales. Me los inventé aquí mismo en horas de vacío existencial, y cuando me enteré con dolor de que no podían darme ni fama ni éxito, me los cargué uno a uno, de forma sistemática y ausente. Deshacerse de criaturas ficticias es tan fácil como rellenar boletos de lotería. Es más, se le coge un vicio insulso y adictivo, y al final no dan abasto con el ansia destructiva del mísero creador de celulosa. El mono de Dios, así nos dicen. Total, que usted, entérese, no existe. Es fruto de una tarde muy parecida a la de hoy, en la cual yo me devanaba los sesos desesperadamente sobre cómo mejorar la atrofiada situación de mi cerebro elevando los niveles de interés hasta alcanzar un tope decente, digno de tener séquito.
Usted me salió de golpe y sin esfuerzo, siendo uno de esos personajes tan clásicos que se acaban describiendo por sí mismos. Tuve que añadirle unos cuantos cadáveres alrededor y un par de colegas ineptos para que pudiéramos seguir juntos en eso más tiempo.
Me sentía muy solo, y no había nada, aquí, capaz de entretener un alma inquieta, sedienta de imprevisto e intriga. ¿No se ha fijado nunca en cuántos detalles se me parece usted? Culpa de un vicio narcisista de quien se piensa crear y en realidad se imite, principalmente, a sí mismo.
Me inventé un barrio entero de víctimas potenciales tan sólo para su diversión, y ahí se me fue un poco la mano, a decir la verdad. Pero eran muchos, hacían ruido, y encima, como suele pasar, tomaban caminos distintos a los que yo había decidido. Criaturas indisciplinadas no aptas para palmarla en silencio ni para proporcionarle un duro al que las sacó de la nada; seres pretenciosos e inútiles como ya había encontrado a miles a mi paso por el planeta azul.
Los únicos que valen la pena somos nosotros dos, sin embargo ahora usted no se da por vencido ni quiere entender que no hay respuesta a su ráfaga de pertinentes preguntas que se empalagan suicidas en entre la barra, el techo, y un más allá improbable.
Cállese, comisario, y escuche las gotas cayendo ahí afuera. Cuando llueve, toca mojarse, y cuando hace tanto calor, no hay aire acondicionado que sirva, por lo menos en la ficción literaria, que es bastante más espesa y creíble que su perfectible modelo.
Nos moriremos juntos, colega, mirándonos a través de un espejo invisible, con un sutil amago de sudor entre escápulas y honradez, sabiendo quién mata a quién y por qué.
Por cierto, la verdadera tragedia es que se acabaron las olivas.
Y nadie ya las repone.
Y a mí se me cae la pluma.

Nº 42 EVASION

Mientras anochece la sensación de subirte a una nube se apodera de ti. La noche es una amiga, una amante que te va seduciendo y liando. Poco a poco o de golpe. Y la calle, con sus luces y sombras, parecen reclamarte. El día puede ser más o menos agradable, pero la noche… La noche es tu sino. La aliada de todas tus emociones secretas. Adolescentes ellos, eran la presa perfecta.
Y allá que iban, desafiantes. Sin miedo a nada. Cruzaron la calle y se adentraron en el maremagno de luces y gente. Todo, absolutamente todo, parecía reclamarles. No estaban dispuestos a defraudar, acudían fieles, devotos, a la llamada. Llamada a la que pronto se sumaron, irremisiblemente. Como si fuesen gotas en busca de un mismo charco. Gotas sin identidad esperando crear su propio espacio vital. Y aunque nadie nunca se preguntaba qué es lo que se busca en tantas y tantas noches perdidos en alcohol, diversión, y cosas que es mejor no mencionar, era obvio que la reflexión no estaba de más. Sólo disfrutaban del momento. Pues, ¿qué importancia tenía? Era sábado noche. Lo demás carecía de importancia. Gotas. Gotas que creen ser algo cuando vuelan libres. Que se pierden al caer al suelo.
La noche transcurría, y estaba resultando de lo mejor en meses. Se encontraban exultantes, exaltados. Aún era pronto. Tres y media de la madrugada. Pero muchos de los pubs de la zona comenzaban a bajar la persiana. Sin embargo ellos, como auténticos vampiros sedientos de sangre, no estaban por la labor de abandonar la noche a las primeras de cambio. El ambiente nocturno era excitante en todos sus sentidos. No lo podían, ¡ni querían!, abandonar. Decidieron por tanto pasar por el Long Play. Todos menos José, porque llevaba una encima que ya ni se tenía en pié, riendo y trastabillando cada dos por tres. No frecuentaban en exceso dicho garito, pues las copas allí eran un tanto caras para chavales como ellos. Eso, y que el ambiente de aquel lugar no les satisfacía en exceso. Sin embargo era uno de los pocos que resistían y alargaban su horario más allá de las cinco de la madrugada. El cierre casi siempre lo dictaba el titubeante sol del amanecer, cuando no una patrulla de la policía. Con lo que se les antojaba un digno final a una noche de descontrol absoluta. Eran de los que pensaban que si sus madres se empeñaban con aquello de que regresasen pronto a casa, ¿qué mejor que hacerlo de día, con la luz del amanecer?…
Entraron en el Long Play haciendo una reverencia a modo de saludo a los dos porteros que, como si de armarios empotrados se tratasen, ocultaban más de la mitad de la entrada con sus cuerpos. Sus rostros los parapetaban tras enormes gafas oscuras… Auténticos animales. Obtuvieron permiso para entrar, no sin esfuerzo, y al hacerlo tuvieron que meter a empujones al irascible de Alfonso, al molesto de Alfonso, que casi mandando a tomar por culo a eso dos y su garito de mierda, se zarandeó de lado a lado, adrede, chocando contra ellos.
Una vez pasado el trance, ya dentro, apoyado en la barra del bar y navegando bajo los efectos del alcohol, se relajó. La mala ostia se transformó, primero en incredulidad, y posteriormente en un ataque camicace de hormonas cuando, apenas olvidado el suceso, cubata en mano por cierto, vio pasar ante sus ojos algo maravilloso. Como un ángel caído del cielo. Y es que se dice que no hay mujer fea sino cubata de menos, y allá cada cual con sus razonamientos. Aun sobrio, aun con los ojos cerrados, percibiría semejante belleza. Se decía.
La sensualidad que irradiaba en cada uno de sus gestos hizo estremecer hasta el mismísimo creador. Tierna y bella a la vez; al menos así es como él la veía. No en vano, si Afrodita levantase la cabeza descubriría horrorizada cómo había sido destronada, pues había nacido una nueva diosa, ésta de carne y hueso. Sí, era tan perfecta, tan real, que el sólo hecho de mirarla le hizo daño. Porque el anhelo de mirarte, cuando imaginarte apenas puedo, fue una extraña frase que se amarró a su piel, carne y hueso de su ser, que le vino como anillo al dedo.
Se hallaba a escasa distancia ¡Casi podía tocarla! Pero eso era algo, aunque físico, inalcanzable. Casi podía verla con sólo cerrar los ojos, y al hacerlo no veía nada más que oscuridad. Casi podía sentirla al imaginarla, pero el goce se transformaba en dolor. Casi… Y el alcohol, lejos de envalentonarle, esta vez le impidió obtener nitidez. Nitidez para pensar, descifrar todo lo percibido para actuar en consecuencia. Esta vez no podía dejarse llevar por su habitual patrón de conducta, no. Sin embargo, actuar en consecuencia era actuar en semiinconsciencia, fluctuando entre el deseo subconsciente y la aparcada cobardía. ¿Cómo hacerlo entonces? Pero sintió algo más, algo que le dejaba en evidencia, más allá de la mentada cobardía: Un irrefrenable acceso de rabia y desesperación. ¡Esa clase de mujeres no estaban hechas para tipos como él! No estaban a su altura, y nunca lograrían estarlo. Princesas de la noche eran que, como las Meigas, haberlas ahilas. Mas, ¿quién conseguiría ser dueño de sus caricias?… Sentía que ni tan siquiera llegaba a la altura de sus zapatos. Y no le importó. Por una vez humilde. Tan sólo pidió que la embriaguez nocturna no le impidiera, y le permitiera recordarla al amanecer. Eso fue todo.

Nº 43 Ongi etorri
Él me acariciaba con sus dedos cuando me llevaba al baño. Yo deliraba de gozo ante la intimidad a la que él me exponía. Apenas nos habíamos conocido unos minutos antes, frente a los pintxos en la barra del bar y ya nos habíamos besado. Sus labios me dieron, debo confesarlo, los mejores besos con sabor a pintxo de anchoa de todo Bilbao… Bueno, tampoco es que yo me haya besado con muchos vascos… La verdad él es el único que me ha besado y me ha poseído. ¡Y ahora no me suelta! Y bueno, tampoco es que haya probado muchos pintxos en mi vida, pero recuerdo muy bien las anécdotas de mis hermanas, de mis primas y de mis amigas que siempre se quejaron de su suerte en los bares bilbaínos. Yo he tenido la fortuna de caer en manos de Josu. Así se llama éste chico atractivísimo y maravilloso que da unos besos con tortilla; besos con aceituna, anchoas y aceite de oliva; besos con jamón que son más que morreos. ¡Así sí que vale la pena probar pintxos…! Él me besó una y otra vez allí, en la barra. Acarició mi cuerpo como se le antojó. Unas veces con furia, otras con menos fuerza. (Total, yo no sé decir no. Y a él le encantaban las caricias que yo le procuraba. (No le importaba que la gente le viese acariciarse conmigo tan frenéticamente. Y reconozco que siempre es él quien se restriega a mi cuerpo con esa fuerza, con esa frenética pasión y yo siempre accedo a sus deseos… Lo digo con orgullo. Aunque muchas de mis compañeras de oficio se quejan del trato que nos dan en los bares. Yo mientras esperaba mi momento de salir al ruedo, me dediqué a atraer un mejor futuro para mí, imaginaba que un día podría brindar mis favores a un chico como él, bien colocada en la barra de un bar, sabiéndome deseada por todos los que se acercan, que me buscan llenos de ganas de acariciarme, atraídos por mi limpia estampa, mi suavidad, mi discreción. (En mi oficio hay que ser discreta y eficiente).
Hoy he conseguido lo que muchas de mis colegas han ansiado siempre, pertenecer a un hombre, guapo, hambriento, que viene a una a saciarse. Un hombre con el que me he besado. Y no lo puedo negar. ¡Él me gusta! Y sé que no le soy indiferente). Y me lo corroboró cuando tuvo ese divino arrebato y me hizo acariciarle el pecho y otras partes bajas del cuerpo luego que se le levantara el espíritu… (¡Uyyy cómo me pone el Josu…!)
Bueno, en ese momento él también hablaba por teléfono con una tal Patricia, y se chorreó un poco del aceite de oliva de un pintxo que se comía mientras hablaba con la boca llena con la fulana. Él estaba muy entretenido (conmigo), hablándole a la Patricia y comiendo su pintxo. Al final quedó para verse mañana en la noche con la susodicha, que, tenía voz de hambrienta, pero no de pintxos de tortillas sino de carne cruda, y quería repetir la dosis, según él. (Un poco cutre la Patricia, me parece a mí).
Me decía a mí misma, mientras lo veía orinar y jugar con su largo instrumento haciendo figuritas con el chorrito en el fondo del wáter y sin soltarme, ha sido tanto el manoseo de él hacia mí y su necesidad de pasar a mayores que no esperó y quiso no retrasar más lo inevitable y me llevó al servicio decidido a… (Mejor no lo digo. No es propio de mí hablar de esas cosas, por obvia que parezcan).
Al salir del baño, (lo confieso) me empecé a sentir vieja, indecente. Me sentía pesada, manchada de la grasa desprendida de la tortilla, y de todos los pintxos que él comió. Él (en cambio), se mantenía aún en su loca juventud. Ya no parecía querer besarme, pero yo deseaba su furia… (Yo quería devorarlo, quería la fuerza y el calor de sus labios. Se mantenía intacto mi deseo de volverlo amar).
Una vez fuera del baño, no sé por qué, pero sentí que el final llegaría… Él caminó hacia la barra tomó su bolso, su chaqueta y me dejó. (Me abandonó sin explicar por qué. Qué poco duró su amor. Yo quería sentirme en sus labios y lo llamaba, pero Josu… Yo quería su prisa por volverme amar. ¿Cómo sacarme ahora este amor? Nadie me dijo que moriría de amor). Él me dejó tirada allí donde me encontró, en la barra del bar.
Pero pronto entró un chico al bar y paseó su mano por la barra, me tomó entre sus manos un instante y luego me dejo caer… (Todas mis antiguas compañeras al verme caer gritaron, “ongi etorri”. Otras colegas susurraron, a mi espalda y en tono bajo, allí cae esa, que se creyó que podría ser algo más que una simple servilleta de bar.
(Fin)

Nº 44 4 AÑOS

- Oye tío, esa chica de rojo te está mirando.
- ¡Qué dices! No te oigo… Habla más alto que con la música no te puedo oír.
- ¡CHICA! ¡ROJO! ¡DELANTE!
Asomo la cabeza por encima de la barra y miro hacia donde el compañero me señala. Afrodita ha descendido del olimpo para tomarse una cerveza y nadie me ha avisado hasta ahora. Cabrones… me hubiese preparado mejor. Mentira, estaría igual que ahora pero acojonado. Intento seguirle el juego de las miradas pero es sábado por la noche y el pub está lleno. Litros de cerveza salen del barril para entrar en alcoholizados clientes.
Llevo 4 años en este lugar y muchas chicas me han sonreído, pero desde luego nadie como ella. La chica me está mirando pero está al otro lado de la barra y no es mi zona. El jefe nos lo tiene más que avisado, “cada uno en su sitio y a ligar a la puta calle”. Puedo pasar de todo y acercarme a hablar con ella, pero estoy vigilado y no puedo perder este trabajo. Tengo que pensar, puede que si…
- ¡Camarero! Dos San Miguel.
Capullo, pienso para mis adentros mientras las busco, me jodes la planificación de mi maravillosa treta de conquista para pedirme dos San Miguel. A quien se le puede ocurrir venir a un pub irlandés y pedir semejante “cerveza”… En fin, el cliente siempre debe tener la razón, aunque sea idiota.
Debido a los 4 años que llevo aquí, soy capaz de desenvolverme perfectamente por la barra con los ojos cerrados, conozco cada hueco del local, cada esquina donde la gente cree que no nadie mira. Todos los bármanes conocen esos entresijos. Son lugares donde los clientes creen que no les pueden ver y aprovechan para hacer cosas que no deberían, digamos que ilegales: cocaína, porros, beber alcohol procedente de fuera del local… Uso mi triste superpoder para buscar las cervezas con la intención de seguir con el juego particular que mantengo con mi futuro, pero algo va mal. Ya no me mira, se acabó el juego para ella y puedo discernir la raíz del problema.
Alguien esta ligando con ella, un tipo de esos que vienen a cargarse mi adorado rollo irlandés. Por culpa de gente como esa ya no se pueden oír a los Dubliners, ni a The Pogues, solo mierda comercial de los cuarenta principales. Por culpa de gente como esa mi alma va muriendo lentamente por culpa del excesivo consumismo generado por las grandes empresas. Los odio.
Sirvo las dos San Miguel pero se me cae una y el jefe que sigue al acecho me mira fijamente. Tengo una mezcla de ira, pena y nerviosismo que no quepo en mí. Abro otro botellín con el borde de la barra, se las doy a los idiotas y me dirijo hacia mi futuro. El jefe me mira incrédulo sin saber que es lo que pasa, pero una cosa si se puede imaginar, nada bueno. Creo que todo el pub se ha percatado de ello.
Atravieso la barra de izquierda a derecha y aparto al colega, sin querer, de mala manera. Lo siento por él pero en este momento no puedo recapacitar. Rojo de furia salto la barra y empujo al tipo con todas mis fuerzas, haciendo que caiga al suelo. Por suerte para mí está solo y le pido de forma agresiva que se vaya del bar, a lo que él se niega. Mis puños son dos pinceles y su cara mi mural. Esta noche, sin temor a jefes ni represalias, voy a pintar mi capilla Sixtina. Alzo mi brazo con ansias de asestar mi primer y espero mi único golpe pero alguien me placa.
En parte, por la adrenalina que secreta mi organismo y en parte por el golpe, me siento mareado. Abro los ojos y lo primero que veo es esa cara, es ella. De reojo puedo ver como grita mi jefe y por su cara tengo claro que estoy despedido, pero me da igual. Ella está ahí sonriéndome y eso no hay dinero que lo pague. Un hombre sabio me dijo que todo lo que se pague con dinero es barato y esto no hay riqueza capaz de pagarlo.
Me levanto, sonrío a todos los presentes y le doy la mano a mi musa animándola a salir de lo que ahora me resulta un antro.
Cualquiera diría que acabo de perder 4 años de mi vida en ese pub irlandés, pero mi realidad es otra. Gracias a ese lugar e indirectamente a su endemoniado dueño, mi vida acaba de comenzar.
Nº 45 UN VIAJERO LLEGÓ A UNA POSADA: VAMPIROS
No le hizo gracia tener que detenerse en aquella posada. Ya era noche cerrada y la
oscuridad no dejaba apenas ver entre los árboles del bosque que debía cruzar. Era obvio que
no llegaría a la ciudad antes del alba. Dejó su caballo en la destartalada cuadra, donde le
aseguraron que no le faltaría de nada y, ya en la posada, se dispuso a cenar algo caliente.
_¿Qué le trae por estos lares? -le preguntó el orondo posadero, mientras le servía un roñoso
plato de caldo hirviendo.
_Voy a la ciudad -contestó-, para advertirles de que corren un terrible peligro.
_¿Y de qué peligro se trata, si puede saberse? -le preguntó de nuevo el posadero, sin hacer la
más mínima mueca.
_Desde los pantanos del norte -respondió, mientras daba buena cuenta del caldo, que no era
especialmente sabroso, pero que le hizo entrar en calor-, se acercan varias hordas de
vampiros. Tengo que avisarles para que estén prevenidos.
_Oh, eso no será necesario -afirmó entonces el posadero.
_¿No?
_No -repitió, mostrando en ese instante dos enormes colmillos afilados-. Ya no queda nadie en
la ciudad. Por eso ahora esperamos a los viajeros a las afueras…

Nº 46 Gracias, Laguna
Bar Jiménez. Se dan comidas. Hace esquina. Habría que pintarlo. Huele a agrio. Un día de verano del año pasado. Entra el Richar, pide una caña. El Canillas se la sirve con un aperitivo de patatas fritas grasientas con pimiento verde. Jugando a la máquina, está Zenón, que se ha hecho cinco partidas. El Richar le pide a Zenón que le deje jugar. “Sólo una bola”, le contesta Zenón. El Richar juega; consigue dúplex y luego tríplex y el marcador se vuelve loco cuando la bola se cuela en el agujero llamado “Stand by”. Explosión de luces y pitidos. Se hace tres partidas. El Richar dice que esas partidas son suyas. Zenón dice que de eso nada. El Richar le da un puñetazo en el hombro, “¡qué dices tú!” Y Zenón comienza a sollozar y se va.
Bar Recreo. Se dan comidas. Hace esquina. El dueño tiene la uña del meñique muy larga. Las sillas y mesas son de formica marrón. Huele a metano y a orina. Especialidad: el bocadillo de calamares. El Laguna apura su vaso de vino. “Una del tropi, Paco”. Y sigue hablando con el camarero: “Ya sé que hay mucho paro. Pero no hay que asustarse. Hay que trabajar, pero con cuidado, poco a poco, sin hacerse daño. Yo ya le he dicho a mi hijo: vete con cuidado, hijo mío de mi alma, y cuídate las manos, que las tienes bien bonitas, como tu madre…”. “Y hablando del ruin de Roma…”, dice Paco, sirviéndole el vino. Zenón entra por la puerta. Hay un matrimonio riéndose en la barra, tomando un vermouth y un pincho de tortilla. Zenón dice: “me ha pegado el Richar y me ha quitao la máquina”. “¡Tú eres tonto, siempre te están pegando! ¡Algo harás! ¡Anda, tira pa’ casa, tira pa’ casa, y dile a tu madre que hoy no subo a comer! ¡Pegar, pegar! ¡Siempre te pegan! ¡Anda, tira!”. Zenón gime y el Laguna le da un pescozón. “¡Sube pa’ casa te he dicho, vas a llorar aquí! ¡Llorón, que eres un llorón!” Zenón se va compungido. “No es manera de tratar al chico, Laguna”, le dice Paco. “¡Pero qué chico ni qué ocho cuartos, si tiene 20 años, joder!”. “¿Tu hijo tiene 20 años?” “¿Mi hijo, el llorón? ¡Ese no es hijo mío! Bueno, me voy; apúntame esto”. Y se dirige a la puerta, saludando a los obreros que comen en las mesas: “Caballeros, que aproveche”. “Gracias, Laguna”.
El Laguna. 64 años. Pensionista hace seis. Cobra el día 20 de cada mes. El 21, paga al bar Jiménez y al bar Recreo las cuentas abiertas y le queda para tabaco, lotería y poco más. Su existencia consiste en frecuentar estos dos bares, beber vino y ver la vida pasar. Siente el sol calentándole la cabeza, los hombros y los brazos. La fuerte luz del mediodía le daña los ojos. El Laguna morirá dentro de dos horas. Sin embargo, hoy es un día normal. Ha bajado, ha tomado un vino. Luego ha tomado otro y luego otro y otro más y luego otro. Ha venido su hijo sollozando y le ha mandado para casa. Y ahora va a tomarse otro vino.
El Richar. 46 años. Parado. Ferrallista. Casado, cuatro hijos. El Canillas acaba de poner una caña al Richar con un plato de boquerones fritos de aperitivo. Las tres mesas del bar Jiménez están ocupadas por obreros comiendo lentejas de primero, escalope de segundo y flan, yogurt o fruta de postre. En cada mesa hay una botella de vino Perlado y otra botella de Casera. El Canillas y el Richar están hablando de tías. “La mejor de todo el barrio es la Exquisita”, dice el Richar. “¿Tú has visto a la hermana?”, dice el Canillas. ¿La Exquisita tiene una hermana?” “¿Que si tiene una hermana? La hermana está veinte veces más buena que ella”. “¡No jodas!” “Sí jodo, sí”. Por la puerta entra el Laguna: “¡Ave María Purísima!”. Y el Canillas y el Richar responden: “¡Sin pecado concebida!”. Los obreros se ríen. El Laguna los saluda: “Caballeros, buen provecho”. “Gracias, Laguna”. “Una del tropi, Cani, hijo, que vengo sediento; ¡qué calor hace!” El Canillas le pone un vino. Se lo bebe de un trago y pregunta: “¿Qué ha pasao con el chico?” “Pues que es un flojo”, dice el Canillas. “Tu hijo es un gilipollas, Laguna, te lo digo yo”, le contesta el Richar, “ahí le he dejao sus partidas”. El Laguna dice: “Este chico mío es tonto”. El Richar le invita al vino. Luego, el Laguna pide otra ronda. El Richar dice que tiene que irse ya. El Canillas pone la ronda, “la penúltima por cuenta de la casa”. Los pone medio huevo cocido de aperitivo, con un salero al lado. El Richard se come su medio huevo de un bocado y se bebe la caña de dos tragos. Y el Laguna dice: “¿Qué fue lo que dijo Fu-Manchú al morir?” Y los tres, gritan: “¡Volveré!” Los obreros miran divertidos. El Richar abre la puerta: “Me voy a comer”.
El Canillas. 45 años. Soltero. 110 kilos. Colesterol: 320. Tensión: 9-16. Heredó el bar de su padre, hace diez años. Lleva veinte trabajando en él. Está barriendo el suelo. Los obreros ya se han ido hace una hora. El Laguna está con un vaso de vino en la mano mirando la calle. Están solos. “¿Cuánto hace que nos conocemos, Canillas?” “De toda la vida”. El Canillas va a la cocina. Cuando sale con el recogedor y el cubo de la basura, el Laguna está sentado. “Coño, Laguna, nunca te había visto sentao, ¿estás malo?” “Estoy cansao; tengo como frío”. “¿Una del tropi?” El Laguna apura el vaso y dice: “vale”. El Canillas entra en la barra y carga café, pone una taza en la máquina y aprieta el botón. Sirve un vino y lo lleva a la mesa. “Gracias”, dice el Laguna. “Las que tú tienes”, contesta el Canillas, que va a tomarse el café. Se pone dos sobres de azúcar y, cuando está dando vueltas, oye una especie de rugido y un ruido de sillas y mesas arrastradas por el suelo y se vuelve: ve al Laguna con la cabeza colgando, la mandíbula metida en el esternón, los brazos también colgando y despatarrado. La pierna derecha sufre un espasmo y la cabeza se ladea hacia la izquierda. El vino del vaso se balancea. Luego, quietud y silencio. El Canillas sigue dando vueltas al café observando la escena, levanta una ceja, niega levemente con la cabeza y piensa: “¡Estoy hasta los cojones de este puto bar!” Por la puerta entra Zenón. “¿Está aquí mi padre?” Y el Canillas, apuntando con la barbilla al cuerpo del Laguna, le contesta: “Ahí lo tienes”. FIN.
Nº 47 TIT: LOS DOS ESTÁBAMOS SOLOS

Los dos estábamos solos y una amiga común nos hizo intercambiar nuestros correos electrónicos. Iniciamos un intercambio de dudas y sentimientos. Nuestros comienzos fueron tímidos y respetuosos. Al amparo de la intimidad de cada uno logramos intercalar algún chiste jocoso sobre nuestras necesidades no cubiertas.
¡Qué suerte habernos descubierto! Resultamos ocurrentes en nuestras conversaciones. Somos amigos aunque podríamos haber sido algo más. Tú tenias una ilusión en alguna parte y yo tenía un amor sin olvidar del todo. Tú y yo estamos a mitad de camino de todo entre nosotros. La amistad nos pidió conocimiento. El conocimiento nos llevó a la ayuda mutua. Lo intuí, amigos para siempre. La deslealtad y la soledad nos condujeron al mismo camino, en paralelo.
Confidencias cómo si fuéramos pareja. Relaciones creadas a la inversa del camino a recorrer. Hemos expresado nuestras esperanzas para el futuro, que nos encontraremos de vez en cuando para compartir momentos e intimidades del alma, confidencias mano a mano donde pudo haber piel con piel.
Sustituir besos de papel por besos en las mejillas al encontraros y al separarnos. Un abrazo de oso para consolarnos cuando la emoción nos impida continuar nuestros relatos. Crear relaciones que nos dure en el tiempo hasta que volvamos a vernos después de muchos e-mails y muchas semanas. Cuando el ordenador esté saturado de soledades y necesidades confesadas, volveremos al mismo lugar a llenar nuestros espacios vacios. Sincera amistad creada al amparo de un secreto, sentimientos sin confesar, caricias por descubrir, de abrazos sin recibir.
Tú me dejas entrar en el secreto de tus sueños por realizar, yo te incluyo en mis proyectos por concluir. Compartiremos silencios y la música. Compartiremos el viento y la velocidad de la vida, aunque ahora nos parezca que no avanza. Haremos que la soledad de la creación no compartida no nos venza. Que la vida fluya entre nosotros como río, en la búsqueda de nuestros propios anhelos y nos lleve donde ella quiera ¿Qué nos deberíamos haber encontrado antes? Antes estábamos preparándonos para fracasar, preparándonos para esta amistad, preparándonos para crear de dos errores un milagro, preparándonos para toda una vida. Que nuestra amistad deje la clandestinidad y nos dejen seguir siendo amigos. Que perdure más allá del amor que siempre tiene código de barras.
Nuestras relaciones anteriores no dieron lugar a la amistad. La convivencia y la intimidad defraudada compensada con la lealtad y confidencias de amigos. A veces en el mismo bar de nuestro primer encuentro. A veces en un rincón en el bar de enfrente. Desde nuestro primer conocimiento cambiamos a menudo de establecimiento sabiendo que no comprenderían los encuentros que tenemos. Pero siempre habrá un lugar que compartirá una, otra y otra vez nuestro secreto.
Nº 48 CAFÉ VOLGA

Despertó con resaca. El cúmulo de cartas que halló sobre la mesa que luchaba por no besar el suelo; le produjo agobio. Se levantó. El espejo le devolvió la imagen del cartero del pueblo:
-¡qué raro! por un leve instante creí que era otra persona- pensó en voz baja.
Metió las cartas en el maletín y agarró la bicicleta. Se dispuso a salir, esperando no encontrar en el pasillo; al casero que nunca mira a los ojos. Ganada la calle respiró con alivio. Al abordar la bicicleta se topó con “serruchito” el perro del faquir; haciéndolo a un lado dobló la esquina sin farol y se alejó calle abajo.
En Café Volga envuelto en la bruma de los contertulios agobiados por la tos, el cartero organizó con habilidad pasmosa las cartas. A su mesa y sin solicitarlo, llegó un vaso de vino Rioja. El joven cartero fue sutil con el gato de la Cooper, que mordía con tesón, el cordón de su zapato. De nuevo más de lo mismo. El cartero miró a la barra:
Recostado y engullido por la crápula, halló a un anciano que le buscaba con la mirada, en ademán de aprobación.
Muchas fueron las mañanas que de niño y camino a la escuela huérfana de pizarras, pegó la nariz a la vidriera soñando con entrar al café. Los ojos de chiquillo observaron asombrados a Picho- el carnicero del pueblo-, bromear con las coperas a la vez que con la goma del lápiz; hacia figuras con el vapor aposentado en el cristal.
Los recuerdos se disiparon al escuchar el Willys que descargaba a las meretrices venidas de Alcalá. Dominga la tabaquera alivió su espalda en una de las puertas del Café. Miró al interior y desde afuera preguntó:
“¿Han visto a Maro Díaz?…por ahí lo anda buscando Eleazar…parece que tiene la sangre hirviendo”.
Adriano Rojas se levantó rengueando de la mesa en la que a solas rumiaba sus penas, se acercó a la puerta y dijo a la mujer:
“no hace mucho estuvo aquí tomando café con el escritor sombrío”.
…pero volvamos a nuestro joven cartero:
Apuró el café, dejó unas monedas y salió a ser portador de noticias. El anciano lo alcanzó en el límite de la acera y le dijo:
“Has a un lado el afán…en vano será tu esfuerzo”
El cartero ya sobre la bicicleta lo miró y dijo:
“Acaso eres dueño del destino…”
“Una de las cartas confirmará la sentencia” –dijo el anciano
El cartero abrió al azar uno de los sobres. El espanto lo invadió al ver que el hombre se esfumaba ante sus ojos.
Sus manos arrugadas sostenían la carta, en la que se podía leer:
“He desempeñado el papel a la perfección, grato es verte en mi lugar. Entra la barra te extraña; no tardo en regresar…no olvides que yo soy tu.

Nº 49 VENÍ…BAILEMOS
Incluso antes de llegar al lugar para encontrarse con aquella antigua escalera de desgastadas maderas oscuras, no tanto por su nobleza sino por el uso, había comenzado a sentir el 2/4 de las arrastradas notas del bandoneón. Se quedó un rato sin saber que hacer. La calle silente y oscura quizás era aún menos acogedora que aquella música que nunca había podido aceptar.

- Sacálo del closet y comenzá a estudiar. No podés estar todo el santo día dándole a esa pelota.

Y una vez, cuando vio que el viejo parecía perder la paciencia, corrió a sacar el antiguo bandoneón y tras cerrar con llave la puerta de su pieza comenzó a buscar la forma de sacarle sonido primero y luego a adivinar las notas de la elemental música de moda que en la radio iba sintonizando.

- Tocá milonga…el bandoneón está hecho para la milonga – escuchó que del otro lado de la puerta gritaba su viejo.

Pero, pudo más, el hedor a tabaco y licor que por décadas había acumulado el antiguo instrumento en interminables noches y amanecidas en bares de callejones y suburbios.

- ¡Es asqueroso! – le espetó esa vez al viejo.- además, ésa que tú decís es música de viejo.

Jamás pudo olvidar la cara de turbación del padre, con sus ojos brillantes por el llanto contenido
Comenzó a descender lentamente para detenerse a media escala. Sólo el pasoso olor del licor que tanto requería en ese momento y que tenía claro no podía seguir buscando en aquellas horas de la noche, lo obligó a seguir descendiendo para ir a instalarse al final del oscuro mesón.

- Me invitás un trago – la mujer con la que había estado intercambiando miradas se había acercado para instalarse en un taburete cercano.
- Y bueno…¿por qué no?.
- ¿Qué celebrás?
- ¿Celebrar?
- Y bueno; no sé…
- La muerte de mi viejo
- Perdón…disculpáme…- dijo tan sólo la mujer aproximando su vaso para chocarlo con el del hombre.

Del otro lado del local, el incansable cuarteto de músicos, parecía estar pauteado por borrachos que gritaban sus propuestas tras el término de cada tema.

- ¿Bailamos? – dijo la mujer después de un rato.
- ¿Qué es eso?
- ¿Cómo que es eso?…milonga ¿no escuchás?.
- Esperá…

El hombre se había quedado estupefacto. Mudo e inquieto no consiguió atajar las lágrimas, que en ese instante inundaron sus ojos. El recuerdo del padre como un relámpago se había cruzado por su mente.

- Aprendé la milonga…algún día verás que es maravillosa.

Nº 50 LA TABERNA DE EL PULGA

Mario, cuarenta y ocho primaveras, soltero y sin descendencia -dicen las malas lenguas que por gustarle más la trucha que el bacalao- acostumbra a sentarse siempre en la misma mesa, y cuando ya está ocupada, su cara se tuerce en una mueca de contrariedad y pasa a encaramar sus enormes posaderas en uno de los taburetes frente a la barra. Es corredor de seguros, aunque su anatomía arroja muchas dudas sobre el primer término de su profesión, ya que es un tipo orondo que supera con creces las diez arrobas. La crisis ha hecho mella en sus alforjas y ha pasado de la ración doble de ibérico de bellota con la que iniciaba su menú diario a unas aceitunas sin hueso los días que mejor se le da el negocio.

- Esta puta crisis va a acabar con nosotros. Esta mañana, sin ir más lejos, me han devuelto cuatro recibos. Y no he colocado una póliza desde hace semanas. Anda, Pulga, ponme un bocata de calamares que me largo rápido.
- ¡Marchando uno de calamares fritos y una cañita para empujar!
- No te quejes, Mario

Marcial, apodado “el Bujías”, ensucia a diario la misma silla con su mono cargado de grasa. Su casa, dice, le pilla muy a desmano para ir a comer, pero en realidad lo que hace que el Bujías eluda los frutos de los fogones de su madre, a parte de la chistorra frita y del queso de idiazabal del Pulga, es la Trini, la peluquera. Marcial se separó hace años, en parte porque su mujer se cansó de frotar grasa, en parte porque un día que decidió darle una sorpresa, le pescó revisándole los bajos a una clienta. De nada sirvieron las excusas ni los arrepentimientos de él; Antonia le echó de casa y si te he visto no me acuerdo. Al no haber prole de por medio, la cosa se solventó con unas firmas y un arreglo económico más o menos ecuánime.

- A las muy, pero que muy buenas, prenda. Pulga, cierra la puerta, no sea que se escape este ángel que acaba de entrar.
- Déjate de coñas, Marcial, que no está hoy el horno pa’ bollos. Pulga, ponme un bocata de lomo, que me espera la Juani para darse brillos.

Trinidad Sánchez es una mujer de bandera, de las que ya no abundan. A sus cuarenta y tantos sigue levantando pasiones a golpe de tacones y bamboleo de caderas. Es una hembra bien formada, con más curvas que Orduña y mejor delantera que el Athletic de Panizo. Es madre soltera de un zagal que ya muestra pelusilla sobre el labio. Dicen que el padre fue un cargo importante del ayuntamiento, pero la Trini jamás ha soltado prenda sobre el progenitor del muchacho. Ella misma lo ha criado a fuerza de hacer permanentes y teñir canas. Nunca se le ha conocido novio, aunque postulantes no le faltan, pero ella aduce que con un hombre en su vida tiene más que suficiente, y el cargo lo ocupa de manera vitalicia su hijo Samuel. No obstante, el Bujías no pierde la oportunidad de trastearla cada vez que se cruzan, y eso sucede prácticamente a diario en la taberna del Pulga a la hora de comer.

- Pulga cóbrame, que me voy pitando.
- Son cuatro euros, Mario. La voluntad déjala pa’ cuando la cosa marche mejor.
- Oye, Trini, ¿a ti no te interesa hacerte un seguro de vida? Mira que si te pasase algo, el chaval iba a quedarse a verlas venir.
- No seas malasombra, Mario, que gozo de buena salud. Y el día que yo no esté, a Samuel no le faltará de nada, de eso se encarga la Trini. Además, ya me encasquetaste la póliza pa’ la peluquería y aún no he dado ni un parte.
- Cuando quieras, que para eso estamos. Abur pues a la concurrencia.

Mario deja los cuatro euros sobre la barra y sale más que pitando, bufando, con paso lento y cansado, como un paquidermo camino de su particular cementerio.

- Yo también me piro, Pulga. Dime qué se debe y me cobras lo del monumento.
- Lo mío me lo pago yo, majo, no vaya a ser que luego quieras cobrarte el convite de otro modo.
- Así me gustan a mí, sobradas y con carácter. Si tú quisieras…..
- Tres veinte lo tuyo, Bujías, y dos ochenta lo de la Trini.
- Que no, Marcial, que no quiero. Ea, ahí va lo mío. Adiós Pulga, y cuidadito con los bichos que se te cuelan en la taberna…

El Pulga se afana con el estropajo y la bayeta intentando dar esquinazo al sopor que intenta apresarle. Entre tapa y caña, ha podido comer algo y tomarse un vinito. Cuando todos se vayan, pasará la escoba y el mocho, echará el cierre y a descansar junto a Clara, su mujer. A veces logra salir pronto y ver a Lucía y a Tomás antes de que su madre les acueste. Se mete temprano entre las sábanas porque a las cinco ya está de nuevo en marcha para preparar los pintxos del día. A pesar del cansancio, a Arturo le gusta su trabajo.

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RELATOS desde el 1º al 33ºFachada-Larruzz
Entre todos los que están llegando, aquí tenemos los primeros relatos seleccionados.
Puedes votar enviando SOLO desde la Web de www.lavisita.com en la sección CONTACTO, poniendo claramente NOMBRE y APELLIDOS, MAIL, en ASUNTO: 3º CONSURSO de RELATOS y en MENSAJE la valoración de 1 a 3.
Los criterios, será:
Relación con el Tema: Hosteleria, Cafés, Bares, Restaurantes…
Originalidad del relato
Estilo Gramatical y Ortográfico.
Esperamos vuestros votos, por que entre todos los recibidos, sortearemos un lote de libro, invitación a la cena para dos personas en Larruzz Bilbao, en la entrega de premios y un lote de Vino.
Solo será valido una votación por dirección de correo electrónico, no pudiendo coincidir direcciones distintas con un mismo nombre.
Nº 1 UN ALMUERZO EN EL CENTRO VASCO
Mi relación con los restaurantes se fue formando desde muy pequeña. Todos los fines de semana, mi mamá me llevaba a un teatro a ver alguna función de títeres y después a almorzar en un restaurante. Mi preferido era el Centro Vasco, un pequeño lugar cerca del mar, en el Vedado.
Las paredes del Centro Vasco estaban adornadas con grandes cuadros referidos a la vida en la región vasca. Recuerdo los hombres vestidos de blanco, empuñando una raqueta; los toros; las mujeres bailando. También había una pecera grande donde unos peces rosados se movían con suavidad haciendo flotar sus velos de novia. Un día llevamos a mi hermana de tres años. Nada de lo que le pedimos para comer la sedujo. Solo quería estar al lado de la pecera, mirando la danza de aquellos animales. Terminé dándole cucharadas de paella allí mismo, mientras pegaba su naricita al frío cristal.
Entre los platos del menú del Centro Vasco, yo prefería las fabadas asturianas, la tortilla vasca, la natilla acaramelada. Por lo visto, en materia de paladar, la parte española que hay en mi mezcla cubana, es la que más influye.
Sin embargo, sé que en algún lugar comí una misteriosa sopa tártara, y que en otro apagaron las luces y le prendieron fuego a un dulce. También, en un sofisticado restaurante, me llevaron a la cocina para que leyera el menú en voz alta, delante de un grupo de cocineros asombrados. Yo en ese entonces era muy pequeña, pero leía muy bien.
Mi madre era profesora, vivía de su sueldo. No tenía negocios extras, ni algún pariente en el extranjero que le enviara remesas de dinero. Con lo que ganaba bastaba para mantenernos y darnos ese pequeño lujo dominical.
Todavía en mi adolescencia y juventud, los restaurantes siguieron siendo algo normal.
Mi papá acostumbraba salir a almorzar todos los domingos. Siempre me traía el plato fuerte envuelto en servilletas de papel. Él era fanático a comer en esos lugares. Por fin de año reservaba y nos íbamos a cenar para esperar el año nuevo. Otras veces me invitaba, a mí y al novio de turno, para que compartiéramos un almuerzo en familia. A mi padre le fascinaba descubrir un lugar nuevo. Comió en todos los restaurantes de la ciudad, dejaba buenas propinas y la gente lo conocía.
Pero las cosas en Cuba han cambiado mucho. De un tiempo a esta parte, para el cubano promedio solo queda la opción de una pizza comida de pie o caminando. Si acaso, cuando se tiene un poco más de dinero, puedes comprar una cajita de cartón donde se mezcla el congrí, el bistec de cerdo, la vianda frita y la ensalada de vegetales. La cajita te la podrás comer sentado en un banco o en el contén de una acera. Aunque muchos la comen de pie.
Los restaurantes están ahí. No han cerrado. Son los mismos donde celebré mi graduación como Licenciada en Matemática, donde le regalé a mi mamá una cena por su cumple años, donde terminaron muchos paseos románticos en una mesa para dos, compartiendo una excelente comida.
Solo que ahora son, para casi todo el mundo, una opción de lujo.
Yo trabajo como escritora de radio. Soy payasa de fiestas infantiles. Tengo una hermana en Italia que me envía dinero, y sin embargo, comer en un restaurante sola o en familia, es algo impensable.
A mis hijos, cuando eran niños, los pude llevar al teatro los fines de semana, a ver funciones de títeres, pero el famoso almuerzo en el restaurante de mi niñez siempre estuvo prohibido. En una bolsa cargaba la merienda preparada en la casa: unos panes con algo, un pomo de refresco. Todavía me río cuando recuerdo que en el intermedio de una función de ballet merendamos huevos duros.
La experiencia de almorzar en un restaurante ellos no la podrán recordar. No forma parte de su imaginario infantil. Nunca podrán escribir un relato como éste.
Soy yo la que les proporciono en mi casa comidas de fiesta los momentos que normalmente se celebran comiendo afuera: fines de años, fines de cursos, onomásticos, Día de los Enamorados, y demás.
El Centro Vasco existe todavía. Solo que ahora, como muchos otros, es un restaurante donde se paga con una moneda cubana equivalente al dólar, que no es con la que me pagan por mi trabajo.
Hace más de veinte años de la última vez que entré en ese lugar. No sé si todavía en las paredes los hombres juegan pelota vasca, ni si conservan la pecera, ni si siguen cocinando aquella fabada asturiana cuyo olor y sabor está tan ligado a mi infancia.
Nº 2 Relato
Vaya problema, escribir un relato.¡Mira que es sencillo narrar lo que conoces!
Mariano es un barman de una cafetería de Bilbao, sí, de Bilbao “de toda la vida”.
Cuántos hechos sabe, pero no los cuenta. El mismo vivió uno que le cambió radicalmente de la noche a la mañana:
Un día de invierno, ya de madrugada, se despedía de sus compañeros de trabajo hasta la próxima jornada cuando a la entrada del establecimiento estaban reunidas un grupo de chicas que portaban instrumentos musicales. Le preguntaron directamente:
Tú tienes buena planta. ¿Cantas o tocas algún instrumento?
Se quedó perplejo, pero respondió: ¿Me podéis explicar, por favor, el motivo de vuestra pregunta?
María le miró a los ojos y le dijo: Hasta hoy tenía un novio que era el vocalista de nuestro grupo musical “Los Salvadores Insurgentes”, de la que nosotras cuatro somos las instrumentistas. Te oí entonar una canción un día y no lo hacías mal. No queremos deshacer el conjunto por ningún motivo y mañana tenemos que actuar en un local de Getxo. Te proponemos ensayar hoy y valorar si nos sirves o no.
Mariano es de los que piensa que no hay que dejar pasar ninguna oportunidad. Las chicas le parecían majas y una de sus pasiones era cantar rancheras. No se lo pensó dos veces y les contestó: Decidme cuando está previsto lo que pretendéis ensayar para poder cambiar el día de trabajo a un compañero.
María le comentó: Vete a descansar y mañana a las diez quedamos en la dirección que figura en el papel que te facilito. Si damos el nivel como conjunto comeremos un menú los cinco para conocernos mejor, y si estamos de acuerdo tendremos nuestra primera actuación a la ocho de la noche. ¿Vale?
Que podía decir si los retos para él son opciones que desea afrontar: Probemos.
Lo cierto es que apenas durmió. Después de asearse y desayunar, metió un pantalón negro, una camisa blanca y un pequeño sombrero mexicano en una bolsa y salio de casa en vaqueros, botas de media caña y ropa deportiva. Le movía la ilusión.
Llego al lugar acordado y no había nadie. ¡Maldita sea! Esperó impaciente más de 10 minutos. Cuando parecía que se iba a marchar aparecieron las cuatro mujeres juntas, (le habían estado observando para analizarle). Se saludaron, para de inmediato ir a un bar a tomar café y cambiar impresiones. Emplearon veinte minutos en ello antes de acercarse a la lonja. Estaban todos nerviosos y María comenzó diciendo: Hoy puede ser un gran día para el grupo. Veamos qué posibilidades reales tenemos.
Mariano, espontáneamente, propuso cantar “Allá en el Rancho Grande”.
Le precisaron que el grupo pretendía otra cosa. O sea, continuar en su línea de siempre.
Mariano estuvo a punto de decir “ahí os quedáis”, pero pensó “ya que estoy aquí probaré”. Hizo de tripas corazón y aguantó el tipo.
Dieron comienzo al ensayo y, la verdad, parecía que no conjuntaban nada de nada.
Al de dos horas de insistir y persistir fueron mejorando. Por lo tanto se marcharon a comer los cinco, tal como habían acordado. Percibieron tener bastantes cosas en común. Siguieron ensayando por la tarde y, por fin, fue el debut ante un escaso público que les aplaudió con agrado, aceptando bien el cambio del solista.
Progresaron paulatinamente con esfuerzo y hoy son un grupo de reconocido prestigio a nivel nacional, que se divierten con sus actuaciones y les permite vivir de sus contratos.
Por otra parte Mariano y María comparten vida, con sus más y sus menos. Como casi todo el mundo.
Cambiaron de nombre al grupo y se preocupan de agradar a sus seguidores, e incluso se atreven tocando otros instrumentos en sus nuevas canciones, además de gestionar convenientemente el grupo y su promoción.
Por precisar, el trabajo de camarero quedó en el olvido y su vida cambió para bien.
La aventura continúa por los senderos erráticos del destino.
Nº 3 Viajar
Hay quien afirma que para ser un buen gourmet es preciso viajar constantemente por el mundo, lo que obliga a un doble compromiso, localizar los manjares y desplazarse hasta el lugar.
Con mi buena amiga Juana Mari viajo con relativa frecuencia con este mismo fin. Os lo cuento para que juzguéis algunos de los realizados el presente año.
Podéis coincidir con mi apreciación o tal vez no. Bajo mi criterio viajar es un alejamiento del duro trabajo y descansar, ver otros ambientes, degustar sus comidas, bailar, hacer excursiones, conocer a otras personas y así podemos continuar con otras consideraciones en las que probablemente coincidamos. En una forma abreviada de decirlo: disfrutar y conocer.
El primer viaje ha sido a China, en donde degusté tallarines con langostinos, cofre oriental de gambas, arroz chino tres delicias, pollo al limón, fideos fritos con cerdo y verduras, fideos vermicelli con gambas y un sinfín de otros condimentos deliciosos. Por otra parte podemos hablar de lugares, monumentos y otras cosas.
Como nos gusta el arroz, el segundo fue a Valencia. ¿Qué os parece lo que comimos con agrado?, coca crujiente de escalibada con anchoas, ensalada de pulpo, crujiente de verduras asadas con bonito y boquerón, ragu de boquerones y alcachofas, fidegua campellera con atún y langostinos, arroz con magro y verduras y otros platos verdaderamente deliciosos. De monumentos y costumbres podemos hablar mucho.
En el tercer viaje nos pareció oportuno pensar en Italia. Saboreamos spaguetti frutti di mare, risotto funghi de la nona, insalata de bacalá, inalada nicoletta, y podemos enumerar otros muchos platos. Respecto a lo que se puede ver, hablaríamos largo tiempo.
Respecto a Galicia, coincidimos las dos como un destino interesante, y así resulto.´ Nosotras le damos un gran valor a la cocina, por lo tanto degustamos una mariscada para dos personas, brocheta de rape con langostinos, chuleta de buey, pulpo y una innumerable lista de otras delicias. Siempre regado con los vinos adecuados. Como decimos, tenemos amplios conocimientos de su cultura y costumbres, que en ocasiones nos amplían datos los propios camareros o algún comensal de mesa cercana.
En el siguiente destino probamos verduras wok, arroz en hoja de loto, gohan, udon con gambas, tallarines de té verde con marisco,…
Podemos seguir relatando todo el resto de experiencias, pero creo es mejor conozcáis algunos pormenores de nuestra actuación real y rentable.
Sin precisar los lugares en donde hemos comido o bailado hasta rendirnos, las personas que nos han conocido e incluso algunas se han convertido en amigas, los sucesos acontecidos y un dilatado bagaje para narrar, lo importante ha sido la salsa aportada a nuestra vida.
Casi estoy segura habéis pensado que somos muy afortunadas por el tiempo que disponemos para poder saborear los manjares dichos y saber de lugares alejados, además de derrochar sumas importantes de dinero, saber idiomas y lo osadas que somos. Pues lo siento, eso es un error de apreciación. Nosotras lo que hacemos es informamos de los lugares vía Internet y adquirimos algunas guías turísticas. Nuestra principal inversión son las comidas, todas ellas realizadas en restaurantes de Bilbao, ya que el alojamiento se encuentra en nuestro hogar y el trayecto lo hacemos paseando y sin ningún riesgo en la aventura del transporte o enlaces de vuelos. Ni siquiera tenemos pasaporte.
Creemos no merece la pena afrontar peligros innecesarios ni tener gastos desmesurados para ser lo suficientemente dichosas disfrutando de nuestra vida cotidiana
Nº 4 Olor, sabor,…
Así como sabemos que a los expertos en vino se les conoce por sommelieres, yo no sé la denominación que se nos puede aplicar a los que evaluamos los alimentos elaborados.
Recuerdo que al alcanzar la edad de catorce años me dí cuenta que además de percibir si la comida estaba cruda o pasada, fría o caliente, salada o…, también veía un halo alrededor del alimento. Observaba un grano de arroz y por el color del aura, apreciando entre las variantes de azul y verde, sabía si se encontraba en malas condiciones. Después, con los labios, podía concretar otros aspectos, siempre y cuando sólo bebiera agua sin gas. Tampoco debía tomar chocolate, caramelos u otro producto azucarado en las tres horas anteriores, ni fumar.
A la edad de 19 años me sucedió un hecho curioso, ya que mientras leía un libro y escuchaba música sonó el timbre del teléfono y al descolgar oí “ven, por favor, sube al quinto b. Soy Azucena y mi primo Alberto no se encuentra nada bien. Necesito ayuda”.
De inmediato subí y no hizo falta llamar a la puerta, ya que se encontraba abierta, permitiendo oír claramente gritos de dolor “ay, ay, ay,..”
Pregunté “¿qué sucede exactamente? y la vecina me mostró un plato que contenía lasaña. Lo detecté por el color del aura: “carne que no se encuentra en buenas condiciones”.
Me miró y pese a mi edad preguntó: “¿qué hacemos?”
Respondí:”debe ser atendido por un médico, con urgencia”
Por medio del teléfono móvil conseguimos llegara antes de diez minutos. Confirmó que la actuación había sido la correcta y él también lo hizo con acierto, provocando el vómito y le recetó lo adecuado.
Como al médico le sorprendió la seguridad de mi proceder y mi carencia de formación sanitaria hablamos lo necesario para continuar al día siguiente la conversación.
Llegó el día y en el lugar convenido me esperaba el doctor, de 53 años, con una amplia experiencia médica.
Me hizo muchas preguntas hasta que le expliqué la forma de percepción:
“coloco el alimento presionado por mis labios al mismo tiempo que la punta de la lengua contacta también por lo menos once segundos. Entonces puedo determinar por cada ingrediente el óptimo estado de calidad o el nivel que corresponda. Viene a ser como si en un extremo de una varilla imaginaria se encontrase el blanco puro, definiendo la calidad suprema, y en el otro el negro máximo, como pésima calidad. El posicionamiento en un punto intermedio precisa la realidad.
El olor se valora entre el rojo y el blanco, de forma similar.
Los microsonidos se interpretan entre el amarillo y el blanco. En cada caso es posible puntualizar otros matices de orden práctico, que por complejo y extenso no comento. Además puedo hacer una determinación global imposible de interpretar por los humanos considerados normales.”
Me puso a prueba seguidamente en el mismo restaurante en donde nos encontrábamos, del que era propietario un amigo suyo. Dado que era la hora de la comida convino separar una minúscula parte de los platos antes de servirlos a los comensales.
Comenzamos: “lechuga de invernadero, recogida ayer,… correcto. Aceite de oliva de segunda presión, grado de acidez 1, variante picual,…correcto. Vinagre de jerez, tiene aditivos no naturales,… correcto.”
Así continuamos hasta que llegó la lubina de piscifactoría. “Producto no adecuado para el consumo. Cadena de frío interrumpida, contaminación por…”
Habían preparado el plato para comprobar la fiabilidad de lo dicho por mí.
En los dos días siguientes nos convertimos en socios de un restaurante que actualmente es prestigioso, en el que son clientes personalidades destacadas del mundo empresarial y político. Aunque no he de abonar dinero alguno, participo en el accionariado con el cuarenta y cinco por ciento, al igual que el propietario del otro establecimiento hotelero, y con un diez el médico. Sé que me utilizan como argumento de venta, pero no me importa. El negocio va cada día mejor, si cabe. Es una forma de ganarme el sustento económico para vivir.
Si mis socios conocieran mi poder real creo que nos dedicaríamos a otras actividades. Nunca se lo daré a conocer ni, espero, ponerlo en práctica.
Nº 5 El BARMAN
Jaime se detuvo ante el cartel lumínico del bar donde trabajaba. Bastaba pasar por el lugar para ser atrapado por la curiosidad de lo nuevo y atractivo. Se sintió feliz.
Tres meses atrás había llegado allí una noche calurosa frustrado y a punto de dar gritos, cuando aquella cueva, eso era lo que parecía, reflejaba oscuridad y tristeza. Para colmo vio entrar a un vagabundo.
Jaime era un barman y necesitaba urgentemente trabajar. Había caminado mucho en vano y meditó en su mala suerte antes de dirigir sus pasos a aquel antro.
— ¿Qué deseas a esta hora?—dijo una rugiente voz desde el mostrador rompiendo el tintineo de acceso.
El rostro de aquel colega era de pocos amigos
—Una cerveza…si fuera posible—quedó recostado a la puerta. La luz era pálida.
— ¿Sólo eso?… Venga
Dicho con mirada cortante. El hombre tenía puesto un delantal blanco.
El salón era pequeño con pocas mesas; una de ella ocupada por un bulto al final, alguien dormitando entre ronquidos, aquel vejete quizás, pensó Jaime; y un par de compartimientos privados al fondo, evidente nido de parejas de adolescentes.
Cuando la mitad de la jarra fue devuelta después del primer gran sorbo se oyeron quejidos.
— ¿Quién es?
—Un puerco con barba—. Dijo el cantinero juntando las cejas mirando los vasos al trasluz. Era calvo. Rondaba los 50 años; tenía cutis agujereado y nariz estirada—. Viene de vez en vez, y se tira ahí a pedir cosas…es un borrachín protegido por el dueño
— ¿Es de por aquí?
— Ni sé. Ha venido… tres veces. La gente se burla de él
Jaime se llevó de nuevo la jarra a la boca. Intentó hallar lo que él denominaba el gusto tardío, pero en vano. Por mucho que afinó el paladar aquello sabía a agua sucia. La cerveza no era más que un olor disperso en el líquido.
— ¿Qué haces por acá? No eres una cara conocida
—Soy como tú, pero no encuentro nada—suspiró—. ¡En esta ciudad no me necesitan!!—exclamó Jaime con tristeza disfrazada de tenue sonrisa.
—Es difícil. Por aquí han pasado varios. Aquí estoy en este chinchal de mala muerte con un amo pedante. Pretende que seamos mejor, que seamos atentos. ¡Equivocado!
Con la campanilla entró una pareja de jóvenes enamorados.
—Pueden ir saliendo, cerramos casi ya—refunfuñó el cantinero—.Total—añadió cuando el tintineo anunció la retirada—, para lo poco que consumen no vale la pena…después hay que limpiarle sus cochinadas
Los quejidos fueron en aumento y Jaime fue hasta aquella sombra.
—Es lo mismo de siempre. Ahora te pedirá algo; déjalo, huele a oso
—Señor—dijo Jaime al llegar.
— ¡Ay, mi hijo! ¿Puedes darme un poco de agua? Me muero de sed
La mano temblorosa se posó en su brazo y Jaime la tomó.
— ¿Qué le pasa?
— Estoy…falta de todo, hijo…gracias al patrón de aquí que me deja descansar, porque si fuera por…. ¿me das agua?
Tenía el aspecto de un anciano abandonado.
Jaime retornó, buscó su jarra de cerveza y se la puso delante.
—Beba, está fría… ¿no ha comido hoy?
— ¡Oiga, ese miserable se burlará de UD.!—se oyó desde el mostrador.
El hombre bebió con desesperación.
—…Gracias, hijo—dijo limpiándose la boca—. Tenía sed. No le creas
—Debe ir a su casa…y alimentarse, señor. O lo puedo llevar…
La carcajada del cantinero fue estruendosa. Jaime miró atrás molesto.
— ¿Es Ud. un barman?—dijo el hombre—…Tuvo que hallar aguada entonces la cerveza
— No sirve…y sí lo soy—dijo Jaime—.Pero no me quieren, como a Ud.
—Siempre aparece algo. Mire a Vd., conmigo. Tendrá éxito
—Gracias—.Jaime se levantó sonriente—. Me voy. Debo seguir buscando
—Mañana será un gran día para Vd., y la cerveza aquí estará buena; venga, lo espero
—Gracias—Jaime se le acercó—. ¿Cómo mejorará la cerveza?—le murmuró.
—Lo haré posible yo, amigo—dijo el hombre quitándose la barba y la peluca—.Soy el dueño
Nº 6 DE AQUÍ NO SALGO
Llegué pronto. La entrevista iba a ser en un bar, el Bar Tucasa. Una taberna que hacía esquina en una de las plazas del casco histórico, tradicional y conocida por todos los lugareños y turistas amantes de las buenas tapas. Estaba nervioso. Me había concedido una entrevista uno de los mejores despachos de abogados del país y esa noche no había podido pegar ojo. Una semana antes había dejado mi trabajo en una oficina con lamparitas de luz cegadora, secretarias gordas y olor a papel y a comida en tupper. Sinceramente, lo dejé porque estoy convencido de que valgo para algo más que redactar informes, idénticos los unos de los otros, y porque mi forma de hablar, más educada y de amplio vocabulario, contrastaba mucho con la manera de comunicarse de aquellos seres que tenía por compañeros de trabajo. Chicos y chicas de necesidades básicas, no les importaba rascarse el culo en medio de la calle o escupir el chicle directamente de la boca al suelo, y si se lo pegaban a alguien en el pelo, mejor que mejor. Hablaban a gritos chapurreando palabras y sé de buena tinta que se reían de mí o me levantaban el dedo del medio en cuanto me daba la vuelta. Pobres bestias. Los feos del mundo se saben mayoría y actúan con la seguridad de que sea cual sea la guerra que les toque afrontar la ganarán sólo por eso, porque son más.
Me fui porque tenía ganas de trabajar con personas.
Allí estaba, sentado en una mesa de dos, pasándome una y otra vez la mano por la nariz y por la boca. Pedí una tila. Y luego otra.
- ¡Otra tilita para el caballero de la siete!
- ¿Qué le pasa a ese? ¿Una cita a ciegas? ¡Oído maitre!
- Pues como no se ponga un girasol en el ojal no le va a reconocer ni su madre, ¡que como tú hay doscientos paseando por esta plaza, chaval! ¡Si al menos lucieras un piercing en la nuez…!
- Que estamos de broma, anda, toma unas aceitunas, ¡recién traiditas de Jaén!
Los camareros del Tucasa no paraban de reír y de pasárselo en grande a costa de mi cara de desesperado. Vestidos con chaleco azul y pajarita, me miraban con sorna mientras pasaban un trapo limpio por un vaso o ponían a punto la cafetera.
- ¡Prepara un cortao, corto de café, que viene la sueca! Madre mía, qué caderas.
- ¿Y el orujo de hierbas?
- El orujo déjalo que la sueca hoy viene sola. O pónselo al de la mesa siete, que se lo eche directamente a la cara que le sudan hasta los ojos… es broma chaval, ¿estaban buenas las aceitunas?
Yo miraba a la puerta y de todos los que entraban nadie parecía buscarme, nadie aparecía sujetando mi currículum con mi foto bajo la axila.
- Pásate a la cerveza que hoy no mojas, guapetón- el camarero más viejo de los dos, el de las olivitas, me guiñó un ojo.
- Dejad en pas al sico, no le degáis leerr el perico…- intervino la sueca, que acababa de sentarse en un taburete tan bajito que parecía hablar desde el suelo.
Pensándolo bien, no era muy corriente que uno de los despachos de abogados con más prestigio del país concertara una entrevista en un bar, por muy buenas que fueran sus tapas.
- ¡Una de mollejitas de cordero para la mesa dos! ¡Ración de ajoarriero a la tres! ¡Bravas uno!
- ¡Oído cocina!
- ¿Y el niño qué quiere?- el de las aceitunas me miró con los brazos cruzados en la barra y con el labio de abajo colgando- “una tila más y te saco una hamaca para que te eches un ratito”- si no me dijo eso seguro que lo pensó.
- Póngame una caña- y en ese momento supe que no iba a haber ninguna entrevista de trabajo, que no iba a entrar por la puerta nadie interesado en mí, que ningún despacho de abogados sabía que yo existía. Dejé de esperar. No sé si fue por el efecto de la tila o por el escalofrío que me produjo advertir durante un instante la cara de una de las administrativas que había trabajado conmigo asomándose por una esquina de la ventana. Fueron unos segundos, suficientes para recordar una boca abierta llena de dientes que reía con algún cómplice.
- Y una de calamares…ese cartel de “se necesita camarero”… ¿es muy antiguo?
- Chaval, estás en tu casa- el de las olivitas me sonrió y me sirvió una caña.
Nº 7 CUENTAS PENDIENTES
Bueno, esto no funciona, las facturas, el tráfico, los telediarios a la hora de comer, la vecina de al lado; y de alguna manera están los bares, donde es fácil desgastarse, que el tiempo pase sin que te importe lo de fuera, aceptarlo sin más y regresar a casa. Un bar tiene sus taburetes, gente desconocida que te conoce, gente conocida a la que no conoces y pretendes olvidar… este caso es ese último; Edna, un literato manantial tintado por tantas batallas perdidas, un deseo primitivo que a los hombres hace disfrazar de dioses y desnudar su condición vulgar, resumiendo una zorra, de nuevo escribía sobre ella. El bar uno de esos, ya sabes, una barra y un viejo camarero, cristaleras con botellas polvorientas para ver quien se sienta a tu lado y mesas oscuras al fondo para no ver quien se sienta a tu lado, gente bebiendo y de vez en cuando música; No era la primera vez que iba, tampoco era cliente asiduo, ese día me encontraba allí con la esperanza de que el mundo se olvidara de mi y la muerte me invitara a un trago, no tenía trabajo, no tenía dinero, no tenía ganas de escribir; el bar era el único de la calle y hacía también las veces de tienda de licores, restaurante y farmacia.
Recuerdo la mirada estúpida del camarero, cuando entró, el pelo rubio y ondulado lo llevaba suelto y le caía entre los hombros, la luz del día la acompañaba; Venía de nuevo hacia mí, la situación se repetía, y como la primera vez, su seguridad en el destino confirmaba que allí estaba yo solo para esperarla. Miré mi vaso buscando hielos. Llevaba un vestido blanco ajustado y con cada paso que daba al andar el vestido iba remangándose un poco dejando ver sus poderosos muslos, las piernas llegaban antes que ella; Todo en ella eran piernas en ese momento, ese justo momento cuando se pararon y rozándome la pantorrilla me dijeron , y todo comenzó de nuevo.
- ¿Que estas bebiendo Dan?
- A todos los hombres del mundo.
Yo sabía el juego; el camarero vino y saludó a Edna, viejos socios, le sirvió un Martini seco, muy seco y sin aceituna. Luego se fue a la otra esquina a seguir secando vasos.
- ¿Aún sigues escribiendo sobre mi?
- No lo hago sobre ti.
Edna cogió su copa y le dio un sorbito, creo que no bebió. Rodeó mi taburete y con un susurro me dijo que la acompañara. Nos sentamos en las mesas del fondo, sonaba en el tocadiscos Alabama Song, era la voz de Jim. Al sentarme frente a ella fue la primera vez que la miré a los ojos desde la última vez que la vi. Y ellos seguían ahí con la misma fuerza y belleza, sus ojos verdes eran los de un asesino. No decían nada, no es que estuvieran vacíos, es que no los comprendía. Su piel blanca, y sus pómulos, un fino sendero que daba a sus labios, rojos como el infierno donde ardían los hombres; labios que se estaban moviendo; yo seguía justo ahí, mirando a mi asesino.
- ¿Cómo te encuentras Dan, cariño?
- no empieces…
- Escúchame nene, estoy harta de todo esto. Vayámonos juntos tu y yo. No quiero ver más a esta panda de viejos borrachos y derrotados, me están contagiando, huyamos- Edna me peinaba.
- Son tu público, la gente viene aquí por ti, para verte.
Edna sacó de su bolso una pitillera de plata, pude ver una pequeña pistola allí dentro, sacó un cigarrillo y se lo puso en la boca, al tiempo que le daba fuego cruzó las piernas.
- Te he dicho que estoy harta, si no eres tú, será con otro- y miró hacia otro lado. El humo del cigarro en cambio vino directo hacia mi, consumido. De pronto me vi conduciendo un Ford en una recta muy larga y a Edna apoyada en mi hombro con gafas de sol y un pañuelo liado en lacabeza. Estaba dispuesto a morir por ella, era o eso o pagar la cuenta del bar, y tenía mas costillas que monedas en los bolsillos.
- ¿Que hacemos con tu amigo el de fuera? , el gorila.
- De eso te tienes que encargar Dan, cariño- y abrió de nuevo el bolso dejándome ver lo que había dentro.
- ¿ESTÀS LOCA?, ¿QUIÉN TE CREES QUE SOY?, ¡YA, FÁCIL…POOM POOM Y SE ACABÓ!, ¡ZORRA DEBERÍAN RAJARTE Y VER LO QUE TIENES AHÍ D…! No me dejo acabar la frase, me dio una bofetada que me cruzó la cara de izquierda a derecha, de sus ojos caían lágrimas. Nadie nos miraba y era normal.
- No me hables así por favor…estoy harta de todos, quiero escapar, comenzar una vida, tener hijos y hacer una familia, un hogar con jardín, por favor Dan cariño eres el único hombre bueno que conozco, ayúdame, ¿Crees que yo elegí esta vida?
Ella era otra, no era más que otra víctima de nuestra generación. Fui a la barra a pedir otro whisky con agua. Allí estaba sentado el gorila de Edna, había entrado, pesaría unos 100 kilos, llevaba un chándal morado y azul que dejaba ver su pecho lleno de pelos, llevaba también una gran cruz de oro y tres anillos, se estaba quedando medio calvo, su piel era morena, era mas alto que yo y todo en su cara era redondo. Fumaba un gran puro cubano, nada en él merecía la pena.
- ¿Que tal chico?, ¿de nuevo por aquí?
- ehh… si, ya ves, de nuevo aquí- no es fácil hablarle a un fiambre.
- Bien, espero que no me guardes rencor por lo de la última vez, los negocios son los negocios chico – dijo zarandeándome el hombro.
- si tranquilo, no te preocupes Vito ya pasó.
- Bien – Siempre daba su maldita aprobación para todo.- ahora vete muchacho. A ésta te invito yo, no hagas esperar mas a la señorita o se olvidará a quién se la tiene que chupar esta noche jajajaja- y se metió el puro cubano de nuevo en su apestosa boca.
La música había cambiado, sonaba Freddie freeloader, sentada en su silla Edna me esperaba, su hermoso culo trepaba por la silla.
-Cuéntame nena, ¿que has pensado?
Era un tipo afortunado, finalmente la muerte me había invitado a un trago.
Nº 8 Café, solo
Un remolino marrón, una tormenta de azúcar. Mario menea la cucharilla, cabizbajo, mientras remueve sus pensamientos. A su lado, un grupo de jóvenes demasiado animados comparte chismes a voz en grito, y él se lleva de regalo algún que otro codazo involuntario.
Deja escapar un gruñido, que queda entre él y la barra de aquel bar. Cierra los ojos.
—¿Vale la pena el café de este sitio? —pregunta una voz a su espalda.
—Los he probado peores —responde Mario.
No se sobresalta; conoce esa voz demasiado bien. Lleva rato esperándola.
—Qué curioso —dice ella, juguetona—. Mira que hace años que te conozco, y nunca te he visto con una tacita de esas en la mano.
—Será la edad. Las personas cambian.
—Mentira. Aprenden a disimular.
—Lo que tú digas.
Da un sorbo tímido a su café. Se quema los dedos.
—Mario, Mario… ¿Y qué te ha traído a un antro como este, después de tanto tiempo?
—Trabajo.
—Ya. —La voz se hace un suspiro, cada vez más cerca de su oído—. Yo prefiero pensar que me echabas de menos.
—Tengo que cerrar un trato con un cliente —dice Mario, incómodo.
—Reconócelo, te morías por encontrarte conmigo…
—El tipo se ha empeñado en que fuese aquí, y ahora.
—… y seguro que en cuanto escuchaste la palabra «bar» empezaste a salivar.
—Pero tras las prisas, va el cretino y llega tarde.
Mario termina con su bebida, de una vez. El calor le reconforta.
—¿Piensas a menudo en lo nuestro? —dice la voz.
—No.
—¿Porque no quieres, o porque no te dejan?
—Porque no mereces la pena —contesta Mario, tajante.
—¿Tu mujer te da un caramelito cada vez que dices eso?
Hay un silencio, de varios segundos, que coincide con un cambio en el hilo musical. Clásicos marchitos del pop-rock nacional invaden la estancia.
—Supongo que ahora estará requetecontenta —continúa ella—. Pero claro, luego llega la navidad, o una boda… y entonces vuelve a mirarte de reojo, porque en el fondo no confía en ti.
—Y lo entiendo —afirma Mario—. Yo tampoco lo haría.
—Te aburres. Como una ostra. Y en cuanto surjan los primeros problemas, toda esa farsa del buen marido y de jugar a hacer lo correcto se irá a pique. Lo sabes. Porque, por mucho que lo intentes, no puedes olvidarme.
—Te lo tienes muy creído, ¿No?
Ella se ríe. Es una risa que flota a su alrededor, que retumba en su pecho y le araña el alma. Pero Mario es el único que puede escucharla.
—¿Recuerdas esas juergas de madrugada? —insiste la voz—. ¿Ese fuego recorriéndote las entrañas? Te mueres por ponerme los labios encima.
—Camarero, otro café —dice Mario, haciéndole señas al hombre que hay al otro lado de la barra.
—Volverás, cariño. Todos lo hacen. ¿Cuánto tiempo piensas seguir evitándome?
Mario echa un vistazo a su reloj y resopla. Se entretiene haciendo trizas el envoltorio de un sobre de azúcar usado, hasta que el camarero se acerca con otra taza humeante. Le da las gracias.
Hinca un codo sobre la barra, y casi sin querer vuelve a mirar a los jóvenes que hay a su derecha. Sus ojos se clavan en el vaso de whisky que sostiene uno de ellos.
Los cubitos de hielo, bailando en su fondo. El brillo anaranjado y seductor que le reclama.
—Un día más —susurra Mario, para sí mismo—. Al menos un día más.
Aparta la mirada de forma brusca, y coge de nuevo la cucharilla. Agita su café, con desgana.
Otro remolino marrón. Otra tormenta de azúcar.
Nº 9 ¿Dónde está txomin?
Durante años, y cada domingo, la abuela Herminia tuvo que soportar las ausencias repetidas de su marido. La mujer, muy paciente ella, esperaba siempre sentada en el sofá a que éste se dignase en aparecer a la hora de comer.
El caso, es que al poco tiempo de que Txomin (su hijo) se casara con Maite, empezó a hacer exactamente lo mismo, algo que hizo que Herminia se preocupase por su nuera. Tras media hora de conversación, lloros y sollozos, Herminia se puso sería con su nuera y comenzó a hacerle alguna preguntilla para tratar de entender mejor porqué estaba tan desconsolada.
- Pero Maite querida ¿No se te ha ocurrido nunca acompañarle?
- Pues mira, no. Es que no quiero que piense que dudo de el.
- Claro, pero entonces ¿no sabes donde esta?
- No. Aunque una cosa te digo. Siempre llega muy contento a casa. Y por las noches, cuando duerme, sueña, que toca un culo.
- Un culo dices ¿eh?
- ¿Y por casualidad, suele llegar cantando Bilbainadas?
- Sí, ¿como lo sabes?
- Porque su padre hacía lo mismo ¿Te ha dicho alguna vez por donde suele andar?
- Dice que por el barrio. Calle arriba, calle abajo.
- ¿Y tu Maite, qué crees que está haciendo?
- Me imagino que me esta siendo infiel.
- No pienses eso Maite, que no es verdad.
- Ah ¿no? ¿Entonces qué es?
- Pues algo más sencillo. Que está con los amigos.
- Ja, Ja… y yo que me lo creo.
- Que sí mujer, que está de poteo.
Nº 10 PUERTA 2356
La puerta de la habitación 2356 se encontraba cerrada a cal y canto y el señor de mantenimiento del hotel, ni con toda su maña y, posteriormente, ni haciendo acopio de su fuerza, pudo abrir el cerrojo. Difícil tarea estaba siendo aquella. Parecía increíble que una simple tarjeta de apertura de una puerta estuviera sacando de quicio al desesperante y sudoroso empleado con destornillador en mano y gordura bien asentada en los costillares bajeros. Ni que hubiera sido obra del maligno enclaustrar eternamente la puerta abrazada de exageradas bisagras amordazadoras. Finalmente, el pestillo cedió dejando escapar un nauseabundo olor que llenó de pestilencias varias los pulmones de los presentes. El encargado se abrió paso a través de los reveses que gesticulaba el desfallecido cerrajero y empujó sin más la puerta. Cualquiera se podía esperar una dantesca escena, un matadero humano o incluso un nuevo registro de arte ensangrentado en las empapeladas paredes de la habitación, pero todo fue una simple y fatídica broma de los pensamientos que jugaban alborotados. La habitación se hallaba ordenada, perfecta, inmácula, impoluta. La cama hecha con sábanas aún sin dormitar, el baño limpio y con los precintos higiénicos sin rasgar. Dudosas miradas se entrecruzaron los presentes preguntando sin hablar de dónde demonios había salido tan repugnante olor. Con un imperativo movimiento manual, el encargado mandó a la doncella que revisase los cajones de todos los armarios, mesillas y demás escondites. Todo inútil. Él mismo descorrió las cortinas invadiendo la estancia una espléndida llamarada de luz. Retiraron cuadros, camas, el televisor, la nevera, abrieron la caja fuerte, levantaron el colchón y ahuecaron las alfombras. Imposible de encontrar nada. El encargado, furioso quizás de su incapacidad de resolver un estúpido problema de olores, agarró con ímpetu una de las sillas y calzando sus carísimos zapatos sobre el grisáceo tapizado, creció hasta la lámpara dejando balancear su mano entre el vacío del gran plafón de cristal. Y derrotado por las adversidades del nauseabundo olor que estaba acomodándose entre su brillantina y ahogando aún más si cabe, su cuello gracias a la inestimable ayuda que le prestaba la exquisita corbata, se dejó bajar de la silla y miró al empleado negándose a sí mismo y creyéndose una batalla perdida que culminaba un currículum de perfecto trabajador. El de mantenimiento no había conseguido atravesar el umbral, bien por cobardía, bien porque su trabajo estaba finiquitado al dejar resquebrajado el mecanismo de cierre de aquella puerta. Al recibir la vencida mirada del encargado sintió compasión de aquél hombrecillo en el que se estaba convirtiendo por momentos y supo perfectamente cómo se le habían caído todos los valores de golpe al no haber podido dar con el problema. Y encomendándose a su ostentosa medalla, dio un paso al frente y avanzó sin pausa. El hombrecillo sentó su arruinada moral en la misma silla tapizada donde estuvo subido y percibió muy leve la mano del cerrajero sobre su hombro posiblemente para darle algún que otro ánimo perdido. La doncella, dándose por vencida también, se unió al grupo y exclamaron al unísono un suspiro de fracaso confesado. Y dejando la silla en su sitio, y como muñecos de avanzada mecánica generacional, se aproximaron a las grandes cristaleras del balcón, abriéndolas de par en par. Una fuerte ventisca que entró a codazos en la estancia hizo que el fotograma de aquella habitación quedara nuevamente dibujado y tres inauditos personajes sin atreverse a cruzar el umbral de la puerta de la habitación 2356 al contemplar una dantesca escena, un matadero humano o incluso un nuevo registro de arte ensangrentado en las empapeladas paredes de la habitación.
Nº 11 Buena voluntad
Si, yo tuve un hotelito de nombre “El Espléndido”, de dos estrellas, situado cerca del mar. Me permitió ganarme la vida a base de sacrificios continuados. Ahora lo añoro.
Estoy retirado desde hace siete meses y he dejado la gestión del negocio a mi hijo Carlos. No sé lo que durará. Los tiempos actuales no son los mejores para mantener la actividad.
Hace unos 27 años llegó al hotel una exuberante brasileña con visado de turista, llamada Daniela, pero con intención de encontrar trabajo en el mundo del espectáculo. Se movió mucho para que la contrataran. No tuvo éxito en lograrlo. Llego el momento en el que su dinero se agotaba y carecía de ingresos. Entonces me propuso actuar en el hotel como animadora de actividades con los niños, profesora de baile, juegos para los adultos, cuenta chistes, prestidigitadora, camarera,… y lo que hiciese falta para ganar dinero y no la devolvieran a su país. Acepte para ayudarla. Por ello mi hijo debía consensuar las actividades consideradas adecuadas para el negocio. El roce hace el cariño y… hasta se casaron. Una vez producido este hecho, celebrado por toda la familia y amigos, la mujer se tomó con mayor relajo las anteriores dedicaciones. Tuvieron pronto dos hijos, llamados Cosme y Damian, que ahora tienen 23 y 25 años. Mi hijo actualmente no coincide con los valores que yo defiendo, y de mis nietos difiero mucho. ¿Quien me iba a decir que para esto he dejado mi vida de continuo esfuerzo y dedicación?
Mi nuera es una bruja o algo similar. Ofrece ritos de animales y hace conjuros.
Recibe unas hierbas de Brasil, las cuales macera y hace bebedizos. Ha ido sola a su país tres veces en los últimos cinco años. Cada vez que regresa conoce nuevos cánticos y trae muchos tipos de hierbas y flores para sus actuaciones brujas. Tiene reservados ciertos vestidos para días concretos, en los que deja oír una música grabada estremecedora cuando habla a una piedra roja, que tiene extraños dibujos en bajo relieve, y que calienta con una pequeña bombona de gas, al mismo tiempo que danza y le tiemblan las manos sudorosas. Eso dura unos 35 minutos. Después se duerme y despierta calmada. Se ducha, cambiándose a una vestimenta normal, para ir a continuación a cenar al restaurante brasileño de sus amigos Rafaela y Eduardo, a los que también considero brujos o algo parecido. Al ser conocidos estos hechos por las gentes del lugar al hotel le llaman “el hechizo brasileiro”. El día 3 de octubre de cada año Daniela ofrece en nuestro restaurante una comida a unos 20 amigos y a la familia. Después de los postres nos sorprende con una danza, que acompaña con cánticos raros, para finalizar con la quema de una bola –del tamaño de una pelota de tenis- recubierta de una cera rojiza bañada en alcohol, diciendo en voz alta unas palabras incomprensibles para nosotros. Cada año ocurre algo similar.
En ocasiones he comentado estos hechos con mis dos nietos y ellos me dicen:
Son cosas de mi madre que nosotros respetamos sin preguntar.
Mi preocupación es cuanto durará mi querido hotel antes de que lo debamos vender por no rentable o si por la forma de ser de Daniela consiga un tipo de clientes que llenen casi el 100% y se convierta en un semillero de brujería o algo similar.
Mucho me temo que, o tomo las riendas de la gestión del establecimiento y lo canalizo por los tour operadores ingleses o alemanes, o desaparece el hotel de nuestras manos por incapacidad de la 2ª o 3ª generación.
Estudiaré la situación hasta el 3 de octubre próximo, para dejarlo ir como va, actuar como siento actualmente, pedirles un plan de explotación a mi hijo y nuera, ver la alternativa de mis nietos, valorar una posible venta o hacerme brujo como Daniela y utilizar el establecimiento como lugar de reunión de personas imbuidas por el mismo pensamiento para alcanzar el conocimiento adecuado para el bien perseguido por el grupo. El cual desconozco en la actualidad. Tal vez alcance a comprenderlo.
No quiero que nadie piense que no pongo buena voluntad.
Nº 12 MADAME MALBEC
Charles cierra los ojos mientras la radio expulsa un tango, reclinada la cabeza, la boca entreabierta y un vaso de vino, en la mano izquierda. Suena la puerta de su cuarto de hotel a destiempo y en un tono que no encuentra lugar en la melodía del tema, es Clarisse. La puerta se abre, se desgarra el telón para que uno y otro puedan observarse: ella el rostro bendito de Charles, éste la botella en su cónica mano.
“Una morocha y una botella de vino… ¿Qué más podría pedir?” piensa el borracho… “¡Una o dos botellas más! Contesta una voz vibrando tras sus ojos negros.
- ¿Qué tal Clarisse? Vení, vení pasá. ¿Cómo andás? ¿El laburo? ¿Los chicos? ¿Qué fue de tu vida estos días? ¿Y tu marido… cómo se llamaba? Ah sí, sí, Ernesto… ¿Cómo anda? ¿Ya mejoró de ese “cierto problema”? Ay disculpame, que descortés soy… ¿un poco de vino?
- Y sí –contesta a esta ultima pregunta la mujer. Las palabras fueron devoradas en ocho o diez minutos por el tiempo, todas las formalidades fueron respectivamente representadas. Fue entonces cuando empezó el drama.
A la mañana, con aguda resaca y oliendo a tabaco, Charles estira el brazo para sentir el calor de Clarisse, pero en su lugar no encuentra más que a madame Malbec desparramada sobre las pálidas sábanas.
Nº 13 TOMANDO UN CAFE
Oyendo por allá y escuchando por aquí…, un día estaba tomando un café en la barra de un bar y, en la mesa de enfrente dos ejecutivos, con dos cervezas heladas, le decía uno al otro:
– La verdadera felicidad está en las pequeñas cosas: una pequeña mansión, un peque-ño yate, una pequeña fortuna… El otro le respondió:
- Hay todavía un mundo mejor… pero es carísimo…El dinero no hace la felicidad… la compra hecha.
Y seguí escuchando:
– ¿Sabes porque mi mujer siempre se ríe la última?… Porque piensa más lenta. Decía el primero.
– La mía no se ríe, -le contestó el otro-, pero cuando todo le está saliendo mal, son-ríe… es porque ya tiene pensado a quien echarle la culpa: ¡A mí, que estoy a su lado!.
– Es que la esposa, es la mujer que está a nuestro lado para ayudarnos a resolver los problemas… que no tendríamos si no estuviésemos casados…Y es que el amor eterno, dura tres meses… o cuatro, como mucho.
Cambiaron de tema:
– ¡Esta cerveza, está congelada¡
- ¿Sabes en que se parece esta cerveza congelada, a la mujer embarazada y a un pas-tel quemado?: Es simple. ¡Que si la hubieras sacado a tiempo no habría ocurrido.!
La señora de la limpieza, que pasa por su lado les dice:
– Perdón señores… ¡Levanten un poco los pies, que tengo que barrer todo esto!. Yo sola no puedo con todo… si busco una mano dispuesta a ayudarme…, solo la encuentro al final de mi brazo…
Uno de ellos, le respondió: No faltaría más. Pero piense que… “Pez que lucha contra la corriente… muere electrocutado”…
La pobre mujer se quedó con cara de pez…
En la misma barra, otros dos decían:
– A veces se me ocurren cosas “razonables”…, pero no se las cuento a nadie, por si son ”tonterías” o, se ríen de mí…
– ¿Por ejemplo?.
– ¡La solución al problema de la crisis!…,- Se trata de ahorrar gastando: Al ahorrar… disminuye la deuda externa y, gastando… mantienes el crecimiento económico: Si aplicas esta regla, a un paquete de café, -por ejemplo-, dejas de comprar la marca de café de toda la vida, -que te gusta y has tomado siempre- y, te pasas a una “marca blanca”: Te ahorras 1 Eu-ro por paquete.
– ¡No me jodas! …
– Mi mujer va a la pescadería: “¡Oferta: Langostas frescas!”: Y ni tu ni yo, que no compramos marisco de esta categoría…, ¿disfrutas chupando patas, pensando en cuanto te habría costado, en el restaurante de enfrente? : Estás comprando algo que no es barato y, ¡Té estas ahorrando una pasta! …
- ¡Acabarás por hundir el Euro! …
– ¡No te rías de mí!. Nos estamos tomando estos dos cafés… Si nos los hubiéramos tomado en casa, antes de salir, con este paquete “marca blanca”… ¿cuánto crees que nos hu-biéramos ahorrado? …
– No lo sé. ¡Te arruinarás de tanto ahorrar…, ya pago yo los cafés! …
– Deja, deja… ¡pago yo!. Tu piensa, que si los hubiéramos tomado, ahí fuera en la te-rraza, en lugar de la barra, nos habrían salido más caros. Y en la cafetería de al lado, cuestan veinte céntimos más caros. Suma la diferencia con la terraza y los veinte céntimos y, verás que nos hemos ahorrado cincuenta céntimos cada uno. ¡Pago yo y, así gano un Euro!.
- Tienes razón, paga, paga…
Nº 14 El café del escritor maldito
Todas las tardes se sienta en la mesa del rincón del café. Lo sé porque yo también estoy allí. Llega con su aire cansado y se desploma sobre una de las sillas. Hace a un lado su roñoso maletín y pide con desgana una cerveza. Siempre lleva una gabardina, da igual que llueva o no, siempre lleva una gabardina llena de lamparones. El camarero le sirve la cerveza y comienza el show del escritor maldito.
—Ay, Manuel, cualquier día de estos no aparezco —le dice al camarero.
Pero él siempre aparece.
—¡Qué malo estoy, Manuel! Son estos ratos con mi cerveza y mis relatos incomprendidos por la masa deseosa de best-sellers los que dan un poco de alegría a mi insulsa existencia.
Pero no se muere, no. Lo sé porque le veo todos los días. El camarero también le ve y aguanta estoicamente su discurso.
—Tú eres el único que me comprende, Manuel. Tú y estos papeles en blanco sobre los que vomito mis sentimientos y pesares sin más deseos que pasar un buen rato. Sin ánimo de obtener el reconocimiento que merezco.
Ya, claro. Él quiere triunfar, como todos. Lo sé, le conozco muy bien.
Cuando el camarero se marcha, Ángel, así se llama este escritor de medio pelo, da un sorbo a la cerveza y suspira como quien no tiene nada más en el mundo. Después saca un bolígrafo de plástico y comienza a escribir. Entre aspavientos y poses de autor de segunda clase escribe. Escribe, tacha, gruñe y vuelve a escribir. Siempre es lo mismo. Hay días que llena las páginas de borrones y otros en los que consigue escribir algo. Pero nunca nada bueno. Lo sé porque cuando se va al baño aprovecho para leer sus papeles. Historias inconexas, personajes planos, finales predecibles. Nada, nada bueno. Aún así, memorizo lo que escribe y lo copio en servilletas de papel, por si pudiera salvarse algo. Después me las llevo a casa y les doy un estilo propio.
Ángel pide su segunda cerveza y se queja.
—Ay, Manuel, si esta salud mía me diera tan sólo un respiro qué genial escritor sería.
Él se queja, pero somos otros los que sufrimos grandes males y, a pesar de eso, nos arrastramos cada tarde a este café en busca de una buena historia. Luchando contra nuestro oscuro sino.
—Ay, Manuel, si algún día muero que estos textos no se queden sin ver la luz.
Que esos textos se queden en el fondo de una papelera es lo mejor que les puede pasar. Por culpa de escritores como éste los verdaderos artistas tenemos mala fama. Una fama que nos acompañará por siempre como negra sombra.
Se pide una cerveza, todas las tardes pide tres, y aumenta la gravedad de su discurso.
—Yo creo, Manuel, que lo mejor es que me suicide. Me pegaré un tiro frente al espejo como Larra. Sólo así se apreciará la valía de mis escritos. Porque la masa es ignorante y sólo ante una tragedia, como puede ser mi muerte, reaccionará y verá la luz.
La pena es que no se lo pegue de verdad, que tarde tras tarde aparezca aquí para enturbiar el ambiente cultural del café. Si no fuera porque siempre se sienta a dos mesas de mí yo estaría más concentrado y mis palabras fluirían sobre el papel como un río de tinta.
Tras terminar la cerveza, recoge sus papeles, su andrajosa gabardina y se marcha entre lamentos y con la cabeza gacha. Nada más cerrar la puerta me levanto y busco entre los papeles que ha arrojado buscando alguna idea digna de ser salvada. A veces encuentro algo, pero es difícil reciclar semejantes ideas. Incluso para mí.
Llamo a Manuel y le pido la cuenta. Estoy agotado, si no fuera por tal canalla yo sería un excelente escritor. El mundo de las letras apreciaría mi arte. Pero mi estado de salud y este psicópata literario están acabando conmigo. Algunos luchamos contra viento y marea, mientras otros se limitan a sentarse y a quejarse. ¡Dios, cuánto odio la autocompasión!
Nº 15 CASA FLORIAN
El partido estaba candente. Hervía el ambiente con la tensión acumulada tras ciento veinte minutos de juego y Florián no paraba de servir cañas y chatos a diestro y siniestro. Parecía mentira que en el último minuto del tiempo reglamentario aquel delantero de nombre impronunciable hubiese sido capaz de marcarnos semejante gol, un escorzo inconcebible que llevaba el partido a la tanda de penaltis y a los parroquianos a la desesperación. Este sentimiento crecía hasta límites insospechados al tener a un grupito de hinchas del equipo contrario en Casa Florián. Hasta aquel día, el bar había sido un fortín para nosotros cuando había partido, la cuadrilla gritaba y porfiaba mucho más que en nuestros propios hogares, coartados por nuestras mujeres o madres, e incluso que en el estadio, limitados por nuestro pudor ante las masas. Quizás fuese por el alcohol o tal vez por la compañía, ninguno de nosotros nos poníamos a analizar esos extremos tan teóricos, simplemente aullábamos como locos cada vez que el árbitro hacía sonar su silbato, y con razón o sin ella, todos le espetábamos alguna lindeza tan malsonante como éramos capaces. El experto en estos menesteres era Gerardo, capaz de hacer estremecer a un bigotudo sargento chusquero con su repertorio. Se sabía importante por esta cualidad y cada semana nos deleitaba con un par de novedades que ninguno sabía a cierta ciencia de donde conseguía sacar.
Pero aquel día, la cuadrilla no gritaba como siempre, incluso Gerardo mantenía el mutismo más absoluto, aquellos extranjeros nacidos en algún país que no existía cuando estudiábamos geografía, nos tenían achantados. Tenía bemoles que nos callasen en nuestro propio hogar pero es que eran ¡todo chicas! Ninguno del grupo recordaba cuando había entrado en el bar una mujer de menos de cuarenta años y que encima fuese guapa. Aquello nos superaba ampliamente y sólo podíamos actuar como hacen los hombres de verdad: bebiendo y comentando por lo bajo lo buenas mozas que eran aquellas mujeres de más allá de los pirineos. Nunca le habíamos hecho menos caso a un partido de fútbol que a aquél y eso que nos jugábamos el pasar a unas semifinales europeas por primera vez en la historia de nuestro modesto club. Sólo en la prorroga el fútbol había podido más que las hormonas y habíamos centrado nuestra atención en la pantalla grasienta de Casa Florián.
Melitón siempre acudía a la taberna en traje y corbata, se las gastaba de galán, animaba los días grises en el que balón no iluminaba nuestra vida con pícaras historias sobre flirteos de todo tipo y textura. Yo nunca di un euro porque alguna de aquellas historias fuese verdad, pero aquel día, mi idea sobre él cambió cuando le vi acercarse a nuestras enemigas e invitarlas a un vino de nuestra tierra. Nunca entenderé cómo consiguió que aquellas chicas comprendiesen sus intenciones, pero el caso fue que lo logró. Cuando los jugadores empezaron a tirar los penaltis ya estábamos mezclados los unos con los otros. Se nos olvidó rápido que nuestro equipo desperdició la tanda de penas máximas debido al resbalón de nuestro amado capitán al chutar el último penalti, ya que las aficionadas rivales nos abrazaban y nos llenaban de besos, pletóricas por su épica victoria.
Melitón puso rápidamente en práctica aquel dicho de “cuando una puerta se cierra, otra se abre” e invitó a todos a una ronda de chupitos de orujo del terruño bien cargados. Florián cerró esa noche tan tarde como nunca antes lo había hecho y siempre nos echa en cara la multa que le pusieron los urbanos. Sucedieron muchas cosas entre los dos grupos de hinchas, que no pueden ser contadas aquí, no sabrían igual que escuchándolas con una cerveza en la mano, apoyados en la barra de Casa Florián.
Nº 16 LA ALMOHADA
Aunque nadie pueda ver qué llevo dentro de la maleta siempre he tenido un reparo en no cargar con cosas que los escaners de los aeropuertos identifiquen como peligrosas. Ese gusto, sí, porque es un gusto por evitar momentos incómodos, me llevó a tener que llenar mis maletas únicamente con mi ropa y algunas cosas de trabajo. Llevar mi almohada, la que está sobre la cama de mi casa, esa que siento tan cómoda, la que tiene la forma de mi perfil, la que guarda mis sueños nunca me pudo acompañar a ningún viaje. Tal vez por eso la paso tan mal en las reuniones de trabajo, porque llego al hotel y tengo que apoyar la cabeza sobre una almohada que ya recibió el peso de otras cientos de cabezas, y las almohadas se cargan de los sueños, todas las almohadas están sucias de residuos de sueños que tengo que fumarme sin querer hacerlo. Esto yo lo sé muy bien, pero no se lo digo a nadie porque como médico auditor de prestaciones de salud de una empresa de medicina prepaga nacional y con sucursales en todo el país, sucursales que me obligan a visitar, tengo que mantener un perfil y una actitud seria, totalmente científica y equitativa. Pero tengo este don, sí, podríamos llamarlo don, de recuperar y soñar los sueños que quedaron en las almohadas ajenas. Entonces en los hoteles la paso mal, tengo cientos de sueños al mismo tiempo, con caras nuevas, con sueños que son anhelos o recuerdos pero que se sueñan de la misma manera, sea un beso a una mujer hermosa o sea un asesinato.
Por ese motivo estoy escapando de esta ciudad.
Llegué al hotel de madrugada y me dieron la tarjeta de la habitación número 121. Yo tendría que haber pedido otra habitación, pero no podía justificar mi pedido. No podía decir, como respetable médico auditor que soy, que los números capicúas me traen mala suerte.
Me metí en la cama, apoyé mi cabeza y cerré los ojos.
Muy bien, dije yo, ahora que está claro que todo el dinero ya lo has gastado y que nos debes una suma que no puedes pagar voy a darte el privilegio de darte la oportunidad de formar parte de unos de mis mayores pasatiempos. Caminé hasta una mesa torpemente, porque ahora soy un gordo de traje, ya no soy el médico auditor. No te das una idea, dije mientras tomaba el arma que encontré sobre la mesa, de lo mucho que me gusta practicar puntería, de meter un balazo justo entre las cejas. Y disparé.
Se me acercó un muchachito que me dijo que teníamos que irnos. Me dijo “Jefe”. Muy bien, respondí yo, por suerte este momento lo voy a soñar muchas veces. Sí, sabemos bien jefe. Perfecto, dije mientras me marchaba del lugar –que parecía un galpón abandonado. Vamos al hotel, voy a soñar con esto y quiero que traigan la almohada de la cama donde duerma, de esa manera voy a poder repetirlo todas las noches, no vayan a olvidarla porque si no vamos a tener que ir a buscarla… hay mucha gente que puede soñar los sueños ajenos.
Desperté. No sé si lo hice porque entendí en ese mismo momento que no era la única persona del mundo que puede soñar los sueños que quedan en las almohadas o si fue por el estrépito que vino del piso de arriba. Ruidos de peleas, de gritos y finalmente un disparo. Un segundo de silencio y la voz, esa voz familiar que preguntaba: “¿El jefe dijo ciento doce o doscientos doce?”
Nº 17 Restaurante bar Santafé
La vieja casa donde funciona el restaurante bar Santafé fue en su momento cárcel secreta del Departamento Nacional de Inteligencia, sucursal del Banco de Crédito, academia de danza clásica, cine de reestreno y quién sabe qué más cosas perdidas y olvidadas de la memoria colectivade mi ciudad.Cenar allí es como asistir a una presentación de gala de un teatro mágico. No es para nada extraño contemplar, mientras se saborea un ajiaco o un pucheroo se bebe una copa de vinoo una cerveza fría,a un viejito que reclama su pensión de veterano de la Primera Guerra Mundial justo en el mismo espacio donde se encuentralamesaque nos acoge, o un opositor del régimen de 1904 siendo torturado hasta la muerte por matones de la policía secreta justo en nuestras propias nariceso un trompetista de jazz tocando encima del mostrador o una ballena MobiDickdando la tabarraen la cocina y en el baño de damas.
Hay fantasmas y apariciones para todos los gustos. Sin embargo, la estrella rutilante del restaurante es un fotógrafo anónimo más viejo que la sarna que, cuando está en vena, se pasea de mesa en mesa tomandoa los comensales una placa en su cámara fotográficadel siglo XIX y luegode tomada, como si tal cosa, se evapora en el puchero o en la copa de vino provocando entre losclientes risas nerviosas, erizamientos de piel, tosecitas secasy cruces de dedos.Nadie acierta a esgrimir una teoría más o menos sensata acerca de las tretas de las cuales se valen en el restaurante para recrear tamaño espectáculo y causar tal asombro. Lo cierto es que indefectiblemente, pocas semanas más tarde, el daguerrotipo tomado por el fantasma o por el fotógrafo o por quien quiera que sea el malandrín le llega a cada comensal, bien a su casa, bien a su sitio de trabajopara que tosa y cruce sus dedos y se le erice la piel nuevamentey corra a la iglesia más cercana a confesarsus pecadosy a comulgar.
La primera vez que recibí el daguerrotipo, entre asombrado y admirado, sin darme tiempo para reflexionar me dirigí al restauranteSantafé dispuesto a develar la clave del misterio. Don Jorge, su dueño, con esa flema propia de quien se sabe libre de pecados, me dijo como dice siempre que se le indaga al respecto, que nada tiene que ver con el asunto y esgrimióen su defensa que su margen de ganancia noes tan amplio como para darse el lujo de andar contratando fotógrafos antediluvianos,imprimiendo fotografías de colección y entregándolas por correo certificado a sus clientes,a direcciones que además desconoce.
«En todo caso, al margen de sus objeciones, aquí hay gato encerrado», afirméen voz alta, como si hubiera descubierto el eslabón perdido y, resignado a permaneceren la ignorancia y en la oscuridad, me dispuse a despachar una sopa de mondongo. Un señor sentado en mi silla, que ocupabael mismo lugar que ocupabayo, sin que tuviera velas en el entierro, me respaldóen mi aserto y añadió…«Claro que hay gato encerrado. Nuestro Jorge es bien tunante y bien candongo. Pero no es hora de resolver misterios sino de contemplar una buena película».Y en diciéndolo, apagólas luces, encendióunapantalla ubicada en el sitio preferido del trompetista de jazz y proyectó“La Ventana Indiscreta”de Alfred Hitchcock”.«Qué linda chica», suspiróel fotógrafo al ver a Grace Kelly en acción. «Un bizcochito que bien vale una guerra», masculló por su parteel veterano de la Primera Guerra Mundial.
Tres semanas después recibíelconsabido daguerrotipoen un hotel de París donde me hallabapor cuestionesde trabajo.En la fotografíano estoysolo. A uno y otro lado de mi mesa, toman vino y observan extasiados “La Ventana Indiscreta”una bailarina escapada de un cuadro de Degas, elviejo que reclama su pensión de veteranoy un tipo pintiparado a Humphrey Bogart.
«Lo que pueden hacer el Photoshop y los demonios del infierno», pensé sin atarugarmemucho la sesera mientras salíadel hotel a buscar en Île-de-Franceun restaurante similar a mi viejo y adorado Santafédonde tomar la cena.
Nº 18 El dolor del éxtasis
Fue en Navidad, el primer Diciembre que me consideraba libre, cuando después de diez años de no saber nada el uno del otro, me llamó. Apareció en el lugar de la cita un poco después que yo, habíamos quedado en “el Trina”, como en los años jóvenes, el Trina es una cafetería en medio de una pequeña alameda, donde sabes que vayas cuando vayas, te encontrarás con alguien conocido, le llamábamos así porque el anuncio de Trinaranjus era tan grande que nunca llegamos a saber el nombre de la cafetería. Sospecho que ya llevaba unos minutos allí pero no se dejó ver porque prefirió observarme mientras llegaba. Llevaba su traje de aguas rojo, el pelo largo y su boca de luna. Yo iba vestida entre moderada y sosa, con una mancha en el pantalón granate que confiaba no descubriera (sin éxito); además le atosigué con unas fotos del viaje que acababa de hacer y me reí mucho cuando no tocaba, de los nervios. Estaba desacostumbrada a citas de este tipo y menos con él.
Nos contamos que estábamos solos y quedamos para salir otra noche. En esta ocasión y para contrarrestar me vestí tan seductora que a las dos horas de estar juntos estaba muerta de frío y me tuvo que dejar su jersey y su olor. Constaté mi desentrenamiento en salidas nocturnas urbanas. Bebimos y hablamos de la vida. Entrañable. Él pasaría la noche de fin de año en su velero rumbo a Columbretes. A la vuelta me llamaría. Yo, pendiente del teléfono como una niña y el alma temblando, imaginando…
– Dime algo, amor,…
-¿Qué necesitas escuchar, además de mi pecho rozándote y las razones de mis manos
acariciándote?
-Que no se acabe
Teníamos nuestras vidas ante nosotros, la ciudad a oscuras y mojada en la que nuestros pies descalzos hacían un recorrido medieval de amor y muerte. Descuidado y tierno, apasionado y necesitado, indiferente e irreal. Nos gustaba sentirnos así, transgrediendo en el silencio, en la sombra. Callejones peatonales entre edificios de más de doscientos años, la historia expectante ante nuestro recorrido, ante nuestros impulsos, mirada de cristal y piedra. Protagonistas de una ciudad sorprendida, la oscuridad sudaba, mezclada en nuestros ardores, la luna en nuestras palabras se volvía mujer amada. Caminábamos rozándonos o al revés. Cualquier alféizar, una y otra vez.
Se le despertaba a menudo el mar que llevaba dentro, me envolvía en su marea y yo me quedaba entre el susto y la sorpresa. Su razón de haber nacido, decía. Eso me tenía seducida y él lo sabía. Me hervían sus frases, hacía cualquier cosa para provocar ese torrente desvergonzado y sincero, esas frases sin filtro, sin época. Frases de los amantes de todos los tiempos, reconfortantes verbos que me hacían vivir en un poema eterno donde el mundo quedaba ingenuo y pequeño. ¿Qué sabía nadie de las cruzadas de nuestros cuerpos?
-Me ha vuelto a sorprender el amanecer, húmedo de haber estado contigo.
-Así resbalaran mejor mis besos, mis miedos y mis dudas.
Dudas ninguna. Así estaría siempre, paseando por la tarde de sus ojos, sintiendo la eternidad que me rodea con la forma de sus brazos, atreviéndome a esa percepción que me libera, durmiendo en el pozo de su pecho. La mañana insistió, la luz nos hizo compactos y reales. El resto fue hacer compatible el dolor del éxtasis con el dolor del mundo.
Nº 19 La pera
Las cortinas de color naranja filtraban la luz solar, que a esa hora golpeaba la esquina donde estaba situado el local, y provocaban una luminosidad tan apagada como acogedora. Dos enormes pantallas de televisión rompían la antigüedad del resto del mobiliario, pero para ignorarlas bastaba con no levantar la cabeza, porque estaban colocadas a gran altura. Además, su sonido había sido eliminado, sustituido por subtítulos.
Entré en ese restaurante por casualidad. Acababa de realizar una gestión en un lugar cercano y preferí comer antes de volver a mi domicilio, en el extrarradio. No conocía la zona. Como siempre, mi elección se basó en el menú expuesto en la puerta de entrada. Le daba más importancia al contenido que al precio, aunque jamás me permitiría una comida de lujo para disfrutarla solo.
Casi todas las mesas estaban ocupadas y me sorprendió agradablemente, además de la luz, el silencio. Sólo se escuchaba un fondo de conversaciones en voz baja. Eso, y el intercambio de frases entre el personal, que iba a constituir mi entretenimiento durante la comida.
Ocupé la única mesa libre, desde la que podía ver parte de la cocina y de la barra. Enseguida llamó mi atención el contraste entre el camarero cincuentón, bajo y medio calvo, y a todas luces veterano, y la principiante joven, estilizada y de melena rubia, con acento del este europeo. Entre los dos se mantenía un coqueteo evidentemente inocente, por lo desproporcionado y absurdo, y porque se manifestaba a la vista y el oído de los presentes, incluyendo a la cocinera, que bien podría ser la mujer del aspirante a conquistador. Los dos disfrutaban de su trabajo. Él, por la compañía. Ella, por disponer de un empleo.
No recuerdo qué comí. Sólo la guinda de aquel rato tan agradable. Hasta ese momento, todas las peras al vino que había probado me habían parecido peras con agua. Pero me arriesgué a pedirla de postre. El vino era consistente, cargado de azúcar y canela. Me lo acabé a cucharadas. Me provocó una sonrisa tonta y un ligero mareo, que apenas duró unos minutos. Pero aún hay ocasiones en que lo noto en mi boca.
Nº 20 REFLEXION EN LA BODEGA
- Tú sabes Miguel como yo, que aquí vienen a descargar adrenalina y a olvidar sus penas. Esta gente está cansada de tanto trabajar , y de los abusos de sus patrones , necesitan estos momentos para evadirse un poco, por eso les ves contentos. Con su paquete de manises y el porrón de clarete, pasan un rato distraídos y relajados.
Mira Miguel, aquel de pelo cano y jersey de cuadros perdió a su mujer hace un año y tiene que atender a sus cuatro hijos y a su suegro que vive con ellos. Aunque le ayuda mucho su hija mayor, él desea estar cuanto antes con su familia, pero se pasa todas las tardes un rato por aquí antes de llegar a su casa. Mira, el que habla con él, el calvo, sin embargo, no tiene prisa por marchar, dicen que no se lleva bien con su mujer, discuten mucho y llega siempre colocado a su casa, quizá por no oír los gritos de su señora, que siempre le está recriminando el poco dinero que trae a casa y las horas que pasa en la bodeguilla con los amigotes. Ella le domina y hasta en algún momento le ha tirado algún objeto a la cabeza, con esto no le estoy defendiendo, pero le comprendo en cierto modo y por eso llega justo para la cena y seguido se va a dormir, ya que con los efluvios del alcohol no tiene que pensar.
- Alberto ¿sabes que yo de pequeño venía a esta bodega a hacer los deberes después de la escuela?
- Y cómo, ¿no hacías las tereas en casa?
- En mi casa, a esas horas no había nadie, y en algún lugar tenía que ponerme a trabajar. Hasta he tenido que hacer las tareas, en alguna ocasión, en el descansillo de la escalera del portal de enfrente, aprovechando la luz de la claraboya, en fin que el que desea estudiar, lo hace en cualquier sitio.
- Tienes razón Miguel, ahora nuestros hijos tienen todos los adelantos y no valoran lo que hacemos por ellos. Disponen de una mesa propia, ordenador y toda clase de libros para cumplimentar sus trabajos y sin embargo, parece que no son felices.
- ¡Hay, cómo ha cambiado la vida!, antes nos entreteníamos con cualquier cosa, jugábamos al pañuelito, al salto del oso y hacíamos juegos en plena calle. Los iturris y hacer rabiar a las chicas, era nuestro mejor pasatiempo.
- Mira, en aquella mesa discuten muy acaloradamente, espero que no lleguen a las manos.
- Será que alguno no sabe perder o que el clarete le ha subido a la cabeza.
- ¡Eh! Dejen ya sus disputas y tranquilícense amigos…
- “Vd. No se meta, que es cosa nuestra, así que cállese y siéntese”…
- Déjalo, que diriman sus discrepancias ellos solos y venga, voy a pedir más cacahuetes y otro porrón.
- No Alberto, que ya es tarde y mi mujer me está esperando y creo que tú también deberías ir a casa, que por hoy estamos servidos.
- Tienes toda la razón, vamos.
Nº 21 LA SEMANA DEL PINCHO
La semana del pincho en Pamplona es mágica. El año pasado elegí un viernes y me quiso acompañar un peregrino de la provincia de Valladolid que conocí a la mañana en el voluntariado que hago en un albergue de valientes que hacen el Camino de Santiago.
Eran las ocho de la tarde cuando nos juntamos Andrés y yo para iniciar una ruta que empezaría en la larga y animada calle de la Estafeta y acabaría en la iluminada Plaza del Castillo.
Comenzamos el recorrido mientras me comentaba lo que estaba significando para él el camino y sus experiencias, y me encontré con Javier. Un artista que vivía de tocar la guitarra conociendo todos los días todo tipo de gente que a veces le miraban con pena, por estar allí sentado esperando a que le echarían alguna moneda. Pero es la persona más grande que he conocido en riqueza personal ya que él hace lo que le gusta y disfruta con ello. No es más feliz el que más tiene sino el que menos necesita.
El caso es que fue una tarde inolvidable. En el primer restaurante que entramos deleitamos un buen vino tinto acompañado de un exquisito pincho que costaba elegir, ya que todos llamaban la atención por su excelente dedicación en apariencia e ingredientes que cualquier paladar estaría dispuesto a degustar.
Las conversaciones que iban surgiendo con mi buena compañía me hicieron recordar ese día para toda mi vida, y cuando ya llegamos a la Plaza del Castillo, llevábamos los tres una borrachera de la que nos tuvimos que despedir porque al día siguiente a Javier le esperaba un día soleado de música y terrazas, a Andrés unos cuantos kilómetros hasta Puente la Reina y a mí madrugar para recibir a los siguientes peregrinos que llegaban de todas partes del mundo.
Nº 22 MI CAMARERA FAVORITA
Hoy he vuelto a parar el camión en el mismo hostal de las últimas semanas. Tengo que ver de nuevo a Sofía. Ella es la nueva camarera que sirve las comidas a cuantos conductores llegamos con la hora justa para comer, hambrientos y cansados de conducir tantas horas seguidas.
La contrataron hace un par de semanas y en cuanto la vi me hice el firme propósito de no cambiar de restaurante para comer, ya que en mi trabajo, siempre hago la misma ruta.
Sofía no es una belleza, ni alta ni baja, tiene un cuerpo bien proporcionado; pecho firme, talle fino, redondas caderas y unas bonitas piernas aunque algo rellenitas. Tampoco es joven, le calculo entre treinta y cinco y cuarenta años, tiene el pelo castaño con unos mechones cobrizos que le iluminan la cara. Lo lleva recogido en un moño alto, con unos rizos sueltos a los lados dándole un aspecto juvenil. Se mueve con soltura de mesa en mesa, aireando la falda de seda negra que apenas le cubre las rodillas, adornada con un impecable delantalito blanco bordeado de encaje y prendido en el pecho con un gracioso broche en forma de gato de ojos verdes, como los suyos, que consiguen que muchos otros la persigan. La blusa, negra como la falda y con unas discretas manguitas cortas, se ciñe a su cuerpo resaltando la firmeza de sus generosos senos. Sofía representa el oasis deseado en el que descansar tras una travesía por el desierto.
Nunca sonríe pero su profunda mirada, dulce y soñadora le da un aire místico y encantador.
Desde que la vi, tuve la impresión de que un halo de misterio la rodeaba, nunca se detenía con los clientes mas de lo imprescindible para recoger los pedidos, con amabilidad si, pero siempre sin sonreír.
Cuando se ha acercado a mi mesa, he observado que lleva un medallón en el cuello, de esos que se abren y suelen contener una fotografía dentro. He sentido unos enormes deseos de preguntarle a quien llevaba, ella me contestaría que era un ser querido a quien había perdido y que lo llevaba para no sentirse tan sola, yo entonces, le pediría que me permitiera esperarla al terminar su trabajo para acompañarla e iniciar una amistad que tal vez podría terminar en algo mas sólido, ella emocionada y con los ojos anegados por la emoción me respondería: — “Gracias, no sabes bien cómo te lo agradezco, me siento tan sola… termino a las doce de la noche, ¿será demasiado tarde para ti?”…
¡De pronto mi corazón comenzó a palpitar incontroladamente! ¡Me estaba hablando! Sus ojos me miraban con insistencia y en sus labios de pétalos de rosa se dibujaba una leve sonrisa. Presté atención a sus palabras mientras mi corazón latía con emoción y escuché su melodiosa voz… –“Señor, esta usted distraído, le repito de nuevo el menú del día…”
– Perdona Sofía, respondí retraídamente, estaba distraído… (¡Maldita timidez!)

Nº 23 Café Pasado
Sonó el despertador y abrió su mundo. Lentamente dirigió sus marchitas manos a la rutina de una mañana de sábado mientras su rostro rejuvenecía tras una sonrisa de aprobación en el espejo. En él veía a un chiquillo ilusionado y nervioso en su primera cita. Se acomodó la corbata y con ella sus setenta años, sus callos, sus ilusiones. Lanzó una última mirada satisfecha al espejo y su reflejo le devolvió la imagen de María. Desde la cama le observaba y Pedro pensó que a sus ochenta años seguía tan bella como siempre. Llevaba un camisón rosa, a juego con su sonrisa y su melena blanca encuadraba unos ojos color miel, un alma color olivo.

-Hoy estás especialmente guapa.
-…
-Sí, te pondré el vestido verde, es una buena elección.
-…
-Y yo a ti.
Entonces se dirigió al armario, y tras vestir costosamente a su inmóvil esposa y sentarla en la silla de ruedas, se aventuró a empujar su silla en su viaje en el tiempo. Habían hecho tantas veces ese recorrido juntos que Pedro juraba haberla besado bajo todos los árboles que bordeaban el camino al Café Pasado.
Las pequeñas puertas del Pasado impedían la entrada de la silla de María que desde fuera, observaba el amor con el que Pedro depositaba a su dueña en la mesa del fondo, besaba su mano y esperaba paciente el aroma de los dos cafés en los que mojarían recuerdos, con los que se trasportarían a su ritual semanal con destino recuerdo, con sabor a primer beso.
Y así pasaban la mañana, sentados junto al ventanal del Café Recuerdo, siendo espectáculo dantesco de apresurados transeúntes ciegos, asustados por las arrugas de aquel hombre que alimenta a un saco raído de huesos, inconscientes de la juventud de esas dos almas que, entre cafés, se evaden cada sábado a una realidad atemporal, paralela, en la que vuelven a tener quince años y él le tira de las trenzas, como el sábado que se conocieron en ese mismo café, como el resto de sábados de sus vidas.
Por eso él jamás entendió por qué los médicos se empeñaban en calificar de muerta en vida a María. Es cierto que hacía años que no se movía, pero con sus sonrisas era capaz de parar el mundo de Pedro y también es cierto que ya casi no recordaba su voz, pero era poetisa de miradas, filóloga de almas. Por eso los transeúntes jamás entendieron sus sábados, por eso los médicos jamás entendieron sus vidas.

Nº 24 EL REPARTIDOR DE COCA-COLA

Todos los días me pego el gran madrugón. Mi trabajo lo requiere y yo lo hago de buena gana, porque mi trabajo me gusta. Soy el repartidor de Coca-Cola del barrio de Deusto de Bilbao. Parece un trabajo estúpido, pero no lo es. Coca-Cola es la segunda bebida más consumida del mundo, en teoría después del agua, pero habría que ver qué pasaría si el agua no fuese gratuita… Mi trabajo es importante. Debe haber Coca-Cola en todos los rincones del planeta en cualquier momento, para que todo aquél al que le apetezca beber una botella pueda hacerlo. Y siempre hay alguien, puedo asegurároslo. Si no, que levante la mano el primero que no haya bebido al menos una vez en su vida una Coca-Cola. Yo me encargo de que en este rincón del planeta llamado Deusto nunca falte Coca-Cola. Para hacer bien mi trabajo, como os decía, me levanto muy temprano. De ese modo, de seis a seis y media puedo tener cargado mi camión en la factoría del polígono industrial de Zamudio. De camino a mi recorrido diario que comienza en San Inazio, paro a desayunar en el bar de la gasolinera del Alto de Enekuri. La camarera del turno de mañana es guapísima. Le he escrito una canción que le cantaré algún día, cuando deje al imbécil de su novio. Ella siempre me sonríe cuando me sirve el café y en el fondo creo que le gusto. Con el reparto hago un circuito distinto según los días: los lunes y jueves, la Universidad y los bares o restaurantes del centro de Deusto. Los martes y viernes, los locales de la periferia y las expendedoras automáticas. Los miércoles y sábados, las tiendas del barrio y el centro comercial Zubiarte. El centro comercial es mi punto de reparto preferido. Me gusta ver la cara de los niños que me miran fascinados y celosos como si yo fuera el propietario de toda la Coca-Cola del mundo. Además, allí puedo charlar con Estíbaliz, la cajera del Ercoreca. Cuando ella encuentra un hueco, los dos nos tomamos un par de botellas que luego justifico dentro del dos por ciento de pérdidas y roturas en el transporte con las que ya cuentan mis jefes. Hablamos de cómo nos trata la vida, de cuáles son nuestros sueños y nos reímos de nuestros respectivos encargados. Estíbaliz es divertida y atenta pero también es un poco bizca y rechoncha. Por eso nunca le he escrito ninguna canción de amor. El sitio donde menos me gusta hacer el reparto es la Universidad. Allí los jóvenes que regirán el futuro del país me miran con aire de desprecio porque en cierto modo yo represento lo que ellos están luchando por no ser. Supongo que me ven como un símbolo del fracaso. Muchos de ellos ignoran que, a pesar de su título, acabarán como yo o quizás en un McDonalds. Pese a su aire de superioridad, los estudiantes beben muchísima Coca-Cola, sobre todo cuando hay fiestas y la mezclan con todo tipo de licores. La comida suelo hacerla en alguno de los restaurantes a los que suministro. Odio comer solo, así que si veo a alguien que va a comer solo como yo, le pregunto si le importa que comamos juntos. La mayoría dice que no, pero algunas veces hay suerte y aceptan. Así he conocido a gente muy interesante y he aprendido muchísimo. Mi padre decía que la gente es la enciclopedia de la que más se aprende y tenía razón. Dialogar con un desconocido es como abrir un nuevo libro lleno de ideas por descubrir. A mí me encanta escuchar y eso la gente lo valora. Cuando la gente habla conmigo suele sincerarse porque les presto atención. Cuando me cuentan un problema o expresan un punto de vista intento entenderles y ponerme en su pellejo. Si escuchas así a las personas, te das cuenta de que la mayoría tiene buenas intenciones, lo que ocurre es que a veces las circunstancias son difíciles. Termino mi jornada a eso de las seis de la tarde y entonces me gusta encerrarme en casa, cocinarme una copiosa cena y sentarme en el sofá para ver el partido del Athletic o una película de las de antes, me encanta el cine en blanco y negro. Si me siento inspirado, algunas noches compongo canciones para un grupo de rock que he formado con un par de amigos. Actuamos en algunos bares de Deusto a los que hago el reparto, aunque una vez llegamos a actuar en la Semana Grande. Fue un subidón de adrenalina. Antes de acostarme suelo asomarme como hipnotizado a ver pasar el Nervión al otro lado de mi ventana. Muchos días pienso en una cita que me soltó una vez alguien con el que compartí mesa. Creo que me dijo que era de un griego, un tal Heráclito, y venía a decir que en el río no podemos bañarnos dos veces en el mismo agua. Creo que yo no estoy muy de acuerdo. Para mí lo más probable es que, a lo largo de toda la historia de la tierra, al menos una gota pase dos veces por el mismo sitio.
Nº 25 HOSTELERÍA

Había un hotel en la cima, de paredes de vidrio desde las cuáles, se podían ver el interior y el exterior. Tenía una vista privilegiada y podía ver a todos sus huéspedes. El hotel estaba a expensas de sus visitantes, convirtiéndolos en habitantes, pues el que llegaba, no se quería ir. Al mismo tiempo, cada habitante, quería salir para volver, y se sorprendido en el acogimiento por dicho hotel. Cada vez que salían sus alojados, el hotel los observaba desde el lugar prodigioso del que disponía. Cuando llovía el restaurante los esperaba con té calentito y tortas recién horneadas. Al hacer calor, piscina y helado los aguardaban. Ante días estresantes, un masaje estaba incluido.
El lugar era mágico, cada visita era atendida con, justamente lo que necesitaba. El que pareja, conocía a la persona indicada. El que descanso, lo hallaba. Hasta al que le faltaba dinero, allí lo conseguía. Este lugar fue considerado milagroso y se acudió a él, como si fuera un Lugar Santo.
Cuando los medios entrevistaron al dueño, él dijo que el secreto estaba en las paredes de vidrio, en que no sólo se veían las vidas, sino también los milagros.
Era un lugar donde todos podían ver a los demás. Si estaban arriba, miraban para abajo y a los que estaban. Si estaban abajo, miraban para arriba, sabiendo que allí tenían un lugar.

Mirar para arriba y para abajo te hace cumplir tus sueños y los de los demás.

Ese hotel hacía cambiar la visión.
Nº 26 La esperada cita

Por fin había llegado el gran día. Iban a enfrentar sus rostros cara a cara tras más de veinte años esperando una señal de aquella mujer y miles de horas de chateo por la red. La larga espera, sin embargo, no le impidió conocer otras personas, desear otros cuerpos y besar alguna que otra boca, pero siempre había un hueco por donde el rostro impenitente de su amada se le inmiscuía y le impedía olvidarla. Aunque ella jamás respondió a sus cartas. Ahora, al filo de los cincuenta, volvía a verla, casada con tres hijos y la misma sonrisa que mostraba en el mundo virtual. Al desplegar la carta del exquisito restaurante donde se citaron la noche de San Juan, se hizo el silencio. Duró una eternidad, pero al fin se atrevieron a dar el paso. Una pidió carne, la otra pescado. No esperaron a los postres.

Nº 27 El Bolso de Pandora

Esto que voy a contar lo escuché en una cafetería hace tiempo, cuando aún podía reír a carcajadas. Ahora tengo que rebuscar entre las cenizas de mi cerebro las imágenes que una tarde lo cambiaron todo, las palabras que me provocaron aquella sacudida interna que todavía hoy no logro entender.
La calle estaba tomada por una niebla rala poco común pero nada parecía diferente en el bar de Glorio. El sonido invariable del chascar de los vasos y el murmullo de las tertulias lo inundaba, sólo la atmósfera se percibía más densa, ligeramente viscosa. Me esfuerzo en hacer memoria y recuerdo dos cosas: la luz mortecina de la tarde invernal y la expresión grave y absorta de Glorio secando una copa. El robusto camarero frotaba mecánicamente el cristal contra el trapo escuchando ensimismado la monótona charla de un cliente ebrio. No atendió a mi petición de café, hizo un ademán rápido indicándome que no molestara y siguió con su tarea absorto. Mi brebaje llegó de la mano de uno de sus chavales y antes de que el terrón de azúcar se disolviera en él, yo había caído en el mismo estado hipnótico que abstraía al dueño del bar.
El hombre que hablaba perseguía el rastro de una mujer; era del norte y la humedad filtrada en el ambiente no le afectaba, la suya era tierra de fantasmas y él tenía uno arañándole la piel de la nuca constantemente. Su nombre era Carla y unos minutos los culpables de que sus vidas nunca llegaran a cruzarse. Las palabras turbias del borracho hablaban de una joven anacrónica, maquillada con esmero y subida a unos tacones imposibles que engalanaba sus pantorrillas con medias negras de red y su cintura con cadenas doradas. En su mano, una cartera de charol guardaba la llave.
Además, el bolso contenía otras cosas. Como un sherpa equipado para una ascensión de alto riesgo, escondía allí la sabiduría de la gran pirámide, tres kilos de frustraciones y un caramelo de fresa. Porque era joven sólo en apariencia. Para ella cada día transcurrió por un camino pedregoso que multiplicaba los minutos y hacía tambalear sus finos tobillos. No eligió la fortuna que salió a su encuentro y vivió acumulando historias crueles en su bombonera de piel falsa; también guardaba la llave que abría su caja de Pandora particular.
Unos pocos minutos más y hubiera podido abandonar el bolso en la papelera de la terminal de autobuses. Estuvo esperando hasta el último instante para llevarse a la boca el caramelo de fresa y paladearlo mientras escudriñara su equipaje abandonado entre los restos de una salchicha mordisqueada. Quizá aquel que lo cogiera tuviera la suerte de no entender los vestigios invisibles del miedo que contenía y creyera que se trataba de un vulgar robo.
Le esperó hasta el último instante y no llegó. El hombre del norte debió tomar su mano para hacerla volar lejos pero no lo hizo y ahora derramaba lágrimas de alcohol. Un estúpido incidente le impidió recoger la llave que abría la esperanza de Carla y firmar los documentos de su liberación. El autobús partió al tintineo de las cadenas de su cintura llevándose a una mujer de zapatos deslucidos que agarraba su cartera de charol engrosada por un fracaso más, defraudada por una traición esperada.
Dentro de la cafetería, Carla comenzó a formarse por condensación del vapor de agua, moldeándose a partir del humo de los cigarros. Cuando la vi, comprendí al cliente borracho. Aprecié su melena rubia recogida en base del cuello y su falda estrecha ceñida por grilletes brillantes. Entonces comencé a morir hundido en aquellos ojos que ocultaban la existencia de varias vidas.
Sé que Glorio también la percibía porque su rostro estaba lívido. Carla se reflejaba en cada superficie pulida, en el espejo colgado tras el mostrador, en las cristaleras de la entrada o deformada en el vidrio cóncavo de los vasos. Escuché su llamada para entregarme el bolso. Sonreía levemente y con un movimiento de mano me invitaba a seguirla. Y lo hice. Atravesé tras ella la puerta giratoria del establecimiento hasta que se difuminó por completo en el exterior, incapaz de mantenerse intacta en la brisa gélida del invierno.
Estaba en la calle solo y con la misión de destruir su bolso. Ella me lo susurró mientras su última imagen se diluía. El hombre del norte había fallado; era mi turno y no podía fracasar.
Pero no soy capaz de encontrarla. La ciudad es demasiado grande para mí.
Y el bar de Glorio ha cerrado.
Y La obsesión me mata.
Nº 28 Café solo (2) por exitir uno ya con el mismo titulo
Cada tarde, en la mesa del fondo, el viejo profesor se sienta a suspirar. Solemne, saca su cuaderno, se coloca sus lentes, pide un café solo y espera. “Es extraño”, comentan los camareros”. No entienden tanta ceremonia para quedarse, como quien dice, mirando al techo, los ojos muertos tras las gafas, las piernas cruzadas, las manos mudas, aquella página en blanco a la espera de un verso. Pero, fuera de eso, nada pasa. Consumido el café, y las horas, e incluso la paciencia de quien se atreve a observarlo buscando un movimiento que indique que aún respira, cuando ya las farolas esparcen su triste luz sobre los charcos, el hombre deja unas monedas sobre el mármol, se coloca el sombrero y se marcha sin adioses. Si uno no está atento, es difícil calibrar el momento en que salió. Ni siquiera se puede estar seguro de que esa tarde en concreto alguien lo haya visto, tan arraigada está su imagen al local, su sombra a los rincones. Pero seguro que sí, que ha venido. No tiene sentido, a estas alturas, romper con la costumbre.
Pero aquel día la lluvia persiste tras los cristales y el anciano no se anima a salir, y cambia de repente su actitud pensativa y, contra todo pronóstico, empieza a garabatear algunas palabras. Cualquiera podía haber cronometrado y establecido el ritmo exacto de miradas, versos y ausencias. Cuando dio por concluida la escritura, y a pesar de la lluvia, el anciano pagó, se colocó el sombrero y se echó a la calle con paso corto y orgulloso.
Desde entonces, luciera el sol o venteara, el anciano repetía el rito de siempre, de sacar su cuaderno, colocarse las gafas y pedir el café solo, y ahora añadía la vigilancia atenta del entorno a la espera de lo que algunos llaman genio y otros inspiración, y que había de desembocar indefectiblemente en el esbozo perpetuo de un poema. “Ya decía yo que ese hombre era un artista”.
En agosto el café cierra sus puertas. El calor invade Madrid, el dueño se marcha al norte, de donde quizás nunca hubo de partir, con esa clientela de pobretones que lo frecuenta. “Tanto sacrificio para nada”. Porque, además, el Café Tortoni, que tomó su nombre del célebre porteño para seguirlo en fama, nada tiene que ver con aquel, y solo lo visitan unos viejos decrépitos a punto de espicharla en el momento más inoportuno. Quién sabe si cualquier tarde, delante del resto de clientes. “Con la mala impresión que eso puede causar”.
Por eso, el 1 de septiembre, no se extraña lo más mínimo cuando el viejo profesor no aparece. “Habrá sido un golpe de calor. Pobre”.
La mesa del fondo queda, por respeto, unas semanas desocupada, hasta que todo vuelve a su cauce y algún intrépido se atreve a ocuparla. No tiene sentido. “El muerto al hoyo…”.
Justo el 1 de noviembre empiezan las lluvias. Este año con retraso. Los cristales se empañan y el suelo se siembra de serrín, y el cinc de la barra se enfría y los clientes piden chocolate en lugar de cerveza. Al volver de la trastienda, el camarero más antiguo se para en seco. “No puede ser”, porque en la mesa del fondo se sienta al anciano profesor, que ya no suspira. En su lugar luce una sonrisa impropia de su edad y su talento. “Me alegro de verle. Hace tiempo que no viene”. En realidad anda pensando “ya lo dábamos por muerto”.
El anciano pide el café solo, se quita el sombrero, se coloca las lentes y saca algo que no es un cuaderno ni una pluma con que sembrarlo de deseos. En su lugar, como por arte de magia, el hombre ha dejado, a la vista de todos, un libro de fondo negro y letras doradas con una ilustración al centro donde todos distinguen la puerta batiente del Café Tortoni. Versos solos se llama el poemario. Recién salido del horno una tarde de lluvia.

Nº 29 El hechizo de todos los besos

El hechizo de todos los besos que se han lanzado al aire, eso era lo que tenía, y de sobra, el restaurante de aquel hotel. Sin duda, el lugar perfecto para escribir un romance que tuviera el aroma suave de la lluvia que cae, o una escena de pasión entre dos amantes que se conocen en un tren, o algunas otras escenas de la novela que aquel hombre escribe a diario, desde el inicio de la primavera, en ese lugar que, con cierta frecuencia, las personas suelen escoger para empezara amar.

Pero lo que verdaderamente llamó la atención de aquel escritor, en aquel lugar, fue una chica muy hermosa cuyos ojos comenzaron a rondar su cabeza como el rumor de una anhelada pasión. Todo comenzó cierto día en el cual él bajó muy temprano a desayunar, tras saludar a los meseros y demás empleados del hotel, que para la fecha ya lo conocían como se puede conocer a un miembro de la familia que se hospeda frecuentemente en casa. Ella estaba en la mesa de al lado y, de un momento a otro, se acercó a él preguntándole si sabía acaso, cómo marcar de un costoso y ultramoderno móvil que hacía poco había comprado y aún no conocía muy bien. La única verdad fue que él no supo cómo ayudarle, porque no suele estar al tanto de las sutilezas de las máquinas que día a día salen al mercado. Ella se marchó entonces con una rútila sonrisa en su rostro, mientras él sentía, sin saber muy bien por qué, que se alejaba de sí el aroma del amor.

Esa noche, en el cuarto 303 de aquel hotel en el que se hospedaba, aquel escritor soñó con el mundo de los ojos de avecilla curiosa y el universo húmedo de los labios de ella, y trató de adivinar el calor nocturno de su cuerpo. Él tenía la esperanza de volver a encontrarla, y por eso fue que desde el día siguiente decidió no sólo comer en aquel restaurante de aquel hotel, sino escribir entre comidas todos los besos que guardaba en su memoria. Todos los besos en la figura de un hombre que besaba a una mujer de ojos azabaches, grandes y soñadores, tomando como escenario el vagón de un tren que se enfilaba inevitablemente hacia un precipicio. Y en ésas estuvo aquel escritor hasta que cierta mañana el tren de sus anhelos tomó un rumbo inesperado.

Cuando volvió, distraído, su mirada, ella, es decir, la hermosa chica del móvil, se sentaba en la mesa de al lado. Ella lo miró fijamente y lo abrigó con la calidez de sus tiernos ojos. El tren del deseo, cómo no decirlo, seguía su curso. En cualquier momento podía desbocarse, o al menos eso pensaba él. Pero ella seguía allí, como un recuerdo precioso que se niega a desaparecer. Entretanto, ese tren imaginario que se rehusaba a abandonar la cabeza de aquel escritor, seguía su curso, sí, como una idea sin forma que agudiza el ingenio de un artista. ¿Se desbocaría acaso? ¿Caería en un inevitable precipicio? Lo único que se sabe, es que, tras tomar alguna que otra copa de vermut, él la invitó a ella a su mesa, y ella, que le dio a entender con su amigable saludo que lo reconocía de la otra vez, no se anduvo con remilgos. Aceptó enseguida, con una amplia y cálida sonrisa adornando su tez, y pronto ambos comenzaron a intercambiar leves e imprecisos momentos de sus vidas.

En cierto punto hablaron sobre el amor y concluyeron que en cualquier lugar, del vasto mundo, el amor podía cumplir su clásica tarea de cautivar los sentidos. Ella le preguntó entonces por las hojas sobre la mesa. Él le comentó que era una novela sobre un tren que en cualquier momento podía desbocarse. Ella la tomó sin esperar a que él le diera su correspondiente beneplácito y la leyó. De un momento a otro nuestro amigo escritor pudo adivinar en la expresión de ella un escalofrío de ternura, y fue entonces cuando supo que ella se había reconocido a sí misma en el personaje femenino principal de su novela. Fue entonces cuando ella cayó presa del hechizo de todos los besos, porque en ese momento él y ella le regalaron un beso más a ese lugar, mientras un rayo de luz de sol entraba al interior de aquel restaurante y bañaba con su calidez una sensación que caía por un precipicio, táctil y desbocada… como un tren.
Nº 30 LA CENA
Sábado noche; cenita, unas copas, buena compañía, echar unas risas y pasarlo bien. Éramos cuatro, dos parejas.
Mi amiga y yo nos habíamos pasado la tarde encerradas en el baño de mi casa depilándonos, atusándonos el pelo y acicalándonos para esos dos chicos que nos habían pedido salir y conocernos un poco más… y … quién sabe, si con el tiempo llegaríamos a algo más.
Al final, minifaldita, tacones de aguja, carmín en los labios y perfume en los puntos exactos para que durara toda la velada.
Los chicos, guapos, camisas bien planchadas, pantalón pitillo, gomina en el pelo, coche recién lavado. Maqueados a tope.
Así entre los cuatro decidimos ir a cenar a un restaurante que quedaba justo al otro lado de la ciudad, pero que quedaba cerca de una discoteca famosa, dónde pretendíamos acabar la noche bailando y tomando unas copas.
Llegamos al restaurante; el camarero nos acompaña a nuestra mesa dónde nos sentamos y cogimos las cartas para decidir el menú. Todos estábamos un poco nerviosos, ya que mi amiga y yo todavía no estábamos habituadas a cenar en restaurantes, si acaso en el barecillo del barrio tomábamos unas tapas o unos bocadillos, pero claro, esto era otra cosa, y había que estar a la altura de las circunstancias.
A los chicos no parecía que les importara demasiado, ni dónde estaban ni qué iban a pedir. Sus pensamientos, seguramente estaban intentando acelerar el rito de la cena, para pasar a las copas, y llegar a la discoteca y…
De nuevo se acerca el camarero, muy diligente a tomar nota del menú que habíamos elegido. Así pedimos unos aperitivos y cerveza para empezar. Seguidamente elegimos un vino que parecía que era lo que había que pedir, y el plato elegido por cada uno de nosotros. Nuestros atractivos acompañantes pidieron besugo y mi amiga y yo, no sabíamos si el besugo nos iba a gustar, pues nunca lo habíamos pedido, y nos decantamos por la merluza, que era más normal y allí la presentaban con una guarnición que no llevaba salsas ni nada raro a nuestros jóvenes paladares.
El camarero tomó nota, y muy serio y digno, repitió en voz alta le pedido que acabábamos de hacer:

- Muy bien. Entonces en la mesa doce tenemos DOS BESUGOS Y DOS MERLUZAS. Perfecto.

No supimos qué pensar. ¿Se nos notaría tanto lo ingenuos que éramos?
Nº 31 Que no pasen los días que sean un deleite recordar

Neón rosa: Club-Las Panteras-Club. Carretera X. Bar en planta baja, con escenario y espectáculo todas las noches. Piso primero y segundo: habitaciones; servicio de bar y restaurante. Señoritas selectas. Total discreción.
Al acabar de comer, Wilma quiere echarse un poco. “Dentro de una hora, te llamo.” ¿Una hora? La sobra con cerrar los ojos veinte minutos. Se va a la cama meneando en broma las caderas. Wilma, no me lo pongas difícil. Hemos estado hasta la madrugada bebiendo en el bar y luego subimos.
Llamo para que vengan a recoger la mesa. Me sirvo un café. Enciendo un cigarrillo. Pongo la televisión con el volumen a cero. En la pantalla, un tío mueve la boca. Subo el volumen de la radio. Suena John Coltrane. Llega el camarero. Recoge. Le doy una propina. Me pongo un ron de la botella de anoche.
Entro a la habitación, a ver a Wilma. Me siento en la cama. Ya está durmiendo. La he pagado para todo el día. Se me metió entre ceja y ceja la primera vez que estuve con ella. Pasaba el tiempo y no se me iba de la cabeza. La segunda vez que vine a verla, se marchaba en el coche de un cliente. La tercera, deseaba que me recordara. Si pasaban todos esos tíos entre sus piernas todos los días y era capaz de recordarme, sería una señal. Una señal de algo. Pero no me reconoció.
Qué silencio hay aquí por la tarde. Está anocheciendo. Es como estar en un santuario, a solas con Dios. Estás tentado a rezar. El silencio me pacifica. Pongo la mano sobre su cadera, mientras sorbo un poco de ron. Pobre Wilma, tan guapa, tan perfecta. Cuando pasen algunos años, cuando su belleza haya desaparecido, ¿quién la querrá? Ojalá encuentre un buen hombre. Ella no se acordó de mí.
Así, dormida, no parece tan guapa. Con la boca abierta es un poco desagradable. Es como una niña. ¿Dónde estás, Wilma? ¿Dónde estás ahora? ¿Sabes que estoy aquí, a tu lado? Ni te acuerdas de tu nombre. No sabes quién eres. Estás dormida, en otro mundo. ¿Hay sol en tu mundo, Wilma? ¿Has nacido en él, Wilma; allí tienes pasado? ¿Hay hambre allí, es necesario respirar? ¿Hay hombres en ese mundo? ¿Estoy yo en él? ¿Puedes recordarme ahora, Wilma? ¿Eres ahora tú un sueño? Mi mundo ha muerto para ti, querida Wilma. Si durmieras mil años; si yo te cuidara mientras, nadie más que yo sabría de ti. Al despertarte te diría: Todo lo conocido ha muerto; has estado dormida mil años. ¿Te acuerdas de mí?
«¡Cómo no voy a acordarme de ti! Dijiste que me llamarías en una hora y yo te dije que con veinte minutos era suficiente. Y ahora me dices que he dormido mil años. Dime, ¿cómo es el mundo de fuera? ¡Cómo que no lo sabes! ¿No saliste nunca en mil años? ¿No abriste el balcón? ¿No viste el cielo? ¡No me digas que no! ¡No digas que has estado aquí, sentado, esperándome en silencio, mil años!»
«Los primeros meses, los primero años, venían los camareros a traer comida. Por las mañanas limpiaban, pero no en la habitación; no dejaba que nadie entrase. Cuando se acabó el dinero, me fiaron; apuntaban los gastos en mi cuenta. En el siglo segundo, dejaron de venir. Luego debieron cerrar. Aquí siempre hay silencio, Wilma. El sonido de tu respiración me acompañaba. La radio se rompió. La televisión también. Hace siglos cortaron la luz. Y el agua. Ya no tengo necesidades. No tengo hambre: soy libre, Wilma, libre. Aquí dentro he estado bien, nunca hace frío ni calor. No he hecho nada, salvo mirarte, salvo acariciar tu pelo. Ya no me miro al espejo; como tú estabas dormida, no había razón para peinarme. O afeitarme. Ahora debo estar hecho un monstruo. Y viejo, debo estar. Pero tú me sabrás perdonar.»
«¿Y yo? ¿Cómo estoy yo? ¿Estoy guapa? ¿Sigo siendo guapa? »
“Wilma. Despierta. A trabajar. Ya son las 6.” “Mmm.” “Te has quedado como un tronco.” “Mmm. ¡Qué bien me encuentro!” “Lo sé, lo sé. Seguro que has dormido muy bien. ¡Menudos ronquidos pegabas!” “¡Yo no ronco!” “¿Ah, no?” “¡Yo no ronco!” “Que no; que es broma. De verdad que era una broma. De verdad.” “Vale. Que sepas que yo no ronco. ¡Aaaahhh!” “Como te sigas estirando así, te vas a desmembrar” “¿A qué?” “A nada.” “He tenido un sueño.” “¿Sí?”
–Sí. Ha sido un sueño muy raro. Iba por una carretera en un coche descapotable, por un desierto que tenía el cielo rojo. Va y se me estropea el coche. Me bajo y empieza a salir humo del capó. Me alejo y me siento en una piedra. Hay una serpiente, pero no me da miedo; la acaricio y se acerca y me la guardo en el bolso, de lo mucho que me ha gustado. A las horas, ya casi de noche, vienes tú. Llegas en un camión enorme. Te bajas; vas vestido con un mono de mecánico muy sucio, pero llevas las manos muy limpias. Me fijo en tus uñas, que las tienes… como de… Parecen como eso de… Esa cosa que brilla… Sí, hombre, esa cosa de las conchas, esa cosa de las caracolas del mar…
–Nácar.
–¡Eso: Nácar! Nácar… Bueno…, pues me gustan tanto tus uñas de nácar que te quiero dar un beso, ¿sabes? Me apetece. Te quiero dar un beso, ¿vale? Un beso. Y tú me rechazas. Crees que soy una… bueno… no sé como decir… una buscona. Eso, una buscona. Una buscona de esas de carretera, ¿sabes? Así que te das cuenta de que te quiero besar, pero tú no me quieres besar porque crees que soy una buscona. Entonces vas tú y me dices que si quiero que me arregles el coche te tengo que dar un beso primero. ¿Comprendes? ¡Ahora eres tú quien quiere besarme! En eso que saco la serpiente del bolso y te la tiro a los pies: esa es mi contestación. Tú la recoges, me la das y me dices: “esto no es un argumento”. Y entonces vas y te subes al camión y te vas. Y yo me quedo allí, toda la noche llorando y llorando, sin saber por qué no nos hemos besado, acariciando la serpiente, con el coche estropeado y sola. FIN
Nº 32 LA MIRADA
Me miraba con descaro. Me volví convencido de que no era a mi, pero nadie más había a mi espalda. Acababa de dejar las maletas en la habitación del hotel y quería relajarme en el bar de la terraza aprovechando el sol de primavera, que calienta pero no agobia. Mis amigos llegarían por la tarde y, mientras esperaba el encuentro, sentía la euforia del primer día libre del puente de Semana Santa.
Sin ningún disimulo me observaba con una seductora sonrisa dibujada en los labios y su falta de pudor no hacía sino realzar un conjunto de insultante perfección. Si ese iba a ser el preludio de mis cortas vacaciones, el asunto se presentaba excitante y prometedor. Soporté con gallardía el envite de unos ojos que auguraban complicidad, sin poder evitar algún desliz hacia los pechos que con firmeza sujetaban la parte superior de un vaporoso vestido blanco. Luchando contra unos nervios traicioneros, procuré mantener la calma y estar a la altura de las circunstancias. Giré en mi asiento para encarar ese inesperado desafío al tiempo que recogía, con estudiada parsimonia y la cabeza ligeramente ladeada, el “gin tónic” de la barra del bar. Cuando creí haber conseguido la postura seductoramente adecuada, la comisura de mis labios inició el lento camino hacia una sonrisa que encajara con la suya como la pieza de un puzzle. Nos hablábamos sin palabras: nunca antes me había comunicado tanto con otro ser, sin soltar una sola sílaba. El tiempo se detuvo y el ruido del ambiente se alejó de nosotros, al tiempo que mi mente fantaseaba con saborear esos labios grandes y rojos que rivalizaban con sus ojos verdes. Ya no echaba de menos a mis amigos e incluso sentía que su llegada podría desbaratar mi nueva situación.
De pronto hizo un leve movimiento para agacharse y, de forma extraña, sus ojos perdieron contacto con los míos. Había asido el arnés del perro lazarillo que, hasta ese momento, se había mantenido tumbado y oculto tras una jardinera. La sangre desapareció de mis venas mientras mis ojos, sin moverse un milímetro, escrutaban el entorno temerosos de que alguien hubiera captado la situación. Mi sonrisa, sin voluntad propia, se transformó en un rictus que definiría el concepto de imbecilidad. Caminando hacia la salida del bar, el perro y su dueña, con una sonrisa sin destinatario, pasaron por mi lado sin saber de mi existencia. Un ser patético quedó la silla vacía.

Nº 33 EL ANILLO
A través de los cristales, la suave luz del restaurante era como un faro surgido de la niebla, un destello de hogar en la noche salpicada de llovizna y viento de salitre. A la calle afloraban aromas a paellas, carnes al carbón o delicias horneadas con abundancia de cacao y paciencia, fragancias hechas para excitar los sentidos de los clientes, de los escasos viandantes encogidos bajo la protección incierta del paraguas, y de los dos encapuchados que, agazapados junto a la ventana, espiaban a la pareja que cenaba en una discreta esquina del local.

Habían seguido al hombre desde la lujosa joyería donde eligió, en oro cincelado de brillantes, una de las alianzas más caras del escaparate, un anillo cuyos destellos irisados iluminaron el rostro del comprador con algo semejante a la felicidad absoluta. Le vieron pagar, le vieron deslizar la cajita al bolsillo interior de su gabán, realizar una llamada y salir a la calle escudado tras una enorme sonrisa, como si el frío y la humedad perpetua de la villa fueran incapaces de traspasar su coraza de optimismo. Y siguieron sus pasos.

Dentro, arropados por el brillo de sus miradas, los enamorados esperaban el postre con los dedos enlazados sobre el mantel. Él guiaba la conversación por los senderos manidos de la rutina, disimulando torpemente su nerviosismo con el recuerdo de lejanos paseos por las playas, timideces hace tiempo superadas o bromas improvisadas en connivencia con sus futuros cuñados. Ella, con un mohín fingido de disgusto, le reprochaba esas payasadas de juventud mientras disimulaba el cansancio adherido a sus ojeras. Tras diez horas patrullando los regueros turbios de las calles, dejándose caer con disimulo en las esquinas preferidas de los camellos o pendiente de los ágiles movimientos de los carteristas, la inesperada invitación de su novio, el ambiente cálido del restaurante, la acidez del vino en su garganta y el deseo anidado en las pupilas del hombre tenían la virtud de transformar un triste martes rutinario en una jornada inolvidable. Si, al menos, hubiera tenido tiempo de pasarse por casa, cambiarse el calzado, ponerse tacones, quizá falda, librarse de la pistola que quemaba en su costado… Pero no importaba, porque el camarero se acercaba con los postres, porque el resplandor vivo de las velas dibujaba futuros anhelados, y porque él, con la expresión de quien no sabe guardar un secreto, buceaba en el bolsillo de la chaqueta.

Cuando, despacio, incapaz de controlar el temblor de los dedos, abrió la tapa de aquella cajita forrada en terciopelo y el fuego del anillo estalló en su mirada, olvidó el cansancio, olvidó las horas muertas arando las aceras con sus botas, olvidó el frío y el gesto aprobador del camarero. En aquel aro de metal y diamantes se resumía un porvenir esbozado entre besos y tardes de cine y cervezas. Sólo podía decir una cosa. Sólo podía decir “sí”. Entonces escuchó el golpe de la puerta y nada fue como pudo haber sido.

Dos encapuchados se abalanzaron sobre ellos encañonándoles con el arma. “El anillo” rugió el primero mientras el otro cubría sus espaldas. No pensó. Tal vez fuera el instinto, quizá el entrenamiento o el vino en exceso, pero no fue su mente quien tomó la decisión. Dejó que la joya cayera al suelo, donde repicó en una risita premonitoria y cuando, con demasiada torpeza, los ladrones siguieron la estela de su botín, desenfundó el revólver y apretó el gatillo.

El estruendo del disparo se mezcló con el grito, un aterrado “¡No!” vomitado al mismo tiempo por tres gargantas, por tres voces conocidas. No se había desplomado el agresor con el pecho destrozado, y ya era consciente de lo sucedido. Su novio y el segundo atacante se precipitaron a auxiliar al moribundo. Se hizo el silencio. No necesitó que le arrancaran la capucha, no necesitó que el agua resbalara inocente desde su pistola de plástico, ni ahogar sus lágrimas en el vacío de aquellos ojos vidriosos para comprender que se trataba de una nueva chiquillada, que sus hermanos, compinchados como siempre con el novio, le habían gastado la última de sus bromas pesadas.

IIIº CONCURSO de RELATOS.

BASES DEL 3º CONCURSO RELATOS CORTOS
LaVisita y Larruzz Bilbao
Los Bares, las Cafeterías, los Restaurantes, están llenos de historias.
Los requisitos y bases para participar en el Concurso de Relatos cortos on line LaVisita y Larruzz Bilbao son los siguientes:
1. Los relatos participantes pueden tener una extensión máxima de una página en tipografía Arial, tamaño 10 e interlineado sencillo (1), se deberán enviar en formato Word o PDF y únicamente vía online a través del website www.lavisita.com Las narraciones sé podrán enviar desde el día de la presentación 9 de Marzo hasta el 15 de Abril de 2011.
Los relatos quedarán publicados en el website.
2. Habrá una única categoría de participación:
El concurso está abierto a todo el mundo, y en él podrán participar todos los relatos cortos escritos en castellano que tengan como temático algún hecho o historia, sea real o ficticio, con la hostelería como eje o escenario.
3. El resultado y comunicado de los ganadores se hará el 23 de Abril en la pagina web. www.lavisita.com Y la entrega se realizara el día 6 de MAYO a las 22.00h . Todos los usuarios agraciados con alguno de los premios del presente concurso deberán recogerlos en la cena a tal efecto. De no ser así, el jurado podrá otorgar el premio entre los presentes, aunque la persona ganadora, se mantenga. Es decir, se puede ganar el concurso y otorgar los premios a otros participantes presentes en la cena de entrega de premios.
Habrá un premio y dos distinciones:
La suma de los votos recibidos en la website, tendrán una ponderación de un 20% sobre lo decidido por el Jurado.
Premio del Jurado: 1 ganador y varias distinciones
4. El programa La Visita de TeleBilbao recreara uno de los relatos asignados por el jurado con una video-Creación.
5. Las obras tienen que ser inéditas y no premiadas en otros concursos o certámenes.
Valorando la originalidad, el estilo gramatical, ortográfico y extensión del mismo.
6. Por el hecho de la mera participación en el concurso, los participantes cederán cualquier derecho de explotación que les pueda corresponder sobre su obra a LaVisita y Larruzz Bilbao.
7. LaVisita y Larruzz Bilbao se reserva el derecho de publicará alguna obra, y podrá retirarla del website www.lavisita.com y del concurso si considera que puede ser ofensiva, que atenta contra las normas sociales de convivencia, usos y costumbres, que no responden a criterios de buen nivel estético, que pueda afectar la sensibilidad o el buen gusto del colectivo ciudadano, o la imagen de cualquier persona entidad o institución. La participación en el concurso supondrá la aceptación de estas condiciones y la no publicación de alguna obra, no dará derecho a ningún tipo de indemnización o compensación.
8. Para la participación y para tener derecho a la entrega del premio es condición imprescindible que el participante:
- Enviar desde la pagina web de www.lavisita.com el relato y los datos. Importante que en ambas hojas ponga el titulo del relato. El relato sin nombre, ni seudónimo, se enviara a los miembros del jurado, mientras que los datos del TITULO del RELATO, MOVIL , MAIL, NOMBRE, permanecerán en LaVisita.
A estos efectos, el error en los datos facilitados por el ganador a LaVisita y Larruzz Bilbao
que haga imposible su identificación, exime a LaVisita y Larruzz Bilbao de cualquier responsabilidad y el participante queda excluido de la participación en el concurso.
9. Generales
El regalo de este concurso no es canjeable por dinero ni por otros artículos.
Premio del Jurado:
- Premio ganador: Un ordenador portátil
Lote de libros.
Diploma Acreditativo
Lote Botellas Vino
Cena Para dos Personas restaurante
Larruzz Bilbao
- Premio 1º distinción especial:
Lote de libros.
Diploma Acreditativo
Lote Botellas Vino
Cena Para dos Personas restaurante
Larruzz Bilbao
Premio Publico:
Cena Para dos Personas restaurante Larruzz Bilbao
- Premio distinción especial votación del publico en la web. Donde solo serán validas las votaciones por cada dirección de correo electrónico diferentes.
Lote de libros.
Diploma Acreditativo
Lote Botellas Vino
Cena Para dos Personas restaurante Larruzz Bilbao
- Premio Video Creación al relato mas visual.
Rodaje de una Video-Creación.
10. El hecho de tomar parte en este concurso implica la aceptación de las Bases anteriormente descritas.
11. Los datos de los participantes y del ganador se tratarán conforme a las disposiciones de la Ley Orgánica de Protección de Datos de carácter personal (L.O. 15/1999, de 13 de diciembre)
12. De conformidad con la LO 15/1999, los datos personales que voluntariamente y con el consentimiento del interesado se facilitan formarán parte del fichero Promociones creado con fines publicitarios y promociónales y podrán ser utilizados a estos efectos para cualquiera de las marcas de LaVisita y Larruzz Bilbao o de sus sociedades filiales. Si no desea estar incluido en él, o desea consultar, modificar o cancelar sus datos, contacte con LaVisita y Larruzz Bilbao – paseo Uribitarte 14, 48001 BILBAO; o envíe un
email a lavisita@lavisita.com