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Cena Entrega Premios 2º Concurso Relatos Cortos sobre Hosteleria LarruzzBilbao y LaVisita

Cena Entrega Premios 2º Concurso Relatos Cortos sobre Hosteleria LarruzzBilbao y LaVisita

En una cena, entrañable y con un ambiente fabuloso, se ha celebrado la entrega del 2º Concurso Relatos Cortos sobre Hosteleria LarruzzBilbao y LaVisita.

Cuadro de Honor
PRIMER PREMIO para el relato 96º Y aguantas o te quiebran IÑIGO LAMAS GARCIA
Un ordenador portátil
Lote de Libros Asociación Hosteleria Bizkaia
Lote Vinos
Cena para dos Personas en Larruzz Bilbao
Publicación del Relato en el Libro… “Y aguantas o te quiebra y otros Relatos”

1º MENCION del JURADO
El deseo de Pierre Nº 31 de la Bilbaína AMAIA VEGA
Lote de Libros Asociación Hosteleria Bizkaia
Lote Vinos
Cena para dos Personas en Larruzz Bilbao
Publicación del Relato en el Libro… “Y aguantas o te quiebra y otros Relatos”

2º MENCION del JURADO
Nº 19 El ultimo vasco con Levita de pcadenas68

PREMIO VIDEO CREACCION
Nª 17 MENU-DO DIA de VERONICA GOMEZ MONZON

PRIMER PREMIO PÚBLICO
76º Gurea de MARIA JESUS ILINCHETA

SEGUNDO PREMIO PÚBLICO
24º El Ultimo refugio de ANDRES GALAN

TERCER PREMIO JURADO
66º Tranquila Lucia de RAFAEL RUIZ BAILON

Los premiados podéis poneros en comunicación con lavisita
Gracias a todas la personas por participar y adelantaros que gran parte de los relatos, serán incluidos en un libro que se editara el próximo 23 de abril de 2011, titulado

“Y aguantas o te quiebra y otros Relatos”

Entrega Premios 2º Concurso Relatos Cortos sobre hosteleria LaVisita y larruzzbilbao

Entrega Premios 2º Concurso Relatos Cortos sobre hosteleria LaVisita y larruzzbilbao

Cena entrega Premios Relatos sobre Hosteleria www.lavista.tv y www.larruzzbilbao.com

Cena entrega Premios Relatos sobre Hosteleria www.lavista.tv y www.larruzzbilbao.com

El próximo viernes 23 de abril y festejando “La Noche del Libro” a las 21,30h en larruzbilbao del Paseo Uribitarte 14 en Bilbao comenzara la cena a la que podrán acudir aquellas personas aficionadas al mundo de la literatura. El precio de la cena será de 25,00€ que habrá que pagar antes la citada noche, acudiendo a larruzbilbao o llamando al 944 230 820.
Durante la noche podremos visionar el cortometraje que se realizo con el relato premiado en la edición anterior; “AMOR PROPIO”
También veremos el libro publicado con los relatos seleccionados de la anterior edición; “Amor Propio y otros relatos” que se podrá adquirir por el módico precio de 10,00€
Y tras los postres y con la presencia de los miembros del jurado se dará a conocer al relato ganador y las dos menciones.
Anímate y revélate con “La Noche del Libro”
www.lavisita.com
Si pinchas sobre la direccion de abajo podras ver el cortometraje AMOR PROPIO

AMOR PROPIO de Carlos Garcia por Willy Artegoitia y Jabier Calle

RESULTADO FINAL VOTOS PUBLICO

Concurso Relatos LarruzzBilbao LaVisita

Concurso Relatos LarruzzBilbao LaVisita

Concurso Relatos Cortos sobre Hosteleria LaVisita – LarruzzBilbao
Resultado de los votos validos, recibidos hasta el viernes 16 de abril a las 24h.
Algunos de los relatos, aunque no salga premiados, el jurado ha decidido que podrán siempre que aborden de una manera principal el tema de hostelera, estar incluidos en el libro que a tal efecto se publicaran con una recopilación de los relatos presentados.
Agradecidos a todas las personas por su participación, también a todas las personas que han votado.
El resultado se dará a conocer en la cena que el próximo viernes se celebrara en LarruzzBilbao del PaseoUribitarte 14 de Bilbao. www.larruzzbilbao.com

Lee y Vota Relatos 61 al 124

Aquí encontraras los relatos seleccionados. Utiliza la sección de CONTACTO para mandar tus votos, que deberán ser del 1 al 10 en función de la originalidad, relación con el tema, estilo gramatical y ortográfico. Pon tu nombre, apellidos, mail y móvil y entres todos los votos recibidos sortearemos cenas para Larruzbilbao y LarruzzSantander.- Ultimo dia de recepcion de votos 16 de abril 24h en Bilbao. Ahora a leer.. y votar….

Nº 61 LA ACEITUNA

- Un vino para la señora…, y una cañita para el señor. Y como siempre, unas aceitunillas de la
casa. Buen provecho.
Hoy es uno de esos días en los que no se puede andar por la calle, porque hace un calor que
se te derriten las suelas de los zapatos. Así que decidí ir a tomar algo al bar de mi amigo
Manolo.
Como siempre, bueno, como todos los días, me sirvió una cañita bien fría.
Apoyado en la barra del bar daba cuenta de ella, aunque mi cuerpo ya estaba pidiendo a mi
amigo Manolo la segunda del día.
El bar se encontraba bastante lleno, y una pareja se había apoyado a mi lado en la barra. Ella
pidió una copa de vino blanco de la casa, y él una cañita. Mi amigo Manolo les había llevado
las consumiciones, y unas aceitunas de aperitivo. ¡Y vaya aceitunas!. Yo creo que si mi amigo
Manolo no me pusiera siempre unas cuantas de esas aceitunas, estaría tomándome la cañita
en el bar de enfrente de casa. Vale que es mi amigo, y que voy al bar porque está él, pero es
que esas aceitunas verdes, grandes, brillantes… y con ese toque de picante, son un vicio del
que ya no me puedo escapar ningún día.
Lo que más me jode, es el hueso. – A ver si algún día las pones sin hueso, le digo siempre a
Manolo. Porque aunque tiene cierta gracia andar aprovechando el hueso para no dejarle ni un
pellizquito de aceituna, en el fondo me jode. Lo ideal sería meterla en la boca, masticar,
saborear…, y… ¡pa dentro!. Y seguir saboreando…, sobre todo ese picante que dejan las
aceitunas de mi amigo Manolo.
… Y de repente escucho:
- Cariño, ni se te ocurra comer ninguna aceituna, que ya sabes que no van incluidas con
la consumición.
- Pero, si deben estar buenísimas… ¡y seguro que no son tan caras!.
- Hay que ahorrar cariño, estamos en crisis.
- ¡Pues me cago en la crisis!. Yo con mi cañita quiero unas aceitunas. Mira que pinta
tienen.
- Cariño, no te lo repito más. Vale que hace calor y que quieras una caña fresquita, pero
nada más!.
- ¡Me cago en todo!.
¡Joder con la sargento de hierro!. A mi si me habla así mi Juani… me divorcio.
¿Y quién le dijo a la sargento que las aceitunas no estaban incluidas?…
Bueno, cada palo que aguante su vela.
- Manolo, apúntame la cañita que voy con prisa… Mañana nos vemos.
Al marcharme me entraron ganas de decirle al acompañante de la sargento: ¡Cómelas! Coño…,
que invito yo…
Y me fui con una sonrisa en la cara imaginándome el final de la batalla…
- Cariño, bebe rápido, que nos espera mi madre para comer y vamos a llegar tarde. Voy
al baño, y cuando vuelva nos vamos. ¡Ahh!. Y ni se te ocurra tocar las aceitunas….
- Si, si… tranquila, cariño.
- … Joder… están buenísimas. Uhmmm… como pican….
- ¡Camarero!. Otras aceitunas, por favor.
- … Y otras aceitunillas de la casa. Buen provecho.
- Gracias. Y me cobra cuando pueda.
- Cariño, ¿aún no te bebiste la cañita?. Te dije que vamos a llegar tarde. ¡Camarero!…
nos cobra, por favor.
- Ya va… una cañita, … y una copita de vino de la casa… Tres cincuenta, por favor.
- Ahí le queda. Deje así. Gracias.
- Que tal las aceitunas, señores?.
- ¡Menos cachondeo!. Vamos cariño, que mi madre nos mata si llegamos tarde.

Nº 62 RETIRO
Me convenció la Virgi para ir al bar (con una pequeña pista de baile) El Pichón, adonde acudían campesinos solterones y viudos (ya de una edad indecisa) desde las aldeas de la provincia en busca de un arrimo que quisiera compartir su desolada cama y las vacías estancias de sus casas.
-¿No te parece que aún estamos a tiempo de retirarnos antes de que la lozanía que les queda a nuestros cuerpos se vaya a otros más jóvenes y agradecidos? -me había dicho la Virgi en el bar El Consuelo, cuya barra servía de trampolín para el ejercicio de nuestra profesión-. Además con tanta joven competencia de ébano venida de fuera, nuestro futuro va a estar acatarrado, incluso con riesgos de pulmonía, querida Puri. La Virgi era así, una intelectual. Se leía el periódico del bar todas las mediodías antes de empezar a recibir con una sonrisa a los clientes. Creo que se me ha pegado algo de sus decires. -El momento será, pero encerrarnos en un pueblo, caserío o granja a oler el perfume de las cuadras… ¿Qué dices? Nosotras veríamos el ganado de lejos, a través de la cámara fotográfica, como quien va de safari. Saldríamos al campo a inhalar el aroma de las flores y el heno y, de vez en cuando, cogeríamos el coche para venir a la capital a hacer compras, al cine… Eso sí, nos tenemos que enamorar de dos pichones del mismo pueblo para facilitar los vuelos y aliviar la estancia.
Como teníamos la suerte de trabajar por libre, un sábado nos vestimos con decencia y nos dejamos caer por el susodicho El Pichón. Estaba lleno de talludos palomos, de plumaje curtido por el viento y el sol; por algunos parecía que la juventud hubiera pasado de largo. Se veían algunas crestas mondas y bastantes buches fecundos. No olía ni a cuadra ni a gallinero ni a tractor, sino a colonia y loción. Estaban recién afeitados y exhibían caras cazadoras de cuero. Tras pedir dos modestas cervezas y echar una ojeada a la bandada, la Virgi me dio con el codo en el michelín derecho y señaló con la cabeza a dos sanotes y presumidos palomos con los penachos engominados, algo enlucidos, pero recios aún. -Me quedo con el del bigote si no te parece mal. Tú, vete enamorándote del otro pimpollo. -Virgi a veces es así de democrática y liberal, pero sigue siendo mi amiga del asa. No parecía que el fiel de la balanza basculara, así que no puse reparo-. Vamos a arrimarnos como quien no quiere la cosa. Aparentemos timidez y virginidad, que estos de los pueblos son muy suyos y desconfiados. Irradiando inocencia nos acercamos tan modositas como dos vírgenes. Bueno, Virginidad así se consideraba. Decía que ella seguía siendo virgen, no sólo de nombre, sino principalmente porque no tenía pensamientos ni deseos impuros. Trabajaba en aquella transacción para ganarse el pan con el sudor de su rajita de canela como otras en una tahona con el sudor de su frente.
No eran unos piquitos de oro, pero, como hablábamos el mismo idioma, nos entendíamos perfectamente. Tras la presentación (les parecieron dos nombres muy decentes y de confianza Virginia y Purificación) y una parla a cuatro bocas, salimos a bailar con nuestros respectivos para ejercitarla a dos, más fructífera para el conocimiento bilateral y, llegado el caso, avenencia. -Vivís en un pueblo, ¿no? –le dije a mi pichón por romper el silencio oral.
-¿Se nota?
-Sí, por el color tan sano que lucís.
-Y vosotras de la capital de toda la vida, ¿no?
-¿También se nota?
-Sí, por la falta de color.
Nos reímos y todo. El boca a boca funcionaba. Y tenía una risa primitiva y natural que me llegaba. -¿En qué trabajas? –le pregunté por preguntar, pues se veía que manos de pianista no llevaba. -En el campo. Soy dueño de una explotación ganadera de 40 cabezas de ganado vacuno. Y ¿tú? ¡Explotación ganadera! Sonaba mucho mejor que cuadra. ¡Cómo lustra el lenguaje por doquier! -Soy costurera, arreglo ropa. -Podía haber dicho que trabajaba en la industria textil, pero la Virgi había escogido para las dos esa honrosa y recatada profesión por ser cercana y hogareña. -¿Y eso da para vivir? -Sí, sí. Con la crisis hemos bajado un poco los precios, pero tenemos muchos más encargos, y como somos dos buenas profesionales, nuestros clientes quedan muy satisfechos, y como trabajamos mi amiga y yo de autónomas sumergidas, nos ahorramos los impuestos, el IVA y el molesto papeleo. Ante esta última sincera e íntima confesión me miró con mucho interés. Arrimé más mi cuerpo al suyo y dejé que el calor de mis pechos y vientre lo calaran. Enseguida se encendió. Me pareció un mensaje, no por no ser oral, menos claro, comunicativo, prometedor y alegre. Nos estábamos enamorando a marchas forzadas. Miré a Virginia, que también se había pegado al cuerpo del bigote. Enfrascada en íntima conversación tenía ya una sonrisa de enamorada que se la pisaba. Parecía que no le iba a importar perder por fin su virginidad más íntima con aquel pichón.

Nº 63 Migas Arrieras
Nacido en el corazón de la Axarquía había llegado a conquistar los paladares más exigentes de la Costa, aunque ahora el viejo Ceballos se sentía cada vez más inútil y desalentado. “Un trasto en desuso del que no quieren ni acordarse”. Apenas salía de casa, bajaba los domingos para comprar el periódico y se pasaba la mayor parte del tiempo escuchando la radio o mirando el ordenador apagado que le había regalado su nuera, “para que pudiera chatear con sus nietos”. Por eso aquella vez cuando Gerardo, el muchacho del bar de comida rápida, le trajo la tartera como todos los mediodías, el viejo Ceballos se animó a preguntarle “¿Gerardo que es lo que te gustaría ser en la vida?”, el muchacho le contestó “ Yo, señor, a mi me gustaría ser cocinero de un gran restaurante, como dicen que fue Ud.” Al viejo se le iluminó la cara y le dijo:”Vale, si tu me enseñas a manejar el ordenador, yo te voy dando recetas y te cuento algunos secretos que yo sé”. Al joven le pareció bien la propuesta y aquello fue el comienzo de una gran amistad. Todos los días venía Gerardo con la tartera y se quedaba un buen rato explicando al viejo Ceballos los pasos para navegar con Google o escribir un documento de Word. La cosa no era fácil. A esa edad los huesos duelen y la memoria comienza a escasear. Así que muchas veces Gerardo tenía que repetir lo que le había enseñado el día anterior. Pero poco a poco el viejo fue saliendo del paso y aprendió a enviar e-mails y a meterse en el Chat. Gerardo, mientras tanto, día tras día, escribía (en un cuaderno de tapas azules) las recetas de cocina que Ceballos minuciosamente le refería. Se hicieron grandes amigos. Al viejo le gustaba el muchacho y Gerardo reverenciaba los conocimientos de Ceballos. Escuchaba con devoción de iniciado no sólo el origen de las recetas, sino .las anécdotas que el viejo le relataba sobre los grandes hoteles de la Costa y los personajes que había conocido y para quienes había cocinado: Orson Wells, Hemingway, Ava Gardner o el torero Luis Miguel Dominguín. Un día Gerardo le dijo que quería presentarse a un concurso de cocina que organizaba la escuela de La Cónsula. Él iría por libre y de ello dependía gran parte de su futuro como chef. El viejo le prometió la mejor receta que podía ofrecerle.” Vas a presentar unas migas, plato típico de nuestra tierra, sencillo pero con un ligero toque de originalidad. Al fin y al cabo todo está inventado ya. Nada de artilugios foráneos, los chinos y los franceses inventaron la salsa para cubrir las deficiencias de la materia prima”. Al día siguiente Gerardo le dio las gracias al viejo cuando le dijo: “Hazlo con tranquilidad, sin apresurarte. Preparar una buena comida, como todo en la vida, necesita su tiempo”. El muchacho salió loco de contento con la receta en la mano y esa fue la última vez que vio a Gerardo. Ceballos intentó varias veces comunicarse con él pero fue inútil. Finalmente le envió un e-mail con detalles de la receta que le parecían fundamentales y que días atrás no había podido recordar. Dientes de ajo rojo machacado sin pelar, trocitos de naranja dulce y sobretodo aceite de oliva virgen, fragante y espeso, de aceituna verdial de la Axarquía. Terminaba diciendo: “Como comprenderás, Gerardito, nosotros los viejos perdemos la memoria y a veces se nos va la olla, nunca mejor dicho”. Por toda respuesta recibió, al cabo de un tiempo, otro e-mail de Gerardo: “A buenas horas mangas verdes. Ud. me ha puesto en ridículo. Ni siquiera me permitieron participar en el concurso. La receta que me dio fue plagiada íntegramente de Internet. Ud. ha traicionado mi confianza, y pensar que llegué a quererlo como a un padre. No se moleste en escribirme. No quiero saber nada de Ud”. Gerardo no volvió nunca más con la tartera y Ceballos tuvo que bajar a comer por su propio pie. Lo hacía a desgano porque no tenía apetito y muchos días ni siquiera probaba bocado. Quizás fuera por el frío, la mala alimentación o la pena de haber perdido la amistad del muchacho ( a quien él también quería como a un hijo), el caso es que fue internado por depresión profunda y poco después murió de pulmonía en el hospital regional. Una tarde, en el bar de comida rápida, el padre de Gerardo le dijo: “¿Qué pasó con Ceballos? Hace tiempo que no hablas de él”, “Nada, no pasó nada”, contestó Gerardo con hosquedad. Entonces el padre señaló : “Murió ayer. Lo dijeron en el informativo local. Juan José Ceballos, uno de los mejores chefs de la Costa del Sol, murió a la edad de 80 años”. También dijeron que fue el gran renovador de la cocina malagueña y que había logrado mejorar hasta la perfección algunos de nuestros platos más tradicionales, entre ellos, sus famosas Migas Arrieras.

Nº 64 EL TELÉFONO ROTO
El agua salpica en la carretera y alcanza a entrar en la terraza. Sin embargo, la lluvia ha menguado. Alrededor de la mesa, en el sentido inverso de las agujas del reloj, estamos: Laura, Erik, yo, y la muchacha que acaba de sentarse. Se ha retirado la caperuza que venía resguardándola de la lluvia. En su interior se ha volcado un gran cántaro de tristeza: Apenas puede disimular que ha estado llorando, le susurro a Erik. Me mira con sus ojos miopes, y en su cara se dibuja una sonrisa lenta que se parece más al tedio que a la alegría.
-¿Cómo vas nena?-la saluda Laura parcamente.
-Mal, nena: el huevón de mi novio me dejó.
El humo que expulso se disuelve en la atmósfera húmeda. Erik se lleva el cigarrillo a la boca. Por fuerza uno aprende a estar solo consigo mismo: Pero no te preocupes, deja que pasen las cosas y le encontrarás la parte buena a la soledad, comenta Erik. La muchacha muestra una falsa sonrisa y bebe de la cerveza que acaban de traerle. Al poner la botella sobre la mesa, el desamparo la cubre como un aura opresora. Su corazón está en vilo:
-¿Y cuánto tiempo llevabas con él? Debió ser mucho-le pregunto.
-Sí…-(Ese dolor es como una punzada lacerante en el pecho, recuerdo)-El problema es cuánto lo quiero.
Laura acaba de prender un cigarrillo. No le diré lo bien que se ve con cada bocanada. Se levanta porque acaba de timbrarle el celular.
-La niña tiene que reportarse-ironiza Erik.
-A lo mejor. Pero no te desanimes que ahora está contigo-le digo.
Esta vez, la muchacha sonríe con más sinceridad. Con su mirada interroga a Erik sobre sus pretensiones hacia Laura. Él la elude chupando largamente el cigarrillo, y concentrando su mirada en las gotas que dibuja la luz de una farola cercana. Allá, recostada sobre el pretil, Laura también fuma mientras la voz del otro lado vibra con alguna angustia. A mi lado, la muchacha rebulle las cosas dentro de su bolso y saca un celular. Oprime algunas teclas. Al momento cuelga.
-Está ocupado-nos explica.
-¿Te tomas otra cerveza, Erik?
-Claro…SEÑORITA DOS CERVEZAS-grita.
Erik es un desahuciado. Laura ya regresa a la mesa. Sus senos son lo que más me gusta. Entre ella y yo hay una comprensión de miradas. Erik lo sabe pero no le da importancia. De hecho, él es mejor tipo que yo. Ella sospecha de mis irremediables sentimientos románticos. Ya lo sé. La muchacha marca de nuevo. Esta vez sí encuentra otra voz del otro lado. Alcanzo a escuchar: Otra vez usted. El desprecio es la forma más dolorosa de la crueldad. Ella pregunta, hecha añicos:
-¿Estabas hablando con Laura, cierto?
-Eso no le importa…
La silla de metal se corre con estrépito. Se levanta. El celular atraviesa el aire seco de la terraza y entra en el que hiere la lluvia. Al chocar contra la carretera, se revienta en pedazos que rebotan hacia todos lados. Un trozo de pantalla brilla sobre el pavimento. Frente a mí, Laura está de pie. Nos dice rabiosa:
-Vámonos de aquí: Esta vieja va a armar un show.
Erik es el primero en seguirla. Pongo unos billetes sobre la mesa y lo sigo. El tlac-tlac de los pasos se multiplica y se aligera. A través de los hilos de agua, veo a la muchacha, atrapada en un recodo siniestro del amor. Ella, la pobre, ha sido devorada por los lobos que siempre acechan por ahí.

Nº 65 ” El final del principio”

La primera vez que la ví, no me cayó excesivamente bien. Tenía esa seguridad que te dá el pertenecer a una familia entroncada con una de las multinacionales más famosas, y un apellido que desde el siglo pasado, sostiene uno de los mayores y más conocidos imperios económicos. Presumia de ir siempre a la última, y de que los más afamados diseñadores la utilizaran para plasmar sus creaciones. Aparentemente su abuela fue una de las “musas” de Andy Warhol, y algunas de sus antepasadas más cercanas, habian posado para David Hockney. Casi no teniamos trato. Me “cargaba” un poco notar cómo, cada vez que alguien nuevo venía, comenzara a darse pábulo. Aunque debo reconocer que me hacia cierta “gracia”, esa obsesión que tenia por marcar distancias, entre los que consideraba inferiores a ella. Sus orígenes y su naturaleza ( demasiado rígida para mi gusto) le hacian creer que habia nacido para tener un final diferente al resto de sus compañeros. Un día de finales de mes, en los que yá íbamos quedando menos, recuerdo que nos pusieron muy cerca.; casi podia rozar su duro y esbelto cuerpo, estaba fría , muy fria. De repente alguien abrió la puerta, y los tres que quedábamos nos miramos aterrorizados; pensando que había llegado nuestra hora. Falsa alarma; quién abrió, cambió de idea conminándonos nuevamente a la esperanza que te dá en nuestro caso la soledad. Sabia que teniamos los días contados, quizás las horas, e intenté un acercamiento a ella. Su mirada entre la sorpresa y el desprecio no me amedrentó y me arriesgué:
- vamos quedando menos, pero parece que somos afortunados. Vinimos de los primeros y aquí estamos todavía……
Nada, ni una palabra. Supongo que pensaba, que yó en efecto, había tenido mucha suerte de no acabar en la calle, en las manos temblorosas de algun indigente. Parece ser que es la leyenda de mi baja estirpe. Ella sin embargo, estaba convencida de que una vez hubiera servido para su “función”, acabaría adornando el salón de algún metro-sexual; o quizá, decorando el último pub de moda.
Me quedé en silencio. La puerta cedió y tuve un mal presentimiento. Una mano la cogió del cuello y la sacó bruscamente. No pude despedirme de ella. Su final había llegado; sus sueños de inmortalidad, terminarian en el mismo momento en que no quedara ni una gota de ella. Yó, siempre supe cuál iba a ser mi final, pero ella ignoraba el suyo.
Me había acostumbrado a su presencia…….sólo espero que mi contenedor azul, esté cerca de su verde iglú, y si alguna vez volvemos a encontrarnos, no sólo su físico esté reciclado…..

Nº 66 “Tranquila Lucía”

La seguía amando. Aún recuerdo como nos conocimos entre los fogones del Hotel “Victoria” en Ávila.

Hoy, estoy absorto, sin ganas de vivir pues me falta la vida. Carezco de lo que más quiero: el amor.

Es ahora cuando mis ojos regalan lágrimas de amor anhelando su presencia. Nunca hasta ahora había sentido nada parecido. A pesar de todo el tiempo que ha pasado no la puedo olvidar.Es por ello por lo que miro hacia la ventana y creo verla sonriendo.

Intento recordar su silueta dotada de perfección becqueriana, ese cuerpo comparable a una sinfonía de Shubert o Mozart, esos labios carnosos con sabor a cerezas caramelizadas o ese olor a jazmín que desprendía allá por donde pasaba.

Deseo volver a encontrarnos, coincidir en la cocina de nuestro lugar de trabajo y ser su pinche,el ayudante de una mujer de bandera, de alguien capaz de hacer auténticas obras de arte con las manos.

Con tu adiós,mi corazón quedó hecho trizas , si bien no perderé la esperanza de despertar un día y tenerte entre mis brazos. No quiero llorar recordando como el cáncer me robó lo que más quería, viendo tu deterioro día tras día sin poder poner freno.

Más no me detendré con imágenes funestas, con jaramagos adornando una losa o caminos polvorientos que conducen al lugar que te cobija:tu tumba.

Sólo contaré los días hasta vernos en la otra vida, sentir el calor de tu cuerpo, los besos robados o admirar tu incontestable belleza.

Tranquila Lucía pues pronto nos volveremos a ver.

Nº 67 La ensalada

Tomates secos, aguacates, salmón, piñones, menta fresca y tapenade; media ración de pollo halemore y frutas de temporada para terminar. Esperaba en La Brasserie del puerto, leyendo con descuido la sección de anuncios por palabras de La República, confiando, sin éxito, en encontrar algún mensaje secreto o, quizá, una clave que lo desvelara. Me giré inocentemente y, entonces, pude verlo, como un fogonazo. Una camarera menuda, incompleta, lo había escrito en la pizarra de la brasserie; la ensalada que acababan de servirme tenía su nombre: ensalada Lilly.
En ese mismo instante lo supe, debía alejarme de allí, irme de la ciudad, huir, huir para siempre; todavía estaba a tiempo y nadie me descubriría. Ensalada Lilly, Lilly…, ensalada Lilly.

Años después sabría que aquello lo acarrearía conmigo para siempre.

Nº 68 MALAS NOTICIAS

Llegaron a la cafetería. Se sentaron. Pidieron. Les sirvieron.

Ella habló.
Él escuchó distraídamente.
Ella dejó de hablar.
Él siguió sin hablar.
Ella preguntó.
Él no contestó.
Ella lo miró fijamente.
Él se levantó sin mirarla.
Ella le imploró.
Él se fue.
Ella se llevó las manos a la cara y lloró.

Nunca más se volvieron a ver.

Nº 69 CHICA DE MODA (Daniela)

Después de algunos años, muchos, en el exterior, volví a Bilbao.

Caminar por sus calles me transmitió nuevamente esas sensaciones únicas de saberme en tierra propia.

Por ese entonces, cuando mi regreso, buscaba un departamento para instalarme, mientras tanto me hospedaba en un hotel muy pintoresco y típico de la ciudad.

En París y Nueva York hice una carrera, construí un nombre y un prestigio. Cuando fue que decidí tomar el destino en mis manos, me convertí en un fotógrafo exclusivo. Empecé de abajo, trabajando para las corporaciones y emporios de la moda y la alta costura internacional, a través de la recomendación que me diera un mentor que tuve.

Y en eso andaba, y cuando ya creía que nada que no proyectara previamente podría suceder, mientras tomaba una copa, ella apareció… Y yo, que tuve mil mujeres, quedé prendido de una fatalmente.

Eligió una mesa de afuera, de las de madera oscura, de las que me gustan. Se sentó con tanta delicadeza y distinción que llamó mi atención de inmediato. Sin que ella lo notara, creía, la miraba por encima de los lentes de sol.

De su finísima cartera sacó un celular, era de los buenos, de los caros y tan completos. Es posible que la conversación que mantuviese haya sido el final de una historia. No era importante para mí, lo que resultó significativo fue que de súbito advertí que era el momento o bien de pagar e irme, o de cambiar el curso de dos destinos.

Pedí la cuenta a la camarera, me iba… Y un chistido, sí, un chistido, me paró.

- ¡Hey, tú! ¿Me estuviste mirando desde que llegué y te vas a ir sin decirme nada? –dijo ella, al tiempo que se llevaba un cigarrillo a la boca y me inducía a que le facilitara fuego.

Me sentí un poco descolocado, me estaba yendo, no iba a cambiar el curso anónimo de la historia, y de pronto una mujer singular, con formas elegantes pero proceder masculino, me tiraba sus redes. Saqué el encendedor y prendí más que su cigarrillo.

- Bonita cartera –le dije–, tan atractiva como la dueña, adivino que no es de aquí. Yo mismo la he fotografiado en una campaña primavera-verano de hace un par de años.

- Eres fotógrafo, qué bien… –replicó.

- Ya no, me considero un artista de la fotografía en todo caso –la interrumpí.

- Me llamo Daniela, y fui modelo, pero también ya no. Mi cartera… Es linda, ¿no? La traje de París por cierto. Un gusto, puedes sentarte si quieres y tomar un café…

- Será un placer, aunque si lo deseas podríamos tomarlo en mi hotel, estoy allá enfrente –insinué.

Fuimos a mi habitación y allí me enamoré de ella y sigo aún así. Es una empresa imposible no adorarla, no intentar retenerla en frenesí.

El tiempo ha pasado, como siempre, una fotografía mía es Primer Premio del Real Salón de Artes Visuales. La obra consiste en una mujer con el rostro oculto por finísimos cabellos dorados y completamente desnuda –sólo cubierta por una cartera– mientras está echada sobre las blancas sábanas de aquel hotel.

A la fotografía la llamé Chica de Moda y a ella, simplemente Daniela… qué más.

Nº 70 Nuestro rincón.

Apuré el paso pues llegaba tarde a la cita como era normal en mí. Tendría que aguantar una vez más los reproches de mi pareja por el retraso aunque lo cierto es que no era culpa mía. El tiempo se me escapaba siempre de las manos sin que pudiese hacer nada para evitarlo por mucho que me esforzase. Al fin llegué al bar y entré. Como de costumbre estaba abarrotado de gente. Avancé como pude esquivando a la multitud con cuidado de que no derramasen sobre mí sus cervezas ni me quemasen con los cigarrillos. Allí estaba esperando pacientemente por mí en nuestra mesa del rincón. Nos dimos un beso y llamamos al camarero para pedir unas cervezas. Luego llegaron las tapas. Tortilla, croquetas, calmares de la ría, chorizo al vino… Eran la envidia de los restaurantes de alrededor. Aquel negocio familiar que llevaba tres generaciones funcionando subsistía en esta época de crisis por su buen hacer y trato afable. Aun recuerdo cuando tras la denuncia del restaurante de enfrente acudió el inspector de sanidad. Después de un exhaustivo examen del local y ante la insistencia del dueño decidió probar la comida. Desde entonces cada fin de semana conduce cien kilómetros para comer aquí los domingos con su familia. Durante la sobremesa entre cafés y licores las tertulias se hacen interminables. El tiempo parece perder su valor y las preocupaciones cotidianas se diluyen con el calor de los amigos. Después de un par de horas nos levantamos y fuimos a pagar a la barra. El dueño, con su sonrisa habitual, quitó el lápiz de su oreja y sobre el mostrador de mármol blanco hizo la suma de nuestras consumiciones. Sabía que mañana volveríamos.

Nº 71 CASI PERFECTO

Le estaba esperándolo, otra vez. Lo hacia en la misma mesa, cada fin de semana, en el mismo bar, en la misma esquina de New York.
Ella sabia que no volvería a ser feliz si no le veía una vez más, si no se perdía en sus ojos ónix, si no acariciaba su piel nívea o se dejaba hipnotizar por su media sonrisa.
Aquella noche de invierno había entrado a ese bar buscando un lugar donde descansar y pensar tranquilamente. Estaba triste, confundida y otra depresión amenazaba con entrar en su vida. Estaba perdiendo su toque personal al actuar y las críticas no paraban de llegar. Se encontraba en un periodo muy oscuro.
Pero Tyler fue una luz en medio de la nada, le devolvió la inspiración y sembró en su pecho muchas esperanzas, mas la dosis de vitalidad se estaba apagando en esos dos años. Todo había quedado olvidado cuando aspiro su aroma y se dejo llevar por él mientras bailaban, ya que ella le había confesando que no sabía hacerlo, cuando luego de conversar un poco, él la invito a bailar. En ese momento había olvidado todo, lo único que le importaba era continuar en sus brazos y sentir que estaba en el paraíso, que podría capturar a todas esas mariposa en su estómago si Tyler permanecía con ella.
Estaba nerviosa, mucho más que cuando hizo un casting para su primer protagónico, a los 10 años. Tal vez diría que esa sensación era casi placentera. No había cansancio, dolor o miedo. Estaba totalmente segura de que si Tyler le pedía huir juntos, ella lo haría sin titubear, sin temor a que todo terminara en el fracaso.
Tantas relaciones rotas. Tenía una patética vida romántica a sus 19 años. De nada le valía la vida de glamour y fama que llevaba, sin una razón mayor por la cual despertar cada mañana y empezar el día. Y Tyler amenazaba con convertirse en ese motivo, con tan solo horas de conocerle, unas palabras, un trago y un baile que se hacia eterno y exquisito.
Él había acariciado tímidamente su mejilla y Cassandra tuvo ganas de llorar. Se deleito de su aliento rozando su cuello y del cosquilleo que le producía la cercanía entre ambos. No le importo tener el collar que Jean, su novio, le regalo meses atrás. Tyler, sin querer, le ayudo a no sentir pena por su falso perfecto romance. No sintió el miedo abrasador que tuvo unos días atrás, cuando Jean menciono “no se realmente que tenemos”. Y ella, en ese lugar y momento supo lo que tenían: una relación que amenazaba con derrumbarse por falta de tiempo mutuo. Se dio cuenta que, simplemente, eran dos jóvenes jugando a quererse, dos chicos sin una promesa eterna, solo con un amor de plástico. Dos jóvenes estrellas común mundo totalmente alejado uno del otro.
Abrazó el cuello de Tyler mientras continuaban bailando. Deposito una mano entre la cabellera un poco larga de su efímero amante y enredo sus dedos en ellos. Le miro a los ojos y noto un hermoso brillo en ellos. Le quería, sin saber mucho de él. Sin duda había un Dios, allá arriba, que la amaba, por regalarle ese pedacito de cielo. Tyler le sonrió tiernamente y Cassandra le devolvió el gesto. “Volveré” le había mentido en un susurro, con su hermosa voz de soprano, “Y tendremos una verdadera cita”. “Promételo” pidió ella. “Te lo juro” respondió, para luego hundir su rostro en cuello de Cassandra, entre sus risos oscuros.
Ahora se encontraba bebiendo un Martini, llorando por su ausencia y pidiendo su regreso, porque no había vuelto a saber nada de Tyler hasta ese momento. Ni siquiera una nota con alguien de su equipo, aunque ella nunca le dijo que era actriz.
Continuaría esperándole, en ese bar con un nombre fácil de olvidar, pero con su historia en el. Porque estaba dispuesta a hacerle la promesa que no se atrevió a jurarle a Jean. Esperaba poderle decir algún día: “Eres perfecto para mi”.

Nº 72 Emo no morirá en el bosque “Aokigahara”.

Emo atraviesa el puente bajo las inmensas Torres Isozaki. Para en Larruz, camino del Asia Chic.

El agua gris, plomo inexpresivo, desciende lenta hacia el mar. Emo escucha Tokio Hotel.

Algas, sushi, y wok, en Asia Chic. El responsable, sonrisa permanente, le felicita el Año del buey. Buena suerte.

En su cabeza, conecta cada uno de los lugares, como en una línea de metro sobre un mapa que sólo Emo ve. Emo recuerda: van andando, no se cogen de la mano, ni se miran. No hablan. La extraña gente que les mira al pasar, mientras caminan con su aspecto triste y desafiante.

Emo quiere ser invisible. Las personas alrededor son figurantes en un escenario vacío.

Emo recuerda sus palabras, que pasean por su cabeza como un gusano raro: “no nos veremos más…”.

Emo atraviesa el hotel, atajo perfecto. A un lado el Beltz and Black. Atraviesa la cascada, enorme lavaplatos. Emo sabe que el agua no escapa, que vuelve a subir y a bajar, atrapada y cansada. Sueña que abraza el gigantesco árbol petrificado.

Sale a la calle y ve tras el enorme perro cubierto de flores: © Murakami y Cai Guo Quian. Dentro del museo, frío gigante en movimiento perpetuo, ve cómo el fuego y la pólvora hieren el lienzo y hacen surgir una obra hermosa y triste, inoportuna.

Al salir “Mamá”, largos brazos, que protegen, y aprisionan, a sus crías, duerme su reflejo en la ría.

“No nos veremos más…”.

Emo sabe que no morirá en el bosque “Aokigahara”. Emo vive en Bilbao.

Nº 73 El arcángel cáido

A pesar de haber resistido enconadamente, la deliciosa tarde primaveral había sido desalojada por la luna llena, escoltada en esta ocasión por una legión de minúsculas estrellas. Gabriel venía deprisa, recorriendo con la mirada las fachadas. Cuando encontró el rótulo de la cafetería que estaba buscando consultó de inmediato su reloj. Cinco minutos para las ocho. Con puntualidad, como debe ser. Accedió experimentando esa mezcla de temor y curiosidad que genera un lugar desconocido. Se situó en un rinconcito de la barra, con la suficiente perspectiva para otear todo el entorno. Era cuestión de no meter la pata. El local estaba concurrido y antes de acercarse a nadie debía estar seguro. Pidió una cerveza para templar los nervios y justificar su presencia allí. Tras dar un par de sorbos a la copa, los suficientes para eliminar la espuma, echó un vistazo a su alrededor. De entre todas las personas que se encontraban en el recinto destacaba una muchacha de largo cabello cobrizo, sentada sobre un taburete hacia la mitad de la barra, sin más compañía que la de una Coca-Cola, toqueteando sin pausa la pantalla táctil de un teléfono móvil. Al verla, a Gabriel se le iluminó el rostro. Sin dudarlo tomó su cerveza y se dirigió hacia ella. –Hola, soy Gabriel. Eres Aitana ¿no? La chica alzó la mirada, interrumpiendo la febril actividad con su móvil. Ante ella tenía a uno de esos chicos del montón, de rasgos inconclusos, desgarbado y de mediana estatura, contemplándola con curiosidad de biólogo ante el hallazgo de una nueva especie.
–No… –acertó a responder la joven. Gabriel no se dio por vencido. –Ah, perdona, quizá te he confundido con otra persona parecida a ti. ¿Cómo te llamas? –Alba. La cordialidad que trataba de mostrar Gabriel no se correspondía con la desgana mostrada por la joven. –Te parecerá raro –insistió el muchacho– pero resulta que he quedado aquí con una amiga que conocí en el chat. Como la descripción que me ha dado cuadraba más o menos con la tuya y te he visto sola he pensado que eras tú. –Vaya, no está mal tu método. ¿Recurres a él muy a menudo? –¿Qué método? –Éste tan original que tienes para entrar a las tías. –A ver, que tampoco es eso. Te he preguntado por si acaso eras tú, sin más. Si te molesto, me piro y ya está. La chica detectó un cierto desasosiego en el semblante de Gabriel. Trató de mostrarse un poco menos hostil con él, señalándole el taburete contiguo para que se sentase. –Quédate, no sé cuánto va a tardar mi novio, porque no suele ser muy formal en eso de respetar los horarios. Así se me hará más amena la espera. Gabriel dudó entre aceptar la invitación, regresar a su puesto inicial o marcharse directamente. Era de los que se rendían fácil cuando no salían las cosas bien a la primera. No quería que el novio de Alba le viese sentado junto a ella cuando llegase, ya había tenido en anteriores ocasiones problemas con novios celosos. Optó por una situación intermedia, permaneciendo de pie junto a la joven. De este modo podría seguir echando un vistazo por sí aparecía la chica de la cita. –Así que te llamas Gabriel –dijo Alba– como el Arcángel. –Sí, digamos que soy un arcángel caído –respondió con las últimas reservas entusiasmo. Ella le rió la gracia a modo de cumplido. Comenzaba a sentir lástima por el chaval. Al principio le había parecido el típico ligón pelmazo, de los que utilizan cualquier recurso para resultar originales, supliendo de este modo las carencias estéticas. Ahora le parecía un perdedor. –Bueno, ya he esperado un tiempo más que prudencial –musitó Gabriel al cabo de un rato apurando su cerveza–. Me han dado plantón.
Al despedirse intercambiaron un par de besos por iniciativa de la joven, la cual deseó suerte a Gabriel en su próxima cita. Alba, al quedarse nuevamente en compañía de una eterna Coca-Cola, volvió a la carga con su móvil de pantalla táctil. Abrió en él un pequeño bloc de notas donde tecleó: “De la que me he librado. Menudo bajón. No intercambiar fotos tiene estos riesgos. Si hubiese sabido que este tío era así me ahorro el viaje. Menos mal que siempre tengo recursos para quitármelos de encima. Me ha dado palo no decirle la verdad, pero ya estoy harta de hacer obras de caridad. Creo que merezco otra cosa”. Esa misma noche, Alba alteró por enésima vez su perfil en Facebook, incluyendo una nueva foto aún más irreconocible. En su antiguo chat dejó de llamarse Aitana y creó una nueva personalidad a quien llamó Arantza. Le gustaban los nombres comenzados por la misma letra que el suyo.
Gabriel, conocido como “Casanova negro” entre los agentes policiales que rastreaban por internet su sangriento rastro, regresó de vacío. Esta vez le salió mal. Por feo.

Nº 74 Mil noventa y cinco días
Me senté en la mesa, como todos los días desde hacía tres años. Ya se había vuelto parte de la rutina. Esperé a que me atendiera el camarero, y como era costumbre me trajo el descafeinado de sobre y el croissant sin que tuviera que pedírselo. Ya eran tres años, mil noventa y cinco días, pidiendo lo mismo todas las tardes. Más de mil días tomando lo mismo y esperando a que él apareciera.
Desde donde estaba sentada veía perfectamente la puerta, de hecho, no dejaba de mirarla ni un solo momento. La gente entraba y salía, algunos solos, otros acompañados, algunos serios, otros sonrientes, cada uno haciendo su vida. No me interesaban demasiado, sólo quería verlo, sólo a él. Porque, para mí, él era diferente al resto del mundo.
Me costó media vida encontrarlo, lo busqué por todas partes, pero no fue fácil. La primera vez que lo vi fue solo por unos segundos, después nuestros caminos se separaron. Pero ese instante, esos pocos segundos, fueron los que me mantuvieron cuerda por tanto tiempo. Era tan bello, tan puro. Nunca había visto nada igual. El amor que sentí en ese momento me lleno tanto…
Lo busqué con la ayuda de los pocos amigos que tengo en este mundo, ellos me apoyaron, aunque muchos creyeron que estaba loca, ellos estaban dispuestos a ayudarme. Y les agradeceré por toda la eternidad que devolvieran la felicidad a mi vida. Me ayudaron a encontrarlo después de tantos años, sin saber por dónde empezar a buscar. ¿Cómo describes a una persona que sólo has visto una vez en tu vida por unos segundos?¿Por dónde empiezas a buscarlo?
Después de tantos años lo encontré en esa cafetería, trabajaba allí, atendiendo las mesas. Era alto, de intensos ojos azules, con una sonrisa impresionante que irradiaba amabilidad. Aún no me había atrevido a sentarme en su sección, me daba miedo hablar con él. Siempre temí su rechazo.
Todas las tardes me sentaba y miraba cómo trabajaba. De vez en cuando nuestras miradas se cruzaban y me dedicaba una sonrisa. Esos momentos eran los más felices de mi vida. Me miraba, y sonreía. Sabía que para él yo era una persona cualquiera, pero me gustaba imaginar que sólo me dedicada esas sonrisas a mi. Después, seguía trabajando, recogiendo las mesas, apuntando lo que quería la gente.
Muchas veces, después de tomar el descafeinado y el croissant, volvía a pedir otro, porque no quería marcharme, no quería dejar de mirarlo. Era lo único que llenaba de color mi vida, era mi esperanza, mi alegría. Pasaba horas y horas allí, quieta, observando.
Y muchas veces pienso que debo resultar triste, patética, mirando a un chico quince años más joven que yo. ¿Pero que haríais si os arrebataran a vuestro hijo nada más nacer? Yo era una niña, y ellos me lo quitaron. Después de tantos años lo encontré y no iba a dejar que se marchara así como así.

Nº 75 LOS CLUBS DE FANS

Desiderio Zapata, escritor de novelas de considerable éxito, tomó asiento en su lugar habitual, una mesa situada en el rincón más discreto del local, desde donde podía ver a placer las entradas de las diferentes personas, que conformaban la parroquia habitual del bar. En seguida el camarero, solícito, se le acercó y le preguntó:
─ ¿Lo de siempre, señor Zapata?
─Así es, Manolo, y ponme hoy doble de azúcar.
Desiderio, hombre de hábitos regulares, cada día se tomaba un café con leche y una tostada. Lo venía haciendo desde hacía veinte años, día tras día. Primero desayunaba, y después de que el camarero hubiera despejado el terreno, abría su cartera de gruesa piel marrón, muy desgastada por el uso, y sacaba de ella un fajo de cuartillas, que ponía encima de la mesa. Después sacaba su vieja estilográfica, y se ponía a la diaria tarea de trabajar en su actual novela, de la cual solo le faltaba un capítulo.
En esos momentos andaba el escritor con una duda bastante peliaguda, sobre el final que debía darle a la historia que tenía entre manos. Era una novela de acción con dos protagonistas hombre y mujer, que al principio de la trama no se conocen de nada, pero por capricho del destino se ven envueltos en una serie de peligrosas aventuras, y situaciones de extremo riesgo, de las que consiguen salir a duras penas, y que hacen que se sientan fuertemente atraídos el uno al otro.
La gran duda consistía en si debía hacer que muriera el protagonista masculino al final de todo. El novelista consideraba que la historia quedaría más “redonda”, si al final cuando los dos han vencido al mal, el hombre, que había resultado herido de gravedad por sus enemigos, no consigue superar esas heridas y muere. Esto le daría más dramatismo al relato, pero al mismo tiempo no sabía cómo iban a reaccionar sus numerosos y fieles lectores, sobre todo mujeres, que devoraban sus novelas, y que preferían que los finales fueran “felices” antes que trágicos.
Esta cuestión tenía que sopesarla muy detenidamente, pues al ser el novelista una figura sobresaliente de la literatura de “evasión”, tenía su club de fans, el más numeroso de toda España, y su presidenta, una devota rayana en la adoración hacia su ídolo. Como había hecho en sus últimas narraciones, Desiderio Zapata había dejado traslucir parte del argumento de la novela en ciernes, y toda la gran masa lectora, esperaba que el final fuera de la clase a que los tenía acostumbrados el novelista: flechazo entre el chico y la chica y remate con escena de muchos y apasionados besos, dejando traslucir la consiguiente boda.
En más de una ocasión, Desiderio Zapata había recabado la opinión de Manolo, el camarero. No en vano se conocían desde hacía muchos años, y el novelista apreciaba las críticas siempre bien razonadas que le hacía de sus relatos, siendo además un seguidor incondicional de toda su obra literaria. De modo que aprovechando que había pocos clientes en el bar, le hizo una señal para que se acercara, y cuando llegó le planteó la gran duda.
─La cuestión es muy problemática, señor Zapata. Sin embargo, pienso que por una vez podría hacer un final imprevisto para la historia. Esto supondría un golpe de efecto espectacular, que estoy seguro beneficiaría a la originalidad de la novela. Yo de usted me “cargaría” al protagonista. Estoy seguro que sus seguidoras, una vez pasado el primer disgusto, apreciarían el giro inesperado de la historia.
Desiderio Zapata decidió seguir el consejo de Manolo, el camarero, y “se cargó” al chico en la última página de la novela. Después, ya más relajado, habiéndose quitado ese importante peso de encima, guardó el manuscrito y fue a llevarlo a su editor, que desde hacía dos semanas estaba impaciente esperándolo.
Tres semanas después llegó la novela a las librerías y los kioscos de todo el país. El revuelo que se armó cuando la gente leyó el final de la historia, fue descomunal. Hubo tumultos en varias ciudades, y el novelista recibió numerosas mensajes de los más exaltados, que amenazaban con romperle las piernas, y algo más, por haberse atrevido a matar al chico, dejando a la chica compuesta y sin novio, con la ilusión que le hacía a ella.
El novelista, aunque estaba empezando a preocuparse de verdad por la situación creada, confiaba en que los ánimos se serenaran poco a poco.
Así fue. Al cabo de dos meses la gente dejó de hablar del tema y la última novela de Desiderio Zapata fue considerada la mejor de todas cuantas había escrito el ilustre novelista.
Un día, que como siempre, estaba el escritor en su mesa habitual, tomando notas y apuntes para su próximo trabajo, irrumpieron en el bar cinco personas encapuchadas, que armadas con bates de beisbol, se acercaron al escritor y empezaron a apalearlo con gran saña dejándolo en bastante mal estado, con fractura de cráneo y múltiples costillas rotas. Después uno de los agresores sacó una hoja de papel del interior de su guerrera, y lo dejó encima de la mesa. Antes que reaccionaran los sorprendidos clientes del bar, los cinco atacantes desaparecieron rápidamente, dejando al escritor con la cabeza apoyada en la mesa y un gran charco de sangre a su alrededor.
El camarero, que fue el primero en acudir a socorrer al infortunado escritor, leyó lo que había escrito en la hoja que habían dejado aquellos energúmenos:
“De parte de tu club de fans: Que sea la última vez que finalizas una novela, matando al protagonista. Tus lectores son gente pacífica que prefiere que las historias tengan un final feliz. No lo olvides.

Nº 76 GUREA

Pedro Salinas: ¡Qué alegría más alta: vivir en los pronombres!

Gurea, así se llama el negocio que mi familia regenta todavía hoy en día. Creo que ya son más de treinta los años que lleva abierto el bar con ese nombre-pronombre y pocos son en la ciudad los que no lo conocen, a menos de oídas. Podía contar muchas historias, pero voy a contar la nuestra.
Yo tenía cinco años cuando mi padre se cortó dos dedos de su mano izquierda. Trabajaba en una fábrica de plásticos en Oricáin. El cortarse dos dedos no hizo que le cambiasen de puesto de trabajo. En aquellos años los dedos iban y venían, hasta que tres años más tarde, cuando yo tenía ocho, se cortó otros cuatro dedos de la mano derecha.
Fueron tiempos muy duros. Veía a mi padre sin seis dedos y con seis hijos. Yo, como era la sexta y más pequeña, me tocó jugar con él a la pelota en el salón inmenso de mi casa. Y digo inmenso, porque era un lugar demasiado grande y vacío para no poder hacer casi nada. No había dinero para amueblarlo.
Veía todas las mañanas a mi padre sentado en una silla, al lado de la ventana, cabizbajo, mirándose una y otra vez las manos, sin decir nada, sin poder hacer nada. A veces escondía su cara entre las manos sesgadas por el trabajo.
Se había convertido en un inútil. Sin dedos en las manos, poco se puede hacer, no ya cumplir grandes sueños, sino las acciones más simples, cotidianas y necesarias. Al principio le costaba comer. Tampoco podía ir a tomar algo con los amigos, pues no podía sujetar el vaso con la palma de la mano. Así que permanecía inmóvil en el salón, un hombre, fuerte como una roca, pero sin poder ni tan siquiera firmarme los papeles para ir a la excursión del colegio.
Yo me solía acercar a él, despacito, por detrás, queriendo jugar, le rodeaba con mis brazos. Le acariciaba, le peinaba con mis dedos su pelo moreno y le decía cosas bonitas, como papá te quiero mucho. Y sobre todo jugábamos, jugábamos con nuestras pelotas, la verde y la roja. Con las pelotas, poco a poco fue recuperando el movimiento en las manos entumecidas, tanto por el dolor físico, pero sobre todo por el dolor sobrecogedor de no ser capaz de trabajar más para sacar a la familia adelante, con una pensión de invalidez mísera. Poco a poco fuimos avanzando, él y yo. Yo a un lado del largo salón y él, al otro, lanzando al aire las pelotas. Nos las tirábamos el uno al otro y poco a poco, no se nos escapaban. Eran juegos sencillos, lejos de los que hacen algunos malabaristas callejeros, pero suficientes para cobrar ánimos para empezar a tener fuerzas para dar paseos por la ciudad. Largos paseos que eran para nosotros grandes excursiones, grandes logros.
Con el tiempo en aquel salón inmenso y vacío, empezamos a hacer puzzles juntos. Los hacíamos al principio de pocas piezas, luego de cien y después ya de más, hasta de mil. Él señalaba la pieza y yo la colocaba con mis manos pequeñas y ágiles. Aprendí rápido y a veces le ganaba. Mi mente se volvió tal ágil como mis dedos, así que acertaba antes que él qué pieza debía colocar. A través de aquellas diminutas piezas íbamos completando el puzzle de nuestra vida. Pero los puzzles, pequeñas obras, no daban para pagar los carros de comida que mi hermana tenía que acarrear cada día hasta casa.
Un día vinieron mis hermanos con una idea. Habían pensado en ponerse a trabajar los cinco juntos, pues habían oído que el Etna, un bar nocturno del barrio, estaba en venta. Costaba mucho dinero, pero creían que con mucho trabajo, y sobre todo, si todos trabajábamos incansablemente podía salir adelante.
Hubo discusiones sobre el nombre, si en castellano o en euskera, al final salió Gurea, “nuestro” o “el nuestro”. A mí al principio no me gustó mucho el nombre, pero hoy, treinta años después, creso que acertamos. Efectivamente, es nuestro, pero sobre todo nos ha dado el pan de cada día y la pieza que faltaba a nuestra vida. A mi padre, que durante todos los años que vivió y que trabajó día y noche, levantándose a la seis de la mañana para abrir y dar desayunos y casi., casi durmiendo allí, nunca le oí ni una sola palabra de queja, jamás, ni tampoco ni un solo mío o tuyo, sino siempre lo que salió de su boca fue un nuestro. Esa ha sido y sigue siendo la pieza: gurea.

Nº 77 PATÉTICO

Un vuelco al estomago. La puerta vieja vuelve a chirriar y sé que alguien nuevo entra. Nadie más levanta la mirada para ver de quién se trata. Bueno, tal vez la camarera, pero es distinto. Ella lo hace sin ganas. Para ella es más trabajo, más ruido, más que limpiar. A mi, cada desafino de esa vieja puerta, me devuelve vida.
Pero también me la quita. Cuando alzo la mirada, entre el miedo y la ansiedad, cada cliente no deseado me apaga todas las ilusiones. No puedo evitarlo.
Me digo a mi mismo que los nervios no me ayudan, que mucha gente debe entrar antes que ella. Me intento calmar entre chirrido y portazo. Me engaño pensando que el periódico puede distraerme. Paso las páginas fingiendo leer los titulares, aunque a esa velocidad sería impensable para mi ritmo de lectura…Pero eso nadie lo sabe, por lo menos con él puedo disimular algo la escena, tan típica que me da vergüenza, y pretendo hacer ver que no espero a nadie, que me encanta desayunar solo. Las mesas de al lado ya empiezan a sospechar y me miran de reojo.
Lógico, disimulo fatal.
Otra vez la puerta. La taza de café tropieza con el plato al bajarla bruscamente. Los de alrededor me miran, cada vez con más motivos. Se que están pensando que soy patético. Puede que lo sea. Pasarse media mañana mirando una puerta y un reloj es algo ridículo desde fuera. Pero cuando uno es el protagonista, a pesar de ser ridículo, merece la pena hacerlo una y mil veces. Unas gotas de café han caído sobre mi pantalón. Cojo dos o tres de esas servilletas de papel que por supuesto no secan en absoluto. Patético, patético, patético.
Entre tanto intento de evitar una mancha segura, una sombra no me deja distinguir el café del pantalón. Miro hacía arriba. ¡¿Pero qué estáis haciendo?! ¡Está a punto de llegar y yo bloqueado! Servilletas, café, manchas,…
- Hola vida.
Llegó. Esa sonrisa, mi luz, mi vida.
Qué patético. Si, vosotros, los de las otras mesas. Ya sé por que seguís mirándome. No tenéis la suerte de esperar a alguien.

Nº 78 Mi verdadero amor en el paraíso.
Era un día de tormenta cuando llegue a una estancia para hospedarme, era un lugar hermoso las cabañas miraban asía un lago. En el aire se sentía una hermosa fragancia de la tierra mojada. Al desempacar la valija alguien golpea la puerta de mi cabaña, cuando abro un hombre alto y de buen parecer me dijo
Si necesitaba algo estaba a mi disposición, yo se lo agradecí _pero en este momento no necesito nada_ le dije entonces él se marcho. Yo me quede pensando en ese hombre tan apuesto .Que quería volver a verlo. Todo el primer día llovió. Luego después de pasar la primera noche en esa cabaña, al la mañana salió el sol, cuando fui afuera me encuentro con otras chicas Que, estaban por ir a escalar en las montañas pero no pudieron porque el camino estaba muy empantano so. Quedamos todas en la cafetería de la estancia y allí entraron tres hombres el cual uno de ellos era el que, me ofreció su ayuda. El me saludo y se presento a las otras mujeres que, estaban conmigo, luego fue con sus amigos. Mientras estuve en la cafetería este hombre llamado Rafael no sacaba su mirada de mí. Al sentirme observada me levanto y me voy con mis nuevas amigas. Algo me pasaba cuando estaba cerca de él y todavía no sabía ¿Qué? Conté a mis nuevas amigas lo que, me pasaba ellas me dijeron que tal vez era amor a primera vista, yo le respondí que, era imposible enamorarme porque no creía en el amor, y mucho menos venir a enamorarme en mis vacaciones sabiendo que, tendría que, regresar a mi casa y con las manos vacías. Así paso esa mañana y llego la noche donde se aria una cena en la estancia. Fui a ponerme una buena vestimenta para la ocasión y cuando llegue a la estancia estaban bailando, me dirijo a la mesa donde estaban los tragos y allí
un hombre me toca la mano era Rafael, el cual me invito a bailar, yo muy sonrojada le dije que no me gustaba bailar, el me pregunto_ ¿si no me gustaba o no sabía? Entonces yo respondí que si sabia pero no me gustaba _ el con una vos desafiante me dijo _yo pienso Que, no sabes-entonces acepte bailar con el.
Cuando estaba en sus brazos, mi corazón latía muy fuerte me pareció que, el también se avía dado cuenta yo, no sabía que el también avía sentido que, su corazón latía como una manada de caballos.
Paso esa noche el me acompaño hasta mi cabaña yo le pregunte ¿Que, asía en ese lugar? el me respondió que se estaba escapando de un amor el cual fue su peor engaño. El me pregunta si yo creía en el amor a primera vista yo le dije _no. Entonces me voy dijo el yo le pregunte_ ¿Por qué? El me dijo _ desde que te vi no has salido de mi mente y de mi corazón _yo sin cruzar palabra lo beso y sentí que, el pecho se me iba a salir y le dije _creo que, yo también te estoy amando. Charlamos toda esa noche caminando bajo las estrella en esa hermosa estancia. Así pasaron los días y llego el momento de irme esa mañana amanecí muy triste devuelta, volvería a mi casa, a mi rutina y a mi soledad, pero alguien golpeo la puerta, cuando la abro estaba el, con sus maletas y me dijo _me encantaría quedarme en este hospedaje porque es un sueño aquí encontré a mi verdadero amor pero ella se va, y yo con ella. En ese momento no entendí nada y le pregunte que, quería decir con lo que, se iba y él me dijo _me iré contigo si tu quieres puedes vivir conmigo en mi departamento. Y así ahora soy su esposa, nuestra luna de miel fue en esa maravillosa estancia y todos los años vamos allí en la misma cabaña.

Nº 79 17
Con una sonrisa en la boca cerró su portátil, aún le quedaban un par de llamadas por hacer, y tan solo unos minutos para verlo.
Le encantaba aquella sidrería, era sin duda alguna su sitio, ese olor entremezclado a serrín y sidra, no concebía una vuelta a casa sin pasar por allí.
Estaba inquieta, feliz, aunque cierta nostalgia invadía su cuerpo, se arrepentía haber dicho “si” cuatro meses atrás.
Entraron por la puerta y se colocaron en la barra, del resto se encargó el, como de costumbre.
No sería capaz de calcular cuánto tiempo estuvieron pegados a la barra. Solo se acordaba que había ido al cuarto de baño y cuando volvía riéndose como de costumbre, en una mesa sentado, se encontraba él,
Rápidamente se quitó las gafas, se colocó el pelo, había esperado aquel momento 17 años. Solía decir a sus amigas que era la única persona que le podría hacer temblar y la única que tenía en sus manos cambiar su vida.
A la izquierda en la barra él, a la derecha en una mesa él. Comenzaron a hablar, apenas podía recordar lo que le había dicho, tampoco lo que el le había contado.
No había pasado el tiempo, seguía como la última vez que se habían visto, los dos sentados en el césped, bastaron un par de frases para saber que él había escogido su camino, lejos del de ella.
Miles de pensamientos se agolpaban en su cabeza, de repente se dio cuenta que su móvil estaba sin batería, que no se sabía el número, que no podía girar la cabeza a la izquierda y preguntarlo, no se atrevía a preguntar el suyo tampoco, demasiadas explicaciones…..
Le había dicho que volvería a finales de mes ¿porque no le había dado el teléfono de casa de sus padres?
No se acordaba como se habían despedido, solo que se giró a su izquierda apenas 3 metros y se volvió a tomar un culin de sidra, en cinco minutos les ofrecían una mesa en el interior, volvió a girar su cabeza a la derecha, de repente había demasiada gente en aquella mesa, “quien sabe probablemente se haya vuelto a casar”, pensó.
La puerta se cerró con el viento, no sabía que pasarían muchos meses hasta que pudiese volver a aquel lugar, ahora tan solo se preguntaba si algún día volvería a verlo.

Nº 80 ONE CALAMARI, ONE TORTILLA.

Cuarenta y ocho años y sin patria, por lo menos legalmente hablando. Cubano de nacimiento, marido infiel, padre devoto, vagué por el mundo buscando un futuro mejor para mi hija. República Checoslovaca, Bulgaria, Estonia, Lituania… Finalmente Reino Unido, Europa me cobijó en la sombra, porque yo no pertenecía ya a ningún sitio, el Gobierno de Castro jamás admitiría mi entrada en la isla a no ser que consiguiera otra nacionalidad y pudiese entrar en calidad de turista.
Llegué a Bristol, los principios fueron duros, como en todas partes cuando tus papeles no te acompañan, la lengua y las gentes no son conocidas y te ves obligado a hacer los peores y menos remunerados trabajos. A los meses, a través de un amigo, llegué a La Tapa, un restaurante español situado cerca del Groove, buscaban un barman. Me presenté ante Juan, el encargado, manager como lo llaman aquí. Era un español que llevaba varios años afincado en esta ciudad y que mayoritariamente contrataba españoles para ayudarles cuando llegaban y aún no sabían desenvolverse, era serio, me pareció honesto y tras la entrevista empecé a trabajar allí. Exceptuando la parte de la cocina, el equipo de La Tapa estaba formado en su mayoría por chicas, Juan decía que las chicas jóvenes son más constantes y trabajadoras que los muchachos, y desde luego no se equivocaba. Algunas de ellas, las que llevaban menos tiempo, apenas se defendían con el idioma, pero se comían el salón y suplían su falta con el salero y simpatía típicos de los españoles. “One calamari, one tortilla”, cantaban siempre con guasa por la sala. Nunca había estado en España, pero me sentía ya un español más, entre tapas de jamón, platos de paella y sangría. Y por supuesto entre las niñas.
Poco a poco, me convertí en la mano derecha de Juan, él se encargaba de contratar el personal, de los pedidos, el papeleo… Pero el salón lo llevaba yo. Papi, como me llamaban las niñas, se convirtió en la palabra más pronunciada del restaurante. Papi esto, papi lo otro… Me volvían loco, pero esa clase de locura que vuelve loco a un padre con sus hijas, que fue en lo que se acabaron convirtiendo todas y cada una de las chicas que pasaron por allí. A parte de los problemas típicos del trabajo, acababan contándome todo tipos de problemas personales: un novio que las dejaba, otro que llegaba a sus vidas, una pelea con una amiga… Y yo recordaba con nostalgia a Yanisbel, mi única hija de diecinueve años, pensaba en si habría alguien más haciendo de padre para ella, si también le romperían el corazón o si sería ella la que se lo rompiese a los demás.
El 20 de septiembre de 2008 hubo una inspección de trabajo y me llevaron preso, no tenía permiso para trabajar ni vivir en Reino Unido, tampoco para volver a Cuba, ¿dónde debía estar? Mis españolitas, como las llamaba yo, se presentaron en comisaría con pancartas pidiendo mi libertad e hicieron una recolecta de dinero para ayudarme. Aún así, me subieron a un avión para deportarme, aunque claro, la cuestión era a dónde. Me llevaron hasta Cuba para nada, crucé en menos de 30 horas dos veces el Pacífico, una para ir, la otra para volver, no les quedó más remedio, ya que las autoridades cubanas no permitieron mi regreso. Yo miraba el océano y pensaba en Yanisbel, tan cerca, tan lejos.
Vuelta a Bristol, estudiaron mi caso, ¿cómo podían denegarme el permiso a trabajar si debían darme asilo? Las cosas se calmaron y gracias a la tenacidad de Juan, para el cual ya llevaba tres años trabajando, y el apoyo incondicional de las chicas conseguí mi residencia.

Ha pasado un año y medio de todo aquello y en pocos días iré a Cuba otra vez, como turista, podré sentir mi tierra y como padre podré volver a abrazar a Yanisbel. He ido a despedirme de las niñas del restaurante, estas van a ser mis primeras vacaciones en casi cinco años y me va a costar estar lejos de esas niñas que siempre me miran sonrientes. Miro a las que están ahora: Lourdes, Mar, Mariló, Lorena, Joana, Yunia, Reyes… Y pienso en las que se fueron y aun así siguen estando: Loli, Tonia, Julia, Mamen, Saray, Natalia, Monia, Dayana, Lucía, Pilar, María…
-Papi, pórtate bien.- Me dicen.- Y dale un beso a tu hija de nuestra parte.
-Ay mis niñas, dénle duro mientras no estoy… ¡Machete con ello!- Contestó yo mientras se ríen.- Las voy a extrañar.
-Papi,- gritan mientras tomo el pomo de la puerta para marcharme de una vez- ¡One calamari, one tortilla!
Una lágrima asoma mis ojos, así que me voy sin mirar atrás. ¡Tengo tantas cosas que contarle a Yanisbel!

Nº 81 SOLA

Dos y cuarto de la madrugada.
Comencé a caminar ensimismada hacia ningún sitio intentando ordenar en mi cabeza todo lo que acababa de suceder. La bruma de la noche gélida, que apenas dejaba intuir el perfil de la luna, contribuía a incrementar el sentimiento de tristeza que me asolaba. Ahora todo se había derrumbado. ¿Cómo era posible que dos personas que habíamos compartido tanto nos hubiéramos dicho semejantes barbaridades? Al final, tres años tirados a la basura y de nuevo la soledad.
Entré en un bar que extrañamente permanecía abierto a esas horas. Unas cuantas mesas de formica con las sillas encima, apiladas del revés, trozos de humedad en el suelo recién fregado y un vaso con tres margaritas de plástico al final de la barra, no eran los ingredientes idóneos para combatir mi frustración; pero no tenía alternativa.
Estaba casi vacío. Al fondo del corredor, unos novios restregaban sus cuerpos en una amalgama de abrazos, escotes y sudor. El ruido lejano de un lavaplatos atronaba machaconamente en mi cabeza, y el parpadeo estúpido de un fluorescente estropeado entrecortaba las imágenes de mis recuerdos. Pedí un café bien cargado y busqué una mesa apartada de los jadeos de la refriega juvenil. Me dejé caer en la silla mientras la nostalgia me retornaba a escenas absurdas, que hacía tiempo que tenía olvidadas. Con absoluta desgana rasgué el sobre de azúcar y comencé a remover el café, sola con mis pensamientos y sus mentiras.
Una voz que me pareció tierna me hizo volver a la realidad:
- ¿Quiere que le cambie la taza? Se ha derramado un poco de café al moverlo.
- No, no, gracias. Está bien así, contesté sin poder dejar de mirarle a los ojos.
Brillaban.
Me mantuvo la mirada unos segundos, sonriendo como un embaucador de feria. Un poco confundida, bajé la cabeza y me puse a recoger con una servilleta de papel el café caído sobre la mesa. Cogió mi mano lentamente y la apartó con delicadeza sin decir nada. Limpió el café derramado y se llevó la taza, mientras yo moldeaba con la mirada su figura de espaldas, desafiante y perturbadora.
En un instante había traído dos nuevos cafés y se situaba frente a mí con una propuesta de tregua. Estuvimos hablando toda la noche. De la vida, de él, de mí, de su perro, del otoño. Reímos, nos exploramos, más café, dos copas y un alto el fuego en medio de una batalla sin muertos. Una tras otra fueron transcurriendo las horas. No sé cuándo nos dejaron solos y no recuerdo si el lavaplatos dejó de funcionar, o si el fluorescente al final terminó por fundirse. Solo sé que fui feliz en aquel bar.
No lo he vuelto a ver. Han pasado tres días y no puedo apartarlo de mi cabeza. Tengo sus miradas y sus risas clavadas en mis entrañas.
A lo mejor, simplemente, es que me he enamorado.

Nº 82 SI UNO QUIERE COMER, COME

- “Buff chicos, creo que deberíamos para de andar un poco, tengo los pies molidos. No os parece que sería un buen momento para ir a comer, yo al menos tengo hambre, por favor!!”.
Les rogué a mis amigos con tono lastimero para que se apiadasen de mí. Llevábamos desde las 8 de la mañana en pie y no habíamos parado de caminar por toda la ciudad. Beijing puede ser una ciudad emocionante, deslumbrante, pero con la barriga llena las cosas se aprecian mejor. Y después de haber visitado el templo del cielo, y la ciudad prohibida, para la tarde nos quedaba un reto apasionante, sumergirnos en el mercado de la seda, mercado cuna del regateo, en el que debíamos de ir bien alimentados pues este ejercicio supone un gran desgaste.
Convencidos mis amigos, y según caminábamos por el hutong (barrio humilde), pequeños restaurantes se ofrecían repletos de gente local, que incluso sentados en la calle en pequeños taburetes y mesas de madera, comían apresurados cuencos de arroz con guarnición de verduras algunos, sopas de aspecto raro otros, y platos de manjares difíciles de adivinar el resto.
Encogidos, curvados, muchos de los chinos locales que raudos devoraban su comida, proyectaban una sensación diferente a la que nosotros entendemos que es el acto de sentarse en una mesa. Manejando los palillos con destreza, estos eran hundidos en el cazo y acercándose el recipiente a la boca, engullían grandes dosis de alimentos.
Esta visión, aderezada con la que el entorno proporcionaba, calles estrechas, desbaratadas, con una maraña de cables eléctricos y de teléfono que sobre nuestras cabezas se enredaban entre postes, casas y farolas, todo, hacía disfrutar del sabor de lo cotidiano, de lo humilde, de aquello que se tiene que apreciar más allá de las rutas habituales de turistas.
Pues bien, navegando por este contexto y después de sopesar varias opciones, decidimos entrar en uno de estos restaurantes para saborear la comida local. Nada más entrar, una pequeña y delgada mujer, con la sonrisa y amabilidad característica de los orientales a la hora de recibir a los extranjeros, nos acomodó en una mesa circular que contaba con un típico cristal central que giraba en el interior de la mesa.
A los pocos segundos aparecieron de la nada, como si de soldados Ninja se tratasen, cuatro camareros que en un tiempo record, ya les gustaría a los mecánicos de fórmula uno, adecentaron y prepararon la mesa con todos los utensilios necesarios, mantel, servilletas, palillos, cuencos, etc. Acto seguido, y como siguiendo un ritual perfectamente descrito y programado, la misma chica que nos había acomodado se ofrecía ya, amable y sonriente, para comenzar a tomar nota. La expresión de todos nosotros fue, “Madre de dios!!, pero si todavía no me he quitado ni la chaqueta”.
Como es lógico, le solicitamos unos ejemplares de cartas que rápidamente nos fueron expuestas en la mesa. Menos mal que existía quórum en todo el grupo en lo que se refiere a la bebida, y aprendida la palabra mágica “Pijou” (en chino Cerveza), la pudimos colmar el deseo de tomar nota cuando menos con la bebida.
Pero lo mejor estaba por llegar, todas las cartas estaban escritas en chino, y nuestros conocimientos ni por asomo llegaban a interpretar ninguno de los signos que allí figuraban. De nuevo con la mujer china esperando para tomar nota, la preguntamos si sabía algo de inglés, para ver si con el idioma de Shakespeare nos podíamos apañar. Pero la mujer con un gesto negativo dejó claro que no sabía nada.
Entre nosotros empezó a surgir un sentimiento de zozobra y amargura, y después de haber salvado el difícil momento de decidir a que lugar entrar para comer, se nos presentaba la complicada afrenta de comunicarnos para solicitar unos platos de comida. ¿Qué íbamos hacer, cómo nos podíamos arreglar?.
La solución surgió en ese momento (el hambre agudiza el ingenio), y funcionó de manera excepcional. Uno de mis amigos representó con dos dedos sobre su cabeza a modos de cuernos, y exclamando “Muuuuuu” a una vaca, en mi caso y con más timidez exclamé “Oink, oink, oink” con la ilusión de solicitar un plato de cerdo agridulce, y un tercero, para completar la comedia, rizo el rizo, y con sus brazos encogidos sobre sus costados moviéndolos de fuera hacia dentro, más exclamando “Popopopoooooooo”, pretendió solicitar algo de pollo.
La cara de la mujer china que tomaba la comanda, no podía reprimir proyectar risas, y teniendo en cuenta que suelen ser personas muy vergonzosas, pasó un momento embarazoso, que sumado a las miradas sorprendidas de camareros y resto de clientela china, nos dejó un momentazo mágico-artístico que os relato. ¿A que si se quiere comer, se come?

Nº 83 CENA PARA EL RECUERDO

El camarero le acababa de servir el vino que había solicitado y aguarda paciente al lado de la mesa a que el cliente degustara su sabor. El cliente cogió la copa que acababa de llenar al camarero y con un leve movimiento de muñeca observó la textura y el color rojo de aquel tinto.
La luz del restaurante era tenue y la atención del cliente estaba centrada en la copa de cristal que ahora acercaba a su nariz para poder apreciar los olores intensos de aquel vino.
Cuando había acabado de degustarlo y se dirigía a darle su visto bueno al camarero su voz se paralizó, sus sentidos se congelaron y su mirada se fijó en aquella joven que acababa de entrar por la puerta; no sólo por su belleza, su sencillo porte y la delicada sonrisa que cubría sus labios sino porque conocía a aquella chica, pero no recordaba de qué.

El tiempo se detuvo en la mente del cliente, mientras su mente comenzó a trabajar a toda velocidad, un aroma, un paisaje, un tiempo pasado y un recuerdo llegó a su memoria; era Laura, la primera chica a la que había besado en las playas de Lekeitio, aquel verano de hace tantos años que la memoria había dejado de contar el tiempo. Era su primera novia, con una belleza detenida en el tiempo y una dulzura que no debió nunca haber olvidado.

De repente cerró los ojos y se encontró en la playa, a su lado, riendo, tomando un helado y mirando como rompían las olas sobre el camino que lleva al pequeño islote que corona el bello pueblo costero.
El tiempo volvió a cobrar vida, las manillas del reloj corrían a toda prisa, al igual que el corazón del cliente de la mesa cuatro, aquel solitario cliente que acudía todos los jueves para degustar el nuevo plato de la carta y un buen tinto, que previamente cataba con gusto y paciencia.
Laura entró distraída en el restaurante y buscó a su acompañante , mientras la mirada del cliente de la mesa cuatro, Jorge, se dirigió hacia el fondo del restaurante, en busca de su acompañante, guiando son su mirada sus pasos y con sus recuerdos el corazón de la joven, como queriendo llamarla pero temiendo ser descubierto por ella.

Era un joven apuesto el que la esperaba, elegantemente vestido, cuyos ojos brillaron al ver a Laura dirigirse hacía su mesa . Como un buen caballero se levantó para ayudarla a sentarse y comenzaron una conversación agradable y alegre.
Jorge, volvió a su mesa, a su presente, a la soledad de su vino y a degustar el sabor de la Lubina a la Espalda que le acababan de servir, y trató de recordar qué fue lo que pasó entre él y Laura, su primera novia, promesas incumplidas, amores juveniles, veranos en los que el sol y el cielo despejado hacen que las cosas parezcan más sencillas y que el tiempo que está por venir nunca te defraudará.
El camarero que había servido la cena de Jorge, contempló el rostro de su fiel cliente, aquel que lloviera, nevara o estuviera cansado acudía cada jueves a la misma hora al mismo restaurante y pedía la misma mesa, la cuatro, para degustar el nuevo plato de la carta. Y viendo por primera vez en tanto tiempo esa chispa en sus ojos, esa mirada posteriormente perdida y nostálgica fue su cómplice y le devolvió una mirada amiga, una mirada llena de afecto comprensión.

Jorge cogió el tenedor de cuatro púas y degustó ese rico pescado , que todavía caliente esperaba deleitar el paladar de aquel cliente.

Cerró los ojos y se dejó llevar por las olas que rompían sobre el pequeño islote que preside el bello paraje costero de Leketio, comenzó a escuchar las gaviotas, notó la brisa salada sobre su rostro, le pareció estar comiendo un helado de chocolate mientras el sol le bronceaba la cara y sintió que el tiempo no había pasado, que era aquel joven que soñaba con ser arquitecto y construir bellos y emblemáticos edificios en su ciudad y viajar por todo el mundo.

Al abrir los ojos leyó en su móvil un mensaje: “ Jorge , recuerda traer mañana escaneados los planos del nuevo edificio”, lo apagó y siguió degustando aquel sabroso plato mientras decidió que aquel fin de semana iría de excursión a la playa, hay cosas que no se deben postergar tanto tiempo se dijo, y pensó de bueno en las olas rompiendo sobre aquel islote que tanto añoraba.

Nº 84 EL HOTEL REGIS
Eso sí que era dicha, me lo puedo imaginar, cuentan los que lo vivieron que fué el hotel por excelencia en sus mejores épocas.
Se daban cita todo tipo de personajes del momento desde políticos hasta las muñecas de la casa de la Bandida pasando por estrellas del cine nacional e internacional personajes del mundo del deporte así como todo tipo de personas de la sociedad en general, lo que se dice todo un lugar
Si, las muñecas de la Bandida que iban a consentir a clientes especiales en baño matutino de vapor, si supiera las historias que se cuentan hasta de presidentes que barbaridad, pues si el hotel Regis tenia todos los servicios desde peluquería, restaurante, bares, tabernas cafetería, farmacia, cine, salones de baile, centro nocturno y por supuesto habitaciones…
Y hablando de habitaciones, entre las historias que se cuentan es que en una de las remodelaciones por allá de los años cincuenta le hicieron la suite presidencial con todo el lujo imaginable, habitación exclusiva para las grandes personalidades del momento: entre las personalidades que las paredes de dicha habitación albergaron estuvo Frank Sinatra y su hermosa esposa Ava Gadner y también se dice que cantó a dúo con Pedro Vargas acompañados al piano por Agustín Lara y de público la no menos hermosa Maria Félix esposa de Agustín en esa época en el Capri no menos famoso centro nocturno del hotel; se lo pueden imaginar fama con fama y lujo sobre lujo y belleza contra belleza.
Es grande la lista de personalidades que se hospedaron en dicho hotel y mucho más larga la lista de historias que hasta el día de hoy siguen vivas…
Como tal vez las últimas que quizás algunas quedaron plasmadas en las planas de los periódicos ya que las paredes del hotel se derrumbaron para siempre el 19 de septiembre de 1985 como una consecuencia del temblor que sufrimos en la ciudad de México.
Pero existe una historia que se manejo en los ámbitos políticos cuando expropiaron el predio donde se ubicaba el hotel con el pretexto de hacer áreas, verdes: por más que insistieron los dueños y se ampararon y a pesar de pertenecer a una familia de empresarios de prestigio, no lograron convencer al presiente en función.de. Convertir el predio en una absurda plaza de concreto.

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Nº 85 La marca
Mi novia Ane, y yo, nos habíamos animado a alquilar un céntrico piso, cercano a la
estación de la FEVE. Un chollo el precio, un desastre su estado de conservación. Cuando
entramos, apenas había muebles; un par de butacas rojas, una negra mesa de comedor que
rápidamente pintamos de blanco, y un desgastado y manchado sofá. Aunque la cocina
disponía de los electrodomésticos más básicos, el baño distaba mucho de ser perfecto; más
adelante, tuvimos que hacer algunas reformas. De todas maneras, el piso enseguida empezó
a recobrar vida (llevaba meses deshabitado), al recibir con evidente alegría nuestros propios
trastos: colchón, somier, sillas, televisión, microondas, platos, vasos, libros. Con el tiempo,
una vez realizados los arreglos más urgentes, nuestros problemas domésticos tomaron, poco
a poco, un cariz más decorativo. Fueron las paredes, que cumplían sin problemas su función
más básica (la de cobijarnos), las que empezaron a destacar demasiado; y no para bien. Lo
reconozco, algunas estaban, y están, muy deterioradas.
Ayer fue el día de nuestro primer aniversario. Se daban dos circunstancias que nos
permitieron alcanzar un rápido acuerdo respecto a la correspondiente celebración. Por un
lado, era sábado; por otro, se inauguraba, en el local del bajo de nuestro bloque, un
restaurante chino. Ambos firmamos con un beso un tratado por el que ella, sacrificando la
idea de acudir a un lugar con más clase, y también a cambio de sufrir de una más que
probable descomposición programada para el día de hoy, tenía en cuenta que nos íbamos a
ahorrar cierto dinero para poder destinarlo a la compra de una muy necesaria pintura. La parte
del vil acuerdo que me concernía a mí incluía el disfrute de una ilimitada sesión dedicada a la
más pecaminosa de las gulas (me zampé algo así como trescientos gramos de salmón fresco
en tiras), consistiendo mi expiación en dedicar la mañana de este domingo a lijar las paredes
del salón. Algo que no ha llegado a ocurrir; aunque Ane sí que ha tenido que visitar el baño
con un poco de urgencia. Justo antes de marcharnos a comer a un conocido, y distinguido,
restaurante, cercano a la ría, al cual le he invitado yo.
Todo iba bien ayer hasta que llegó el momento de los postres; en el que precisamente
ella se fue al baño. Volvió a la mesa en la que estábamos cenando con un rostro cuyo tono
era más pálido que las sábanas del Carlton (y que conste que sé de lo que hablo, porque en
mis tiempos estuve trabajando en este hotel como camarero de habitaciones).
Joseba me dijo, como asustada, a la vez que intentaba cogerme la mano
izquierda una de las baldosas del baño me ha hablado.
Yo estaba a punto de llevarme una tercera, y generosa, ración de flan casero a la
boca. Dejé la cuchara con su carga sobre el plastificado platillo.
¿Qué dices? ¿Estás bien? ¿Te ha sentado mal el sashimi? la asalté con este tipo
de preguntas, hasta que me di cuenta de que estaba perdiendo el tiempo.
He empezado a escuchar una voz masculina. ¿Y sabes lo que me ha dicho? Es
increíble. Que me ha reconocido. Que lo que me hablaba no era sino uno de los azulejos que
echamos a la basura cuando hicimos la obra en nuestro propio baño. Que los chinos le
secuestraron. Que el pobre lleva ahí medio pegado más de dos meses. Por fin, lo he
localizado cerca del techo, justo encima del lavabo. Se movía. Estaba como epiléptico,
bailaba.
Un momento, Ane. ¿Hay algo que hayas probado tú esta noche, y no yo? Piensa
un poco.
Me soltó la mano. Hurgó en su bolso. Puso sobre la mesa una blanca losa de baño,
de las cuadradas, de las de toda la vida. Y la reconocí; delante mío, vi, en una de las esquinas
del azulejo, una marca que pintamos Ane y yo con un pintalabios una noche en la que nos
desfogamos en el baño. Inconfundible.
Tú eres el que deberías pensar un poco dijo ella, levantándose de la mesa, y
dejando el restaurante.

Nº 86 CONSOLACION A TIMSHA*

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Timsha sueña con un dedal de té casero. Viento. Queso fresco y nata agria. Mama. Ashia; un nombre que sabe a agua fresca, dulce, con cuidado. Timsha se siente mal al perder el tiempo, como las ciruelas claudias se agrietan al final del verano, cuando todo revienta y explota.
Un inmigrante menor ha dado a parar a un centro de acogida, donde, la comida tiene a todo el patio dando gritos por el rechazo que produce. Hay un vigilante cegato, cegato, de uniforme sucio, barrigudo, con cara de jabalí verrugoso que nunca atinó al hocicar y que al de cinco pasos de iniciar su concienzuda primera ronda periférica, debajo de la higuera se duerme tieso, con la cabeza a punto de rodar. Tras un concierto de arruos magnetofónicos al punto despierta e intenta disimular aquello a la vista de todos. Este hombrecillo canijo, que todas sus fuerzas las acumula a la hora de comer unos callos con tomate, gusta recitar entre risas de pirata a los chicos: ¡Salve, hijos! ¡Dios os salve, callos, llenos estáis de vicios, Satán es con vosotros, y sanos vosotros sois entre todos los callos de Rey! ¡Dios os guarde a todos! ¡Estáis apañados! ¡Ya podéis despediros de vuestros sacramentos y morcillas! ¡Y de Trespaderne!… ¡Exprimid el zumo de limón, como todo el oro del día! ¡Esto es buena vida!
A ellos. Los chicos. Tan alejados culturalmente del idioma del bate y de esos platos que el vigía sueña despierto como si del mapa del tesoro se tratase, solo les resta esperar:…el encebollado, los guisos de liebre, el pescado con salsas, la tortilla; y los melindres: turrón de sésamo, galletas con granos de amapola, frutas, cigarrillos…el estomago siente un pequeño bienestar. Su boca bosteza. Los ojos se angostan por una dulce somnolencia. Primero es como una embriaguez, le parece, al dormirse que la solidez del mundo cede ante la ligereza del sueño. El sueño. La vehemencia de sus deseos suspendida en un abandono completo. Sostiene un cigarro con sus manos insistentes y rollizas. Se le escapa el mechero de las manos y ya no oye el sonido claro que hace sobre la madera hueca, sino solo arena sobre arena. Acurrucado ya en postura de cuerda desordenada…y los picaros, mejor dicho, los bandidos, ladrones, granujas, bribones, en fín!…esos chicos que la jauría de personas decentes vemos pelar la pava sentados en las escaleras de la Plaza de Unamuno; a estos chavales se les ofrece la oportunidad de afanar cuatro botes de Nutela, pero Timsha, cansado de nocilla aspira a una enorme lata de atún y un puñado de dátiles y se va el último dando un portazo… Luego, un crujido sordo del suelo vagamente percibido a través del sueño despierta al tragón y al punto descubre al muchacho aporreando con una teja en punta una lata… y Timsha, sin instrucciones para adentrarse en el bosque se ve corriendo mientras piensa en la sanción: no papeles, no dinero, no podré llamar por teléfono a mi madre… atraviesa despavorido el bosque de camino a la ciudad. No se ven tejados. No se oye ningún ruido. Ya en las Siete Calles. La noche. Se siente solo y con la luna: una rodaja dorada de melón.
Cuando el vigilante realiza el turno de noche, mientras las ratas mordisquean los chicles pegados al suelo del comedor, duerme a pierna suelta. En el parte de turno, sucios las mas de la veces, reza un “Timsha no ha regresado, ni se divisa individuo alguno cerca del perímetro”; y un “SIN NOBEDAD APARENTE” de párvulos” patinando sobre la grasa de pollo con menestra pero por igual motivo honorífico, brillante y como espolvoreado con trocitos diminutos de perlas y marfil.
Esta noche los colores en el sueño del vigilante nocturno apenas brillan. Un sueño negro: La fuerte mandíbula de su padre cubierta por una barba hirsuta, como si mascara granos de maíz no paraba de moverse, incluso un atisbo de risa manaban ilimitadamente de los ojos negros como el carbón de su boca de sapo que en sueños le amenaza con un grueso bastón. Y despierta. Es Timsha el que aparece, sin frio, sin hambre y empapado de disolvente. Todo le parece amable. Se acerca a un vigilante que le amenaza con su porra. —¡Quiero comer! dice el chico.
A Timsha, drogado, le costó mucho dar fuego al colchón de su cama. Luego, con los ojos color cobre, abiertos directamente al fuego… se tumbo en la arena a tomar el sol… Otro chico le despertó zarandeándole y gritándole loco. Salto la tapia del cementerio y se tumbo en la primera lápida con la que tropezó. La niebla parecía retener la lluvia en el aire. Cuando escuchó a la policía y a los perros, de miedo se meo en los pantalones. Un policía le llamo desagradecido por rechazar el trozo de bocadillo de jamón serrano que en comisaría le ofreció.

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* En marzo de 2008, la prensa vizcaína venía sacando a la luz los incidentes protagonizados por los menores inmigrantes no acompañados repartidos en varios de los centros de acogida y en sus alrededores. Resaltemos: “Un menor da fuego a su habitación y provoca un incendio en el centro del G…. tras una pelea por comida entre él y un vigilante”, “Protestas vecinales por el cercano y problemático centro de emergencia de menores inmigrantes del G….”. El testimonio de una vecina: “uno de estos gamberros ha llegado a mear en la tumba de un familiar”.
Con este texto no se intenta que la naturaleza entone un himno de alegría por un buen pensamiento dedicado al sapo. Ni tan siquiera desmentir la merecida mala fama de la urraca. Se pretende una consolación hacia la simplicidad de su mirada; a este menor ya repatriado, que solo él conocerá hoy el sabor del pescado crudo, cuando el sol caiga plomo en el puerto de Tánger.

Nº 87 Un café con un barco.
El otro día sentada en un café de Deusto mientras esperaba, vino a mi memoria los La Naval de Euskalduna., factoría que abrió sus puertas en 1.900 dedicada a la construcción de barcos de todo tipo y tamaño, y después, durante la guerra civil, a la producción de hierro y acero.
Pero esta fábrica cerró sus puertas al principio de los años 80, después de un violento proceso de conflictividad salpicado de innumerables batallas campales entre obreros en defensa de sus puestos de trabajo y la autoridad gubernativa que había diseñado nuevos caminos de progreso Hoy en día se levanta en su lugar El palacio de Euskalduna, una magnífica sala de congresos y actividades culturales de muy diverso tipo. Y un Museo Naval
Me sentía como si fuera yo el barco que .. Incluso podía notar cómo se hundían los clavos en las maderas me esteban construyendo mi esqueleto Los operarios cogían maderas. Y sus mástiles El tiempo volaba y yo, ya estaba terminado y ahora empezaban con el casco, los clavos y tornillos eran todavía más grandes y seguro todavía me iban a hacer más daño.
Y pensé” e incluso grité, ¡Ay!
“Bueno para vestirme supongo que para ello tendré que sufrir.”
Seguía mirando la ría, de un color gris como el día con la mirada pérdida, cuando el camarero al darme las vueltas me despertó de mis sueños.
Pero el barco al que había clavado mis ojos, seguía mirándome.
Vaivén

Nº 88 UN COMÚN DENOMINADOR
Maldigo el día que empecé a trabajar en aquel bar. Maldigo el primer café que la
serví, las noticias que comentamos, la amistad que enseguida entablamos, el como
fuimos pasando poco a poco de hablar del tiempo a tratar de ellos, de nosotros, y
de todos.
Porque quiero olvidar y no puedo, el momento en que, con lágrimas en los ojos, me
confesó que su marido le engañaba con otra mujer, y al describirme a ésta,
entonces descubrí que yo también y sin quererlo formaba parte de aquel engaño

89º ARROZ NEGRO CON TROZOS DE MEMBRILLO

El día era gris en Bilbao. Angelines, junto a su amiga Mónica, lo visitaban. Era su primer viaje en muchos años. Angelines, primero no viajaba porque tenía que atender el restaurante, junto a su marido y su hija; y, después, cuando se quedó sola y cerró el restaurante, porque era tanta la tristeza que le embargaba que apenas tenía interés en otra cosa que lamentarse de lo perdido. Pero habían pasado ocho años ya desde aquello y la suerte quiso que, en una de esas llamadas de teléfono al azar en un concurso de televisión, le tocara un viaje a Bilbao. En un principio pensó en rechazarlo, pero su amiga Mónica insistió tanto…
- Vamos a ver el “guggenheim”. Parece tan bonito… –le decía.
Se encontraban en la explanada exterior del Museo Guggenheim, que habían recorrido a lo largo de la mañana. Se pusieron a caminar sin rumbo, sin saber donde comer aquel día, hasta que se toparon con un restaurante de aspecto ancestral. La fachada encalada, la puerta rústica en madera oscura y farolillos colgantes de forja en las paredes. Angelines sintió la llamada de aquel restaurante. Entraron. Parecía una cueva blanca con sus pasadizos y recovecos secretos, que formaban pequeños ambientes a la luz de las velas. Quedaron cautivadas.
El “maître” de elegante negro salió a su encuentro, les dio los “buenos días”, les invitó a sentarse en una mesa en un rincón pequeño pero coqueto y, una vez sentadas, les entregó la Carta de los Arroces.
Después de un rato con la vista sobre la Carta sin decir nada, Mónica se atrevió a romper el silencio.
- ¿Qué vas a pedir? ¿Tomamos un “arroz a banda”?
- De sobra sabes que no será arroz con atún, sino con calamares. –contestó Angelines.- ¿Has visto? La mitad de esta Carta es idéntica a la carta que yo tenía en mi restaurante.
- No te sientas tan especial. Casi todas las Cartas son iguales, carne, pescado, ensaladas… ya se sabe.
- ¿El “arroz negro con trozos de membrillo”, también?
- Pues ya ves que sí. ¿Qué creías, qué era exclusivo de tu restaurante?
Pidieron “arroz negro con trozos de membrillo” para dos. Mientras se cocinaba, tomaron unos entrantes acompañados de txakolí de Guetaria. Y llegó la tan esperada paella, humeante. Angelines se envolvió en su olor, se regodeó en él, su mente viajó a los momentos felices en su restaurante. El camarero no dejaba de mirarle mientras puso la paellera sobre la mesa.
- ¿Has visto como me miraba el camarero? –preguntó a su amiga.
- Le habrás gustado. –dijo Mónica con cierto “retintín” mientras servía el arroz en los platos de porcelana.- ¿Cuánto hace que no comías este arroz?
- Desde que me quedé sola. Ocho años. -Suspiró.- ¿No tienes la sensación, Mónica, de que alguien conspira en este restaurante? Me tomo unas vacaciones para olvidar y resulta que no puedo dejar de pensar en mi familia. Resignación.
- Ya pasó, no tiene vuelta atrás. Además, tampoco eran tan descabellados tus celos. Cualquier otra mujer, en tu situación, habría pensado lo mismo. Se les veía tan cómplices a tu marido y tu hija… Tu marido sólo veía por los ojos de su hija. Y ella no tenía amigas, ni interés por los chicos…, todo era “papi, tenemos que ir acá”, “papi, tenemos que ir allá”…
- No debí perder los nervios, pero enloquecí. “Se ríen de ti. Mira como se ríen de ti”, me martilleaba una voz en la cabeza. Y caí en la trampa. “Quieres robarme a mi marido”, le dije a mi hija. Luego, la eché de casa. “No vuelvas nunca”, le dije al salir. ¡Qué vergüenza! No sabes, Mónica, lo arrepentida que estoy. Lo que más siento es que maté a mi marido del disgusto.
- Fue un infarto. A cualquiera puede pasarle. Venga, Angelines, dejémonos de historias tristes, disfrutemos de este delicioso arroz que, por cierto, tu no lo harías mejor…, -ríe con complicidad-, y de los alicientes de Bilbao. ¿Qué te apetece hacer esta tarde? ¿Vamos a ver la revista de La Otxoa en el Teatro Arriaga? Cuando acabaron de comer el arroz, el camarero retiró los platos y les entregó la Carta de postres. Volvió a mirar a Angelines con atención, parecía que iba a decir algo pero se alejó sin decir nada. El postre estrella de la casa era “leche frita con arándanos sobre crema de manzana”. ¿Cómo no recordar Angelines a su hija si le encantaba la repostería, y el postre de leche frita lo bordaba? El camarero les puso los postres sobre la mesa y, antes de irse, por fin le dijo a Angelines que se parecía mucho a alguien que él conocía.
- Mira, Mónica, la presentación del postre es idéntica a la de mi restaurante. -dijo Angelines con la vista en el plato.- Lleva los arándanos formando una “A” de Angelines sobre la crema de manzana. O alguien ha plagiado mis platos o… -Hizo una pausa. Se ahogaba de emoción.- Creo que me va a dar algo…
- ¿Qué harías si te encontraras con tu hija? –le preguntó de pronto Mónica.
- ¡Uf! La abrazaría muy fuerte y le pediría perdón, mil veces.
En aquel momento Angelines vio que el camarero que tanto la miraba se le acercó. Le dijo.
– Perdone usted mi atrevimiento pero tal vez le interese felicitar a la cocinera. –Y, en diciéndolo, se retiró a un lado.
Dejó al descubierto a una mujer con traje blanco y cofia sobre pelo negro azabache, el vivo retrato de Angelines.
– ¡Mamá! ¡Oh, mámá! ¡Qué alegría!
Un rayo de sol entró por la ventana en aquel día gris. Angelines se iluminó.

90º DAÑOS COLATERALES
Las guerras no se ganan sin daños colaterales, aunque siempre puedes pedir asilo político para mitigarlos, y eso es lo que hice. Aunque todo comenzó mucho antes, claro, cuando coloqué aquel póster de Betty Boop en el baño de las chicas. O tal vez antes, cuando Reveca (nunca ha querido decirme por qué escribía su nombre con uve), reapareció en mi vida, un verano, después de muchos años en los que apenas se pasaba por el bar, y nuestros encuentros se reducían a hola y adiós y algún beso, casi a traición, en la mejilla, de esos de compromiso festivo. Pero aquel verano fue como si pensara quedarse para siempre. Tal y como yo la recordaba, muy guapa, con el pelo muy largo y los ojos más grandes, uno algo más claro que otro, eso es lo que más me gusta de Reveca, que su ojo derecho es de un marrón más claro que el izquierdo, con un toque de verde, incluso. Supongo que fue ese verano cuando comencé a pensar que Reveca era la mujer de la que no tenía que preocuparme, todo era muy sencillo con ella, todo diversión, ningún compromiso, ninguna mala cara, ningún grito al llegar a casa, solo unas cervezas y una historia inventada que parecía ir muy bien. Pero supongo que las historias de ficción, el quiero estar contigo, pero no puedo, es más, ni siquiera te lo digo, son para las canciones de rock y para las películas, aunque a veces tampoco funcionan en ninguna de las dos. Pero en la vida real, en la realidad real de cada uno, no lo hacen. En la vida real hay que tomar decisiones, tienes que decirle a la otra persona lo que sientes, no hay letra, ni guión, que seguir para saber qué decir y qué sentir en cada momento. Pero es lo que tenemos las estrellas del rock, que lo nuestro, lo mío, es escribir canciones, y en ellas todo funciona si yo quiero que funcione. Así que después de colgar el póster de Betty Boop en el baño de las chicas, me propuse escribir una canción para Reveca, para la mujer de la que no tengo que preocuparme, no fuera a desaparecer de nuevo sin que me diera tiempo a decirle lo que sentía. Y lo hice, y eso que llevaba cuatro años sin componer y sin escribir ni una palabra, aproveché que volvía a estar de gira con mi grupo, con el primero, y la escribí. Una canción sobre aquel primer álbum que le regalé, dedicado, por supuesto, al principio de conocerla, poco antes de que me diera una hostia la noche aquella, cuando después de demasiadas copas, y supongo que alguna que otra raya, la besé, un poco a traición, sin avisar, para que no pudiera decirme que no. Después de la hostia compartimos un taxi hasta casa, cada uno hasta la suya, claro, sin hablarnos. Y es que ser estrella del rock no es fácil y, además, no da para mucho, por eso tengo el bar, por eso y porque me gusta, ¡qué coño!, claro que me gusta, la noche, la gente, el no tener que volver pronto a casa para aguantar los gritos de la otra, o de la una, no sé, de la mujer de la que sí tengo que preocuparme. Todo compromiso y nada de diversión, y demasiados daños colaterales, pequeños, rubios y de grandes ojos azules. Pero las guerras no se ganan sin daños colaterales, ya lo he dicho. Así que primero colgué el póster de Betty Boop en el baño de las chicas, más tarde lloré un poco en el hombro de Reveca, aunque de esto no me siento demasiado orgulloso, aproveché para besarla de nuevo, también un poco a traición, como la primera vez; y tras comprobar que esta vez no había hostia le di la canción que le había escrito, algo mojada por mis lágrimas; algo o mucho, demasiado, tanto que acabó convertida en una balada. Reveca la guardó en su bolso sin leerla y volvimos a compartir un taxi. Tampoco nos dijimos nada, o apenas nada, solo una pregunta que formulé y respondí yo mismo al llegar a su casa: «Pregúntame si quiero tomar una cerveza», le dije, mientras acercaba mi puño a su boca a modo de micrófono; esa es la forma de pedir asilo político de las estrellas del rock, pero era demasiado tarde y había demasiados daños colaterales, así que, antes de que pudiera responder, la dejé bajar del taxi en la puerta de su casa, tras darla un beso en la mejilla. Me cambié a su sitio cuando ella se bajó y no sé si se volvió a mirarme, porque cuando lo hice yo, ya había entrado en el portal. Pero ya me estaba arrepintiendo antes de que el taxi arrancara de nuevo, dirección a los gritos de cada noche, a otros cuatro años sin componer una canción; por eso cuando llegué, me abrí camino entre los gritos, volqué el contenido de un cajón en una mochila, junto con dos vaqueros, una cazadora y cuatro o cinco camisetas, cogí mi guitarra y volví a subirme al mismo taxi, de regreso a casa de Reveca. Cuando abrió la puerta, solo le dije que sí quería esa cerveza.

Nº 91 EL CAFÉ DE CADA MAÑANA
Todas las mañanas, intento librarme definitivamente del estado de atontamiento que se encarama a mi cintura al levantarme de la cama y que ni la ducha matutina consigue desprender de mi cuerpo. Para ello, mi sistema central, nervioso como nunca desde que Adela no está, requiere de una importante dosis de cafeína que lo estimule y consiga restaurar los niveles de alerta a los mínimos necesarios para, por lo menos levantar con cierta autonomía los párpados de los ojos.
Para alcanzar tan compleja campaña, y resignado ante mi poco entendimiento con la cafetera de casa, (seguro que antes de marcharse, Adela se encargó de ponerla en mi contra, como hizo con el perro y con los vecinos), en mi caminar matutino desde casa al trabajo, paro en alguna de las pocas cafeterías que a esa hora ya están abiertas.
Este segundo despertar de la mañana, que la cafeína ejerce sobre mi aún dormida lucidez, muy al contrario del primero que unas horas antes provoca el infame despertador, supone uno de los momentos más placenteros del día. Seguramente, sobre todo desde que Adela se marchó hace un mes, el más placentero.
Hace un par de semanas entré por primera vez en el Café Hache, un nuevo local con nombre de letra muda, de la Calle Viriato, justo frente al Cine Astorga, donde hasta hace pocos días había una tienda de tatuajes con multitud de fotos de carne tatuada, en el escaparate.
No suelo frecuentar ninguna cafetería en particular, no me gusta entablar relación con los camareros, odio que me llamen por mi nombre o me pregunten por mi vida cuando me dispongo a tomar el primer café. Así, cuando detecto algún tipo de acercamiento por parte del camarero, al día siguiente cambio de cafetería.
Cuando atravesé la puerta con la esperanza de que el camarero hiciera honor a la mudez que se desprendía del nombre del local, me saludó con un dulce “buenos días” una muchacha de unos 25 años que, tras la barra, a buen seguro esperaba al primero de los clientes del día. Pedí un café con leche, largo de café y me senté en el taburete más cercano a la puerta de los que había distribuidos a lo largo de la barra. Mientras aquella chica me preparaba el café, aún dormido, observé que las paredes del local estaban abarrotadas con multitud de palabras que contenían la letra “h” en su interior, todas ellas escritas con una h algo extraña, hebrea diría yo.
Lejos de ser un lugar silencioso, y a pesar de que en ese momento sólo estábamos aquella chica y yo, el sonido de todas aquellas haches envolvía mi cabeza. No podía dejar de escuchar la voz de la camarera pronunciando las palabras que desde el taburete yo leía: ћeraldo, almoћada, colcћón, ћemeroteca, ћonradez, ћuerto, ћamor, ћaz…Hamor?, e dicho hamor?, perdón, he dicho hamor? Con tanta hache ya no sé ni lo que escribo. La verdad es que Adela siempre me reñía por mis faltas de ortografía, aunque, me reñía por tantas y tantas cosas, que a pesar de ser de ciencias, siempre he pensado que escribo decentemente bien.
Mi curiosidad hizo que, cuando aquella chica se acercó para servirme el café, y sin que sirviera de precedente, comenzara una conversación con ella:
-Perdona, entre tantas palabras con hache, he leído hamor ¿Cómo os podéis haber equivocado?
-No nos hemos equivocado- dijo entre risas.
-Hemos intercalado entre los cientos de palabras con hache que se pueden leer en la cafetería, tres que no deben llevarla. Así, entre los clientes que logren localizar esas tres palabras sortearemos un viaje a Haití para dos personas. Ánimo, a ti ya sólo te faltan dos-.
Cuando me dio la espalda tras informarme cual presentadora de televisión de las condiciones de aquel extraño concurso, no pude evitar dirigir mi mirada hacia el hueco de carne que quedaba al descubierto entre sus pantalones y su camiseta. Aquel trozo de piel, como si de una de las fotos de la antigua tienda se tratara, tenía grabado un tatuaje aún por terminar, en el que entre otros caracteres aún ilegibles, sólo fui capaz de leer uno: La letra ћ.
Me tomé el café incrédulo por lo que estaba viviendo, y ya definitivamente despierto me acerqué al baño para echarme algo de agua en la cara. Cerré el pestillo, y frente al espejo seguía escuchando a la chica como vocalizaba dulcemente las palabras que yo veía en los azulejos del baño: ћumo, ћielo, ћostia, ћuevo, ћierro, ћueco, anћelo, ћistoria….Abrí el grifo, me eché agua en la cara, y cuando fui a secarme vi escrito en la carcasa de metal que cubría el rollo de papel, la palabra ћadela. Volví a echarme agua, volví a secarme y volví a leer el nombre de mi esposa precedido por aquella estúpida h hebrea. No entendía nada, aquello debía ser un sueño. Despierto pero confundido salí del baño, me acerqué a la barra para pagar y me despedí de aquella chica y de aquel misterioso local.
-Vuelva mañana, ya le queda menos caballero-.me dijo la chica con una maquiavélica sonrisa en su rostro.
Hadela, Hamor, cuál sería la tercera palabra?, qué extraño mensaje me quería enviar el destino?. Cómo iba a estar peguntándome aquello, yo que siempre presumí de no creer en el destino. No volvería a ir a ese sitio. Tenía que ser consecuente con la forma de pensar, que tantas y tantas veces había defendido frente a Adela. Ella sí que creía en el destino, en el tarot, iba a misa todos los domingos, leía el Corán en sus ratos libres. Además, era frecuente clienta de una bruja de esas que adivina el futuro. Seguro que fue ella la que predijo que me abandonaría. Vaya mierda de bruja, eso ya lo sabía yo desde el mismo día que se casó conmigo…..aunque siempre preferí engañarme.
A la mañana siguiente, dispuesto a cambiar nuevamente de cafetería, pasé como todos los días por la calle Viriato y desde la puerta del Cine Astorga, giré la mirada a mi derecha, con evidente riesgo de convertirme en estatua de sal, en busca del Café Hache.
No me lo podía creer, aquel local había sido nuevamente ocupado por la tienda de tatuajes. Crucé desesperadamente la calle, con el autoconvencimiento de que lo hacía por el viaje a Haití que estaba a punto de ganar, pero en el escaparate de la tienda volví a ver aquellas fotos de carne tatuada. Cuando resignado estaba a punto de asumir que aquello debía haber sido un sueño, vi la foto de un trozo de piel que me resultaba familiar. Era la espalda de la camarera, tal y como la había visto la mañana anterior, con la diferencia de que en la foto se podía leer con claridad la palabra que había grabada en su piel: fhin

Nº 92 Vainilla fresca

– ¡Cómo se nota las que vienen del gimnasio!
La aludida dejó el casco y la chaqueta de cuero color teja sobre una mesa cercana y se sentó junto a sus
amigas a las que envolvió en un ligero perfume a vainilla.
– Buenos días, chicas. Veo que, por fin, os habéis atrevido con la terraza. Primera vez este año. ¿cómo
estáis?
– No tan bien como tú, Begoña, querida, vemos que has sacado ya la ropa de verano –respondió otra.
La tercera en hablar dirigió una mirada cómplice a sus dos compañeras:
– ¿Hiciste algo interesante ayer? Mi marido vio a Imanol en el club jugando al tenis.
– Efectivamente, Imanol pasó la tarde con una de sus empleadas a la que está enseñando a jugar. Luego
vinieron a casa y cenamos los tres – Lila esperó inútilmente a que alguna de sus amigas sacara otro tema. Al
rato, continuó hablando– Se llama Amaya y es de Barakaldo, creo. Si tu marido los vio ayer –añadió mirando a
la interesada- te habrá hecho una descripción detallada; es el tipo de mujer que no pasa desapercibida para
ningún hombre.
Begoña Arregui vio los atentos rostros de sus amigas y asumió que esa mañana tocaba hablar de Amaya.
– Chicas, estoy muy hambrienta. Dejadme que le pida a Juantxo algo para comer y luego os cuento la
excitante vida y milagros de Amaya Fernández.
– Aquí te esperamos. El bizcocho tiene una pinta estupenda.
Begoña entró en la cafetería a pedir su desayuno y salió al rato con un zumo de naranja en una mano y el
periódico en la otra.
– Begoña, cariño, nos ibas a contar la relación de tu marido con la nueva Arantxa Sánchez Vicario.
– En realidad no es una historia nada interesante.
Begoña bebió un sorbo de zumo, secó sus labios con la servilleta y dirigió una sonrisa al chico que acababa
de servirle un café y un generoso trozo de bizcocho. Se recostó en la silla y comenzó a hablar:
– Amaya es una de esas estudiantes que van a la universidad a sacar una carrera para trabajar el resto de
su vida. Consiguió una beca y, en lugar de pescar un marido como hicimos nosotras, se dedicó a estudiar.
Excelentes notas, eso sí. Por suerte para ella empezó a trabajar de becaria en nuestra empresa y conoció a
Imanol. La chica decidió, inteligentemente, unir su carrera a la de mi marido que para entonces ya era el yerno
del dueño. Y desde entonces está en el equipo de mi Imanol. No está mal para una mujer con sus limitaciones.
Begoña tomó un sorbo del café y probó el bizcocho mientras comprobaba si la curiosidad de sus amigas
estaba ya satisfecha. Algún día tendría que recordar a sus amigas que su familia seguía siendo una de las
más ricas de la ciudad. Pero sus amigas esperaban los detalles más jugosos. Begoña continuó:
– La chica ésta, a pesar de sus notas excelentes y el apoyo de mi Imanol, es un auténtico desastre. Además,
no tiene nada de estilo. Una vez estuvieron en Kazajstán para cerrar el contrato de unas obras. Imanol le tuvo
que pedir que no hablase con los clientes y que cambiase su forma de vestir. Porque ésta es de las que no
sabe insinuar, no; ella tiene que enseñarlo todo.
Lila se concentró en su almuerzo, pero una de sus amigas volvió a traer el tema sobre la mesa:
– Entonces, Bego, esa tal Amaya ¿se presenta en tu casa cuando quiere?
– Algún fin de semana viene a comer, en verano toma el sol en nuestra piscina y ahora le ha dado por el
tenis. Lo peor es que debe ser tan mala que nadie quiere jugar con ellos. No sé de dónde ha sacado ese
interés por el deporte, igual piensa que en el club va a pescar un marido. Qué ilusa. No entiende que los
hombres necesitan sitios donde estar solos y hablar de sus cosas. Si los hombres fuesen al club a ligar,
nosotras iríamos allí a desayunar, ¿verdad, chicas?
“La verdad es que yo intento que mi marido se encargue de hacerle compañía. Es muy inculta, no puedes
hablar con ella de nada: ni ópera, ni literatura, o de viajes. ¡Si no ha salido de aquí! Tampoco podemos ir a
cenar fuera con ella, porque con su sueldo no puede pagar buenos restaurantes y me parece ofensivo
convidarla si luego ella no nos puede devolver la invitación. Además no sabe nada de restauración. Una vez le
propuse comer en el Tailandés que está junto al despacho de Imanol y me dijo que no le gustaban los chinos.
Imaginaros. Hablando de comida, este bizcocho está delicioso, teníais razón, chicas. Probad un poco.
– Gracias pero sabes que no nos podemos salir ni un milímetro de la dieta. Las que tenemos niños no nos
queda tiempo para cuidarnos. ¿qué vas a hacer hoy, Begoña? ¿tienes invitados en casa como anoche?
Begoña sonrió y negó con la cabeza mientras masticaba.
– Hoy tengo todo el día para mí, me llevo a Imanol al teatro. Hay una nueva adaptación de la “Muerte de un
viajante”.
Las tres amigas, que hacía rato que se habían terminado sus respectivas tazas de té, se quedaron en
silencio observando como Begoña tomaba con dos dedos el último trozo de bizcocho y se lo llevaba a la boca.
Después se levantó, recogió el casco y la chaqueta y se despidió alegremente:
– Chao, chicas. Voy a casa a ver si encuentro en Internet un buen restaurante para esta noche. Igual no
vengo mañana, tendré que aprovechar yo también el renovado empuje juvenil de mi Imanol.
Sus amigas siguieron a Begoña con la mirada mientras ésta se alejaba dejando en el aire un aroma fresco
de vainilla y café.

Nº 93 Quizá tenga razón el besugo

Dentro de un ambiente de humo, prisas y calor consume muchas de las horas de su vida Carlos. Aparenta cuarenta años, está a punto de la calvicie total, viste de blanco y le pesan los kilos de más cuando tiene que acelerar el ritmo por las necesidades del trabajo. A su mirada le falta la chispa de la ilusión y se mueve mecánicamente mientras múltiples fuegos van llevando a buen término el destino de verduras, pescado, carne, cuchillos, gritos, comandas y camareros.
- ¿Qué hago yo en esta cocina sin aire?
- Crear – contestó un bocarte que andaba a punto de salir corriendo para evitar la mortal sartén.
- Preparo platos, los adorno y salen volando sin saber que bocas opinarán sobre sus logros.
- Sabes que haces feliz a muchas personas, a cantidad de estómagos preparados para el buen comer – le recordó el besugo, que miraba para otra parte sabiendo de lo inevitable.
Llevaba demasiados años entre aquellos fuegos, corriendo siempre tras el tiempo para no faltar a la cita con lo bien hecho, cortando cebollas, probando salsas, aliñando ensaladas o preparando desde un solomillo a la pimienta a un bacalao a la Vizcaína. Estaba cansado de no disfrutar del fin de semana que tenía su familia porque él trabajaba. Sus vacaciones siempre llegaban a pie cambiado con sus amigos y cuando salía del restaurante por la noche sólo encontraba personajes como él, con el paso cambiado.
Tantos años llevaba tomando las últimas copas en el penúltimo garito abierto que se olvidó de dar las buenas noches a su mujer cuando entraba en casa. Tanto alcohol y sudor acumulados en el cuerpo consiguieron que hasta el gato dejara de saludar sus llegadas. Iba abandonando su vida al mismo ritmo que todos le abandonaban, su mujer, su hijo, la alegría, el buen humor, la ilusión y, por último, el gato que, cansado de estar desatendido, aprovecho un descuido para desaparecer de su casa para siempre.
Al salir aquella fría noche de enero no recorrió los bares de siempre, paseo cerca de la ría su soledad y olvidó la bruma que iba humedeciendo su cara, porque pensaba en las frases del besugo y el bocarte:
“Cada día creaba los platos combinando con acierto las buenas materias primas que compraba, cada línea de la carta llevaba la dedicación de aquel mes que teóricamente descansaba, siempre había disfrutado con su trabajo y sentía aún satisfacción cuando, sin agobios, podía recrearse en su faena, pero últimamente la prisa arruinaba sus días y la rutina carcomía su vida.”
“Me cuentan después de cada cena que han felicitado al cocinero, pero pocas veces llego a imaginar el rostro de quién ha sonreído al camarero. No puede engañarme el besugo, no es mala gente, pero cómo cuesta escuchar y creer lo que no tocas, ves y sientes.”
Le recibe una casa oscura, sin luz ni calor. Cuelga su ropa, se deshace de sus zapatos, se recuesta en el sofá, pasea rápido por canales de la televisión que no le retienen y se deja dormir con un programa de viajes que posiblemente nunca llegará a realizar.
En el sueño se ve transportado a un piso con luz y calor, a un parque donde cruza una mirada profunda con una mujer hermosa, a su hijo cogido de su mano y a un restaurante donde sus ojos brillan con ilusión ante cada plato porque sabe que hará, por unos momentos, más feliz a la persona a la que va destinado.
Los sueños no siempre amanecen vivos en el sofá, pero tampoco mueren siempre en el penúltimo garito abierto en la ciudad.

Nº 94 LA PRESENCIA

Si me acerco deprisa y desplazo aire a su alrededor quizá se percatará de mi presencia. ¡Vaya, no hay forma! Tendré que idear nuevas argucias o me volveré loco. Qué tontería: cómo me voy a volver yo loco. Aquí me quedo, quietecito, mientras maquino algo.

- ¿Podría pedir un café, por favor?
- Claro, señora ¿solo o con leche? Ahora mismo se lo sirve un camarero
- Con leche fría, si es tan amable … Y pongan también un whisky doble con agua…Por si acaso. Es posible que se me una alguien.

¿Es estupor eso que refleja la mirada del jefe de sala? Y con premeditado disimulo: no está bien escudriñar a los clientes. Pero lleva un rato fascinado, se muere por soltarle una andanada de preguntas. Anda en ascuas, y eso que con su larga trayectoria hostelera ha adquirido capacidades de psiquiatra. Ella es así: atrapa e hipnotiza al más pintado, confunde con su inefable anacronismo y te vuelve loco con ese aire suyo de lejana tristeza; y qué me dicen del porte: señorial. Una mujer exquisita en un mundo dominado por la vulgaridad. Es el enésimo que hubiera jurado –de no haberla visto- y sólo por la entonación, que se trataba de una mujer mayor. Pues no. O sí. Pero me temo que la curiosidad te corroerá sin remedio, amigo. Ahí llega el servicio de café. Por su obsequiosa sonrisa y el engolado “¿le apetece algo más?” el maître ha decidido que ninguna mujer cumple más años que los que representa. Y a otra cosa. ¡Ja!. Ésta ya tiene sesenta y siete, majo; de acuerdo, no se le nota nada, apenas aparenta treinta y cinco ¿Genética buena? Bien, digamos que va a ser eso, sí, la genética. Permítanme que me carcajee. Ya he superado la fase de negar la realidad, pero aún hay ratos en que machacaría a uno que yo me sé. Matasanos de mierda: ya le daba yo experimentos, ya. Al menos ella logró su objetivo: se la vuelve a ver tan guapa y joven. Y en cuanto a mí, mejor este desenlace que verme abocado a mil achaques progresivos. Va a contarle todo al maître, me lo huelo:

- ¿Ha venido alguien preguntando por mí? – vaya tono plañidero
- No sabría decirle, señora – hábil en la réplica diplomática, ¡bien por el maître!
- Un hombre de unos sesenta y pico, apuesto, alto … – ¡atención!: un segundo más y llora
- Pues no recuerdo, déjeme que pregunte a algún compañero …
- ¡No, no se moleste! –tono elevado innecesariamente- Disculpe, es que estoy un poco nerviosa. Verá, creo que alguien me lleva siguiendo desde hace días … Quisiera creerlo, más bien
- ¿Ah, sí? –el maître ha dado al traste con todas sus cautelas, ahí lo tienen, sumergiéndose con fruición en el morbillo. – ¿Quiere Vd. que avise a la policía?
- ¡Claro que no! – respingo del hombre, qué reacción extemporánea la de esta mujer- Ya me dirá Vd. por qué habría de querer que viniera la policía –tono ofendido a tope
- No, si yo se lo decía porque … – Gran confusión, la del maestro.
- Cómo explicárselo –ella conciliadora- Creo que quien me sigue está muerto. Lo enterramos, eso sí, pero yo verlo no lo vi, su cuerpo quiero decir, no me dejaron, y el caso es que lo siento cerca y vivo, muy vivo ¿le parezco una loca? –ha bajado la voz hasta el susurro casi inaudible. Y la cabeza del maitre se ha ido también acoplando a la bajada para aguzar el oído, qué divertido. Éste no se ha visto en otra. ¡Siga Vd! – con apremio

Hora es de salir de mi escondrijo. La ocasión la pintan calva. Si ya sabe que la sigo, he de lograr ahora que me vea. ¡Halehop! ¡¡Eh, que estoy aquí, sí, aquí, caliente caliente!! Que no hay forma. ¡Pero qué veo!: el maître se congestiona, se ha puesto rojo. Barrunto peligro:

- ¡¡Deprisa, aquí!!– chillido ahogado e infártico mientras agita los brazos al aire con frenesí- ¡¡Corriendo a por el insecticida, se nos ha colado un moscón gigantesco!!

Algo me dice que he de salir zumbando. Nunca mejor dicho. Y vale más que mejore mi plan de vuelo, no termino de acostumbrarme a esta visión caleidoscópica. Volveré, querida mía, conseguiré mi propósito y te dejaré tranquila, no me queda mucho tiempo –servidumbres de ser mosca. Sabrás que siempre te amé y que mi inesperada y fatal metamorfosis mereció la pena sólo por verte tan guapa, mi amor. ¡Me voy volando! FHIN.

Nº 95 UN MAL RECUERDO

Estaba dando fin a una muy escasa y poco apetitosa comida. Era la primera vez que ocupaba una mesa en aquel restaurante, y por la penosa impresión que estaba dejando en mí, tenía todas las trazas de que sería también la última. El hecho de que el aspecto del establecimiento fuese relativamente acogedor hacía aún más doloroso mi fracaso. No me importa confesarlo: el precio decididamente económico del menú que se anunciaba en la puerta, y la buena apariencia del local, me habían animado a entrar en el mismo. Sin embargo, debí haberme imaginado que, por aquel precio, hubiese sido poco menos que un milagro esperar una comida razonablemente comestible y unas raciones que no fuesen un insulto a mi apetito. Total que, al terminar de comer, me encontraba en un estado de ánimo sumamente decaído, a causa de los más que justificados reproches que me hacía llegar mi estómago, por el engaño al que le había sometido. Estaba a punto de abandonar la mesa cuando, a través de la cristalera de la entrada pude ver como, en la calle, casi ante la misma puerta del local, tomaba asiento en el bordillo de la acera un vagabundo enfundado en un mugriento y grueso abrigo. De una no menos mugrienta bolsa, extrajo un enorme pedazo de pan, repleto de quien sabe qué tentador contenido, con el que comenzó a torturar mi imaginación y a despertar todavía más mi insatisfecho apetito. Se que no debería decir esto, pero cada uno de los mordiscos que propinaba aquel hombre a su bocadillo, efectuados con total y absoluto deleite, me producían una aguda sensación de envidia. Por eso cuando un camarero del restaurante salió a la calle para expulsar al mendigo, por la supuesta mala impresión que podía causar a los clientes del restaurante, no dudé en salir en su defensa apelando a los más humanitarios principios. Me enzarcé en una agria discusión con el camarero, y a continuación, con más energía aún, con el dueño del local cuando acudió en defensa de su empleado. Para mí fue una buena oportunidad para criticar sin contemplaciones, y hasta con una buena dosis de rencor, el decepcionante menú que me habían servido. Le juré que nunca más volvería poner los pies en su restaurante y que hubiese preferido compartir el bocadillo del vagabundo que invitar a éste a participar de mi comida, de la que sin duda, hubiese terminado tan descontento como yo. Supongo que ni el restaurador ni el mendigo concedieron demasiado crédito a mis palabras, pero nadie mejor que yo sabe que si el vagabundo hubiese tenido la feliz idea de invitarme a compartir lo que restaba de su tentador bocadillo, hubiese aceptado sin pensarlo dos veces.

Nº 96 EL TIPO

El tipo se quitó la ropa, miró a la mujer como queriendo atrapar su imagen.
El tipo acusaba una timidez solapada en el alcohol. La miraba a trasluz, el foco del bar se filtraba por la ventana. Puso el cigarro en el borde delicado del cenicero, en equilibrio. El alcohol lo retaba al juego de la permanencia en el visillo escuálido. El tipo dijo – carajo – cuando la luz se fue irrebatiblemente.
Cuando la besó en el cuello, tuvo la certeza de que la luz demoraría. Había derrochado cuarenta y siete dólares en la mujer, y no estaba dispuesto a malgastar su noche por aquella oscuridad impertinente, por el calor y los mosquitos. Los mosquitos iban a pernoctar en aquel cuarto de hotel, iban a succionar sus sangres sin apenas gastar un centavo.
Besó su cuerpo. El tipo siempre había soñado con su cuerpo. Ahora le pareció insípido, demasiado común, intrascendente tal vez. Pero había invertido cuarenta y siete dólares y entonces era demasiado tarde, quizás inapropiado, pensar en la futilidad de su cuerpo.
Le mordió ligeramente la tercera costilla de la izquierda. Le molestó ese razonamiento, ese absurdo cálculo de la costilla. Es la tercera, de abajo hacia arriba, cerca del corazón, había pensado. Años atrás pensaba en el petting, se dijo que sería una noche interminable.
Buscaba la humedad entre sus piernas. El dedo índice, de la mano derecha, hurgó con cierta alevosía. Su vagina no estaba lubricada. Era un hecho irrelevante, pero le inquietó. Decidió entonces mojar la vagina con su lengua. Lamió sus labios menores, procurando disipar toda tensión, succionó el clítoris, pero ella permanecía incólume.
Un mosquito lo picó en el tobillo. Mordió el clítoris con cierto rencor. Ella se contrajo apenas, pero no dijo nada. Besaba, mordía, absorbía todo lugar entre sus piernas, pero nada lograba excitarla.
Hizo grgrgrgrgrgr con su garganta, acumuló un gargajo enorme y lo escupió contra su vulva. La penetración fue sin ningún preámbulo. A los cuarenta y siete segundos ya había eyaculado
Ella tenía una mano sobre la mesa de noche, la otra en su seno izquierdo, cada pierna a un costado de la cama, respiraba con discreción, no gritaba, apenas gemía, de modo ineficiente, pensó.
El tipo se había venido, pero le inquietaba la pasividad de ella. Más rápido, más lento, por delante, por atrás, ambos costados. Un mosquito se empeño en su muslo derecho, mientras él se esmeraba en descifrar el punto G. Zumbaba, el escozor de la picadura persistió unos segundos, un minuto quizás. Ella no chistaba.
Le besó las nalgas, pasó su lengua insistente por el ano, incluso le echó un poco de lubricante, era un tipo comprensivo. La penetración fue menos delicada
Qué fue primero, es difícil de saber: el grito de ella, la eyaculación de él, el mosquito que le perforó la nalga izquierda.
Me cago en la mirda, dijo mientras se levantaba fuera de sí. Esa noche no quedó un mosquito en el hostal.

Nº 97 Y aguantas o te quiebran
Hoy todos los factores clave se han aliado para no darme un puto respiro.
- ¡Pibe! ¡Deja de perder el tiempo sudando! ¡Necesito tres bolas de vainilla para un escocés! Y apura antes que se enfríe el café…
- Tres bolas… Las tuyas te metía yo en la boca aunque dudo que te fueran a entrar de lo hinchadas y cuadradas que las tienes.
Venga. Ya con esto son reserva y copas para la 7; más pan para que los críos engendrados sin duda por la infame pareja de la 20 lo conviertan en bolitas; levantar y marcar la 3/4/5 antes de que ese grupo de cerdos indecentes me apague otro cigarrillo en el plato; pedir a los obesos inconscientes de la 14 los postres que les acerquen un paso más hacia el paro cardiaco; tomar nota a los de la 12 con pinta de cita doble a ciegas y estoy convencido que me dejo algo…
Mi cabeza calcula inmediatamente la ruta óptima y clavo espuelas. Llevo la frente perlada de sudor. El cuello, irritado de por sí con la segunda afeitada del día, sufre las constantes rozaduras del de la camisa y ni me imagino de qué color estará a estas alturas. Tengo la espalda tan mojada que en vez de pasar, me deslizo entre las mesas.
- Perdona, ¿no estáis tardando un poco con la cuenta?
Sabía que me dejaba algo…, pero mierda, esto no era. Tengo que pasar por cocina urgente, en el camino hago la cuenta.
- ¡Vamos chavales! Me están dando bien por culo y ando solidario como para repartir un poquito. ¡Entran dos! ¡Pican anchoas y block! Segundos son de brasa. ¡Marcho segundos! Los del menú especial de la 3/4/5, un chuletón muy hecho de la 20 y… las dos de cordero de la 16 también, que al ritmo que van les tengo fe. Paso dos rapes, dos costillas y el solomillo punto de la 19. Dos minutos.
- ¡Oído cocina! Pibe, el chuletón más, más, más está abandonando la consistencia de la carne y está adquiriendo la de una jodida zapatilla rusa…, me da hasta vergüenza…
- Lo sé, pero así lo han pedido y han insistido tres veces en ello. Debe ser que acaban de ponerse implantes en la boca y quieren comprobar su resistencia. Y esto no es todo, te apuesto los gintonics de esta noche a que me piden un piedra…
- ¡Pibe! Tengo las cuatro tablas de ibéricos para la mesa de dieciséis.
- Me lo llevo y me ha entrado una mesa de cuatro. Les tomo nota ya. ¿Qué te vendo Josean?
- Tengo un cochinillo recién asado entero.
- Oído.
Aún cargado con los cuatro platos trincheros, canto los segundos a la brasa como a la que voy, y salgo no sin poder evitar que me lleguen a los oídos la ronda de improperios, los cuales y pese a lo pillados que andan, son tan hirientes como creativos. De elaboración perfecta.
Entro en el comedor, sorteo a los críos con la esperanza interior de que la selección natural darwiniana se cebe especialmente con ellos y con sus padres come-suelas, deposito los entrantes en la mesa grande y la cuenta en la 1/2. Por ese orden. Me vuelvo y veo al irremediable fichaje de temporada remoloneando entre las vinajeras.
- ¡Socio! ¿En qué andas?
- Esperando que salgan los entrantes de la 7.
- ¿Y tienes que esperar parado? Necesito urgente que pongas tres goxuas y una de canutillos para la 14 y aprovechando que tienes que ir al cuarto frío, le llevas a Javi tres bolas de helado de vainilla. En vez de agradecértelo, te pedirá que te vayas a tomar por saco y dirá algo sobre un café más frío que el coño de una esquimal… No te enganches con él. Mándale a la mierda o sonríe y date la vuelta. Y a la que vuelves volando traes pan para la 12, yo les tomo nota ahora. ¿Oído?
Se me marcha con cara de tener la picha hecha un lío. ¡Joder! A este tío habría que explicarle hasta cómo mear en pared, ¿encararse con Javi?, ¿éste mingafría?… En fin, por si acaso. Tiene que darse cuenta que durante un servicio está permitido mentarse entre nosotros mismos a madres, padres, dioses y toda su corporación bendita si es necesario para poder seguir y aguantar el tipo. Para continuar con un show que en ocasiones como esta puede terminar fácilmente en un cortocircuito nervioso por parte de cualquiera de los actores. Después, cuando esto acaba y la cocina sólo funciona para nosotros mismos, todo está olvidado y no queda de ello más rastro que las manchas en nuestros delantales.
- Buenas noches chicos. Os tengo que avisar que esta noche tenemos un cocho excelente. Recién sacado del horno y con la piel crujiente de veras. Mientras lo pensáis, ¿qué os traigo para beber?
- Pues…, no sé. ¿Vosotros qué tomáis habitualmente?
Os lo dije.

Nº 98ª A -El eterno retorno

En la puerta de atrás de un restaurante, una cucaracha recorre sin cesar la superficie de una sandía podrida, jugando a que persigue una meta, convencida de que se mueve por un camino recto.
Dentro, una joven pareja celebra su aniversario. Él llama con aire resuelto al camarero y pide una botella cava. Brindan, se intercambian miradas furtivas y apuran la copa. Una música de salón lejana y un suave murmullo crean una atmósfera tranquila sobre la que los silenciosos pasos de los camareros marcan el ritmo. Por encima de esta calma, sólo las intermitentes risas despreocupadas de la joven pareja cuyo entusiasmo parece ensombrecer al resto de los clientes. Envidia y frustración enmascarada con la satisfecha contención de la costumbre.
Dos mesas más allá, al lado de la ventana, otra pareja de mediana edad está en los entrantes: jamón y foi. Él lleva traje, el pelo negro hacia atrás y perilla; ella, un vestido discreto que no oculta su gracia y unos ojos negros.
Disfrutan su comida en silencio, con sonrisa satisfecha y victoriosa. Ajenos a cuanto ocurre a su alrededor no prestan atención a los altisonantes risas de sus vecinos. Reina la calma antes de la tempestad. Sólo tienen ojos para su plato y para el otro. Se miran, se escrutan, y ambos sonríen.
El camarero les retira los platos y trae su comida. Gambas al ajillo para el señor, medallón de solomillo para la señora. El camarero se marcha y ambos se quedan inmóviles, con los brazos sobre una mesa, agitando los dedos, como en un duelo. Sin prisa pero sin pausa, él da el primer paso. Coge una gamba. Agarra la cola con una mano y con la otra pasea el índice y el pulgar a lo largo de su cuerpo hasta llegar a la cabeza. Y sin apartar la mirada de los ojos de ella, arranca de cuajo la cabeza. La deposita suavemente al lado del pedazo de carne, quita de dos movimientos bruscos la cáscara de la gamba y se la come satisfecho. Termina y se detiene, es el turno de ella. Coge el cuchillo y el tenedor, y con una sonrisa plácida corta suavemente el medallón. La sangre se suelta y llega a las patatas. Lo repite una vez. Dos veces. Tres veces. Y así hasta que está cortado en cuadraditos. Pincha uno de ellos, se lo posa sobre el labio, y sin metérselo en la boca vuelve a dejarlo en su sitio. Él ríe a carcajadas y ella levanta satisfecha la copa hacia el camarero. “Otra botella, si es tan amable”.
De pronto una carcajada de los recién casados llama su atención. Su mirada se ensombrece, pero una nueva idea le ilumina. Vuelve sus ojos hacia ella, coge otra gamba, y se la mete entera en la boca, con cabeza y con cáscara. Entera, sin desperdicio. Y la mastica con gusto: es justo vencedor.
Cerca de la puerta, una niña llora. A su lado, un joven matrimonio de aspecto tradicional cena con otra pareja que roza la cuarentena. Él habla con aires al camarero, ilustrándole sobre el arte de la vida. La mujer joven, mece a la niña en su cuna. Entretanto, dos piernas se frotan por debajo de la mesa.
Con sus ojos en la escena, él se atusa pensativo el bigote. Llena su vaso de vino y da cuenta de él. Sonríe beatíficamente a su mujer, pone su mano sobre la de ella, y sin limpiarse pide la cuenta al camarero, la paga, y deja pasar a su mujer delante de él por la puerta. “Mejor conceder algún capricho que perder las bodas de plata… o la plata para otra boda”, piensa para sí mientras se peina con la mano.

Nº 98B Estética gastronómica.
Convertida en cita inexcusable desde que terminaron los estudios, aquella cena les proporcionaba un
pasajero refugio frente al arrogante paso del tiempo. Este año no sería una excepción, así que se
reencontraron una vez más, cada uno buscando recomponer la identidad erosionada durante el camino
avanzado. Habían reservado mesa al amparo de un acogedor rincón. Éste les protegía de las
impertinencias de otros comensales y era inmejorable retiro en el que poder conjurar fracasos e invocar
nuevas esperanzas.
La cena trascurrió según lo esperado. No nos incumbe nada de lo que allí hablaron. Las intimidades que
revelaran no deben dejar de serlas para nosotros. Permitamos entonces que se marchen, hagamos como
que ya se levantan para no caer en chismosas tentaciones. Digamos sin reparos que los tres amigos
salieron del restaurante envueltos en una animosa conversación, eso sí, con estómago exultante y espíritu
satisfecho. Retornados al hambre de la calle procedieron con los prolegómenos de la disgregación.
Sinceros abrazos y últimas miradas que intentan aprehender la imagen del otro, como con temor a que lo
inesperado pudiera convertir aquel momento en culminación de una vida compartida. Finalmente los tres
se alejaron, cada uno por su lado.
Al primero de ellos aún le acompañaba el fresco sabor de los vegetales. Había pedido una ensalada y
ahora, mientras caminaba en la quietud nocturna , era sorprendido por un un repentina fuerza sinestésica
que conectaba vista, olfato, gusto y recuerdos. Sacudida por el paladar, la memoria le arrojaba a la
campiña donde pasó la mayor parte de su infancia. Recordó entonces los primeros colores del mundo. El
suave verde del prado en el que descubrió el secreto de la belleza tras la vulnerabilidad de la flor.
El azul celeste en el que escudriñaba, tumbado en la hierba, las formas resbaladizas de su futuro. El
cálido tono de la tarde bajo el que experimentó por vez primera la impotencia de la voluntad frente a los
compases impuestos del corazón.
Conmovido por la magnitud de tantas emociones se vio incapaz de contener las lágrimas. Hacía demasiado
tiempo que no lloraba. Por eso hacía tanto que no era tan feliz.
El segundo había pedido una lubina a la salsa bearnesa. Mientras el taxi recorría parsimonioso una ciudad
apagada, sus pensamientos comenzaron a deslizarse hacia esa deliciosa rodaja venida del océano. Casi
sin quererlo comenzó a intuir todos los sacrificios que habían sido necesarios para que él la pudiera
disfrutar. Desenrolló de un plumazo la astucia y el brío de todos los marineros que habían dedicado su vida
a la lucha contra el mar. Imaginó los rudos caracteres perfilados por los límites de la embarcación y la
eternidad del horizonte. La descomunal energía gastada en la evolución y los avatares de tantos
organismos que por fin devinieron lubina. Sus ligeros desplazamientos en el silencio del fondo marino, los
sobresaltos sufridos en cada aparición de una criatura indeseable….Imaginó el lacerante dolor del aire y
la satisfecha alegría por el generoso tamaño del ejemplar. Los aleteos inútiles en el horror de la plomiza
gravedad y la voluntariosa fuerza de los brazos que agarran la red.
Por aquel entonces había olvidado la suma de contingencias que sostienen cada momento. Las reflexiones
sobre el pescado le devolvieron la cordura y le liberaron del peso de las artificiosas obligaciones que tanto
le constreñían. Rejuvenecido y liviano, inclinó la cabeza hacia el taxista y le indicó una nueva dirección.
Al último de los tres el postre le dio que pensar. El camarero había depositado ante él un un pequeño plato
blanco y llano. Una delgada línea de sirope encerraba la delicatessen formando un triángulo circunscrito en
el borde del plato. En el centro de la base circular una porción cuadrada de pastel de chocolate con nueces
se mantenía robusta y triunfalmente apetecible. El primer golpe de cuchara arrancó una pequeña esquina
rompiendo la proporción del conjunto, pero la inconsciencia de la violencia sobre la forma no permitió
encontrar motivos para el arrepentimiento. Al contrario, el instrumento del ultraje siguió implacable su
propósito. Una vez repleto el espacio cóncavo, el metal se arrastró por el plato hasta que restregó la porción
en el caramelo. El crimen se perpetraba. El orden se había desintegrado por un simple gesto que
instauraba el reino del caos en el dulce espacio. A continuación el ensañamiento, hasta que la ruina
sucumbió a la desaparición de la materia.
Así se dio cuenta de que habían pasado demasiadas cucharas desgarrándole la vida. Las formas en el
cacao le hicieron recordar la composición inicial de la que provenía, aquella en la que los deseos y las
acciones se sostenían con armonía. Animado como estaba por la geometría se comprometió a trazar de
nuevo las lineas de su contorno.
Mientras, en el interior de la cocina, un joven chef se quitaba el mandil desplegando la sonrisa de quien ya
prefigura el confort de su merecido descanso. Aunque la fatiga se había ido acumulando no había dejado
de imprimir su pasión en cada gesto culinario. No probó bocado desde la mañana. Era el primer día que
había dormido junto a Idoia y quería conservar en el paladar el sabor de las tostadas que ella le había
preparado antes de marchar a su clase de teoría del arte.

Nº 99 El cafetito

Desde que me fracturé el pié el día de la Hispanidad, una de las terapias que no me recetó el traumatólogo pero me ha venido como anillo al dedo para no caer en una depresión es la del “cafetito”. Tengo una buena amiga que ha estado a mi lado todos los días desde mi dolorosa fractura y operación de tobillo. La mayoría de gente tenemos a alguien determinado que en un momento concreto surge cuando menos lo esperas con una tarea dificilísima : hacernos ver que las trivialidades rompedoras de nuestra cotidianeidad como el no poder caminar , prepararte el desayuno, pintarte sin ayuda, ducharte, la casa desordenada, la comida a medio hacer …. No son el fin del mundo ni mucho menos. Te abren los ojos a lo bestia como cuando acudimos al oftalmólogo y nos ponen un colirio para dilatar la pupila y comprobar cómo está nuestra visión. Siendo el mismo ojo no vemos nada de la misma forma que lo veíamos antes de forma diáfana y clara. Las amigas en periodos de crisis son esas gotas, ese colirio que escuece un poco y es incómodo a veces pero necesario. Su función es hacernos ver que todo lo que era importantísimo, preciso e inexcusable no lo es y puede esperar. Pensar lo contrario es ser un necio con mayúsculas.

Begoña que así se llama ella, venía a buscarme cuando dejaba sus hijas en el colegio. Los cinco minutos de camino que nos separaban del “Bar Ángel” eran una aventura: bordillos altos, escaleras estrechas y empinadas, el portal recién fregado, adoquines resbaladizos, pasos de cebra con coches que aceleran en lugar de frenar a pesar de mi cojera Me he acordado mucho de los minusválidos y sus barreras arquitectónicas, un muro peor que el extinto de Berlín en el que apenas nos fijábamos porque nos quedaba muy lejos

Llegamos las últimas a las 9:20 horas, la cafetería está llena de mamás, y ejecutivos desayunando con calma. Nuestra mesa es la del fondo oficiosamente reservada.
En la película del “Silencio de los corderos “Hannibal dice una frase que es verdadera “Se desea lo que se ve”…
En la barra siempre hay dos hombres que charlan animadamente. Algunos días les acompañan distintas jóvenes, con una característica común: despampanantes y muy huecas según mi impresión. Uno es bastante maduro y se toma el café rápidamente deseando marchar. El otro es un joven de unos 25 años con una colección completa de bufandas muy estilosas que le quedan de maravilla, se nota que cuida sus detalles. Yo enseguida le califiqué como “el metrosexual”. Es muy atractivo y lo sabe.

Nada más llegar Euri nos trae lo que tomamos siempre. Nuestra camarera es rápida como un lince, lista y muy resultona.
Las que acudimos siempre para desayunar nos llamamos Irina, Marta, Ana, Marisa, Begoña y yo (las fijas) hay días que vienen más (las fijas discontinuas) y Erika hija de Cristina de dos años que ya apunta maneras…

Como en todas las pandillas de amigos siempre hay uno que se pega al grupo aun a sabiendas de que no es invitado ni bienvenido es Petri, la aceptamos pero el día que viene ella procuramos hablar trivialidades

Erika aunque tiene dos años viene impecable al café conjuntada, zapatos, vestido ó gomas de pelo diadema del mismo color. Un día vino una muchacha que se había operado de la nariz con una enorme escayola y Erika empezó a gritar de un modo escandaloso por lo que hubo que abreviar el café, aunque no nos hizo ni pizca de gracia.

Compartimos preocupaciones, alegrías, problemas escolares de nuestros hijos, intrusismo de familiares diversos y cuando alguien está deprimido por algo ajeno con lo que no se atreve a enfrentar o no quiere con delicadeza le apoyamos y no descansamos hasta que lo conseguimos, aunque haya que alargar un poco la velada. Siempre con mucho cariño y respetando la libertad de la persona.

Nº 100 SEGUIREMOS SOÑANDO
¡Cómo abría la boca mi abuela delante de la tarta de mi primer cumpleaños!
Málaga, 1990, yo con un vestido amarillo y mi abuela con diabetes. Ahora veo los videos, un día caluroso en aquel restaurante, toda la familia bajo una blanca carpa. Sonrisas, risas, anécdotas, miradas y yo de brazo en brazo. Veo fotos, cierro los ojos, y le veo a ella, tan rubia, presumida, con esos zapatos de tacón que desde ya, tan loca me volvían. Apartando los problemas en cualquier recoveco escondido y mostrándonos sus mejores sonrisas a la familia.
También desde el regazo de mi madre podía ver a mi hermana mirar con los ojos como platos a mi primo, ¡qué frecuente era entonces el amor entre primos! Mis labios y mis manos moradas por mi queridísima remolacha, mi madre y su atención e mí.
¿Sabes lo que era viajar en aquel lugar? Montar en ese tiovivo rosa y blanco y sentir que realmente volaba.
Probablemente aquel restaurante cutre, al ver los ojos de toda mi familia junta brillar, lo convertía en algo mágico. Ya no recuerdo entre que calles estaba, como se llamaba, ni si aún existe, pero se, que si un día lo vuelvo a encontrar, me sentaré, cerraré los ojos y lo único que haré, será soñar.

Nº 102 Besazo, el perro guardián.
Había una vez una pareja que tenian un restaurante. Decidieron comprarse un perro guardián. Después de pensar mucho, al final escogieron un dobermann. Lo compraron y lo llevaron a su restaurante.
La primera noche le pusieron a trabajar, de perro guardián. A la mañana siguiente, los dueños vieron que ¡les habían robado!
Pensaron que el perro se había despistado, o algo así… pero, por la mañana del día posterior ¡ también les habían robado!
Cómo no querían que esto se volviera a repetir. Enviaron el perro a la perrera
Una semana después, los de la perrera llamaron a los ex-dueños para decirles que su perro era UNA FIERA, que había herido a los demás perros y que querían devolvérselo.

Esto gustó a la pareja porque significaba que podía ser el perro guardián que ellos querían. Así que lo llevaron a casa de nuevo y… por la mañana siguiente descubrieron que ¡LES HABIAN ROBADO! Los dueños estaban a punto de recibir un ataque de nervios, cuando se les ocurrió regalárselos a unos amigos.
En casa de los amigos, también fue UNA FIERA.
Los dueños llegaron a la conclusión de que no defendía su casa porque ellos trataban mal a Besazo. Y se dieron cuenta de que en vez de retener a los ladrones, ¡ LES DABA BESOS!

Nº 103 LA PRIMERA VEZ

Sentado en la mesa que dà a la esquina de la barra, observaba detenidamente el corte perfecto del mármol, y trataba de encajar como aquella fría piedra, exhalaba ese calor, que hacia del ambiente más acogedor de lo que era, y eso que era extraño que se logrará alcanzar un grado mayor de calidez, púes si me despistaba un poco, juraría que me encontraba en casa, pero las risas de mis acompañantes me volvieron a la realidad, me interrogó una de mis bellas interlocutoras…¿y tú qué?…Yo, ¿qué? Le contesté ..estás en este mundo o por la cara denotarías que te hallabas a cien mil leguas de aquí, despierta hombre, en ese momento recordé, que debatíamos un tema que, no era muy habitual conversar entre nosotros , dado lo vario pinto de nuestro género y más aún cuando llevábamos recién, dos meses trabajando codo con codo, en aquel proyecto, que nos consumía en su totalidad y que era en estos momentos donde agradecíamos, los ratos de ocio, incluido, éste que se había convertido en uno de mis mayores placeres, el venir a deleitarme , más que con sus exquisitos platos que tenían fama y muy merecida de ser los más exuberantes y deliciosos del país, por que no decirlo,si no más bien de su estancia, de su no sé como dibujarlo en palabras, ni en ideas que están dentro de mi, en sensaciones que me agradan y me llenan y quisiera que no pasasen nunca, este era no como mi segundo hogar si no, mi primero y único sitio donde desconectaba de todo y de todos, menos de esa armonía que en mi despertaban sus paredes, su piso, sus ventanas, todo el sitio me embriagaba, cuando de pequeño vine por vez primera aquí, recuerdo el rostro amable del camarero, que haciéndome un gestos de agrado, como despeinándome los cabellos, me decía, vaya el mozuelo como está de alto, y es que nos conocían por aquí ya que mi madre había quedado viuda hace dos años y desde entonces éramos asiduos a este sitio, ella decía…Mejor que en casa…..sería tal vez, por no estar allí solos , los dos con el recuerdo de mi padre. Púes uno de esos días conocí a la mujer más hermosa de mi vida, ella era una señora de no más de ocho años, una mujer hecha y derecha, y con sus andares logro atrapar mi corazón, que desde entonces fue cautivo suyo, venía igual que nosotros todos los días, y claro pensé en que ella sería la madre de mis hijos a demás de la depositaria de mi primer beso. Púes ese es el tema que estábamos tratando los colegas y yo, abordando los detalles de nuestros “primeros besos” y por supuesto me había tocado el turno de relatar esa, mi primera experiencia, debido a mis cavilaciones me he despistado por completo de los demás relatos, que habría dicho Nelson, sería una situación muy cómica pues el es todo un payaso, y Cristina, se la ve muy sobria me hubiese gustado oír sus hazañas las de Robin y Brenda seguro habrán sido sosas, como ellos, y que decir de Angela esta chica aunque se le conoce poco, y habla poco se ve que lleva una alma de esas que han recibido muchos palos de la vida, debió de ser muy romántico, además hay algo en su mirada que me atrae; púes mi primer beso…muchachos..le dije..se lo dí a mi amor, al amor a primera vista, a una niña que conocí aquí en este sitio , a la chica que desde el momento en que la vi logró ocupar mi corazón a rebosar con su candidez, y lo mas irónico de esta situación son dos cosas, la primera, a saber, que ella nunca llego a saber lo que Yo sentía por ella, no tuve nunca esa oportunidad de llenarla de palabras y frases hermosas que le digan lo mucho que la amaba, decirle que con un aleteo de sus pájaros pestañas, me hubiese tirado al más profundo de los abismos, que con el canto de sus labios, hubiera logrado paralizar mi corazón hasta el invierno de mi vida, pero eso nunca pasó, nunca mi boca me delató, aunque sí mis miradas y mis temblores al verla, y la segunda también a saber, el día que la bese fue así: mi rostro frente al suyo, cual imanes atrayéndose de manera inexorable, su faz pálida como los blancos pétalos de las rosas anunciando sus otoños, sus manos frías y lánguidas como garzas atrapadas en el tiempo, y mi cuerpo todo, que temblaba como un cervatillo herido, tratando de buscar el remedio en esa boca néctar de vida, todo se me tornaba en medio de azules inciensos, y sabia que el momento de convertir nuestras bocas doncellas en cazadoras experimentadas había llegado, fue un beso breve , pero intenso, sus carnosos labios estaban fríos como los tienen que tener los osos polares, y los míos echaban fuego que al contacto, intercambiaron ese éxtasis térmico entibiándose los unos a los otros, me retire y abrí los ojos, pues los llevaba totalmente cerrados, esperando que al inutilizar uno de mis sentidos los demás aumentaran y así poder disfrutar mas de ella, de mi doncella adorada, ahora recuerdo amigos y amigas mías ese beso, ahora y siempre lo recuerdo y por eso cuando hago reminiscencias de ello como un acto reflejo suelo levantar del suelo los talones, pues en ese entonces también tuve que hacerlo, no por que ella fuese mas alta que mi, ni estuviese en posición mas baja Yo, era solamente por que no alcanzaba a besarla con los pies firmes en el suelo ya que el ataúd que contenía su frágil cuerpesito estaba más arriba de mi cintura, si amigos, si amigas mi primer beso se lo llevó ella el día de su funeral, solo allí me atreví a besarla, y luego al salir del funeral , venimos mi madre y Yo a este sitio, a tomarnos algo para tranquilizar nuestras almas, por eso amo este lugar, por que aquí encontré la calma después de la tormenta de ….MI PRIMERA VEZ. Todos quedaron callados, me miraban como cuando se mira a un loco y si, estoy loco, pero loco de amor….¡camarero!…llamé, por favor la cuenta …invito Yo, como siempre……

Nº 104Hasta Luego

La información que manejaba el servicio secreto era que el sitio seleccionado para el atentado sería el hostal adyacente a la plaza Libertad. Las ventanas de cuatro habitaciones daban a la avenida por donde obligatoriamente debía pasar el automóvil del presidente a las 9 de la mañana. Tal como se lo había pedido el presidente no le había comunicado nada a nadie, ni a su familia y había apostado a cuatro francotiradores en el edificio frente al hostal. Cada uno de ellos apuntando a cada una de las ventanas y con la orden de disparar si veían algo sospechoso.
De manera que desayunó frugalmente con Tana y Víctor, los ancianos que hace cuarenta y siete años lo habían adoptado a los días de nacido y ahora le ayudaban a criar a su único hijo, un bohemio jovencito producto de un amor alocado que vivió con una mujer que huiría a los dos años con uno de los viejos enemigos del régimen y por supuesto de él. – ¿Dónde está Rolando? – le inquirió a la señora entrada en años.
Víctor fue quien contestó – Tiene días que no viene. El otro día lo vi por el boulevard de los cipreses, me dijo que estaba viviendo con unos amigos músicos en un hostal de mediana categoría pero que pensaba irse de gira en estos días por la provincia. – Ese muchacho no sé cuando se dará cuenta que debe enseriarse – rezongó el experimentado policía – Por eso no nos las llevamos bien. Ahora intervino Tana: – Serás tú con él, porque él te adora y se esmera en que te sientas orgulloso de él. Simplemente que lucha por sus ideales y está dispuesto a morir por ellos, como cualquier persona de principios.
- Nada mamá, es una manía oponerse a las autoridades simplemente porque quieren poner orden. No vamos a discutir otra vez ese punto. Y como todos los días, se levantaba de la mesa, les lanzaba un beso y se despedía con la frase de siempre: Nos vemos, los amo viejos. Tal como estaba previsto. Cuando derribaron la puerta vieron al sujeto tendido en mitad de la habitación con la cabeza cubierta por la clásica mascara de esquiar y sumergida en un charco de sangre, al lado el rifle con mira telescópica. El grupo comando entró al recinto asegurando el perímetro para darle paso al Inspector Cancino. El jefe máximo de la policía ingresó a la pequeña habitación mirando alrededor sin ver a ninguna parte en especial. Uno de los hombres le dijo: – Aún respira señor, ¿le doy el tiro de gracia?
Cancino fijo en el hombre de azul que había hablado una mirada entre rabia concentrada y desprecio: – Los muertos no hablan coño. Dicho esto se acercó hasta el sujeto agonizante y se arrodilló colocándole la rodilla encima del pecho. Se escuchó un quejido apagado. El inspector rió con cinismo ante aquel gesto de dolor pero dejó de presionar cuando vio aquellos mechones de cabello sobresaliendo por el borde de la máscara. El herido dejo de quejarse y fijó sus ojos en él. Aquellos ojos avellanados y oblicuos lo miraban no con rabia sino con una mezcla entre ternura y curiosidad. Sintió algo familiar en aquella mirada. Una luz se encendió en su cerebro y con gesto decidido arrancó la máscara de aquella cabeza sangrante. No, no, noooo puede ser Dios mío. – quiso gritar, pero la cercanía de sus hombres quebró la frase en su mente. Sentía la cabeza dar vueltas, un nudo en la garganta y una fuerte punzada en el pecho. Ahora veía con claridad esos ojos que en un tiempo contempló como los suyos. Vio que el herido hacía esfuerzos por hablar. Quiso decirle que no hablara pero sus hombres lo observaban. Ahora de sus ojos luchaban por salir ríos de lágrimas. Su lengua se secaba en su boca. Su respiración se hacía afanosa. Desde la posición donde estaba ninguno de sus hombres le veía el rostro.
Uno de ellos se acercó y se detuvo a su lado para decirle: – Jefe, el presidente está fuera de peligro y quiere ver sufrir con sus propios ojos a este perro. El inspector no respondió, El hombre de azul vio como la mano huesuda del moribundo ahora se cernía sobre la recia mano del jefe y una gruesa lágrima resbalaba por la mejilla chupada. Sus labios tremulantes se cerraban en una mueca que aparentaba una sonrisa. Aún el inspector tenía el rostro oculto. Su espalda y hombros se sacudían. Parecía que lloraba. Los hombres de azul estaban atónitos. Se miraban la cara unos a otros. No entendían lo que pasaba en la habitación de aquel hostal. ¿Lloraba acaso el jefe? ¿Quién era el hombre moribundo? De pronto la mujer entornó los ojos, crispó más la mano sobre la del jefe y con voz apenas audible expirando musitó: – Nos vemos, te amo hijo.

Nº 105 Tú

La suave melodía que se filtraba por los altavoces ocultos no hacía sino acentuar esa sensación de inseguridad. Un tranquilo vals acompañaba el tintineo del tenedor, el débil murmullo del resto de comensales, haciendo que esa noche fuera más especial.
No sé cuántas personas percibían ese detalle, quién estaba, como yo, atento a cada acorde. Me maldije por estar pensando en esas nimiedades cuando tenía frente a mí, por fin, un ángel. Pero lo cierto es que el incomodo silencio que nos embriagaba hacía casi obligatorio reparar en esas pequeñas cosas.
Volví a mirarte con disimulo, fingiendo que escrutaba la salsa roquefort. Me pareció que retirabas la mirada, como si te hubiese descubierto en un dulce delito que querías ocultar al mundo. Te comprendía muy bien. Ese pequeño rubor en tus mejillas era similar al que había aparecido en las mías al rozar tu mano mientras cogía el pan.
Por el rabillo del ojo recorrí ese dulce óvalo, perdiéndome en la comisura de tus labios, deteniéndome en la punta de esa naricita respingona, y admirando esos ojos enmarcados por el rimel, intentando encontrar mi reflejo en tus pupilas. Reprimí el deseo de acariciar tu corta melena, de seguir el camino por tu cara, hasta dejarla descansar en la nuca, acercándome lentamente para robarte un poco de ese carmín.
No sabía qué decir, aunque poco importaba eso. Mi acostumbrada locuacidad parecía haberse esfumado en el momento decisivo, en la noche en la que todo se jugaba a una carta. Era consciente de que estaba retrasando lo inevitable, incapaz de decir esas palabras que durante todo el día habían revoloteado por mi mente.
Pero también sabía que tú lo sabías. No podías engañarme, se veía en ese brillo que, como las brasas de la chimenea, daba calor a tu mirada. Estabas esperando a que yo diera el paso, temblando mientras cogías el tenedor, impaciente por darme tu respuesta.
Era irónico que ninguno quisiera romper el hielo. Con la de horas que habíamos compartido con la excusa de tomar un café, charlando hasta que los posos descubrían nuestra coartada, y ahora nos habíamos quedado sin voz.
Conocía cada detalle de tu vida, no había nada que tú no supieras de la mía. Incluso creo que te diste cuenta de lo que yo sentía desde el día en que me regalaste aquella sonrisa, haciendo que desapareciera mi timidez y me sincerase.
¿Tan difícil era decirte “te quiero”? ¿Por qué me consumían las dudas? ¿Acaso no confiaba en mí mismo? Había elegido ese restaurante con la intención de sacar de mi corazón todas esas promesas que ahora, sin embargo, se me atragantaban, haciendo de mi copa un recurso sobrevalorado. ¿No era el momento?
Y entonces me di cuenta. No era aquí ni ahora, sino después, mientras paseáramos por la orilla de la Ría, justo en el momento en el que estuviéramos por la mitad del Zubi zuri. Yo te cogería de las manos, me pondría frente a ti, y te explicaría lo mucho que habías cambiado mi vida, todo lo que habías hecho florecer en mi interior. Te miraría a los ojos, y después, cuando hubieras asentido con una cálida sonrisa, me acercaría para rozar tus labios, mientras mis brazos te mecían en un dulce abrazo.
Sin duda era el mejor postre para acabar la noche, contar las estrellas cogidos de la mano.

Nº 106 TRANSPARENCIAS

Iba deprisa, hacía calor. Cargada como estaba con la maleta, hubiera dado unos cuantos euros por encontrar una fuente donde refrescarme. Y todo el oro del mundo por una cerveza fresquita y un rato de sosiego antes de decidir mi próximo destino.
Así que entré en el primer sitio que vi abierto y me senté. La camarera, después de hacerme la esperada pregunta, volvió rápido con una jarra de cerveza. Qué gusto. La saboreé a pequeños sorbos como se disfrutan los buenos momentos de la vida, muy lentamente.

Y entonces sucedió.

Vi tus labios cómplices sonriéndome de lejos, a pesar del libro que te cubría medio rostro y del biombo decorado con motivos modernistas que te ocultaba medio cuerpo y que separaba los dos espacios de la sala donde nos encontrábamos.

Habían pasado casi veinte años desde que nos vimos por primera vez. También en ese momento la mano suave de la casualidad, cómplice, nos unió en un bar como ahora. Tu rostro pálido y delgado del pasado se había transformado. Era distinto, más amplio y sosegado. Tus labios no habían cambiado.

Te observé de lejos, cómodamente, protegida de tus miradas y pensé en mi próximo destino. Había iniciado el viaje hacía veintitrés días exactamente. Los meses anteriores fueron duros en el trabajo: despidos de compañeros, culpas compartidas, miedos escondidos. Mucha inquietud y vértigo. La empresa no iba bien, cosa nada extraña por aquella época, era la tónica general de todas las del sector. Era difícil encontrar a alguien vacío de agobios a quien pudieras contar los tuyos. Y el mar revuelto de idas y venidas, de problemas del trabajo, fue llenando momentos privados, una marea alta que todo lo cubría, sin respetar los ciclos para retroceder, me ahogaba.

Un día alguien me salvó. Fue mi propio jefe cuando me despidió. Todos los meses mirábamos las listas de los trabajadores con expedientes de regulación de empleo. Siempre me libré hasta entonces. Miraba, comprobaba bien y respiraba. Uff, esta vez no-me decía. Hasta aquel día.
Y contrariamente a lo que esperaba, fue una liberación. No soy de las que gusta de estar todo el rato de bajo del agua. No lo llevo bien. Me gusta mirar el mar desde lejos, ver las olas como vienen y van, sus idas y venidas, previsibles. Me gustan las palabras como oleaje, placidez, envolvente, chasquido, baño. Y durante los meses que apuntaban al abandono de mi trabajo, solo oía otras como oscuridad, agobio, fango, nudo, estrecho, problema.
Y al final, mis palabras y mis voces se fueron también reduciendo, estrechando, a la vez que mi persona empequeñecía en un despacho sin luz apenas, porqué llegó un momento que me olvidé de subir las persianas de la única ventana del cuartito.

Después de decir adiós a mis compañeros y salir a la calle, sentí algo extraño. Miré hacia arriba y vi el sol, miré hacia la derecha y vi un camino. Miré hacia dentro y encontré palabras nuevas. Escogí entre ellas solo tres: viaje, luz y mar.
Me dispuse a poner las tres en mi maleta, que se llenó de ropa ligera de colores alegres, de un par de bikinis, toallas, pinceles y dibujos.
Y empecé entonces a planear mi viaje. Por primera vez en mucho tiempo planificar algo tenía sentido, me ilusionaba.
Ahora hacía veintitrés días que empecé mi viaje. Busqué el mar y el descanso. Buceé dentro de mí misma y encontré a alguien que merecía ser salvado.

Todo esto pensaba mientras te miraba. Habías sido un imprevisto en el viaje. Una luz distinta y tamizada.

Tres mesas repletas de gente nos distanciaban. Un murmullo de restaurante en la hora punta no me dejó oir el sonido que salía de tus labios.
Aún así pude distinguirte vocalizando una palabra: transparencias. Supe entonces que me estabas llamando. Tú serías mi próximo destino.
Y leí en tu boca todos los susurros.

Nº 107 EMANCIPACIÓN DEL DOLOR

Llevaba dos horas en la cama retorciéndome de dolor, y no conseguía dormir: tan solo me atormentaba aquél agudo dolor. Así que decidí sacar las mantas y sábanas de mi cuerpo sudado e irme al bar más cercano a intentar, al menos, emborracharme para poder, mínimamente, olvidarme de aquella tortura incesante. Me puse los pantalones, un jersey sucio que tenía en el suelo, las botas, cogí el tabaco, la cartera y el maldito dolor. Me fui a la puerta, agarré las llaves y la chaqueta y salí a la calle, cerrando la puerta suavemente.
Anduve un rato, en busca de un bar: el primero que encontrase sería mi nueva amistad. Por el camino me encendí un cigarro. Fumé un rato y cuando lo tiré, al poco hallé un bar, y viendo mi ingrata compañía, entre el frío y el dolor, entré sin pensar nada sobre el bar más que me sirvieran whyski hasta cerrar el grifo del dolor. Así que, en nada, ya estaba dentro. Entré y a mano derecha estaba la barra con un tipo apoyado en ella, bebiendo una cerveza resudada y fumando cigarrillos rubios. Delante de él, el camarero secando copas, y al fondo de la barra había un tipo gordo con la mirada en un punto fijo, pensativo, en sí mismo. En el tocadiscos sonaba John Mayall, pero al tipo de mi derecha no le importaba mucho pues no paraba de balbucear. Así que alcé la mano y pedí un whyski al camarero mientras me dirigía al fondo del bar, a la esquina más solitaria y oscura del bar, para matar, yo sólo, a mi dolor. De repente, otro tipo alto y delgado, fumando, salió del lavabo, guardándose algo en el bolsillo de los pantalones. Lo miré y me dijo buenas noches. Contesté acercándome a la mesa, tiré el tabaco sobre ella y me senté. El tipo alto y delgado se fue asintiendo con la cabeza tranquilamente.
En breve llegó el camarero y me trajo un whyski con hielo: me lo bebí de un trago y, antes de que el barman llegara a la barra, le pedí otro whyski, pero esta vez sin hielo. Me encendí otro cigarro y en el tiempo que volvía el camarero a mi mesa, se iba, borracho, el primer tipo que había en al barra. Ahora sólo quedábamos el gordo, el camarero, el tipo alto y delgado y yo. Bebí del whyski y fumé del cigarro. Goce unos segundos: ya empezaba a olvidarme de mi dolor. Fue entonces cuando se paró la música y en seguida empezó a sonar Hoist that rag. El tipo alto y delgado se alejaba de la máquina tocadiscos y parecía gozar de la música, tanto que se acercó al gordo de la barra y le dijo algo. El hombre gordo fumó de su puro, bebió de su copa, se puso en pié, lentamente, dejó el puro en el cenicero, se puso un gorro que llevaba y asestó un puñetazo al tipo alto y delgado, tan fuerte que éste acabó tumbado delante de mis pies. Yo me lo quedé mirando y me acabé el whyski de un trago. El gordo, de mientras, dijo: «¡Ya tienes otra marca en tu jodida obra de arte, gilipollas!». Cogió el puro y desapareció entre la callejera noche. El camarero movía la cabeza de lado a lado, lentamente, mientras secaba más copas, y yo pedía dos whyskies al barman. Tendí la mano al herido de guerra en el suelo. Éste la cogió, se levantó y dijo: «¡Trae la botella entera…González!» Le sonreí irónicamente y nos sentamos. Ofrecióme un cigarrillo mientras él se encendía otro y le dije: «Bueno… esta noche no seré el único que tenga un dolor inaguantable en su cabeza…».
Brindamos y bebimos sentados en la parte más solitaria del bar, con un gran dolor y una botella de whyski por acabar.

Nº 108 De mala muerte

Postrado en el mostrador, con su peso recostado sobre los codos, ahí estaba. Su codo derecho no se despegaba del mármol, que pegoteado por el alcohol era estrecho amigo de varios otros como él. Poses similares tenían los otros, en paralelo a él.
Miraba su reflejo, difuso en el mármol de la barra, movedizo, no iba a encontrar una mejor versión de él esa noche. Sentía su cara desfavorecida por el trajín, con capas que no sabía si llevaba encima hacía años o solo algunas noches. Los ojos hundidos bien atrás de los párpados, y las arrugas de la frente, pesadas, cargaban a los ojos que tironeaban para no cerrarse.
Todavía podía calcular como llevar su mano hasta el vaso, el tipo del otro lado de la barra no tardaba en llenarlo cuando hacía falta. Hasta ahí andaba. Venía postergando evacuar hacía un buen rato ya, sabía que no era un camino largo pero no quería dejarse en evidencia. Apenas si ojeaba como el piso se le iba alejando a lo oscuro. Claro que no quería moverse, si ya todo se movía de por sí.
Qué mala muerte, unos cuantos hombres embrutecidos recordando alguna fémina que ni se iba a asomar ahí. Esos hombres no tenían realmente nada que ofrecerle a una mujer, se bastaban con nublarse la vista para ni poder ver si ahí había alguna. Igual no había.
Más que encorvado ya estaba anclado, a punto de sumergirse en aquello que lo sostenía. Era solo esperar para que pasara, luego de algunos tragos más, no todavía. Con frecuencia sus huesos pesaban más de lo que sus músculos aspiraban a mantener vertical, sobre todo cerca del amanecer.
En la puerta del boliche quedaba siempre su deseo de adueñarse de esa noche, como antes podía y hacía. Cuando a cada trago un chispazo lo hacía sentir ligero y gozado. Por malo que fuese el tiempo, el nunca pensó en quedarse ahí hasta que lo echaran. Nunca pensaba quedarse, pero cada noche lo tenían que echar al cierre de la tasca. Y ahí, quedaba nomás con el silencio del bullicio y el silencio de él solo.

Nº 109 REPUDIO
No he vivido, sin duda, no he vivido; desde que en realidad, abandoné el bar, ya no he vivido y he vivido solo creo por vivir.
Trabajaba en un bar; todos lo saben; de noche, en la ciudad; y allí fue donde la conocí; se presentó al bar así como una inocente niña y yo mismo la llevé al encargado;”no, no, mujer”, escuché que le dijo el tal, “si el cliente quiere servicio tienes que dar” y pues ella “no, no”, decía; así que se fue, recuerdo, esa noche misma, de ese lugar y no la vi más.
Pero tiempo después en realidad volvió y se quedó y me hice amigo de ella y ella de mí, de tal forma que me enamoré pero sufría al verla allí. El bar, pues, en que trabajaba yo; era uno nocturno y las chicas allí, que eran diez, en realidad, en donde trabajaba yo; hacían que el cliente pida mas y mas; y si el cliente, para ello, les tocaba en donde no debía, se dejaban nada más; pero debía de pedir; y además si el cliente también quería servicio sexual, después, se lo daba; a justo precio; a mutuo acuerdo con el encargado.
Y digo que desde que me fui del bar ya no he vivido, era porque aunque no soportaba verla allí entregándose a todo el mundo, ahora que lo pienso bien, en realidad, mejor me hubiera quedado; cosa que si, al menos, le sucedía algo; yo, su amigo, el que la dejó después, estaría a su lado, pero ya no puedo; ya no puedo; porque me he ido.
Solo cuando veo al cielo, en realidad, me quedo mirando, no las estrellas, no; la luna y me pregunto, entonces, siempre que hay eso: ¿qué, que tienen las mujeres de los bares que las otras no tienen y que estas a tu disposición, que?, ¿será que ya está en mí, esa condición de amar, lo que no se puede amar?, ¿será que un mozo como yo; no se puede olvidar de una mujer?
Y un día de valor como hoy, que no quería ir, he ido; al bar, aquel, después de tres años de no ir; y he aquí, pues, que no vi ya a ella, ni me reconoció, sino a una glamorosa mujer que en el cuarto más oscuro y lejos del bar, en donde sucede todo menos lo decente, se encuentra la mas perra de todas las prostitutas, la más abominable.
 Tú, tú, me dejaste; te, te estuve esperando; ¿en dónde estabas; porque me dejaste?
No dije nada.
 Te has vuelto, te has vuelto – le dije – “…pero no pide seguir”.
Me dio un beso y me dijo: “mi cuerpo esperaba el tuyo, con mucha ansia y cuando me dejaste, quedé sin fuerzas y demasiado sufrí; pero ahora que estas aquí, vamos, vamos, larguémonos de aquí”.
Y he aquí que yo debía de rechazarla; he aquí que yo debía de repudiarla por perra; pero repito: ¿qué tienen las mujeres de los bares que parecen, no tener alma?
 “Vamos Sandy – le dije – vamos.
Yo también te estuve esperando…”

Nº 110 Imagen de una huella.
En lo interno de un antiguo café bullicioso-de hace determinados años que hasta el día de hoy, ya son más de treinta, figurando entre las relegadas páginas de una típica localidad, personalidad por excelsitud como conferida época. Perfil circunspecto y afligido del tiempo…Un tiempo sea bueno, tal vez… y que destina sin cesar su oído al viento, una noche veraniega con aroma con su apetecer, mar de piélago navegante. Debió haber sido por la obra de un lobo de mar con mucha potencia. Llevaba como título: Imagen de una huella, inaugural protagonista, por un actor, fácil mi nombre olvidar.
Recordación que no se ha extinguido…tal, si hubiera sido hoy…puesto que lejos, en su inicial vista tomada de la esbeltez sobre los abriles reposa. Su simpatía cara, un tanto lozano, sus ojos castaños, su piel trigueña, un número…veinticinco años, con apariencia seria, con algo de nauta en el atuendo. Rostro de amor, como los conferidos en poesía…en las noches de jovialidad, secretos anocheceres, cándido tropezar exhumado en nuestros días. Del enigmático mostrar, varón así da nuestra villa, lo mejor-el amor sumamente sensual. Una mirada a tan evidente obra que percibía fácilmente la intención de un promotor, que para cuanto ama de alguna manera, no estaba destinado a quedarse en lo que pudiera ser sino temor, maravilloso hubiera sido el elogio.
Imagen de cuyos ojos, eran, esos ojos castaños…sí, castaños, de un color miel, en el tiempo que fue joven y que me parece como si fuera en esta época. Llega la noche, un comenzar de vida con sus transacciones, la piel que ansia y busca el goce inevitable, perdido, una y otra vez, con la fuerza propia hacia el mismo lugar. Lugar humilde y ordinario, oculto en una callejuela, algo estrecha, la apartada taberna. Las voces de algunos que otros consumidores que se divierten jugando a cartas. Y allí sobre el humilde lugar la entidad del amor, poseer de los labios voluptuosos de una embriaguez tal, que incluso ahora al escribir, ¡después de tantos años! Días, noches, ponientes, madrugadas, espacios, ondas nuevas, antiguas, fugitivas, perpetuas, mar o tierra, navío, lecho, música, pluma, silencio, escritura, su forma, sabedlo, ni su gracia fue mía. Vuelve muchas veces y me toma la sensación amada, vuelve y me toma en su despertar la memoria, un viejo deseo cruza de nuevo por la sangre, cuando los labios y la piel recuerdan y sienten las manos como si volvieran a andar semis desveladas, intentando detenerlas, al despertar de la mente por la noche con el fulgor del día, metidos en un escrito ilustre.
Y en el desdén del viejo lugar, todo infortunio, pienso en lo poco del gozo por los años en su suceder, en que tuvo vigor, verbo, y belleza, como la cordura ha sido añagaza. Un rememorar reclinado en el interior de un café bullicioso, mora el alma en su viejo sitio ¡qué locura!… Impulso que constriñe en este momento, en cuanto a desdicha sacrificada…Descerebrada sensatez, cada ocasión perdida fuera una burla. Noche de verano, si, era verano…noche…en las tabernas que fue creciendo, ondas que por los pies acarician las huellas.
Sin rumbo pasea por la calle, todavía como en seducción, placer hondo, por el muy vedado sortilegio que acabo siendo… ¡de quien sabe! En un antiguo café. En vano su palabra escrita y pienso con la flor que se marchita, que ha mirado largamente la luna solitaria. Un roce al paso, una mirada fugaz entre las sombras para que el alma se abra en dos ávida de recibir en sí misma, mitad sueño en figura igual en amor, pidiendo su regreso. Silencio con su historia en el por años. Nadie al dolor responde. Se calla y la voz se esconde. ¿A quién decir lo que mi pecho sintiere? Triste nauta, lejana sombra que también supiste lo que es morir de sed junto al nacimiento de amor, en un mundo bajo el cielo desafiante y perturbador. Mi pensamiento y sus mentiras, voz finalista de tele-novela, matando a la protagonista.

Nº 112 Una mala resaca
Fue muy duro, estuve mentalmente ausente durante toda la noche. Intentaba dormir, eso siempre ayudaba, pero no estaba en el lugar correcto en el momento oportuno. En la habitación vecina se escuchaban susurros y gemidos, y aunque yo aparentaba calma, nada más lejos de la realidad.
Como dice la canción, todo comenzó en la barra de aquel bar. El encanto que sólo puede tener una taberna andaluza, con sus azulejos, su suciedad en la pared y su cerveza fría. Tres amigos, una mujer y dos hombres. Un guiño. Una habitación de hotel. Una noche que se antojaba inolvidable. Y no lo será jamás.
No estaba enamorado, ni mucho menos, pero sí me sentía atraído y esa noche me veía abrazándola mientras nos confundíamos con las sábanas. Todavía puedo oler su pelo. ¡Ay Bea! A veces pasa que se sueña con algo y resulta tan nítido que se confunde con la realidad. Pues en este caso me había imaginado durante tanto tiempo tantas formas de estar con ella que parecían tan reales como que ahora estoy contándoles esto.
Las horas no ayudan a olvidar, todavía está todo un poco confuso y borroso, realmente no sé qué ha pasado porque de verdad que intentaba dormir aunque no lo he conseguido. Dos horas. No más de dos horas de sueño de una noche muy larga.
Una lágrima se me cae por la mejilla, mejilla que ella misma había tocado, riéndose por dentro sabiendo lo que yo sentía. Esa zorra no estaba hecha para mí. Ella no quería, yo sí, pero ya es tarde. Tarde porque me sentía traicionado por mi mejor amigo, ése mismo que poco antes me incitaba a acercarme a ella, a llevarla a cenar, ese mismo amigo que se ríe de mí cada vez que puede, porque es así, esa es su forma de divertirse, a reírse del tonto gordito que nunca se enfada. Pero hoy no puedo decir lo mismo, la angustia que tengo en el cuerpo no es culpa de la zorra, ni de ese perro, ni mía. O tal vez sea mía, o de los tres. Joder, qué difícil es esto…
Sergio, ése al que puedo llamar amigo me incitaba más que ninguno y era el que se la estaba tirando: el que más se reía de mí. Pero ya no se reiría más, eso seguro. Porque digamos, que anoche fue su último polvo y el de ella. Por eso estoy aquí, señores agentes, porque yo soy culpable de haber acabado con los dos.
No sé en quién me he convertido. Ni quién he llegado a ser, ya todo da igual. ¿Orgulloso? Me siento como una cucaracha. ¿Qué va a ser de mí? Me da igual. ¿Quién seré a partir de ahora? Lo único que me queda de lo que he sido es un nombre vacío. ¿Que cuál es? Qué más da, sólo los héroes tienen nombre. Los demás sólo somos relleno.

Nº 113 LAS DOCE

En épocas de bonanza hubiera dicho que ingreso a un “barsucho”. Hoy te digo: “toda vestida de negro, sintiéndome muy elegante, ingreso decidida en un bar en pleno Sol de Madrid. Busco calorcito de Nochevieja. Por esta noche, faena de cartones, ¡no!”

Falda larga, blusa, zapatos, guantes, todo mi cuerpo ataviado de primera. Un abrigo de piel, unas tallas más que yo; único detalle discordante, aunque no se nota. “¡Qué guapa estás!”, dijo la chica del albergue al verme salir.

Más allá de la ventana empañada del bar, una piña humana yendo y viniendo con prisa. Prisa de llegar a las doce. A las doce a algún lugar, a abrazar a alguien. La nieve cae a las doce también. Nochevieja es esto, una mesa elegante, manteles blancos, velas cuadradas con adornos dorados, un mozo de aspecto dominicano ataviado de negro, nostalgias, reencuentros, familias, parejas, amigos, abrazos… Pido una taza de chocolate; no tengo dinero para pagarlo, nadie lo sabe. La juntada de cartones tiene eso: hoy tienes, mañana no. Hoy mucha nieve y lluvia desde temprano han estropeado el trabajo de muchos colegas. Ilusiones de festejos corren por las alcantarillas de la ciudad, todo empapado, inservible.
“¿La señora siente frío?”, pregunta el mozo de aspecto dominicano. Adivino los años de mi hijo, dominicano también, imagino unos treinta, como él; a él no puedo imaginármelo. ¡Demasiado tiempo para retener gestos ausentes! “Cuando vengas, ¡no me reconocerás, madre!”, sentenció desde Santo Domingo por el teléfono mojado… mojado por mi llanto, como todos los treinta y uno para esta época. “Madre que abandona a su hijo, mal asunto. Mal asunto para hijo, mal asunto para madre… ”. Pienso que no soy esa madre, soy otra… algún día seré otra…
Así… nostalgias, recuerdos, hijo ausente, no cartones, afuera frío de nieve, gente de prisa… ¡Ya son las doce! Iglesias y campanas se empecinan exclamándolo con fuerza, fuerza de vientos que penetran lo más secreto del ser humano.

El mozo dominicano reparte dulces y sirve copas con burbujas saltarinas, sonríe, dibuja la sonrisa de mi hijo… lo pienso, cierro los ojos, es él… está brindando conmigo… su traje es negro, su camisa blanca, su sonrisa cálida… es él… Afuera hace frío; aquí, muy adentro mío, también. Aunque…, ella, soledad, brinda con nosotros…

Nº 114 FIN DEL ACTO

-“Entonces ponme otra copa, Aitor…”.
-¡Corten! Habéis estado maravillosos. La película va a ser un éxito.
Julia no lo esperaba. La suerte estaba de su lado. Desde que se divorció no había levantado cabeza.
-Julia, espera –dijo el director sujetándola del brazo. –Quiero hablar contigo.
Ambos se sentaron a la mesa del restaurante donde habían terminado de rodar la última escena.
-Seré breve… -suspiró. –Estás fuera. He encontrado a una persona que te va a sustituir.
En ese momento, alguien entró por la puerta:
-¿Cómo estás, Julia? –su mirada guardaba mucho rencor.
-¿Qué… haces… aquí? –apenas podía pronunciar una palabra.
-Ya ves. Juré que acabaría contigo.
-Lo siento –el director cerró los ojos.
Aquella mujer sacó una pistola y disparó.

Nº 115 LA SEÑORA REVELA SUS SECRETOS DIPLOGÀSTRICOS

Estoy sentado sin nada que hacer en la mesa de un bar céntrico: en este momento se instala en la mesa de al lado una señora de profesión diplomática que conocí hace unos meses en un deteriorado bar de Pocitos.
Como en aquel momento ella estaba abombada por el alcohol, ahora no me reconoce. En este bar hay mucho bullicio, así que le grito que si no me recuerda y pone caras de extraviada, hace girar los ojos y me grita que no y que tampoco le importa.
Entonces comienza a beber en desproporción con su continente, tal como cuando la conocí. Por lo tanto me reconoce y me susurra con un graznido beodo: “Siéntese en mi mesa” .
Comienza –tal como cuando la conocí- a relatarme anécdotas mas o menos apócrifas de sus viajes diplomáticos. Me cuenta exactamente lo mismo que en aquella oportunidad, en el mismo orden.
Cuando una niña que vende estampitas interrumpe el relato, la señora diplomática la abraza y la besa pero no le compra nada , en ademán exactamente idéntico al de aquel día en Pocitos, con la única diferencia que en aquel entonces se trataba de un niño que vendía flores. Hasta dice lo mismo: “Dinero no tengo, pero afecto para dar me sobra” La niña igual se retira abandonando las estampitas en un charco de coca cola que se ha formado alrededor de mi vaso, esperando que tal vez la señora reflexione y le compre algo al volver.
Pero al volver, la señora no sólo no le compra nada sino que vuelve a apretujarla empalagosamente. La niña se retira furiosa con la señora. Y conmigo porque las estampitas flotan arruinadas en el líquido negro.
A diferencia de cuando la vi por primera vez, la señora diplomática ordena al mozo que le traiga comida. Al rato el hombre vuelve con algo entre panes, que ella comienza a masticar sin más demora. Ya no quedan más fábulas del mundo diplomático para contar, pero sus mandíbulas se obligan a permanecer en movimiento.
Y sucede lo que nunca había visto en mi vida: mientras come e intenta decirme algo relacionado con una obra de teatro que no me interesa, comienza a bostezar abriendo la boca hasta lo inadmisible, poderosamente, exhibiendo el bolo masticado compuesto de una especie de papilla de miga húmeda, huevos duros en picadillo, carne triturada de animal inidentificado, pasta de champiñones y pepinos y una envolvente flema traslúcida que funde y compacta la totalidad de la miscelánea orgánica.
La combinación simultanea y tan prolongada del bostezo y la masticación, dos actividades excluyentes entre sí, me produce una especie de euforia trastornada muy similar a la de una droga estimulante de mal corte.
Narcotizado, me pongo de pie con los miembros entumecidos y quiero hacer un montón de cosas al mismo tiempo: ordenar comidas exóticas al mozo, comprar estampitas y flores a todos los niños que se menean entre las mesas, conversar de fútbol, de política, de religión y del papanicolau con los vecinos de mesa, ir al baño a empaparme la cabeza para después ponerla debajo de la máquina secadora, abrir y cerrar todas las puertas, saltar sobre el mostrador del bar y destapar todas las botellas, pagar vueltas de tragos a todos los de este bar, a los de los bares cercanos y a los de los bares lejanos, tocar timbre en las casas de todos los vecinos y arrastrarlos de los pelos al exterior para organizar una gran celebración en la calle, llamar por teléfono a todos mis amigos, enemigos, conocidos y desconocidos y citarlos aquí y ahora para instituir una asamblea de ciudadanos ilustres que conviertan a este sitio en una ciudadela amurallada de resistencia a la invasión de un enemigo indefinido.
Nada de eso sucede pues los efectos del estimulante se disipan antes que pueda dar un solo paso. Pago mi cuenta, me despido de la señora diplomática que perpetúa el bostezo con la papilla a la vista y salgo al exterior convencido de haber descubierto los principios activos de un nuevo enajenante.
Pero estoy condenado para siempre a no saber qué hacer con este hallazgo.

Nº 116 Fidelidad recíproca.

Desde hace muchos años mi mujer y yo solemos acudir a cenar dos o tres veces al mes al mismo restaurante. Normalmente, suele ser en sábado, si bien, siempre en fin de semana o festividad. Como clientes habituales es cierto que se nos ofrece un trato preferencial, siempre lo hemos valorado aunque nunca exigido. De hecho, hemos conocido a las dos anteriores generaciones del actual propietario, por tanto, se puede intuir que ya llevamos varias décadas siendo fieles al lugar.

Y esa fidelidad no se debe tan solo a los espléndidos manjares que conforman su carta, tampoco se trata únicamente del exquisito, aunque familiar, servicio que se ofrece por parte de todo el fabuloso equipo que integra su plantel. Y qué decir del local, ocupa los bajos de un edificio clásico en el centro de la ciudad, decorado con gran gusto por uno de los más prestigiosos estudios de decoración de la zona pero siempre buscando la permanencia de su esencia. Tampoco éste es el motivo de tal lealtad.

Es cierto que la restauración ha evolucionado desde sus inicios. Hoy en día ya no consiste en un lugar donde acudir a comer. Es mucho más que eso, se trata de toda una cultura. Es el resultado de la combinación de una gastronomía desarrollada, sin perder la tradición, con una bodega cuidadosamente seleccionada, con un servicio atento pero discreto y con un excelente gusto en la selección de la cristalería, la vajilla, la cubertería y la decoración del lugar.

El conjunto de todos esos factores suponen motivo suficiente para continuar asistiendo a ese lugar durante muchos años más. Y eso que, durante estas décadas, en nuestra relación se han producido algunas situaciones desfavorables. Pero como cliente, mi nivel de exigencia nunca ha cedido y tampoco lo pretendo hacer en el futuro. Estoy convencido de que mi posición crítica, como la de otros muchos clientes, también ha colaborado en la obtención de esa esencia cultural.

Nº 117YO ERA POBRE
Yo era pobre. Aquello sí que eran crisis. Y como era pobre quería ser cocinero. Para comer. Muchas tardes me asomaba al chino de mi barrio, al restaurante digo no al señor que era amarillo, y miraba como los orientales hacían rollitos primavera, ensaladas de col y pato laqueado. Chupi. Luego iba a la pizzería y me entretenía viendo a las jóvenes, algunas hermosotas con la pechuga al aire y la barriga también, haciendo la masa, tirándola al techo y, así, preparar haciendo las pizzas con su jamón encima, su orégano, su pimientito verde. Qué ricas. Los domingos me asomaba a la churrería y, goloso que es uno, se me hacía la boca agua. Con qué estilo la churrera, que se llamaba Maruja y estaba más buena que las porras con chocolate, iba moldeando una masa diferente a la de los pizzeros, luego la ponía en su maquinita y, oh milagro de la ciencia alumínica, de allí salían grandes roscas de, eso, porras y delicados lacitos de churros a los cuales Maruja les ponía su azuquita encima y los vendía por unidades, docenas o cientos, como ví una vez a un gordo. Me da doscientos treinta y seis. Es para un bautizo. No será para el niño, dijo Maruja. No, señora, es pa´los invitaos, contestó el comprador azorado, ¿cuánto es?. Y fue bastante. Donde más aprendí desde luego fue en la mili. Estaba en Hoya Fría y los capitanes, que eran chicharreros nos hacían disparar con mausers de la guerra y, claro, matábamos a los delfines pero no dábamos en la diana. Bueno, pero vamos al grano. El último que terminaba de comer en la mesa larguísima llena de reclutas y andaluces tenía que llevar los platos a la cocina, lavarlos, secarlos y colocarlos en la estantería. Yo me hacía el tonto, y terminaba el último. Con eso lograba dos cosas, me comía los postres que sobraban y me tocaba ir a la cocina. Por entonces ya el hambre era la menos remota, pues vivíamos en el franquismo medio, o sea los tiempos del Opus en el gobierno, y comíamos pescado a mansalva y conejo del Monte de las Mercedes sin parar. En el alto franquismo si que hacía hambre por las mañanas. Dicen que en mi pueblo se comían hasta las cáscaras de las patatas y que cazaban cuervos y bebían agua del río. Eso eran crisis y no ahora que el Ibex, mayor ladronicio, anda entrando y saliendo en los once mil y que Paco González el del Bilbao etcétera ya tiene el hombre su jubilación asegurada, aunque los demás tengamos que seguir manteniendo a los hijos de veinte, treinta y cuarenta años después de haber trabajado cuarenta, treinta o veinte años sin cobrar las horas extras. Cosa de los sindicatos libres. Bueno, seguimos. Al salir de la mili me hice pastelero y aprendí a degustar las tartas de plátano y el jamón de bacalao, cosas sofisticadas en proporción a los filetes de carne de cabra que compraba mi madre y a los boquerones en vinagre con salsa de soja del bar de la esquina. En la pastelería engordé doce kilos y me dije que tenía que tomar nuevos rumbos. Como todavía no existía elBulli ni hablo catalán, con la disculpa de ser del Osasuna me hice amigo de de Arzak, y ahí la cosa cambió. Como quería ser cocinero de verdad y para comer como es debido, que también era una obsesión lo reconozco, además de tener una cuenta corriente como la de Arguiñano o Jaume Matas, aprendí a hacer rollitos de ternura con pasas secas, patatas con flambeado de guisantes y congrio al aire libre, escalope a la jiennense con aceitunas rebozadas, rabas musicales es decir en forma de micrófono afónico acompañadas de misterios de miel joven, revuelto de pan con trufas y moño de verduritas en sazón, mousse de lentejas al horno o tiras de pescuezo de cordero salpimentadas al ajo. O sea cocina del mercado, como había enseñado Bocusse a los grandes de la cocina mundial. Cuando Arzak vio que había superado el meritoriaje en vez de despedirme como habría hecho cualquiera me mandó a París. Allí aprendí francés y algo de árabe. Lo usual, como está usted, Alá es grande, España limita al norte con el Mar Cantábrico y los montes Pirineos… Pero en árabe, claro. Era para entenderme con el chef que era bajito y de Marraquech. Así que, con las enseñanzas del moro Muza que así se llamaba de verdad, Muzabderraman Boussed, aprendí a hacer los mejores postres. Repostería elegante con cierto tono afrodisíaco: jarabe de vino tinto con plátano macho, melón al estilo clientela con ramitos de endrinas chamuscadas, nuez moscada en torre de mermelada y crema de langostino hembra, milhojas de agua dulce aceitadas con leche condensada, jalea real adobada con melocotón sin almíbar, montoncito de menta brava y salvia rebozada con canela virgen, tarta de yogur agrio con canela verde, primor de chocolate al microondas con leyenda espolvoreada de queso Idiazábal, beso a las finas hierbas con salsa de frambuesa, trenecito de roquefort con manzanas a la mermelada templada, es decir cosas sencillas, suculentas, un poquito primorosas, como las que comen los Borbones por lo menos, con permiso del señor Tardá. Y así me hice famoso y me compré un piso en El Sardinero. A ver si me dan el Premio Príncipe de Asturias de la restauración por lo menos. Me lo merezco.

Nº 118 ESCAPAR DE TODO
Sabía que no debía estar en ese restaurante de carretera, casi solitario, pero algo me había llevado hasta allí en contra de mi voluntad, y no era precisamente en menú, era la camarera. Fue un flechazo, entré hace una semana por casualidad y la vio, muy acaramelada con el que suponía que era su novio, pero eso fue al principio, después el tipo la insultó, la humilló e incluso intentó ponerla la mano encima, pero yo me interpuse partiéndole una silla en la espalda y al instante cayó al suelo inconsciente. La chica empezó a llorar, gritándome que no era necesario llegar a eso.
-¿Cómo? Te mereces algo más, no entiendo como alguien puede hacerte algo así mirándote a los ojos. La podía haber dicho mucho más, por ejemplo, que a mí sólo se me ocurriría besarla y acariciarla y que no me cansaría nunca de hacerlo. No sé qué fue del tipo pues los dueños me pidieron que me fuese y que me hiciera un favor a mí mismo y no volviese a aparecer por allí, pero ¿Cómo podían pedirme eso? Necesitaba verla otra vez mas, proponerla que escapara conmigo de todo aquello, que dejara a un lado el miedo para vivir conmigo, para sentirse querida y respetada como se merecía, Y allí estaba, dispuesto a todo. Nadie me había visto entrar y nadie me vería salir si todo salía bien. De repente me miró, vi un grito de auxilio tras esos ojos preciosos, no me hizo falta hablar, todo iba a salir mejor de lo que esperaba. Rápidamente salió bajo la barra, me cogió de la mano y salimos juntos por la puerta de atrás. Me dio un beso, en el que sentí todo el agradecimiento por haberla salvado de aquello. Sabía que merecía algo más y ahora lo iba a tener. La cogí y la monte en mi coche, me sentía como si la conociese de toda la vida. Nos pusimos en marcha y la vi como miraba el restaurante. Rápidamente me miró, me sonrió y me pidió que ahora sí, nunca más volviese a ese lugar.

Nº 119El beso de la inspiración.

El vino siembra poesía en los corazones
Dante Alighieri

Aquel viejo escritor estaba cansado de hacer viajes en busca de la diosa inspiración. Había vislumbrado amaneceres polares donde la luz boreal parecía oro fundido en un campo de cristal. Sobre dunas se empapó del vacío sublime del desierto. En Nueva Guinea logró alcanzar la cima de una montaña y hasta fue perseguido por una tribu de caníbales Karowais.
Don Renato Calvino era un hombre de buena crianza que contaba con más de sesenta años a sus espaldas. Siendo tan sólo un joven de aterciopelado bozo consiguió publicar su primera y única novela, la cual se convirtió en la más leída de esa añada. Se tradujo a centenares de idiomas, muchos de ellos tan exóticos como el mandarín, el berebere o el guaraní. Sin embargo su carrera literaria se podría comparar con el descorche de una botella de champán francés: explosiva y fugaz. De manera que tras la borrachera de éxito a Don Renato le invadió la más mortífera de las resacas. Al principio estaba tan embebido en asistir a ceremonias y en recoger premios que no se percató de la huída de su numen. Con el tiempo comenzó una enloquecida búsqueda por hallarlo en los lugares más recónditos del mundo, y tras treinta años de sequía mental decidió que era el momento de rendirse.
Sin embargo su naturaleza luchadora le llevó a darse a sí mismo una última oportunidad. Para ello se desplazó una fresca mañana de otoño a su tierra natal y se hospedó en un señorial viñedo del Este de la región. Cada día disfrutaba con gran placer del buen vino que ofrecían aquellas cepas maduras al tiempo que reposaba su viejo cuerpo entre los solariegos muros de la hacienda. Sin embargo era incapaz de verter sobre el papel todo aquel fluido de sentimientos ¡Parecía tener el alma embotellada!
Era media tarde de un octubre rojo y Don Renato divisó que a lo lejos unos jóvenes se divertían pisando racimos de uva a la antigua usanza. La nostalgia se posó sobre el hollejo del anciano que recordando sus años mozos se arremangó los pantalones y saltó sobre el lagar. Sus cinco sentidos se impregnaron de los matices de la fruta fresca generosamente esparcida sobre el seco aroma de la madera de roble. Aquel escritor fracasado apretó fuertemente sus párpados y comenzó a pisotear los frutos con desazón y furia. De repente sintió la sangre correr por sus venas y todo el poso añejo que había estado acumulado durante años comenzó a fermentar. Las plantas de sus pies cobraron un intenso color morado y su dulzura se introdujo lentamente en cada poro de su ser.
Al instante entró en el lagar una bella joven, de cabellos rubios como el azahar y ojos de esmeralda. Tomó las manos del anciano y pasaron la tarde pisando uvas, regocijándose entre aromas silvestres bajo las luces del alba. De repente se hizo el silencio, y no se escuchaba nada; tan sólo el trino de los pájaros, alguna campana lejana y las risas de los pastores que se dirigían a sus casas. Bajo un silencio sordo y entre luces anaranjadas la dulce doncella posó sus labios sobre aquella frente frustrada. Don Calvino abrió los ojos encontrándose solo en el lagar, escuchando el murmullo del viento susurrándole al oído baladas.
Aquella misma noche comenzaron a brotar hermosas palabras de sus yemas, derramando litros de tinta sobre el papel. De esta manera fue como Don Renato Calvino logró brindarnos su jugoso corazón en forma de letras y decidió echar raíces entre aquellos terrones para renacer en la literatura con cada cosecha.

Nº 120 EL BAR DE MIKEL

Llevo tantos años observando, que a veces siento como si en el mundo solo existiéramos este rincón y yo. Ya ni recuerdo cuanto tiempo llevo aquí, solo sé que ante mis ojos han pasado demasiadas cosas. He visto fraguarse una guerra, y he visto enfrentarse a hermanos contra hermanos. He visto morir a amigos y he soportado la ausencia de aquellos que tuvieron que marchar para salvar su vida. Y todo lo he visto sin moverme de aquí. Recuerdo cuando Mikel abrió el bar. En aquella época no había coches ni autobuses, y nunca entraban mujeres, solo María, que venía con la escoba a buscar a su marido cuando llevaba demasiado tiempo aquí. Era muy gracioso ver al pobre hombre, borracho como una cuba y con los ojos desenfocados escapar de los escobazos de su mujer, diciéndole con voz nasal que acababa de llegar. Aquel pequeño rincón era lugar de encuentro de muchos corazones solitarios. Iban allí con sus problemas y salían mucho más animados. Todos ellos forman parte de mi vida y de mis recuerdos. Buscaban su consuelo en mí, y yo siempre estaba allí, esperando por ellos. Llevo en este sitio desde el primer día, y ni un solo instante he tenido la tentación de irme a otra parte. Jamás. Todavía recuerdo el día que Mikel compró una tele. Corría el año 65 y algunos bares de la zona ya la tenían, así que nosotros no podíamos ser menos. Cada tarde, el bar se llenaba de los sonidos que brotaban del misterioso aparato, y había más gente que nunca en nuestro establecimiento. Cuando empezaron a poner concursos, los lugareños hacían apuestas, y siempre era Gerardín, un chiquillo hijo de viuda, el que se lo llevaba todo. Era un crío muy avispado, pero que no podía ir a la escuela porque ahora era el hombre de la casa y tenía que trabajar. Además de acertar quien iba a ser el ganador, tenía una gran cultura general y acertaba muchas respuestas. Durante esos años, el programa que más gustaba era “Un millón para el mejor”, y todo el mundo lo veía en el bar mientras picoteaban unos pinchos que Mikel sacaba. Recuerdo también cuando Masiel ganó Eurovisión. En aquellos años había sido un triunfo, y todas las niñas de la zona iban al bar a cantar el La,la, la. Como anécdota recuerdo también una noche en que el bar no cerró. Era una noche mágica en que el hombre iba a pisar la luna por primera vez y todos los vecinos quisieron acompañar a Amstrong y a Hermida desde nuestro bar. ¡Cuántos recuerdos!. Los años han pasado deprisa y hoy todo es diferente. Gerardín es el alcalde del pueblo, y todos los vecinos están encantados con él. Cuando Mikel se jubiló el bar fue traspasado, pero yo seguí aquí. Hace cuatro años que volvió a cambiar de dueño, pero yo he permanecido en mi rincón, ese lugar donde todos vienen a apoyarse en mí para hablar de sus problemas. Yo no podría irme a ninguna otra parte, siempre he estado aquí. Sé que soy fundamental, pues nunca he visto un bar que no tenga barra.

Nº 121 ELENA VERDE
—No me gusta que me traigan la comida antes que la bebida.
Elena se le quedó viendo. Primero con sorpresa y luego con una sosegada molestia. El hombre no la miró nunca a los ojos. Se limitó a quitarse desinteresadamente la servilleta del cuello y posteriormente, aún sabiendo que ella le miraba con ahínco, dirigió sus ojos a la ventana que se encontraba en el restaurante. “No hay nada que ver afuera”, pensó Elena mientras recogía el plato caliente de crepas de la mesa, cuidando de no tocar la servilleta, ni con sus dedos, ni con el borde del plato. Sin quitarle la mirada de encima, mientras él seguía mirando hacia afuera, sabiendo perfectamente que ella aún se encontraba ahí parada, Elena se dio la media vuelta y se encaminó a la cocina del lugar. Entró en ella conteniendo una curiosa ira. Había algo en el hombre que a ella le parecía sumamente desagradable, sin mencionar el ácido olor que se desprendía de él, ni las espantosas sandalias que llevaba con ese traje gris de todos los días. ¿Quién, en su sano juicio, usaría sandalias con un traje sastre? Pero realmente era otra cosa la que le molestaba sobremanera, que la alteraba, algo que tenía que ver con su existencia, con su persona presente y viva en el restaurante, todos los días desde que ella trabajaba ahí. Se ocupó de ese pensamiento la mente de Elena, mientras vertía en la taza verde de todos los días el té negro sin azúcar. Regresó a la mesa sin darse prisa. —Que espere… —dijo mientras caminaba con el pecho erguido, pero él no la miraba.
—Aquí tiene —le dijo Elena sin quitarle la mirada de encima. Dejó el té de su lado derecho y luego dejó caer el peso de su cuerpo sobre una sola pierna.
—¿Quiere que le traiga la comida ya, o quiere que espere a que se termine el té? —Preguntó Elena, desafiante.
El hombre, que estaba a punto de llevarse a la boca la taza verde de té que más le gustaba usar en ese restaurante, dejó caer suavemente su mano derecha sobre la mesa, y lentamente subió su mirada a los ojos inquisitivos de Elena.
—¿Por qué está molesta conmigo?
A Elena la pregunta la tomó por sorpresa, se sintió de pronto como desnuda, como descalza, como si hubiese dejado que la gente viera sus pies y se diera cuenta que tenía una uña verde, verde como la taza del hombre. Podrida. La uña podrida de Elena la mesera. No sabía qué decir. La mirada del hombre, pesada, se dejaba caer como un trozo de hierro sobre el rostro enrojecido de la mujer.
—No —titubeó—, no estoy molesta.
El hombre la miró con detenimiento, despacio, como si disfrutase el enorme grado de excitación que ella experimentaba.
—A mí me parece que sí —y bajó la mirada con calma—. No es mi culpa que usted no sea feliz.
Y Elena, que aún lo miraba mientras él seguía con su calmo ritual de beber té en la taza verde, sintió entonces una rabia profunda, inmensurable. Se dio la media vuelta y se dirigió al baño de los clientes, quitándose, en su accidentado trayecto, el mandil y la comanda de órdenes. Heriberto, quien estaba enamorado de ella desde hacía tiempo, dejó el pan de empanizar a un lado y salió de la cocina hacia ella, dirigiéndole una mirada abrasadora al hombre que tenía la profesión de existir, nada más.
El hombre siguió bebiendo su té con la más infinita calma. Ernestina corrió al baño también, mientras desde la distancia, parecía que Heriberto le explicaba con vehemencia lo que acababa de suceder, dirigiendo ésta, miradas frecuentes al hombre, que no se inmutaba. Cuando se acabó su té, el hombre se levantó tranquilamente, se disculpó con la mirada con los otros clientes que lo veían con desdén, y se dirigió hacia el baño, en donde los empleados se habían reunido para hablarle a Elena desde afuera y convencerla de salir, puesto que, al parecer, lloraba. Heriberto lo miraba con rabia, como un perro descontrolado mientras Juana lo sostenía del pecho para contener su iracundo desprecio.
—Estará ahí unos quince minutos más. Mientras tanto, ya me he terminado el té —Le dijo el hombre a otra de las meseras, quien, al no ser capaz de decir una sola palabra, se dirigió hacia la cocina para buscar la orden. El hombre, con su paso lerdo y tranquilo, regresó a su mesa y sonrió hacia la ventana, en donde el sol brillaba esplendorosamente.

Nº 122 DESEO
Perfecto, llega tarde. Mis pensamientos divagan mientras apuro mi segunda copa de vino. Flashes de húmedas disculpas empapan mi mente. Mi cuerpo se estremece sacudido por esta conocida mezcla de alcohol y deseo; esta noche promete ser interesante.
Aparto mi mirada de la puerta principal. Su primera impresión marcará el ritmo de la noche, y no quiero quesea la visión de un hombre suplicante. Recupero mi imagen de fría superioridad mientras desvío mi atención al resto de la sala. Perfecto.
Puede que sólo vea mi propio apetito reflejado en los demás, puede que en realidad, cualquier restaurante un sábado por la noche sea tan sólo el primer paso de un precalentamiento que culminará en el cuarto de un hotel, unas horas más tarde. Pero a mi alrededor se despliega una fervorosa orquesta de parejas, que encerradas en su microcosmos de sensualidad, susurran, ríen y jadean al compás de la erógena melodía que compone este lugar.
Para matar el tiempo, mi oído, ya acostumbrado, se dedica a separar a las parejas de solistas.
Ella vestido rojo, él mirada suplicante. Sentados dos mesas a mi izquierda se ríen nerviosos. Su gesticular histérico contrasta con la mirada devoradora de ella. Puede que se deba a que él no consigue leer las señales claras que ella le manda, puede que tenga miedo de estropear la que probablemente vaya a ser la noche más salvaje de su vida, o puede ser que simplemente se sienta intimidado por la mirada felina de la leona con la que comparte la mesa…
Las risas nerviosas pasan a un segundo plano apartadas por el arrullo incesante de la ronca voz de un hombre en plena disertación.
Ella boca entreabierta, él voz susurrante. Sentados en la mesa más cercana a la mía continúan con su lección magistral. Música, pintura, ciencia, historia… nada parece escapar a los conocimientos de este hombre, oculto tras su cultura y unas modernas gafas de pasta. Ella, posiblemente veinte años más joven que él lo mira anonadada. La sexualidad a través del ensayo, desde luego es un tema digno de estudio.
La incansable perorata del hombre empieza a darme dolo de cabeza, es sorprendente el aguante de esta chica. Mi mirada sigue buscando alguna otra zona de interés.
Ella el pelo teñido, él comienza a tener el pelo cano. Sentados en una esquinita del bar se encuentra esta madura pareja. Probablemente casados celebrando otro de sus incontables aniversarios. Sus miradas ebrias brillan con la furia sexual de adolescentes, sus manos se pierden bajo el mantel, sus ojos nerviosos buscan no ser vistos…
La melodía termina, el mundo se para. Una mujer preciosa camina desde la puerta. Las bocas se abren a su paso, los deseos se desvanecen por comparación. Mi mirada la sigue desde la puerta. Varios camareros corren a apartarle la silla.
Ella se disculpa por el retraso, él sonríe frío y elegante

Nº 123 PERSONAJES
Nunca ordenaba el almuerzo antes de las tres. Llegaba a las doce en punto, se sentaba a la misma mesa, y abría sobre el mantel a cuadros una abultada libreta de pasta verde. Al principio no me incomodaba su presencia por ser un cliente que no demandaba de mi parte mayor atención. Con el correr de los días, sin embargo, noté que comenzaba a desentenderse de su frenética escritura, tan solo para mirarme por breves segundos, y entonces me inquieté. No demora en invitarme a salir, me dije, pero de sus labios jamás salieron palabras que no fueran para aprobar la temperatura del Cabernet Sauvignon y seleccionar el plato fuerte del menú.
Ayer pasó el tiempo y no llegó. Hoy, mientras lo espero nuevamente, me pregunto si él es un hombre que se formó en mi imaginación o, por qué no creerlo, si su invención literaria fui yo.
Nº 124 Margarita

¡Parece mentira que después de tantos años haya descubierto que trabajar en el restaurante de un hotel sea tan divertido y especial! ¡Vaya! Disculpen, qué falta de respeto, ni siquiera me he presentado. Me llamo Margarita y trabajo en el hotel Fantasía desde hace 20 años ya. El tiempo pasa tan rápido sin que una se dé cuenta, cuando comencé no era más que una niña con toda una vida por delante y ahora solo soy una señora de 47 años (muy bien llevados) que no ha salido del país. Y sí, después de 20 años descubro que mi trabajo es realmente interesante, y bien, supongo que se preguntarán el por qué de esta repentina pasión por mi trabajo así que voy a contarles cómo es un día en mi trabajo.
Me levanto a las 07:00 de la mañana, bueno rectifico, pongo el despertador a las 07:00 de la mañana y me levanto a las 07:30 aproximadamente, me ducho, me pongo la vestimenta que va acorde con mi trabajo y a las ocho en punto de la mañana estoy en el restaurante de Fantasía. (Hasta aquí todo normal como ven) La mañana es un poco aburrida porque los huéspedes no empiezan a venir hasta las 09:00 más o menos, pero una vez que llegan coincidiendo con la salida del sol (cuando sale el sol, que en invierno no suele salir mucho) todo se torna más alegre. El caso es que aquí viene lo interesante, y para demostrarles lo interesante que es, les voy a contar lo que me pasó el otro día. Yo como cada mañana, servía el café, la leche y todo lo que el cliente del hotel desea, cuando de repente (y por accidente) escuché una conversación ajena a mi interés, lo sé pero, ¿qué quieren que haga si tengo casi 50 años?, era una pareja joven discutiendo, él tendría sobre veinticinco años como mucho y ella, un poco más mayor, le calculé unos 30. Discutían muy seriamente sobre el trabajo del chico, que según me enteré, era pianista y ella quería que él se dedicara a otra profesión y yo, sin más, cogí y me senté a decirles que cada uno debía dedicarse a lo que realmente le haga feliz, porque un trabajo es algo serio. Me miraron bastante raro, lógico, ni siquiera les llevé el bombón con leche tocado de Baileys que me habían pedido pero dejaron de discutir. Debo confesar que yo no soy la autora de esta frase, se la había oído a un niño de 10 años el día anterior cuando le decía a su madre que quería ser, nada más y nada menos, vaquero. Aquel día, en la cena, dos hombres extranjeros, muy dicharacheros, me contaron cómo era su país y me quedé tan anonadada escuchando que decidí preguntarles a todos los huéspedes del hotel que me contaran historias de su país (o por lo menos se lo he estado preguntado a los que tienen cara de simpáticos).
¿Saben qué es lo mejor?, pues como he dicho antes no he viajado nunca pero ahora soy perfectamente capaz de contarle cómo es cualquier país sin haberlo pisado y, aprender otras culturas, conocer gente… en un trabajo simple como la hostelería es fascinante.

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Nº 1 Paris La Nuit
Hoy era su 35 cumpleaños y al apagar las velas en el restaurante y pedir su deseo sintió un gran vacío por dentro. Tenía todo lo que se podía desear, su profesión le había ocupado su vida y se lo había dado todo pero, ¿por que se sentía de aquella manera? ¿Qué le podía pedir a la vida que todavía ésta no le hubiese concedido? Cerró los ojos, sopló las velas y exclamó:- un viaje, deseo un viaje sin concesiones-. Buscaba un viaje distinto, sin compañía, un viaje que le sirviera para evadirse de todos y de todo.

Esa misma tarde entró en la agencia y mientras ojeaba viajes a la India y a Cuba, ineludiblemente su atención se desvió hacia un grupo de chicos y chicas gays que intentaban cerrar un viaje para pasar el día del orgullo en New York o París.Y se dijo:
-París no es un mal destino-. En su época estudiantil se corrió varias juergas inolvidables, sus primeras borracheras y hasta sus más bohemias locuras sexuales, llevaban escritas en su piel aquella ciudad y quien sabe si lo que su vida necesitaba ese verano era volver en cierta manera a aquella juventud despreocupada de fiestas interminables.

El TGV partió de Hendaia dos días después, y tras 5 horas de viaje y otra más de taxi, entró en el hotel y a pesar del cansancio, no pudo evitar fijarse en la preciosa recepcionista que le estaba esperando con la mejor de sus sonrisas. Sophie era una linda y cálida parisina de voz dulce, tez morena y ojos cautivadores.

Después del papeleo oportuno, Sophie le preguntó si conocía la ciudad, a lo que respondió que su cuerpo años atrás la había conocido y que ahora no sabía muy bien que hacia allí ni que quería, pero que no estaría de mas buscar un poco de ambiente. La sonrisa picara de la recepcionista le hizo caer al momento, y tras ruborizarse sobre manera, le intentó explicar que no se refería a ese “ambiente”, pero entre tartamudeos y nervios, no consiguió dar con ninguna excusa convincente.

Sophie terminaba ya su turno y quiso mostrarle lo mejor de la cuidad; no se lo pensó dos veces. Salieron del hotel y se fueron en moto a recorrer algunos de los lugares más románticos de Paris, La Opera Garnier, los Campos Eliseos, Montmartre, la Tour Eiffel…. Por primera vez en mucho tiempo se sentía libre, junto a una desconocida que le estaba enseñando Paris y con la que no tenía que fingir, simplemente se dejaba llevar. Se adentraron en callejuelas estrechas en las que personajes peculiares habitaban en bares desconocidos, hasta que llegaron al cruce de Le Marais donde les detuvo una gran manifestación de color. Gente despreocupada que se besaba, que se reía, que lanzaba plumas al aire.- ¿No querías ambiente? es que hoy es el día del orgullo-Le dijo Sophie.-Demasiadas sensaciones para mi, necesito que nos tomemos algo- le respondió.

Y así acabaron en un bar de copas típicamente parisino, con mesitas para dos y sillas de forja, con velas encendidas y acogedores cuadros que evocaban al mejor Paris de todos los tiempos. Un lugar donde el olor a perfume y tabaco resultaba de lo más embriagador. Un lugar en el que comenzaron a saber de sus vidas, en el que las miradas robadas, sin saberlo, eran preludio de algo que resultaría mas adelante irrefrenable.
Y mientras la gente que había a su alrededor desaparecía, aquel bar se convirtió en testigo mudo de nuevas experiencias, locas, poderosas, seductoras, libres….

No hizo falta decir nada, el alcohol tiene esa capacidad de hacernos olvidar nuestro lado más tímido, y además el ambiente que en aquel sitio se respiraba era de lo más adecuado. Que terminaran besándose era cuestión de segundos. Sophie dio el primer paso, acercó su mano a su cara y con un suave movimiento le obsequió con el beso más dulce que jamás nadie le había dado….Clara, tras un largo silencio, le dio las gracias y le dijo:
-Necesitaba unas vacaciones para encontrar algo positivo en mi vida, algo que le diera sentido, y por supuesto que lo he encontrado, he encontrado lo más valioso, me he encontrado a mi misma-.

Nº 2 La ensalada triste

Érase una vez una ensalada que estaba triste, porque era fea. Sus hojas, aunque verdes y tersas, no tenían la belleza y el brillo necesarios para atraer las miradas de los comensales. Sus diversos componentes, sencillos y elementales, no la hacían atractiva, no conseguían despertar con sus colores el deseo de consumirlos. Algo le faltaba…

Una noche, en sueños, vio llegar un carruaje cargado con aceites, vinagres y sales de todo tipo. Estos condimentos descendieron majestuosamente del carruaje y se emparejaron. Comenzaron a bailar al son de una dulce música que los envolvía amorosamente y, girando y girando, el baile se tornó veloz torbellino que, con con su ritmo impetuoso, acabó por emulsionar a los condimentos en un frenético abrazo que dio como resultado una crema aterciopelada, dulce y refrescante, capaz de avivar los deseos de cualquier comensal sensible y de imprimir belleza a la ensalada más vulgar.

Despertó sobresaltada y turbada, intuyendo haber hallado la solución a su fealdad y falta de gracia. Reclamó ser rociada con aquella preciada mezcla que había visionado en sueños y al punto comprobó que todos sus componentes se hacían bellos y atractivos, perfumados con los aromas de la sabia combinación que, una vez concluido el baile, penetraría hasta el más recóndito de sus rincones, proporcionándole un nuevo y sugerente aspecto.

Una vez en la mesa, no lo podía creer. Los comensales se la disputaban y la degustaban con fruición, su aroma se extendía e invitaba al festín. Era bella, y todo gracias a aquel baile que contempló en sueños.

Nº 3 Razones , emociones y sentimientos .

Hoy he vuelto al bar.

Los médicos de la razón me dicen que descanse y me insisten que es malo ir al bar, pero me emociona llegar, me hace sentirme bien.

Hoy he vuelto al bar. Dos el barra, siete en el fondo, atención al cliente sin cariño, como siempre . El del cariño estaba intentando de nuevo el milagro de la razón , aunque no consigue emocionar . Pero a mi , al menos, me hace sentirme bien .

Me tomé el café y leí la prensa . La razón . No me emocionó , pero me sienta bien leer la prensa .

Escuché a los dos de la barra , hablé con los siete del fondo , agradecí la atención al cliente, sin cariño. No importa . Donde no hay amor pon amor y encontrarás amor . Lo llevo con tu retratito ,en mi cartera . Tuve un amor que mató el amor por sólo encontrar amor.

Acabé de leer la prensa , la razón , y llegaste .

Ni está ni se le espera , como siempre .

Yo lo ví y te pregunté . No esperaba menos .

Si . Sin embargo me mató la razón . Me sentí mal . Mi emoción me pudo .

Tienes razón , la puerta siempre está abierta .Aprendí a dejarlas abiertas cuando perdí el miedo y lo cambié por aprecio .

Si . Sin embargo me hubiese sentido bien al aprender a saber que había que cerrarla .

Me hubiese emocionado tener a alguien que un día compartió , ¿ cerramos la puerta?

Pero el yo me mi conmigo no es plural .

No debí haber ido , pero hoy he vuelto al bar .

Tienes razón , yo no me mi conmigo , nunca lo haré .

Pero al menos sé qué hacer mañana ; Tirar esta carta a la papelera sin color .

Y bautizaré con otro nombre a mi libro porque soy pobre. No tengo dinero para comprar mis ideas .

Si tu estás bien , yo estoy bien . Y Paso página . Mañana es el primer día del resto de mi vida .

Y además éste relato tampoco tiene ni razón, ni sentimiento, ni emoción , ni nivel para concursar .

Nº 4 Vivencias
La vida es bella y cruel por momentos. Ahora me resulta imprecisa y esperanzada. Todo depende de la situación. Recuerdo los hechos. Empezó la primavera del pasado año cuando ojeaba las noticias de un periódico local en la mesa de un bar de ambiente agradable. Se acercó una mujer joven y me preguntó: ¿es el ejemplar suyo o del establecimiento? Le respondí que era mío pero que si lo deseaba se lo podía dejar en unos diez minutos. Me precisó que solo lo quería para ver los números premiados de lotería, ya que tenía una corazonada. Dado que también me encontraba en igual situación, le propuse comprobar ambos al mismo tiempo la lista, diciéndole que si tenía algún premio le invitaba a comer en el restaurante. Me dirigió una profunda mirada valorando la situación. Dudó y dijo: acepto y propongo lo mismo. Ambos, puestos de pie, localizamos la hoja de las loterías. Miré el primero de los dos números que tenía y no resultó premiado, pero el segundo fue agraciado con el reintegro. Al de ella también le correspondía “dinero atrás”. Comimos juntos y empezamos a conocer algunos aspectos de nuestras vidas. Resultó agradable. Decidimos adquirir un nuevo décimo cada uno, con el mismo número y convinimos que el domingo siguiente al sorteo nos encontraríamos en el mismo bar para comprobar nuestra suerte. La suerte, pensé, era el haberla conocido. Lo demás era lo de menos. Fuimos repitiendo el mismo procedimiento hasta convertirlo en hábito. Cuando recobrábamos el dinero por el que compramos la ilusión de conseguirlo fácilmente, lo gastamos en comidas y cenas, que a veces se completaba bailando salsa, tango o lo que fuera. Resultaba enigmática y solo teníamos como referencia el encontrarnos los domingos en el bar a las 12 horas, despidiéndonos “hasta el siguiente”. No conocía en qué lugar vivía, ni su numero de móvil, ni…, ni…, pero me embrujaba ilusionándome por volver a encontrarnos. Era como la luz del camino de mi vida, aunque aún me resultase desconocida en muchos aspectos. Se mostraba educada, elegante e inteligente. En algo debía ser imperfecta, pero lo desconocía.
Me comentó que era una apasionada de la botánica y que le agradaría fuésemos a un lugar de gran interés por la variedad de plantas y en donde encontraría dos especies raras, para aplicarlas a un determinado remedio natural. Además podíamos visitar a su apreciado tío que vivía cercano a ese lugar. Sugirió llevara mi coche y en agradecimiento me invitaba a comer y a cenar, ya que partiríamos al amanecer y volveríamos ya entrada la noche, no deseando pernoctar. Propuso fuese dos sábados más tarde y acepté gustoso. Ella quedó en decirme la ruta y el destino. Iniciamos el viaje con buen día y por carretera bien asfaltada. Luego se fue nublando y me guió por carreteras de tercer orden hasta desviarnos por un camino en donde dejamos el coche para continuar a pie por senderos. Llegamos a un bosque frondoso y se orientó por algunos árboles y piedras con signos marcados en color verde. Me dijo que le esperara en un claro y que ella se adentraría algo más para localizar mejor las plantas, dada la gran estrechez del sendero y el aumento del follaje. Le ví avanzar utilizando un machete que portaba en la mochila, hasta situarse en una pequeña cueva en la que entró. Volvió pronto con una bolsa que contenía plantas y, tal vez, algo más. Estaba contenta y mostró una gran sonrisa al sentarse en el vehículo. Ahora vamos a visitar a mi tío, dijo, señalándome la dirección que debía de tomar. Llegamos en media hora a un gran caserón rodeado de una amplia extensión de terreno y me señaló en donde aparcar. Bajamos del coche y subimos una escalinata hasta situarnos debajo de una campana de bronce con una cuerda colgando. La tocamos y sonó con un tañido seco y lúgubre. Se asomó un sirviente en una ventana de la primera planta. Ella se identificó y bajaron para abrirle la doble puerta de madera noble y tallada. Me indicó fuese a su lado y así lo hice hasta encontrarnos en presencia de un hombre de edad avanzaba, cercano al cual estaban dos grandes y fuertes mastines tumbados, con los ojos abiertos y mirándonos en silencio. Fuí presentado como un buen amigo y ella le hizo entrega de dos paquetes forrados en papel de seda con lazos en cinta azul, al mismo tiempo que le decía tener las plantas que curarían su enfermedad y dolencias. Le comentó que podía prepararlas para su ingestión al tiempo de la merienda. No deseando esperar más tiempo, su tío hizo que el sirviente trajera un té con dulces y pastas y pidió aceite y algún otro elemento para que las plantas fuesen preparadas de inmediato por ella, para poder iniciar la cura de sus padecimientos. Así se hizo. Mantuvimos los tres una agradable conversación intranscendente de una media hora. Se mostró agradecido al despedirnos. Nosotros retornamos al núcleo urbano para comer y hablar de nuestros temas. El resto del día resultó agradable hasta que regresamos. Habíamos comprado cuatro decimos de lotería en un muy conocido despacho y los guardamos en su bolso para comprobarlo como siempre hacíamos. Llegó el domingo. Eran las 12 y pedí una primera consumición. Pasó el tiempo y ella no apareció. Me fuí a las 15 horas. Pensé volver al domingo siguiente, pero decidí no hacerlo días después, ya que me acerqué hasta el caserón en que visitamos a su tío. Pude leer su esquela en los postes cercanos, pues había fallecido un día después de estar con él. Se hacía referencia a un solo familiar, que era mujer. En el pueblo cercano me indicaron que tenía una sobrina como heredera universal. Decidí ir al despacho de lotería para comprar un décimo y ¡oh!, sorpresa, había repartido el premio gordo y estaban identificados los agraciados a excepción de cuatro décimos, entre los que se hallaba la fracción con premio especial. Al parecer dieron orden de su cobro desde un banco de Brasil.
Decidí olvidar y celebrar que me encontraba vivo. Intentaré aprender para el futuro. No sé sí lo consegui

5 Mesa para dos

Como cada ocho de abril, acudió puntual, vestido con su traje, impecable, recién afeitado y oliendo a “Varón Dandy”. Le acomodó en su mesa habitual, en una esquina junto a la ventana, y sirvió las dos copas de champán, detalle de la casa. Como cada año, encargó Vichyssoise y Lenguado Merniere para dos, así como una botella de Verdejo. Tal como había hecho los últimos cuatro años, sirvió la cena en dos platos y, cuando él terminaba el suyo, recogía el otro intacto. Desde que se hizo cargo del restaurante, veintidós años atrás, les había atendido, gustoso, el día de su aniversario. Por eso entendía a la perfección que él no pudiese faltar a su cita.

Nº 6 EL DELANTAL DE MI ABUELO ANTONIO
De Itziar, del alto de Deba era mi aitita Antonio. Y por no ser el mayorazgo del caserío se vio obligado a salir de él emigrando a Bilbao.
En nuestro querido botxo hizo sus primeros pinos como albañil. En el gremio de la construcción, paleta y llana en mano, trabajó un tiempo hasta que su fuero interno le reclamó iniciarse en el mundo de la hostelería.
Un bar de chiquiteo en Fernández del Campo fue su bautizo como tabernero. Para ello pagó al arrendatario saliente las cincuenta pesetas acordadas (sin recibo alguno por medio); se estrecharon la mano y, tras colocarse el delantal azul mi abuelo, se convirtió en el tabernero del “Bar Alcorta”. Poco después, su iniciativa le movió, ayudado en todos los menesteres por mi amama Dolores (su esposa), a preparar en el fogón del bar: cazuelitas, pinchos, comidas de diario, etc… Pero no paró aquí su emprendedor empuje. A continuación compró una mesa de billar (de carambolas), acompañada de un par de juegos de bolas y unos buenos tacos, y con ello atrajo al establecimiento a otro tipo de clientes; entre ellos al gran campeón de la especialidad, Butrón.
Polifacéticos los abuelos, aprovecharon algunos ratos de cama para traer al mundo diez hijos, entre los cuales se encontraba mi bendita madre. Pero tantas bocas que alimentar volvió a encender en mi aitita Antonio la necesidad de un nuevo delantal. Y con un brioso paso adelante abrió el siguiente Bar-Restaurante en Hurtado de Amézaga.
Recuerdo con gran cariño a mis antepasados y, en especial, al emprendedor hombre del delantal.
“ Itziarren semea”

Nº 7GEOGRAFÍAS
Cada día, a la hora en la que el invierno se manifestaba con una fría calidad lechosa a través de los ventanales del bar, lamiendo con ansia centímetro a centímetro de las mesas de mármol, de la barra soñolienta que yo calibraba con desgana infinita, después de que los parroquianos habituales se encaminasen a sus respectivas negligencias y de que un sopor como de siesta temprana cayese sobre el barrio de Lavapiés, ella cruzaba el umbral arrebujada en su abrigo negro como un pájaro de luto, con una mochila raída de sus tiempos de estudiante y, tras pedirme un café sin azúcar, se sentaba al fondo, junto a la puerta del baño, donde la luz de la calle no pudiera alcanzarla. Tenía una mirada afilada e insolente, que se clavaba durante unos minutos con fiera determinación en alguna región de su pasado mientras revolvía inúltimente el amargor de su taza. Luego sacaba un plano de alguna ciudad desconocida que yo adivinaba tan distante de Madrid como sólo puede estarlo un lugar que la nostalgia no ha visitado todavía y recorría dócilmente con sus dedos la geografía de sus calles, entregada a una ensoñación que durante un instante dulcificaba sus rasgos y la acercaba al mundo de los vivos.
Me acostumbré a su presencia silenciosa, ajena a mí y a mi triste bar, como el que se habitúa a los geranios de su ventana, hermosos y despiadados en su indiferencia y paseé junto a ella por los vericuetos de su ciudad fantasma, desprendiéndome cada mañana del lastre de realidad que me ataba a la sofocante transparencia de un Madrid desnudo y sin misterios.

El día que se percató de que yo observaba cada uno de sus movimientos, dejó el importe del café sobre la barra sin mirarme a la cara y no volvió más. Su mesa quedó más vacía que nunca. Su ciudad, esa de la que yo nunca conoceré el nombre, se fue con ella; y la mía perdió para siempre la oportunidad de ser recorrida por aquellos dedos.

Nº 8CASA NEKANE
(UN RESTAURANTE DEL SIGLO XX EN EL SIGLO XXII)
– Antonio, ¿has quedado para comer con alguien? Tenemos que hablar, es importante.
– ¿Es sobre “eso”?
– Sí, pero no digas nada por teléfono, te lo cuento mientras comemos en “Casa Nekane”.
– ¿En “Casa Nekane”?
– Sí, donde el comer es un placer y el beber es un deber.
– ¡Joder! eso es poesía y no lo de Bécquer. Y encima pagas tú. ¡Vamos para allá maestro! Y no te llevo flores porque te las comes.

Diez minutos después Paco y Antonio franqueaban la puerta de “Casa Nekane”. Éste era un restaurante de los que ya no quedaban. Era el único en dos manzanas a la redonda donde se podía comer decentemente por dos mil euros. Estaba decorado al estilo de los años cincuenta del siglo veinte: Las mesas tenían manteles a cuadros, (las pares a cuadros rojos y las impares a cuadros azules) y las sillas eran de madera con cojines a juego con los manteles. La barra ostentaba raciones ya solo encontrables en museos gastronómicos (merluza rebozada, pimientos rellenos, morcilla con pimientos de piquillo, boquerones en vinagre, al ali–oli, chorizo a la sidra, etc…) debido a la persecución acérrima que sufría este tipo de raciones por el “Ministerio Anti-obesidad”, desde la aplicación de la “Ley Seca” (de grasa).

(Nota Aclaratoria: En el año 2127 el “Ministerio Anti-obesidad” había prohibido todos los alimentos que tuvieran más de catorce calorías. La comida “light” dominaba el panorama culinario)

Las paredes de “Comidas Nekane” intercalaban azulejos blancos con azulejos con sentencias filosóficas del tipo: “El hombre fino con todo bebe vino”, “Para ser guapo y hermoso buen vino y mucho reposo” “Clases de vino hay dos: el bueno y el mejor” “Si el mar fuera vino todo el mundo sería marino” etcétera, etcétera. En suma: era un restaurante. No un “café lounge” ni un “espacio minimalista”. Era un sitio en el que te comías lo que ponía en la carta: El pollo con patatas era pollo con patatas y no “Chicken con tubérculos de temporada en salsa propia”. La tortilla era tortilla y no “Huevos deconstruidos con frutas de la tierra”.
Y era un lugar del que salías sin hambre. No uno de esos restaurantes con “Menú Degustación”, un invento demoníaco que sólo servía para servir medios platos a precio de platos enteros. También era de los pocos que ofrecía un menú clásico “Menú del siglo XX” lo llamaban los cursis y “Comida casera” lo llamaba Nekane, aunque en pocas casas se comiera tan bien como allí. En los tiempos que corrían, raro era aquel que tenía sartén y más raro aún, quien supiera usarla.
La dueña de este fabuloso restaurante se llamba Nekane, como los lectores más avispados ya habrán adivinado. Nekane para los amigos y Nekane Aguirre Olabarrieta para Hacienda.
Esta mujer era toda una señora. Con todas las connotaciones positivas que la palabra señora tiene. Madre y mujer trabajadora desde que tuvo a sus hijos, antes mujer trabajadora. Llevaba al frente del restaurante desde el año 2102, sin más ayuda que la de Iker, su marido desde hacía “tay tantos” años. Nekane aparentaba cincuenta y tantos años, pero los aparentaba desde hacía veinte. Y los seguiría aparentando por los siglos de los siglos, si la etiqueta de la crema que se echaba por las noches decía la verdad. Era robusta, que no gorda y cuando caminaba, sus carnes, apolíticas, se bamboleaban a derecha e izquierda. Creando en quien la miraba, el efecto de creerse en el mar, disfrutando del gracioso bamboleo de las olas.

Dos horas después de haber entrado, Paco y Antonio habían fundado clandestinamente la primera sociedad gastronómica de Bilbao, desde que en el año 2127, el Ministerio Anti–obesidad las hubiera prohibido so pena de 20 años de prisión en un centro de adelgazamiento (donde serían sometidos a toda clase de vejaciones: les obligarían a ser vegetarianos, a tomar leche de soja, yogures con bífidus, beber únicamente agua y zumos macrobióticos, hacer aeróbic… en fin la muerte en vida).
No era una empresa fácil, tendrían que comprar la comida en el mercado clandestino de Guecho, trasportarla en el maletero del Seat Donosti de Iñaki (que tenía doble fondo) y la cocinarían en el sótano de su amigo Joseba. Arriesgarían su libertad, pero merecía la pena. La gastronomía vasca no podía morir por una estúpida ley creada por los defensores de lo “light”.

Nº 9 La jornada de las definiciones
No había en el mundo nada mejor que las piernas de Usnavy Contreras y sus empanadas de poco pollo y de mucho arroz. Para nuestra fortuna, las piernas y las empanadas estaban al alcance de nuestros bolsillos. Era cuestión de dejarse llevar por el deseo, llamar un par de amigos y caer al billar “Saint Moritz” a hablar de la vida y de otros asuntos…
«¿Qué van a pedir, muchachos?». «Lo de siempre, Usnavita: José Alfredo Jiménez, Roberto Goyeneche, café negro y empanadas con ají»…
La jornada del 23 de marzo de 1978, a pesar de tener los mismos aderezos, fue diferente del resto de jornadas surcadas en el “Saint Moritz”. Definimos el rumbo de nuestras vidas, pasamos a ser capitanes de nuestras propias naves.
Esa tarde llegamos al billar hambrientos, temerosos del futuro que amenazaba tragarnos de un bocado y zurumbáticos por cuenta del programa doble de reestreno que acabábamos de ver en el cine “Lux”: “Matar un ruiseñor” de Robert Mulligan y “Taxi driver” de Martin Scorsese.
Juan, mi mejor amigo, entre mordisco y mordisco de empanada nos reveló que había decidido seguir los pasos de Atticus Finch, el protagonista de la primera película. Sería abogado penalista y defendería con dientes y garras la causa de los humillados y de los ofendidos. Humberto, mi otro mejor amigo, por su parte, se inclinaba por ser taxista a sueldo y matador aficionado de proxenetas vulgares, como Travis, el protagonista de la segunda película. A mí no me cuadraba ni lo uno ni lo otro. La verdad, no me cuadraba nada. Quería evadir cualquier tipo de responsabilidad, ser libre, quedarme para siempre en el billar justipreciando las piernas de Usnavy, comiendo empanadas y hablando con mis amigos de la vida y otros asuntos.
Curiosamente mi destino se definió también por el lado cinematográfico y sin que yo, pachorro y desmadejado, tuviera que mover una sola neurona. Mientras veíamos el programa doble de reestreno en el Lux, mientras la pequeña Scout huía de la celada que le tendió el Señor Ewell mi abuela Tulia estiraba la pata. Yo era su único pariente. Me dejó como herencia una pensión de alquiler a orillas de la represa del Nuesa, a 78 quilómetros de Bogotá. La pensión estaba prácticamente en ruinas pero no me importó. La remocé sin arrebatarle su toque colonial y la rebauticé con el tétrico nombre de “Mansión Bates”…
«Si te vas conmigo, Usanavita Contreras, te escrituro la mitad de la hostería…».
Han pasado 30 años desde entonces. Usnavy y yo seguimos allí, en la mansión, vendiendo café negro y empanadas de poco pollo y de mucho arroz, viendo películas viejas, escuchando a Goyeneche y a José Alfredo y hablando con los clientes de la vida y de otros asuntos.

Nº 10 UNA DE LAMBRUSCO
Tiosilva no estaba acostumbrado a alternar con gente y, como ya era habitual en él, rehuía la compañía de los demás.
El pobre ignoraba que a veces convenía presentarse en casa de los llamados amigos sin haberse hecho contar por ellos y hablar de esas cosas de las que se dice muy aristocráticas. Si a Tiosilva no les gustaban esas tertulias era porque se las suponía amorfas, dada la enorme publicidad que los concurrentes se daban a sí mismos.
Todo comenzó aquella calurosa noche de agosto en el restaurante “ La Tertulia “. Los placeres de la mesa habían culminado con interminables copas de las más variadas bebidas y la idea de irritarse viendo el telediario de la noche no le parecía a Tiosilva una idea muy juiciosa, así que optó por coger una botella de lambrusco y dirigiéndose a los comensales dijo:
Dicen que sólo los niños y los borrachos dicen la verdad. Si con un buen copazo de vino, eres capaz de decirme todas aquellas verdades que sondean tu mente, estoy dispuesto a correr el riesgo y a escuchar todo aquello que me quieras decir. No creo que te haga falta demasiado elixir de la verdad, pues tus ojos no son capaces de mirar fijamente mientras mienten y son ellos los que me cuentan las historias que callas, las que quieres pasar por alto y las que salen a relucir con un buen espumoso: un lambrusco de tomo y lomo, que está deseando cobijarse entre nuestros labios, saborear nuestros paladares y no a la inversa.
Nadie se explicaba esa reacción de Tiosilva. Y continuó diciendo:
El vino no se deja seducir por cualquiera, debe catar aquellas gargantas que puedan apreciarlo y como recompensa, nos dará un suave cosquilleo, y un don de palabra que se escapará entre burbujas, en medio de nuestra conversación dialéctica que abordará esas verdades que tanto proclaman. Pero no cualquier instante es el adecuado para él. Lo dejaremos a la vista, antes de entrar en la combinación cósmica de nuestra comunicación puramente experimental y de nuestras sanas locuras que disfrutaremos como niños. Cuando estemos preparados caerá ese lambrusco, poco a poco, dando tanto de sí, que las palabras que pronunciarás esta noche serán casi infinitas y la noche se convertirá en día y recordaremos lo acontecido: las velas, las estrellas, los besos de lambrusco y la noche eterna sobre nuestras cabezas alocadas, que se sonrojará de placer al ver como una simple gota de vino derramada, fue la causante de tanto fervor en nuestra santa religión fermentada por las uvas.

Nª 11 EL BAR MALDITO
Joseba y Nacho corrían sin ninguna dirección. Solamente corrían para no ser alcanzados. Sus piernas no cesaban de moverse al compás de los frenéticos latidos de sus corazones. Finalmente, la suerte les ofreció una imagen idílica. Tras un pequeño cerro, alcanzaron a vislumbrar un bar de carretera, al cual ninguna carretera llegaba. Un local pequeño y de sucia apariencia, que surgía de la nada entre montes y arena, en medio de ninguna parte. Pero también era la única salvación para Joseba y Nacho, que no dejaron de correr hasta entrar en el bar.
Irrumpieron con un portazo, y todos los allí presentes, clientes y camarero, les miraron fijamente, con desdén, como si aquella entrada bestial no se hubiera producido. Mientras, Joseba y Nacho respiraban ansiosamente, con el propósito de recuperar todo el oxígeno perdido en su carrera fulgurante. Miraban a aquellas personas, extrañados por el hecho de que estos no se extrañasen por su culpa. Sudorosos y asustados, tomaron varias mesas situadas cerca y las colocaron delante de la puerta, para que nadie entrase en el lugar.
- Nos están persiguiendo -, dijo Nacho, exhausto y con la voz entrecortada.
- ¡Hay zombies ahí fuera! -, exclamó Joseba, impresionado por lo que acababa de contemplar unos minutos antes.
La gente seguía a lo suyo, como si nada. Los clientes charlaban casi en susurros y el camarero limpiaba la barra y los vasos. Nadie parecía prestarles atención.
- Oigan, sabemos que esto puede parecer una broma, pero es en serio -, continuó Joseba. Mi amigo yo hemos sido atacados por un grupo de personas. Parecían enfermos.
- Eran zombies. Lo sabemos porque hemos visto cómo atacaban a un amigo nuestro y lo devoraban -, completó Nacho.
- Veníamos por un camino y se nos echaron encima. Eran más de 20. Intentamos ayudar a nuestro amigo, pero fue imposible. Esos locos nos empezaron a perseguir -.
- Sí, y a mí uno me dio un mordisco en el brazo. ¡Malditos cabrones! -, aclaró Nacho.
Tras aquellas últimas palabras, todo el mundo en el local miró hacia su herida. Tenían miedo, pero no por los muertos vivientes, sino por la sangre que brotaba del brazo de Nacho.
- ¡Se va a convertir en uno de ellos! -, gritó un hombre mayor, sentado en una mesa próxima a los dos jóvenes, mientras se incorporaba.
- ¡Fuera de aquí o nos acabarás matando a todos! -, prosiguió un hombre que se encontraba en la barra.
- ¿Pero qué coño están diciendo? -, preguntó Nacho, visiblemente asustado.
El camarero abrió una puerta situada tras la barra, se metió en la habitación y en unos segundos salió, armado con una escopeta, que no tardó en cargar. Con firme decisión, caminó fuera de la barra, en dirección a Nacho, que le miraba sin saber qué hacer.
- ¡Qué va a hacer! -. Joseba no podía creer lo que estaba sucediendo. Intentó detener al camarero, pero varias personas le sujetaron.
El camarero se paró a un metro de distancia de Nacho y le apuntó a la cabeza con el arma.
- ¡No, por favor! -, chilló Joseba, con toda su fuerza, sabiendo que aquella era su última oportunidad. Por su parte, Nacho no podía dejar de mirar al camarero, sin articular palabra.
El camarero, sin inmutarse, apretó el gatillo y le voló la cabeza al muchacho. Joseba comenzó a gritar de impotencia, tirándose al suelo. Las lágrimas brotaban de sus ojos y corrían raudas por sus mejillas. Armado de valor, se incorporó y se dirigió hacia el asesino de su amigo.
- ¡Por qué has hecho eso, joder! ¡Sólo necesitaba un poco de ayuda! -.
Fuera del bar, comenzaron a escucharse unos agudos lamentos. Docenas de manos golpeaban las paredes y la puerta del bar, intentando entrar.
- Por eso -, dijo apelando a los golpes. Se hubiera transformado en uno de ellos y nos habría atacado.
- ¿Y por qué no nos hacíais caso cuando hemos llegado? -, preguntó Joseba.
- Porque son familiares y amigos nuestros. Tenemos que alimentarlos. Y para eso estáis aquí vosotros -, sentenció el camarero, mientras la gente del bar se acercaba amenazante a Joseba.

Nº 12 NIÑO EN LA CAFETERÍA

La madre es una persona que cuida y protege a los demás, igual que las enfermeras cuidan a los enfermos en los hospitales, los bomberos apagan los fuegos, y el portero de mi casa vigila el edificio y está pendiente de los vecinos.
Por eso, esa mañana en la que mi niñera me lleva a desayunar a la cafetería de la esquina y se pone a hablar con el camarero, yo, después de entretenerme un rato correteando por los pasillos que forman las mesitas de la sala y de pararme con cada persona que me hace caso, me quedo mirando fijamente a una mujer que llama mamá a la señora que tiene al lado. Están hablando muy seriamente y yo me pregunto de qué cosa tan seria puede hablar una madre con su hija. Me lo pregunto porque me gustaría saber como puedo yo hablarle a mi madre para que me pida consejo como hace la madre de esa mujer con ella.
Dice mi padre que siempre hay que hacer caso a las personas mayores pero en este momento es la hija la que aconseja a la madre y ésta la que asiente haciéndola caso. Así que, disimuladamente, me siento con mi botellita llena de leche con colacao en la mesa de detrás y comienzo a escuchar. Distingo bien las voces; la madre debe ser una anciana de unos cuarenta o cincuenta años, y la hija tendrá la edad de mi madre, unos veintinco. La madre le cuenta a la hija que, después de un año casada con su nuevo marido, se ha dado cuenta de que su ex marido, el padre de la hija que la escucha, es el verdadero amor de su vida. Que se arrepiente de haberle abandonado hace diez años, y que quiere ir en su busca. Entonces, se me atraganta el colacao y comienzo a toser. Enseguida ellas se dan la vuelta y me cogen en brazos mientras me doy cuenta de que prefiero que mi madre no me pida consejo nunca. Que me encanta ser un niño de cuatro años y seguir creyendo que las madres son personas que cuidan y protegen a los demás, igual que las enfermeras cuidan a los enfermos en los hospitales, los bomberos apagan los fuegos, y el portero de mi casa vigila el edificio y está pendiente de los vecinos.

Nº 13 TARDE DE DUDAS
¡¡Oye nena, que me bajo al bar!!
Esta es la frase favorita de mi marido, todos los días desde hace un mes, llueva, nieve, con sol, con niebla… siempre lo mismo. A veces pienso que es la única frase que aprendió de pequeño, aunque no me le imagino diciéndole eso a su madre.
Un día, cansada de estar en casa esperando a que el llegase, decidí ir a buscarle, así de paso podría ver en primera persona el “santuario” de mi marido.
Después de mucho mentalizarme salí a la calle y me dirigí hacia el bar, esta a unos 10 pasos de la puerta de mi casa. Al llegar a la puerta me detuve un instante, respire hondo y abrí la puerta… por mas que mire en todas direcciones no encontré a mi marido, pero ya que estaba allí pues aproveche y me tome un café.
Que raro que no estuviese allí, pero igual estaba en el baño, así que comencé a tomarme el café y sin saber como, dentro de mi cabeza no paraba de darle vueltas de a donde se abría metido.
Unos minutos después, el camarero me pregunto que si estaba esperando a alguien ya que no paraba de mirar el reloj, le respondí que había quedado con mi marido en encontrarnos allí, pero que llegaba tarde.
Mi cabeza no me dejaba pensar en otra cosa que no fue mi marido, ¿Dónde estaría? Aproveche la ocasión en una de las veces que el camarero me miraba para preguntarle por el y después de describirle físicamente y la ropa que llevaba puesta el sonrió y me dijo que hoy no había entrado, que solo saludo desde la puerta e hizo un gesto como de tener prisa.
Mis manos comenzaron a temblar de tal manera que derrame parte del café sobre mi pantalón, me puse muy nerviosa, ¿Por qué? ¿Por qué me a engañado? Dios santo ¿y si me esta siendo infiel? No lo entiendo, si nunca hemos tenido ningún problema, jamás hemos discutido, ni una mala mirada, nada, absolutamente nada…
Comenzaron a asaltarme las dudas, quizás tenia que hacer algo importante y por eso no estaba en el bar, si debe ser eso, no creo que durante todo el tiempo que me lleva diciendo que viene aquí en realidad me estuviese mintiendo, no, no puede ser, pero me llenan sentimientos de tristeza y de duda.
El camarero, al verme tan nerviosa me sirvió una tila y me dijo que no me preocupase, que seguramente no tardaría en llegar.
Llevaba mas de una hora y media en el bar, totalmente desilusionada, jamás pensé que me encontraría en una situación así, dudando de mi esposo, el hombre con el que e vivido todos estos años, al que tanto e amado…
Respire despacio, muy despacio, hasta estar mas o menos relajada, pedí la cuenta, pero el camarero no me hacia caso, estaba ocupado hablando por el teléfono móvil. Unos minutos después, por fin colgó el teléfono y vino a atenderme, volví a pedir la cuenta, pero no quería cobrarme, en ese instante no entendía porque, de todas formas tampoco tenia ganas de pensar en la razón de porque me invitaba, ya tenia yo bastante con lo que tenia.
Me levante del banco en el que estaba sentada, me gire a hacia la puerta y… hay estaba el, mi marido, mirándome con cara de pasmado, seguro que se sentía culpable por haberme engañado, pero me daba lo mismo, me había decepcionado muchísimo.
Entro en el bar, hizo un saludo general y me pregunto que estaba haciendo allí, encima lo que me falta, darle explicaciones. Levante la mano haciendo gestos para comenzar a echarle la bronca, me daba igual que todo el mundo se enterase, me había engañado.
El, sin inmutarse, miro al camarero y le hizo un gesto de afirmación y de repente comenzó a sonar la música del cumpleaños feliz, mi marido me sonrió.
¡Feliz cumpleaños mi vida! Tomo mi mano, la acaricio suavemente y deposito en ella una cajita azul con un lazo.
No puede ser, yo misma había olvidado el día de mi cumpleaños.
Entonces se abrieron unas grandes puertas que separaban la zona del bar en dos, desde mi posición puede ver una tarta enorme, muchas flores, regalos e incluso un hombre con un violín.
Disculpa mi comportamiento durante este ultimo mes, pero quería prepararte el cumpleaños perfecto y no sabia como hacerlo para que no te dieses cuenta.
Que error más tonto al pensar que me había traicionado, todo era un montaje entre mi marido y el camarero para montarme una fiesta.
Desde ese día jamás volví a dudar de el y le agradezco de todo corazón haberme enseñado que una pequeña nube no puede estropear un gran día.

Nº 14 Salsa

Provengo de un país lejano y como cocinera domino la salsa. Hace algunos años tuve un pequeño restaurante y mi gran competidora era Nicanora, mujer apasionada y excelente bailarina de merengue. El pueblo era muy pequeño y nuestros clientes principalmente fueron los extranjeros. Por ello decidí crear una sabrosa salsa que acompañara a los guisos, que era de secreta receta, con dos ingredientes nunca declarados. Podía ser algo así: Se pone…en un cazo a fuego lento; cuando esté caliente se le agrega un poco de… y…; se deja en el fuego sin parar de remover; añadir… y seguir removiendo; para finalizar le riego con un chorrito de… y lo espolvoreo con… El resultado era espectacular. Casi todo el mundo sonreía y se encontraba alegre, sin necesidad de beber nada con alcohol. Nos pedían les dijésemos en que consistía la salsa y nuestra respuesta siempre era la misma: Las manos y el cariño de la cocinera. Me miraban entonces de modos diferentes y yo siempre les regalaba una sonrisa. En su mayoría volvían para saborear nuestros platos y, al parecer, se mostraban felices. Todo hay que decirlo, el secreto fue nuestra salsa. Un inesperado día, en la noche, se produjo un gran incendio en el local y nuestro futuro quedo hecho cenizas. No tenía dinero, ni ganas, para empezar una nueva aventura allí y también considere que el jefe de la policía resultaba ser el novio de Nicanora y su primo el alcalde. Recordé que mi establecimiento no tenia la licencia oportuna y que mis recursos eran limitados. Por eso viaje hasta aquí, en donde deseaba trabajar como cocinera hasta que pudiera tener mi propio negocio y condimentar con mi salsa especial. Tuve suerte y en semanas logre me contratasen como cocinera en un restaurante de variopintos clientes. Tal vez sea un poco peculiar, cocino bailando y canto frecuentemente ”bacalao colorao” al mismo tiempo. He tenido dos ayudantes de cocina, uno se hacia llamar Orlando y decía ser norteamericano, aunque vivió en Miami; pudo provenir de Cuba ó, incluso, haberse escapado de Guantánamo. Su color de piel era negro tizón, siempre se mostraba alegre y poseía un excelente sentido del ritmo. El segundo también provenía del mismo país y he pensado era agente del FBI y que le controlaba a Orlando, su nombre es Reinaldo y su piel blanca como la porcelana, sin mucho sentido del ritmo y serio de carácter, pero disciplinado para alcanzar el fin que se propusiera. Ambos comentaban que eran estudiantes de la universidad de aquí, en donde se preparaban para obtener un master en derecho, de reconocido prestigio internacional. Pues bien, fueron mis alumnos del baile de salsa hora y media de cada semana durante casi un año, en el mismo restaurante, antes de comenzar nuestro trabajo. Empezamos lentamente al ritmo sensual del cha-cha-cha y mambo, marcando cadera en la salsa, para movernos con los cuerpos juntos y los brazos estilo tropical, adelante, atrás y uno alrededor del otro manteniendo una posición equilibrada y mejorando progresivamente con esfuerzo y disciplina. Llegando a un buen nivel de adiestramiento en la salsa, me propusieron ambos presentarnos a un concurso de esta modalidad de baile, pero al tener que dejar a uno de ellos fuera rechace su petición. Entonces ellos decidieron participar como pareja y obtuvieron el primer premio. El tiempo fue pasando sin acontecimientos a destacar y poco antes de acabar sus master me propusieron, cada uno a su estilo, compartir la vida y montar un restaurante como negocio. Aunque pudieran estar coladitos por mi, yo no lo estaba por ellos hasta ese punto y les respondí que no era el momento. Antes de dejar su trabajo en el restaurante me pidieron que, a modo de despedida, les preparase una comida que les hiciese felices y que recordarían toda su vida, explicándoles al detalle la elaboración de la misma. Condimente tres platos y de postre les ofrecí un estupendo soufflé, haciéndoles saber que carecía de algunos ingredientes para preparar mis verdaderas especialidades. Insistieron en conocer las recetas deseadas, pero amparándome en el secreto de cocinera me negué a facilitárselas. Acordamos los tres en volvernos a encontrar en un futuro en algún lugar del mundo. Mantuvimos una fluida correspondencia, que en su caso siempre provenía de Washington, de dos apartados postales diferentes, hasta que un día pude verles claramente a los dos juntos en la fotografía de portada de un periódico, con armas pesadas en la mano, en actitud de ataque, durante la revuelta de un país africano. Entonces creí verlo claro, eran dos agentes de acción especial que pretendieron conocer los secretos de mi salsa de modo no agresivo, con el fin de explotarlo económicamente. Para evitar posibles problemas me he sometido a varias operaciones de cirugía estética y he cambiado de nombre, domicilio, aspecto y profesión. Hay quienes pueden estar dispuestos a todo por conseguir lo que quiere el que se lo ordene y no estoy en disposición de que lo puedan lograr.

Nº 15 Dilema
La música era imperceptible para los dos enamorados. La cena del reencuentro se celebraba en un sencillo restaurante, en que se despidieron tres meses antes. Carlos y Lupe estaban ensimismados el uno en el otro. Lo demás no era del mundo.
C.- …y entonces pensé en tí.
L.- Yo te he añorado cada momento.
C.- Si tanto nos queremos, ¿porqué no nos vamos a vivir juntos?
L.- Aunque lo deseo, es imposible. Tú trabajas destinado en Bulgaria y yo en Bélgica.
C.- Ven conmigo a Bulgaria y el inconveniente queda resuelto.
L.- Bien sabes que he estado formándome muchos años y procede me doctore para poder tener un futuro laboral satisfactorio, sin necesidad de depender de ti.
C.- Eso no te tiene que preocupar ya que…
Así siguieron toda la noche, cada uno con su razonamiento. No aceptaron la argumentación del otro. Dos meses después volvieron a celebrar otra cena en el mismo lugar.
L.- …he estado reflexionando sobre tu planteamiento de la anterior ocasión aquí.
C.- Y…
L.- Lo importante puede ser aprovechar la oportunidad y vivir la vida en común, ya que las situaciones aparecen y hay que ser inteligentes y no dejarlas pasar.
C.- Entonces vienes conmigo a la ciudad de Plovdiv.
L.- No, no, no. Yo había pensado estar ambos en Brujas. Es mejor, por muchas razones,… Continuaron queriendo justificar sus argumentos, que no lograron cambiar de opinión para tomar una decisión comprometida. Tres meses más tarde volvieron a citarse para cenar en el mismo restaurante, como siempre lo hacían cuando regresaban a rendir cuentas en sus respectivas oficinas de empresa.
C.- …deseando encontrar una solución a tu propuesta solicité una reunión con mi jefe en destino, en la que le planteé la excedencia por seis meses. Inicialmente me respondió negativamente, pero me dijo podíamos seguir hablando del tema para enfocarlo mejor. En resumen, fuimos tratando el asunto y progresivamente intimamos hasta llegar a ilusionarnos y decidir si nos íbamos o no a convivir juntos. Lo siento, pero la distancia nos lleva por caminos distintos a los planteados inicialmente.
L.- Algo parecido me ha sucedido a mí. Un compañero en la universidad me ha ido convenciendo de que la falta de contacto contigo puede propiciar otras oportunidades y me ha hecho pensar en la realidad… Se despidieron pero con el planteamiento de intentar llevar la situación hacía el camino de la sensatez, de modo pragmático. El hecho fue que Carlos convivió como pareja tres meses con su jefe Anne y Lupe se dejó arrastrar por el verbo fluido del tutor, llamado Ángelo, para poder compartir su apartamento las 24 horas de cada día. Ambos se apercibieron tarde de que su decisión fue precipitada, un error y que las ilusiones no se correspondía con la realidad que les tocaba vivir diariamente. Se sintieron frustrados, pero la decisión adoptada les convirtió en rehenes de sus nuevas parejas. Habían decidido mal y ahora sufrían las consecuencias. ¿Qué podían hacer? Cerca de medio año más tarde, habiendo roto todo vínculo de quien esperara ser el amor para siempre y no sabiendo enfocarlo bien para intentar encontrar los momentos de felicidad apetecidos, de modo inesperado se encontraron en un bar y hablaron. Ambos no continuaban con sus parejas, habían regresado a sus puestos de trabajo anteriores aquí, tenían una mala experiencia y una gran decepción por lo que podía haber sido si hubiesen apostado por seguir la senda de la ilusión cuando estuvieron enamorados. Ahora era otra la situación y no querían perder el resto de sus vidas. Convinieron cenar juntos el último viernes de cada mes en el restaurante habitual, como amigos. Al cuarto encuentro acordaron vivir juntos. Parece que les va bien. Ojala la experiencia les haga saborear mejor los momentos de felicidad que les toque tener en pareja y transigir en las situaciones adversas. El tiempo nos lo mostrara si han acertado en su decisión.

Nº 16Gerardo
La comisaría de policía de una capital de provincia tiene un sagaz comisario llamado Gerardo. Posee buena vena artística y le agrada visitar exposiciones, siempre y cuando las considere relevantes en su desapasionado análisis. Esa pudo ser tal vez la motivación de visitar el Guggenheim de Bilbao, sin hacérselo saber a sus colegas de la villa. Le satisfizo la exposición temporal, aunque sin llegar al nivel que esperaba. Dada la hora en que salio del museo, tomó la determinación de pasear por los alrededores y cenar tranquilo en un restaurante acogedor. Preguntó como un turista, lo valoro y se dirigió al que considero de mayor interés. Solicitó un lugar tranquilo y le ofrecieron una mesa preparada para dos comensales, a la que acababan de anular su reserva. Le dejaron el pequeño jarrón que albergaba dos capullos de rosas rojas, enviadas previamente por quien había pedido esa mesa en concreto. Gerardo eligió un menú de dos platos, especialidad del restaurante, y un delicioso postre, que fue saboreando sin prisa hasta acompañarlo de un té de Birmania. Cuando se hallaba anotando un dato en su agenda, se apercibió que de pie, al otro lado de la mesa, estaba una mujer atractiva, de pelo moreno, con un porte discreto y elegante. Le miró con mucha atención y escucho:
- Le pido me permita tomar la tarjeta adosada al jarrón, pues era para mí. La cena no ha podido ser, dado que Miguel ha tenido un imprevisto que le ha motivado cancelarla. ¿Puedo?
G.-No hay inconveniente. Le agradeceré tome una de las flores y la otra me la pondré en el ojal, tal como se hacía en otro tiempo para celebrar algo bueno. Si me lo permite, yo tomaré otro té y usted lo que quiera, está invitada. Pidió un daiquiri y se sentó tranquila. Gerardo pregunto:
- ¿Ha podido apreciar la buena exposición que hay en el museo de Bellas Artes?, ¿puede decirme algo al respecto?, ¿hay alguna otra cosa interesante para ver?,…
Ella le dijo:
- Me llamó Marta y mi verdadera afición es la fotografía. Este local es uno de los que tiene este tipo de exposiciones. Ahora hay una realmente valiosa por la calidad del fotógrafo y el tema elegido. Puedo darle mi opinión y la de los críticos. A sus preguntas no le respondo, ya que no he tenido la oportunidad de asistir.
G.- Si me lo permite, voy un momento a lavarme las manos algo pegajosas por el postre. Ahora vuelvo y hablamos. Aprovechó para hacer dos llamadas por el móvil y regresó:
G.- Disculpe por la tardanza. ¿Puedo preguntarle cual es su profesión?
M.- Inversionista y, por cierto, con éxito. Busco, encuentro y decido si arriesgo el dinero ó no.

En ese momento, repentinamente entraron al mismo tiempo ocho personas en el comedor, mostrando placas de policía a tres hombres sentados a una mesa, situada cerca de la gran ventana, y a una pareja de otra, distante tres mesas y con vistas a la calle . Ninguno opuso resistencia al cerrarles las esposas ya que, además, vieron varios coches en el exterior con sirenas y luces azules.
G.- María, aunque digas llamarte Marta, un vehiculo nos esta esperando para que hagas la oportuna declaración. Lo sabemos todo y es mejor que confieses esta última operación, sin omisiones.

La invitación a María para cenar fue hecha por un topo y la tarjeta que acompañaba a las flores decía solo: Espero lo comprendas. Gerardo había seguido la pista de la operación de la droga desde dos años antes. Conoció cuando y donde se elaboraba el producto, cual era la mercancía real del embarque, el puerto de salida, nombre del barco, ruta y lugar previsto de entrega; zarpó el barco y se desarrolló todo tal como se esperaba; se permitió el despacho fraudulento de aduana y se montó el operativo para no levantar sospechas a los tres vendedores y a quienes deseaban comprar, evitando cualquier filtración ó recelo que entorpecería la captura de María y el resto de la organización. La red quedó desarticulada por cómo se desarrolló la acción. Gerardo demostró ser un buen profesional y un magnifico actor. Fue condecorado por ello.

Nº 17 Menu-do día
De primero: jeta a la plancha, de segundo: sin vergüenza al horno y de postre: miseria caramelizada.
- ¿Quién ha escrito esto?
La muy cabrona todavía tiene ganas de más, es increíble, su descafeinada dignidad me dan ganas de … He estado dejándome el pellejo aquí currando como una perra 14 horas diarias y ella no ha tenido que preocuparse de absolutamente nada porque yo soy responsable por mi misma no solo de llegar a la hora y organizar esta minúscula cocina para que rinda al ciento cincuenta por ciento sino de cocinar bien y rico , de presentar la comida de una forma creativa, hermosa , limpio los bordes de los platos y los aderezo con plantas que recojo cada día camino del trabajo, educo a los camareros para que sean menos torpes pero esta simple no ve nada de eso. Esta paleta que no es capaz de distinguir un solomillo de un entrecote es jefa de este privilegiado lugar que con su hortera gestión está a punto de pasar a engrosar la inacabable lista de garitos de tapas que solo gracias al Mediterráneo aún sirven productos medio comestibles…sin imaginación, sin clase y sin sentido del humor…así no hay quien cocine…Se desató el delantal y lo tiró sobre la mesa caliente, metió los cuchillos en la maleta y cuando hubo hecho esto, suspiro profunda y sonoramente. Fué este suspiro un adiós personal, íntimo. Se despidió de los hornos y de las cámaras, de sus respectivas almas, calientes y frías, que tantos placeres le habían aportado y sintió lastima de abandonarles a aquella suerte que se les avecinaba. Echó una breve mirada hacia el parterre que ella misma había preñado de semillas y cuyas flores agitadas por el suave viento parecían llorar como mariposas sujetas con correas. Eso iba a hacer ella ahora: romper su correa y revolotear quién sabe dónde pero aquello tenía que terminar… -Yo, lo he escrito yo.
- Esto en mi casa no, dijo la pánfila.
-¿En tu qué? ¿En tu casa dices, so necia? Sólo es tu casa para recibir los beneficios de los que no eres responsable en absoluto. Tu vulgar afición al dinero te aja el paladar y te impide saborear lo verdaderamente sabroso de este plato. Tratas a tus empleados sin respeto, es que no te das cuenta de la pila de horas de tu vida que pasas junto a ellos? No crees que serías un poco más feliz si te interesases más por tu gente? Estas muy ocupada componiendo vacías sonrisas de cera para gente a la que importas un carajo y luego tratas de resarcirte haciéndote la interesante con nosotros que somos tu familia, postiza de acuerdo , pero tu familia, la plantilla, la que hace que se mueva el barco.!Bah! Quizá soy yo mas necia pretendiendo que vengas a entender todo esto, míralo así :podía haberte plantado un puñetazo en la cara que es lo que quería hacer cuando me has puesto ese cochambroso billete al que llamas sueldo delante mientras sostenías tu gorda cartera a reventar de dinero; en vez de eso te he escrito un menú del día que bien podría ser una tirada de tarot porque es el futuro de este lugar, pan pa hoy y hambre pa mañana, y no me vengas con tu falso pudor y tus normas de la casa de la sidra porque te tengo muy bien calada, eres frívola y débil, no tienes gusto ni criterio, solo lugares comunes y moral doble como un sándwich mixto recalentado de dos días, conque recompón ese mohín de hija de maría que no sabe lo que es un burdel y prepárame la cuenta que ya me has chupado bastante y ya de ser puta, libre y sin chulo. Y se marchó. Cuanta vulgaridad había salido por su boca, le temblaban las piernas, se sentía efectivamente como si hubiese estado compitiendo por una esquina en la calle, no es por ser puta sino por lo animal del asunto, competir como en la selva por el territorio. Bramar…desperdiciara así la multitud de delicias que se pueden realizar con la boca …escupió sin ser vista y se prometió nunca más, por nada ni nadie, volver a caer tan bajo.

Nº 18 El café
Cuando llueve nos vemos allí. No hace falta siquiera quedar por teléfono; concretar una hora, que siempre ha de ser la misma; confirmar una asistencia inexcusable. Simplemente, a la salida, me dirijo a la parada del 21, espero pacientemente bajo la marquesina, me encaramo de un salto para evitar los charcos y, zarandeada y entre empujones confortables, llego hasta el café del callejón.

Allí se presenta Manolo, con su mandil negro reglamentario, moviéndose con agilidad entre las mesas de mármol, tan blancas y frías, sus sillas toneth, sus percheros a juego, la barra enfangada por los restos amargos de la primera tanda de desengañados de ese día, los que pensaban sentarse al fresco y charlar, como otras veces, de las noticias afables de todos los veranos, vacíos, gracias a Dios, de crónicas desagradables, de sucesos infaustos.

—¿Una cervecita?

Me trae una caña y unas aceitunas. A veces son alcaparras lo que se tambalea en peligroso equilibrio sobre los platillos superpuestos. Dentro de poco, diez minutos lo más, debes aparecer por la misma puerta batiente por la que acabo de entrar. Y así es, en efecto.

Traes tu inevitable aire de gravedad, algo innato en tu carácter desapacible. Cualquiera diría que te han despedido del trabajo o te han puesto los cuernos con cruel saña. Sueltas el paraguas a la entrada, en un cubo puesto al efecto junto a la puerta, donde se arraciman los puños y mangos de diversos colores. Se ha formado un charquito, como de llanto antiguo, alrededor del improvisado paragüero. Como no acostumbras a hablar hasta que te has acomodado, no le doy excesiva importancia a ese silencio incómodo.

Me hablas del tiempo, de lo extraño de esa lluvia en pleno agosto, de este año sin vacaciones, de lo que podemos hacer el fin de semana si hace bueno. Yo pienso mientras tanto en la lista de tapas, pues he comido poco al mediodía. Son, al fin y al cabo, los mismos planes absurdos de una pareja antigua de novios aburridos.

Suena la sintonía de un programa de radio. No llego a saber de qué es la tertulia de hoy. Te estoy mirando el pelo, desordenado, con canas cada vez más tangibles. Es una lástima que nos alcance así la vejez, con tanto desaliño.

Mañana tienes guardia. Quieres descansar, volver pronto. No sé a qué responde esa frase impensada, pero de repente no tengo ganas de verte más. Y no es de hoy, no es algo nuevo por culpa de esta lluvia improcedente. Simplemente noto, con mayor fuerza que otras veces, que es inútil esta lucha por llegar hasta el final, por embarcarse como todos en un matrimonio fracasado desde antes de producirse. Que para qué.

Ahora me miras con espanto. Yo pensé que hablaba por tu boca, pues no te veo el entusiasmo propio que se exige para esas aventuras. No cambiamos de hábitos, de lugares, de actores secundarios. No te lo tomes a mal.

Te coge por sorpresa tanta resolución. En mí es algo nuevo. Sin embargo, nunca he estado más segura. La lluvia ha borrado cualquier inconveniente; cualquier obstáculo inventado para no romper del todo se ha disuelto esa tarde definitivamente.

Un beso en la mejilla es quizás lo sensato, lo más civilizado. En cualquier caso, no me parece justo tomarme otra cerveza y pedir espinacas: debo ocultar un poco la sonrisa que pugna por salir, esconderla tras un luto provisional y fingido.

Al final me toca a mí pagar las cañas y me vuelvo a casa sin cenar. Ha dejado de llover hace un momento.

Nº 19 El ÚLTIMO VASCO con LEVITA

—¿Qué va a ser, don Miguel?
El camarero quedó de pie, frente al hombre de aspecto triste que había tomado asiento en un rincón del local, junto a una mesa de mármol que miraba a la ría, esperando que le dijera lo que deseaba tomar.
—¿Lo de siempre, don Miguel? —insistió.
El cliente miró al camarero desde una distancia infinita y asintió con un gesto casi imperceptible:
—Lo de siempre, Juan —dijo, al fin.
El camarero y dueño de la taberna —“Juantxu” para los amigos— tenía ante sí a un hombre que acababa de ser expulsado por unos energúmenos de su cátedra de Salamanca al macabro grito de “¡Viva la muerte!”, grito que era una sentencia firme para todo aquel que discrepara con su forma de pensar, razón brutal que empujó a don Miguel de Unamuno a buscar el calor de su tierra, de su casa, en las Siete Calles de Bilbao, ciudad y calles que cada vez que las pisaba tenían la virtud de devolverle la vida. Y el Rincón del Juan era su sitio predilecto para pensar tranquilamente al amor de un vaso de txakolí.
—Le veo decaído, don Miguel —le dijo aquella mañana otoñal—. Ánimo, verá como pronto se acaba toda esta locura de la guerra y volvemos a vivir en paz.
—No lo creo, amigo Juan. Estos bárbaros que presumen de salvapatrias acabarán con todo lo que de valor hemos alcanzado los humanos.

A este bilbaíno de pelo blanco, levita negra y aspecto ascético, el Rincón del Juan le había servido siempre de atalaya para observar la vida con la minuciosidad de un cirujano. Era un refugio seguro. Y es que sus recuerdos se mecían entre los cañonazos del sitio carlista de 1873 de su infancia, y el avance de los fascistas en este otoño de 1936, que iban sembrando el suelo de sal y sangre allá por donde pisaban. Lo tuvo claro cuando en el encontronazo con Millán Astray, en Salamanca, aquella mañana horrible vio palpitar su ojo de trapo mientras argumentaba, pistola en alto, que debía morir la inteligencia y daba vivas a la muerte.
—¿Estaba tuerto el fulano? —se atrevió a preguntar el dueño.
—No —respondió don Miguel—, estaba absolutamente ciego, ciego de entendimiento.
—¿Y usted qué le respondió? —añadió Juan aterrado por tamaña brutalidad y falta de respeto.
—¿Qué le podía decir a un energúmeno desatado como aquél, amigo Juan? Sencillamente, que con semejantes argumentos podrían vencer, pero no convencer. Éste es el templo de la inteligencia! —le dije— ¡Y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto.
—Valientes palabras, señor Unamuno, pero seguro que no las entendieron —el tabernero se puso a limpiar el mármol con un paño mientras rumiaba las palabras del filósofo.
—No, desde luego que no. Palabras que para mí fueron como una sentencia de muerte… —añadió don Miguel con infinita tristeza.

“Juantxu”, el dueño del Rincón, un vasco de pura cepa con muchos años a la espalda sirviendo chiquitos y pinchos de tortilla, sabía por experiencia que cuando un hombre como don Miguel de Unamuno andaba buscando refugio en su casa, significaba que la vida ya se le iba de retirada, que definitivamente se desinteresaba del mundo, y que sus días estaban contados. Tal es así que, cuando le dijo «adiós» arrastrando la levita, en el vacío de la taberna, su voz sonó como un “hasta siempre” que selló con un portazo.

Nº 20 ALMAS GEMELAS
Carmen miraba cada día a través del cristal de la cafetería. Hacía ya demasiado tiempo que veía la vida pasar protegida tras aquel parapeto transparente y le resultaba un agradable pasatiempo. Le gustaba contemplar a la joven mamá que siempre cruzaba por el paso de cebra a carreras, llevando casi en volandas a sus niños, pero que parecía inmensamente feliz a pesar de vivir a cien por hora. También le gustaba mirar a la dependienta de la joyería de la esquina. Era una señora de mediana edad que siempre iba impecablemente vestida y tenía los más exquisitos modales. Algunas veces, sobre todo en las lluviosas tardes de invierno, entraba en la cafetería y se tomaba un café para entrar en calor antes de abrir la tienda. Por supuesto, también parecía feliz, aunque no estaba tan abrumada como la joven madre. Tenía Carmen todo un mundo de personajes detrás de aquel escaparate. Había un caballero que acudía a la cafetería el primer lunes de cada mes, y le gustaba a ella fantasear acerca de su vida. ¿Sería un caballero que iba a ver a un antiguo amor prohibido cuya boda habían impedido sus padres hacía ya mucho? ¿Sería un ladrón de guante blanco que llenaba sus bolsillos con las carteras de la gente que acababa de cobrar? En el fondo de su corazón Carmen creía que era simplemente un pensionista que acudía a cobrar su pensión, pero se imaginaba todas aquellas historias para llenar un poco el vacío de su vida. Por supuesto, no todo eran historias felices las que contemplaba Carmen desde su tranquilo refugio. También veía gente con que la desdicha dibujada en su rostro, y sobre todo, veía cada día a una mujer que pedía en la puerta del banco, que era la misma imagen de la desolación. Desde su puesto de observación, Carmen podía observarla a sus anchas, e inventarse historias sobre ella, sobre su pasado y adivinar por qué había acabado así. El tiempo pasaba inexorablemente y Carmen empezaba a estar demasiado hastiada de todo. Le aburría ver la vida pasar sin participar en ella, pero no sabía cómo remediar su situación. Ella había quedado huérfana con 15 años, así que ser madre a los 22 había colmado sus expectativas. Aunque era madre soltera había encontrado en su hijo la razón para vivir, por eso aquel fatídico día en que un conductor borracho se había cruzado en su camino, había decidido olvidarse del mundo. Había estado mucho tiempo sin salir de casa, y tiempo después empezó a ir únicamente a la cafetería, donde pedía un café y no tenía que añadir una palabra. Compraba lo imprescindible en el súper y se arreglaba con su pequeña pensión, pero ahora habían pasado demasiados años y aunque el sangrante dolor seguía ahí, necesitaba volver a vivir. Una de aquellas tardes observó que la mujer que pedía no estaba en su sitio habitual. Al principio no le dio mucha importancia, pero al ir pasando los días sin verla aparecer empezó a preocuparse. No sabía cómo empezar a buscarla, pero sentía que debía hacer algo, así que llamó a los hospitales para preguntar si había acudido recientemente una indigente y ninguno había recibido a nadie con semejante descripción. Después llamó a la policía por si la habían encontrado muerta y no la había identificado nadie, pero de nuevo todo fue en vano. Cuando ya no sabía qué hacer decidió ir a la iglesia y hablar con el hombre que pedía limosna allí, pues en alguna ocasión lo había visto hablar con ella. Superando el miedo que tenía de hablar con los demás se acercó al vagabundo, y después de darle una moneda le preguntó por la mujer desaparecida. Él no sabía gran cosa, excepto que se llamaba Sofía y que era amiga de una tal Maru, que comía en el albergue de las monjas los sábados. Desesperada Carmen decidió esperar hasta el sábado y mientras tanto siguió viendo la vida pasar desde la cafetería, aunque ahora le parecía de lo más insulso. Ese mismo sábado fue al albergue y localizó a Maru,que le contó que la única familia de Sofía era un sobrino que vivía en una casa de montaña a unos 30 kilómetros de allí. Cuando Maru le explicó cómo se llegaba Carmen tomó nota mental y decidió ir enseguida a preguntarle al sobrino. Hacía mucho que no conducía, pero aquella era la ocasión perfecta para retomar algo que en su día le había dado una gran independencia. Superados los obstáculos y cuando estaba a punto de llegar, Carmen decidió aparcar en un bosque y esconder un poco el coche. Un sexto sentido la avisaba así que se acercó suavemente a la casa y observó. No se oía un ruido y parecía que allí no vivía nadie, pero le llamó la atención que las ventanas estuviesen tapadas con tablones. Ella que todo lo veía a través de las ventanas no concebía que aquello fuese muy normal. Fue a la puerta y después de manipular con una ganzúa que llevaba en el llavero y que era un regalo de su hijo, la puerta cedió. Entró con cuidado y después de abrir varias puertas vio a Sofía atada y amordazada. Había en el cuarto un olor nauseabundo, pero Carmen lo ignoró y desató a la sorprendida Sofía. Ésta decía que debían darse prisa porque su sobrino estaba a punto de regresar, había ido a comprar tabaco. Carmen llevaba el móvil y rápidamente grabó y sacó fotos. Cuando estuvieron a salvo en el coche Sofía le explicó que su sobrino la había secuestrado para que lo incluyera en su testamento. Al parecer era muy rica, pero había renunciado a todo al perder a su único hijo, y desesperada se había dado a la bebida y había acabado en la calle. Ha pasado más de un año y Sofía y Carmen entran juntas en la cafetería. Resguardadas detrás de la ventana hablan de lo bien que lo han pasado en la excursión a Zarauz, y sonríen al ver el saludo que les manda el mendigo desde la puerta de la iglesia. Parece mentira que ahora pudieran sonreír y tuvieran tanto que compartir, allí sentadas ante un humeante café. Eran dos almas gemelas. Sofía sentía mucho que su sobrino estuviese en la cárcel, sobre todo porque él iba a ser el heredero pues en aquellos días ella no había hecho testamento y él era el único familiar vivo, pero la codicia le había cegado y ahora Sofía iba a dejar todo su dinero a las monjas del albergue. Con sonrisas melancólicas las dos mujeres empiezan a planear la próxima excursión, y contemplan a la dependienta de la joyería, que también está tomando un café.

Nº 21 EVOLUCIÓN.
Si tienes el anhelo de llevar a cabo investigación científica adquiere el aprendizaje preciso y por todos los medios hazlo. Difícilmente alguna otra cosa te dará tanta satisfacción y, sobre todo, tal sentido de logro. Severo Ochoa.

Sala de Actos. Hotel Ritz. Zona de Bar. El periodista del “Daily Mirror” que lleva un cartelito identificador: Míster Tilla, aborda al científico escocés colocándole sin consideración la alcachofa del micrófono en la boca:

-¿Su bisabuelo era un antepasado de los más humildes? –pregunta hiriente.

El investigador ignora la pregunta ejercitando el sabio arte del silencio. Ocioso tras el éxito de su ponencia, bebe en un vaso plano su tercer Gin Tonic by Hendrick´s que es una infusión de pétalos de rosa de Bulgaria y pepino holandés con la mejor tónica del mercado, tintineando los cubitos de hielo en el vaso quiere deleitarse con la orquesta sin hacer daño a nadie…

El periodista prosigue mordaz:

-¿Su abuelo fue veterinario?, ¿no?

Silencio.

-¿Su padre…, médico?, ¿no?

Silencio.

-¿La evolución llega con usted al grado supremo?

Nuestro científico de Girvan, admirador sin parangón de la escultural Christina Hendricks, mira al reportero en tres dimensiones, escrutándolo, e importándole su entrevista una leche, o un carajo, o un pepinillo en vinagre, justo en ese momento oye que desde un altavoz afónico citan al periodista en recepción, mencionándolo como Míster Francis, y nuestro experto dando un trago directo a su combinado de ambrosía piensa que, la evolución está ahora mismo en su paladar y que algunos seres humanos –sin lugar a dudas- se han estancado en el australopithecus de paco-tilla que tiene delante.

Nº 22 El café
Quedo encima de la mesa. Su dueño quiso retirarle sin más. Una mirada de la acompañante le hizo arrepentirse. En las tardes de domingo en este bar se acercan parejas llenas de cansancio materno o paterno. Suman. Detrás un cierto alivio que les incomoda queda en la cocina de su casa. Allí junto a la despensa un trozo de queso, unas débiles mezclas de pimiento y atrevido cebollín. Antes de salir en dirección a la plateada barra donde se encuentran quizás, no lo sabemos con certeza, ella se estirase en la mesada de la cocina. En un cuartucho pequeño y atravesado por una luz roja que viene del patio común. El, tan solo, sumergido en sus piernas, hablase de sexo, o carne seca y agria del pasado amor. Nada más. O sí. Un vaso lleno de güisqui y una lengua barriendo dentro, después del sudor, o antes.
La intimidad de la colmena humana es esquiva. Uno puede imaginar la honradez o el aburrimiento, pero en la cocina del amor, allí se prestan desde el empacho de agua caliente y vientre liso, hasta el calor húmedo y perverso de cada pimiento rojo que ejecuta el baile del amor. O del desengaño. O de la torpeza invitada del amante que luego vuelto sobre si le dice -a ella. ¿Bajamos?. ¿A dónde?.
En la esquina esta un bar de aquellos de domingo.
“Vale”.

Nº 23 EL BRINDIS
La besé… y fue el final, atrás había quedado la mesita del bar y los recuerdos, atrás habían quedado los infinitos cafés y las innumerables palabras de amor.
Antes de cruzar el umbral de nuestro lugar preferido, me di vuelta y la vi por última vez, ella me miraba de reojo y sonreía; en ese momento me di cuenta, que se había liberado de mi celosa presencia y de mis continuos y obsesivos interrogatorios.
Fueron… seis años, cuatro meses, doce días y… unas cuantas horas viviendo un amor con muchos planes, pero increíblemente sin futuro, algunos amigos me decían que éramos como el agua y el aceite, pero… ¿quién era el agua y quién el aceite? Lo único que teníamos en común era saborear día tras día, el café en nuestra mesa del bar y fueron tantos los cafés… y fueron tantos los besos… y fueron tantas las promesas incumplidas…
Ella seguía sonriendo y yo mordiéndome los labios, ella seguía mirándome de reojo y yo… no pude aguantar más; volví, me senté y pedí dos cafés, ella me observó extrañada y temerosa, la miré fijamente a los ojos y comprendió que solamente quería brindar por la despedida. Sí… brindar con un humeante café a medio endulzar,
¿Brindar con café? ¿Y por qué no? Acaso nuestra primera cita, no había sido en esa misma mesa y bebiendo café…
Brindamos, la besé… y fue el final.

Nº 24 EL ÚLTIMO REFUGIO
Puntual a la cita consigo misma, recorrió el pasillo con la vista perdida en sabe Dios qué mundos, apenas miraba para saludar y con sus andares inquietos y dignos se sentaba en el rincón, buscando una soledad de la que se había hecho esclava y amiga. Seguía sus pasos hasta la mesa, la contemplaba ¿Para qué negarlo? Jamás cruzamos nuestras miradas y es que a pesar de la edad, se mostraba esquiva, quizás levantaba fronteras porque retenía una serena belleza, que sólo el paso del tiempo da a algunas personas y no quería que nadie la invadiera. Tomaba un café con leche calentita y una sacarina; por espacio de media hora leía un libro, sin dedicar siquiera una mirada al resto de la gente o incluso a mí, mientras le servía. Así todos, todos los días, menos los domingos.
 ¡Ya está aquí la viejilla, Jacinto! –me solía decir mi hijo, que todavía no sé, por qué me llama por mi nombre en lugar de padre o aita –A ver cuando le tiras los tejos, que te quedas embelesado cuando entra –añadía el muy bribón.
 ¡Vete a recoger las mesas y métete en tus asuntos! –le contestaba yo.
¡Con cuanto cariño atendía a Doña Julia! Cuántas veces quise iniciar una conversación que ella cortaba con una distante cordialidad ¡Cuántas veces volvía a la barra del bar derrotado! Pero tonto de mí, al día siguiente volvía a insistir ¿Sería poco para ella?
 ¿Cuándo me dejarás reformar esto? Sabes que el negocio se mantiene mal con un cafecito que se toman tus viejillas y se pasan aquí las horas muertas –me apremiaba Iker.
 Más adelante, más adelante –siempre respondía.
No le faltaba razón a mi hijo, había que adecuarlo a los tiempos, pero me resistía a los cambios, quitaría las sillas de madera, las mesas de mármol, los azulejos con motivos campestres, las fluorescentes serían sustituidas por focos de colores relajantes, pero que nadie podría leer con esa luz. Ver el bar de Jacinto convertido en Hacinto´s pub, sería superior a mis fuerzas.
Hurgando en los recuerdos, retrocedí hasta la primera vez que entró en el bar iluminándolo con su sonrisa, me prendé de ella al instante y a los pocos instantes me sentí morir, cuando entraba un joven que la saludó besando esos labios, inaccesibles para mí, no había duda era su novio, desvaneciéndose todas mis esperanzas. Día tras día asistía a su encuentro, habían hecho del bar su punto de cita y el verla con tanta frecuencia en compañía de otro hombre, ver como salían cogidos de la cintura, me dejaba sumido en una profunda tristeza todo el día.
 Jacinto, hoy se retrasa Doña Julia –me comenta mi hijo, no sin cierta malicia.
 Es raro ella nunca falta a la cita con este bar, espero que no le haya pasado nada.
 No es tan raro, la gente se cansa, cambia de opinión y de lugares ¿Y si el médico le ha prohibido tomar café?
 Vendría a tomar otra cosa. Este bar encierra recuerdos para ella, que no renunciaría a revivir cada día. Es más, siempre me dio la impresión de que a veces fingía leer el libro.
Su esquela, con su foto en color, con algunos años menos, nos sacó de dudas. No se había cansado de frecuentar el café, se había cansado de la vida, de la soledad y de la rutina. Jamás dio pie a que nadie más entrara en su vida, mujer de un sólo hombre, pero nunca fui yo el elegido.
Fui al funeral, ya sólo me quedaba despedirme de Doña Julia y ante su féretro, sobrecogido, hablé con ella, sin que esta vez pudiera desviar la vista “He venido a despedirme de ti, a decirte en tu muerte aquellas cosas que no supe decirte en vida, porque ya nunca volverás al rinconcito donde cada día te veía llegar y ya sin darme cuenta no apartaba de ti la vista. Como un perrito zalamero me acercaba a ti por si recibía una caricia, pero nunca conseguí más que un amable buenas tardes. Sé que amaste a tu marido y que nadie ocupó su sitio, te admiraba por ello, pero me entristecía el saber que nunca sería para ti más que un simple tabernero, de un bar donde tú te refugiabas de un mundo, que al perder a tu marido, no tenía sentido, era tu último refugio… ¿Qué más quieres que te diga? ¿Qué te quise toda mi vida? Ya no tiene importancia, te has ido para siempre y contigo se va el bar Jacinto. Descansa en paz al lado de tu marido.”
Sin pretenderlo se me escaparon unas lágrimas inoportunas ¿Eran por Doña Julia? ¿Era por qué también para mí fue el último refugio? Me daba igual. A partir de su muerte, dejé el bar en manos de mi hijo, sabía lo que quería, pidió un crédito al banco y se propuso remodelarlo de arriba abajo, darle un aire más moderno. Seguro que le iría bien y ganaría más dinero, pero no podía imaginarme a Doña Julia sentada en su rinconcito, con música de chunda- chunda a todo volumen y leyendo su librito casi en penumbra, cambiando su café con leche calentita y una sacarina, por uno de esos tragos largos que en adelante se servirían en Hacinto´s pub. Los tiempos cambian, nosotros no, sólo nos dejamos llevar por la corriente como la rama en el río. Así estoy yo, a la deriva, sin mi último refugio.

Nº 25 Por algo existe el llanto

Ella tenía ganas de llorar. Todos lo notaban porque las lágrimas trataban de emerger de sus ojos, a pesar de que ella trataba de contenerlas… Estaba acompañada de personas que la querían, pero ninguna de ellas estaba interesada en escucharla… El mesero les sirvió el pedido a todos… café… les pasó la cuenta con el número de habitación para que firmaran y se retiró…

Estaba acompañada y como siempre cumplía su rol de buena compañera, callaba para que sus amigos expresaran lo que estaba en su interior… pero esta vez, a diferencia de otras, no escuchaba… no podía escuchar porque la frase “te quiero mucho”, la cual estaban nombrando con demasiada frecuencia esa tarde, retumbaba en sus oídos. Esas palabras tenían un significado especial en ese instante, eran un recuerdo doloroso de un amor no correspondido. Eran como dagas que la penetraban hasta el fondo de su ser, hiriéndola con su punta en el centro del corazón… por eso las lágrimas trataban de escapar, porque su mente no estaba presente, estaba estancada en ese momento, en ese instante, en ese tono de voz que dijo “te quiero mucho” en cambio de un “te amo”…

Todos estaban sumergidos viviendo su propia incertidumbre y escapando de ella con frases vanas, sobre temas de poco interés. Hasta que callaron y la miraron, era inevitable ver sus ojos llorosos… todos la miraron porque sintieron que era un compromiso hacerlo… miraron las personas de las demás mesas y pensaron que era mejor ayudarla a controlarse… pero ella lloró y expresó lo que sentía… Sin embargo, corazones de los demás estaban endurecidos porque estaban viviendo durante ese tiempo momentos de incertidumbre; incertidumbre que genera inestabilidad, angustia, dolor, temor… así que le hablaron con frases provenientes de un corazón endurecido por la incertidumbre, la inestabilidad, la angustia y el temor… y ella tuvo que regañarlos para defenderse, porque las frases vanas que no salen del corazón y se dirigen a un ser humano en su estado más vulnerable son como espadas que lastiman… Ella se puso su coraza, se llenó de molestia y en tono seco dijo: “dejen de juzgar y de hablar babosadas, se nota que no están escuchando lo que digo, no ven que lastiman… dicen palabra tras palabra, juzgando mi actitud, evaluando mis sentimientos y dictaminando la manera en que debo actuar, en que debo sentir… quisiera salir corriendo y estar sola para que no me lastimen…”

- Si quieres te dejamos a solas, si tanto te incomodamos.
- No ven que lo que necesito es llorar. Mi corazón está lastimado, y necesita llorar. Por eso tenemos lágrimas, porque son buenas, son útiles, fueron creadas para desahogar un sentimiento tan fuerte como el que llevo dentro, y quiero poder decir lo que siento sin que me juzguen, sin que me toreen… yo también creo en Dios, y creo que todo va a salir bien… no entiendo por qué Él me permitió vivir este dolor tan intenso, tan solo se que debo vivirlo, porque retenerlo me mata, me genera ira, rabia, ansiedad… y tan solo espero que ustedes como amigos puedan permitirme llorar… porque en ningún otro lado puedo hacerlo… y me permitan dejarme sentir y decir lo que siento, sin juicios estúpidos… ya quisiera yo, que con solo pensar algo sabio, pudiese desaparecer este sentimiento y seguir adelante… ¿Qué no ven que no puedo hacerlo?, ¿qué no ven que no es pensar y dejar de sentir?… el sentimiento sigue ahí a pesar de que mi mente saque otras conclusiones, el dolor sigue ahí a pesar de que concluya que recordarlo no me hace sentir bien… tan solo espero eso de ustedes… Si no pueden comprenderme, por favor respeten mi sentimiento y acompáñenme en silencio y dejen de regañarme porque no actúo como “debería actuar”, yo actúo como mis emociones me permiten actuar… tan solo necesito llorar…

Nº 26 Vos sabés como es Jorge”

Ocurrió el día que enterramos a mi hermano Alberto. Apenas tres o cuatro horas después. Entre nosotros nunca fuimos muy parecidos físicamente, pero cada tanto alguien nos confundía. No ocurría muy seguido, pero solía aparecer alguien que hacía tiempo que no nos veía, y nos confundía. Alberto me llevaba casi seis años. Cuando salimos del cementerio, después de todo, mi madre y mi hermana se fueron a su departamento, a la rutina de siempre, pero ahora con un motivo nuevo para seguir sufriendo. Con algunos amigos de Alberto, y míos, nos metimos en el primer boliche que encontramos, en la calle Corrientes, a tomar unos whiskies y a contar y escuchar historias de la vida del recién enterrado. Nos separamos cerca de las tres de la tarde y cuando quedé solo tomé un taxi para ir hasta el centro. Tenía que retirar un saco que había comprado unos días antes. “No es un trámite para un día de entierro”, pensé mientras le decía al chofer que me dejara en Maipú y Corrientes. Tenía que caminar cuatro cuadras y elegí Lavalle, que todavía era una linda calle de Buenos Aires por la que se podía andar. Iba distraído, pensando en las horas y los días que habíamos pasado juntos en la confitería El Reloj, casi la oficina de Alberto, cuando escuché el grito. -¡Alonso! Tenía una vaga idea de haber visto alguna vez al que venía hacia mi, sonriente y con los brazos abiertos. ¿De donde lo conocería ? ¿Del diario ? ¿De mi pueblo ? ¿De algún viaje con periodistas? ¿De Río Cuarto ? No tuve tiempo de pensar mucho más. Mientras me abrazaba decidí que era más práctico seguirle la corriente, hablar uno o dos minutos, despedirnos y a otra cosa. Por suerte, como ocurre casi siempre, el tipo tenía más ganas de hablar de sus cosas que de preguntar nada, y después de escuchar que le iba bárbaro, que la hija mayor se había casado, que estaba ganando más plata que nunca, que estaba saliendo con una secretaria nueva que era una máquina, y de decirle yo que no podía ir a tomar un café pues me estaban esperando, nos despedimos. Otro abrazo, promesas de llamarnos, y me preparé a seguir. Ahí me largó la pregunta.
- Ché. Y Jorge, ¿cómo anda ?
Entonces me di cuenta. Me había confundido con Alberto, y decirle que yo era Jorge y que a Alberto lo acabábamos de enterrar hubiera sido prolongar la charla y escuchar los lamentos de rigor. Yo no tenía nada de ganas de todo eso y le contesté casi sin pensar.
- Y, como siempre. Vos sabés como es Jorge – le dije, y volví a caminar por Lavalle, hacia el Bajo, pensando que sin querer había dicho las mismas palabras que con seguridad habría dicho Alberto, hasta con su mismo tono, entre crítico y resignado : “Y…,como siempre. Vos sabés como es Jorge”.

Nº 27 BODAS DE ORO
La historia comienza con una discusión inesperada.
El escenario en el que nos encontramos es un precioso asador del centro, coqueto y entrañable, llamado La Chimenea. Los protagonistas son un matrimonio que celebra sus bodas de oro. Los consagrados actores secundarios son naturalmente los hijos, nietos, y hermanos y cuñados de los contrayentes. Y, por último pero no menos importantes, los extras y artistas invitados: maitre, camareros e incluso, en papel estelar, el propio dueño del restaurante.
Se acaba de servir el segundo plato, un lechazo aromático y dorado en fuego de leña, cuando en la cabecera de la mesa estalla un pequeño conflicto. El marido ha protestado, tratando de que fuera con discreción, porque el vino, y el lo había advertido antes, recalca, no es todo lo bueno que era de esperar. La esposa ha suspirado por enésima vez y le ha recordado, extremando aún más si cabe la discreción, que él no ha querido pagar más y que no ha aceptado renunciar tampoco, como había sugerido ella, a ninguna de las entradas.
Ese intercambio de pareceres deriva muy pronto, y sin saber cómo, hacia terrenos más ásperos y comentarios más quisquillosos. Recuerdan con rencor que ya hubo desacuerdos previos sobre la celebración, e incluso sobre si hacerla o no. Y siguen en la misma línea. Ambos parecen empeñados en apuntalar con firmeza la grieta que se va abriendo entre ellos.
La disensión se va convirtiendo en trifulca y la trifulca en batalla campal. Las voces suben de tono y se extienden sobre las cabezas de los invitados, planeando por todo el salón como aves de mal agüero y pasmando a los invitados, que no pueden creer lo que está pasando. Nunca les habíamos visto discutir así, piensan los hijos. Qué mal carácter, piensa la familia de ella respecto a él. Esta mujer siempre tiene que dar la nota, la familia de él respecto a ella. Y así hasta que la mesa entera es un estruendo de conversaciones pretendidamente susurrantes que escapan a otros salones y violentan a camareros y maitre, que no saben ya muy bien que hacer.
El marido se levanta indignado, ya no la aguanta más, y tira la silla al suelo con la fuerza del arrebato. La mujer enrojece y se ahoga ante el desafío. Le arroja el contenido de su copa de vino tinto, que apenas ha probado. Si no le gustaba antes, piensa con malignidad, a ver qué le parece ahora.
Dos o tres comensales también se levantan bruscamente, todos gritan más para aplacar los ánimos, y dos camareros acuden presurosos con una botella de seltz para luchar contra la mancha, o contra la situación, no saben bien.
El maitre acude convocado por los gritos. La hija mayor no soporta tanta vergüenza, se va corriendo del salón. Otro hijo y su mujer tratan de hacerse oír sobre el barullo y acaban gritando descompuestos a todo familiar que se ponga delante. Alguien tira un zapato, la gente hace cosas extrañas cuando se exalta, y los niños más pequeños se tronchan de risa en sus sillas.
En la puerta del salón asoman las caras de varios clientes de otras mesas, intrigados por el clamor de la contienda.
En esto hace su aparición el dueño de La Chimenea, un señor elegante entrado en años que por un momento queda atónito ante la escena. En treinta y dos años de oficio no ha visto nada semejante. Una repentina inspiración, la capacidad de improvisar es algo que se desarrolla en hostelería, le lleva a conectar el proyector que hay en la sala, preparado para mostrar en la pantalla una presentación que han hecho los hijos como homenaje a los anfitriones.
En el salón suena a todo volumen la música, se atemperan las luces y se empiezan a proyectar las imágenes. La paz forzosa, pero paz al fin y al cabo, se instala precaria sobre la batalla.
Por la pantalla desfilan cincuenta años. Cincuenta años de rostros y lugares que todos reconocen. Cincuenta años de eventos, de acuerdos y desacuerdos. De conquistas y derrotas, de desgaste, de olvidos. Cincuenta años que siguen ahí, resumidos en fotos, hablándoles de otros tiempos y del ahora. Rescatando palabras, olores y sabores, devolviéndoles los años que han quedado atrás y dejando patente cuántos son los que aún están, juntos, celebrando ese día.
El dueño del restaurante se ha acercado con sigilo al matrimonio. Ahora nadie dice una palabra. Parece que la paz que se ha alcanzado es duradera.
¿Está todo a gusto de los señores? –pregunta sin ninguna ironía, con la rutina del buen oficio.
Sí, desde luego –responde el marido, con cierto embarazo-.
Me pareció que podía haber algún inconveniente…
Nada importante, una tontería. –Y añade con una repentina sonrisa, abarcando con un gesto todo el salón-: La verdad es que ha sido una celebración estupenda.
Ya lo creo, Manuel –confirma su mujer-, de esto sí que nos vamos a acordar toda la vida.
Y los dos se sonríen cómplices. Una sonrisa que les une más de lo que otras muchas cosas les separan, mientras todos los demás, espectadores, les miran en silencio y apuran sus copas en un silencioso brindis.

Nº 28 El Trovador

Hoy he ido ha almorzar como todos los días. Es el mejor sitio para poder estar uno consigo mismo.
Conozco a todos, todos me conocen.
Nunca pensé que podría estar tan a gusto entre extraños.
Hoy tengo mucho trabajo, pero el café y ese bocata no lo perdono. Dejo el carro en la puerta y quien entra detrás me hace alguna broma” cartera, que la grúa se lleva el carro”, me río y le contesto de forma teatral. Tomo mi café y hablo con el director de un banco de su cena con la cuadrilla. Descubro a la persona que es. Hablamos relajadamente. Leyendo el periódico comento algún articulo con el componente de un grupo de rock que toma café mientras su perro le espera en la puerta junto a mi carro. Dos empresarios entran y dicen que los de la protectora de animales están interrogando al perro. Sigo tomando mi café y entran los municipales saludando a todos desde la puerta y comentando que tal va la caza esta semana. El abuelo que toma su cortado mientras lee otro periódico, solo saluda para no perder la concentración. El canal de caza esta en la pantalla mientras buena música suena de fondo. Es el momento de terminar el bocadillo, no tengo ni idea de caza. Es un bar de hombres, pero me siento bien.
Son veinte minutos todos los días. Veinte minutos llenos de camaradería No se sus nombres, pero si sus motes y cuales son sus trabajos. Somos un grupo de gente diferente unidos por un café. Para alguien que trabaja fuera de su entorno almorzar así es un lujo. Paso ya el tiempo y es hora de que salga a repartir el correo. Durante todo el recorrido pienso en todos ellos y en como se reúnen diferentes personas sin apenas nada en común entorno a un café.
Dentro de poco empezare en otro pueblo, pero se que estos amigos seguirán aquí para otro día que tenga que tomar un café

Nº 29 La Palabra y El miedo
Cuando atravesó el umbral de la puerta que franqueaba el acceso al bar, un silencio denso inundó la estancia. Irguió la cabeza tanto cómo pudo, y arrastrando los pies, avanzó hacia el mostrador del local.
 Buenas tardes, Don Miguel. – saludó el camarero, dibujando en su rostro una leve sonrisa. Me alegro de volver a verlo entre nosotros.
 Buenas tardes Andrés.
Se dio la vuelta, sintiendo sobre él las incómodas miradas de la concurrencia. La mayoría de admiración; otras, las menos, de odio.
 Café, imagino. -continuó el barman.
 Por supuesto. -contestó Don Miguel inspeccionando desafiante a las veinte o treinta personas que habían clavado sus ojos en él- Largo de café. Cómo siempre.
Alzó la voz, asegurándose de que todo el mundo le oyese.
 Soy animal de costumbres, y seguiré viniendo a tomar café a esta taberna mientras las fuerzas me lo permitan. Y ningún criminal me lo va a impedir.
Cuando quince días antes había entrado por la misma puerta, aun no lucía la leve cojera que ahora manifestaba su pierna izquierda, fruto del disparo que le había atravesado el fémur. Confiado en la rutina que llevaba a rajatabla desde hacía ya más de seis años, recorrió los escasos cuatro metros que le separaban de la barra sin reparar en el personaje que, sentado en una mesa a la derecha de la puerta, ocultaba su rostro en la penumbra. Como cada día, saludó amablemente al camarero, que tras un saludo igual de rutinario, le sirvió su café.
Apenas hubo sorbido el primer trago, reparó en la presencia de aquel extraño, justo cuando el tipo se levantaba de su asiento y avanzaba hacia él con paso decidido.
No tuvo tiempo de reaccionar. Sin mediar palabra, el desconocido le descerrajó un tiro en la pierna y echó a correr, perdiéndose por los estrechos caminos primero, y por el monte después.
Estaba claro que la intención no había sido matarlo, sino sumirlo en un estado de terror que a Don Miguel se le antojó mucho más atroz que la muerte misma.
Nadie intentó dar alcance al pistolero, y eso había sido lo que más le había dolido a Don Miguel. La mayoría de sus vecinos le consideraban un auténtico mecenas. Había sido él quien había logrado el local para la biblioteca. Y quien había conseguido un aula para que los chicos más pequeños no tuviesen que desplazarse a la ciudad para estudiar. Y quien había puesto el dinero de su propio bolsillo para instalar una antena de telefonía que diese cobertura al pueblo, otorgando a las madres la posibilidad de hablar con los hijos que se iban a la capital en busca de trabajo.
A la hora de defenderle, nadie se había movido, y aunque como era lógico, también tenía detractores, le hubiera gustado que alguien hubiese ido tras aquel indeseable.
 Permitís que el miedo atenace vuestras vidas, -continuó diciendo- pero decidme entonces. ¿Que vida estáis viviendo? ¿La que queréis , o la que otros os permiten vivir?
El suelo se convirtió entonces en el centro de todas las miradas, mostrando claramente la vergüenza que empezaba a adueñarse de la gente que allí se daba cita.
Fue como un chispazo que despertó la conciencia colectiva. Todos, amigos y enemigos de Don Miguel, se levantaron, fundiéndose en un espontaneo y ruidoso aplauso.
 Lástima -les dijo él con un deje de tristeza en su voz- que ahora ya no sirva de nada.
Obligó a su cojera a atravesar el bar de vuelta hacia la puerta, flanqueado por la gente que continuaba aplaudiéndole.
Salió a la calle sintiéndose apenado ante la evidencia del miedo que flotaba en el pueblo, pero esperanzado, conocedor de que las palabras, si se les concedía el tiempo necesario, podrían sin duda vencer al temor.

Nº 30 LA FELICIDAD
—Me dijeron que usted traería la felicidad, pero tan sólo trae una máscara, no la tiene, no tiene la felicidad y no es su culpa, ya lo sé, no lo juzgo. Su cuerpo está pintado con colores vivos, gotas de diferentes tonos bajan por su cuello, crean un pequeño mar multicolor en los huecos de su clavícula. Pero no es la felicidad.
—Traigo su felicidad conmigo, no en mí, ni sobre mí, ni dentro de mí, sino conmigo. Le dijeron bien, yo traigo la felicidad para usted, que no es la misma felicidad hecha para mí; acepto que se decepcione con estas tintas hechas para ocultar mi imagen, pero estas son mi felicidad, no la suya. La suya la traigo aquí, en el bolsillo, déjeme revisar… si, exactamente, es este espejo.
—Es liviano. Y redondo. Y pequeño.
—Fue hecho para usted.
—Sin marco, desportillado como un diento viejo.
—Fue hecho para usted.
—Tiene un destino triste este espejo. Fue hecho para mí.
—Sí. Tenga cuidado, puede cortarse con el filo. Fue hecho para usted. Con el espejo vienen esta caja de fósforos y esta moneda; la moneda debe entregársela a alguien que sólo usted conoce junto a la felicidad hecha para él, los fósforos no sé para qué son.
—Yo sé para qué son. La pintura que es su felicidad está hecha para consumirse en fuego, para eso son, para encender el fuego.
—No olvides darle la moneda. El que tú conoces sabrá qué hacer con el espejo cuando le entregues la felicidad.

Nº 31 EL DESEO DE PIERRE
Quién sabe por qué optó por ese trabajo, se preguntaba Rodrigo Martín, el tío abuelo de Pierre Martín, un hombre de 82 años con una salud de hierro que todavía seguía viviendo en el pueblo. Siempre fue un chico raro, además de francés, les contaba a sus amigos, habitantes como él del club de los jubilados. Entre partida y partida de mus hablaban de la vida, del tiempo y de los recuerdos. El invierno al menos no daba para más. La media de edad del municipio era de 62 años, habían cerrado el colegio por falta de niños y lo único que hacía que no fueran ya un pueblo fantasma era el tren, que pasaba dos veces al día, y las fiestas patronales de septiembre, cuando la plaza mayor, donde entraban media docena de vehículos mal aparcados, se decoraba con banderines de fiesta y se regalaban bollos preñados a los visitantes.
Allí había aterrizado Pierre, con su mochila a la espalda y su forma de hablar, tan pausada y tan europea, que decían algunos. El Camino de Santiago, pensó su tío abuelo, este chico está de paso. Pero, para su sorpresa, le explicó que había llegado para quedarse una buena temporada. Antes de que Rodrigo palideciera el joven le tranquilizó diciéndole que ya tenía trabajo y lecho. Sí, dijo lecho, y Rodrigo no pensó qué palabra más rara, porque con 82 años uno ya ha vivido y ha oído todo o casi todo y entiende perfectamente las cosas por su contexto.
Así que el chico bajó de pronto la media de edad de aquella localidad, empezó a trabajar en el bar de la estación de tren a cambio de un alquiler muy bajo y se instaló en el piso de arriba de la propia estación sin pedir permiso a ningún organismo estatal pero con el beneplácito – y el silencio – de todo el pueblo.
El primer mes eran pocos los que se atrevían a entrar, al fin y al cabo en el pueblo ya había dos bares, además del club de los jubilados, y la estación pillaba un poco a desmano. Pero a Pierre parecía no importarle. Se dedicó con esmero a limpiar el local y a hacer algún arreglo, una manilla suelta por aquí, fijar la balda de las botellas, cambiar un cristal picado por la humedad, ese tipo de cosas. Para cuando hubo acabado ya eran doce o quince los parroquianos asiduos a la ronda de vinos de la mañana, además de cuatro mujeres que empezaron a reunirse por las tardes para tomar el café y crepes, ya que Pierre, además de misterio, también tenía mano para los fogones.
Rodrigo y sus amigos pasaban por allí al menos una vez cada dos días. Algunos bebían vino y otros trina por prescripción médica, pero todos se preguntaban por qué había elegido ese trabajo, tan alejado de París, del glamour y de la gente de su edad. Y, ante las sonrisas esquivas del chico, concluían que el poder de los ancestros le había llamado o que tendría algún tipo de crisis estresante o depresión o como se llamase, que alguien había leído que era la enfermedad del siglo XXI.
El caso es que todos le fueron cogiendo cariño, por su cara de bueno, por la profundidad de sus ojos y por su nariz cubista. Y porque era un sol, las cosas como son, y dedicaba toda la atención del mundo a cada cliente y tenía todo como los chorros del oro.
Además de los lugareños, apenas entraba gente en el bar. Alguna cuadrilla de jóvenes de otros pueblos que venían haciendo ruido con sus coches trucados llamados por la curiosidad y, una vez, el pica del tren de La Robla, que necesitaba comer algo dulce después de sufrir un bajón de tensión. Pero Pierre se sentía feliz.
Hasta que un día apareció su padre, Luís Martín, y se presentó en casa de su viejo tío Rodrigo. Le preguntó por el chico, que tenía muy preocupada a toda la familia porque había dejado los estudios de arquitectura y se había ido a vivir la vida. Rodrigo adivinó algo extraño en el tono de la voz de su sobrino, así que le dijo, ha vuelto a Francia, ayer mismo partió. Luís Martín esbozó un mohín, luego le escrutó con la mirada y finalmente le dio las gracias y se marchó. Era la primera vez en su vida que Rodrigo mentía de forma directa, porque por omisión para él no contaba, que para eso era de otra generación. Pero un impulso le llevó hasta el bar de la estación a pedir explicaciones a Pierre en un intento algo abstracto de redimirse de su pecado.
Entonces lo supo, Pierre Martín, hijo de Luís Martín y nieto de Adolfo Martín, ambos camareros jubilados del Café de Flore de París, habían hecho todo lo posible, junto con el resto de la familia – la madre y un par de hermanas – para que él no trabajara nunca detrás de una barra. Pero él sabía, por su naturaleza, tal vez por su nariz cubista o por la profundidad de sus ojos, que nunca podría hacer nada en contra de sus propios deseos. Y su deseo no era otro que engancharse un trapo almidonado y blanco a la hebilla de su pantalón y sonreír a los clientes, y poner copas y cafés y escuchar lo que la gente quisiera decirle, por él mismo y también porque era la única competencia real que tenían los psicólogos, a algunos de los cuales había visitado desde su más tierna infancia – desde que empezó a disfrazarse de camarero -, por expreso deseo de sus padres.

Nº 32º El hombre tortuga

Sobre el escenario del Club Paraíso, Soledad, entonaba ‘Cruz de olvido’. Frente al escenario, en una de las mesas, Bashige tomaba una copa de Soberano. Como casi todos los que acudían al local de jazz, este inmigrante ilegal bebía para olvidar. Sin embargo, la canción se lo impedía.

El miedo a tener que regresar a su país, desquebrajándole la poca fuerza que le quedaba para seguir luchando y las pocas ilusiones que aún no se habían perdido en su largo caminar. Bashige trataba de despojarse de todos los sentimientos que había experimentado desde que logró cruzar el Estrecho. Todo el esfuerzo realizado para llegar a Europa fue inútil. Su familia tuvo que ahorrar durante años para conseguir reunir el dinero suficiente para enviarlo a la tierra soñada. Un par de años trabajando en España y sacaría a toda su familia de la miseria.

El deseo de prosperar y llegar a ser alguien, le llevó a abandonar Ouacha. Los llantos y sollozos de sus amigos y familiares, junto con el cantar de los grillos, formaban la banda sonora de aquella cálida y estrellada noche. El camino fue largo y duro, pero, al fin, logró llegar a la frontera de Marruecos, en lo alto de la montaña. Tras noches enteras caminando, nunca de día por miedo a cruzarse con algún policía, llegó a lo alto de la montaña. Desde allí divisó Europa, sin embargo, se encontró con un obstáculo inesperado: una valla triple y electrificada.

Tras buscar durante varios días, logró encontrar a un hombre que le ayudara a cruzar a nado el Estrecho, un porteador que, por 1.500 euros, se viste con traje de neopreno a cuya espalda se sujeta el inmigrante, como una tortuga. A pesar de que el mar estaba en calma, Bashige pasó miedo. Era de noche, no veía nada a su alrededor y el agua estaba muy fría. Las olas golpeaban contra su cara, dificultándole la respiración. Durante horas, tuvo miedo de morir ahogado. Con síntomas de hipotermia y a punto de desfallecer, tuvo que ser atendido por voluntarios de Cruz Roja.

Una vez en España, el sueño se convirtió en pesadilla y el paraíso en seol. Primero hubo que buscar un lugar donde dormir. Encontró un cuchitril que compartía con otros 5 simpapeles. Uno de ellos le ayudó a encontrar empleo, trabajando para las mafias, vendiendo bolsos falsos en la calle. Explotado por sus jefes y en alerta en todo momento por el miedo a ser deportado a Argelia.

Entre el gentío de la ciudad, se siente arrumbado. Camina cabizbajo, recibiendo miradas recelosas. Le invade la incomodidad. No encaja en la sociedad. Sabe que le quieren despojar de la tierra soñada. Anhela su ciudad, pero no puede regresar. No puede fallar a quienes pusieron todas sus ilusiones y sus ahorros en este viaje que haría prosperar a toda una familia.

Sorbo a sorbo, Bashige trata de olvidar todos esos sentimientos. Pero en realidad, la voz de Soledad y la música que emerge del viejo piano de Germán, es lo que realmente mantienen con fuerza al joven inmigrante, otorgándole alas para volar.

33º LOW BATTERY
Me llamo K 535 i , tengo una autonomía de 24 horas y si me pongo, a veces ni duermo. Mi batería es de litio, que dura más, pero últimamente no salgo de la cama así que debo de gastar poco….. de la tecnología punta podría decirse que tengo una memoria excelente…¡Cómo olvidar!. También dispongo de memoria fotográfica ilimitada, aunque a veces pienso que sólo me sirve para tener las pupilas cargadas de imágenes que no
quisiera volver a ver.
Por supuesto, dispongo de una agenda y de una capacidad increíble de organización y planificación. No hay más que ver lo bien que planifico tu vida a la vez que hago la casa, nuestra casa, hago la compra, llevo a los niños al colegio, los nuestros, y en definitiva organizo la vida diaria, la nuestra. Todo dispuesto para cuando tú llegas, que para eso eres el que trabaja, verdad cielo? Anoche, pasé de enchufarme a la red, pasé de cargarme aún sabiendo lo que eso supondría. Elegí rendirme, porque para vivir así mejor desenchufarme. Me sentía inmensamente abatida, vencida, me rendí. Me dejé apagar… Hoy tengo miedo. Me miro en el espejo y analizo cada arañazo de mi carcasa, cada marca irreparable, cada sombra ,cada cicatriz. Siento como la pantalla, la mía, se nubla.
- Me habrá entrado agua- pienso mientras con suavidad recojo las lagrimas.
Hoy tengo miedo de caerme una vez más y romperme definitivamente. Como aquellos viejos erickson a los que se les rompía la tapa y ya no servían, o como cuando caes tan frontalmente que la pantalla lcd se despide bruscamente y hay un silencio enorme, sepulcral, sin adioses ni lagrimas, sin más, porque no hay qué decir ni qué hacer. Porque ya no existes, ni has tenido tiempo de dudar si quieres seguir existiendo… aunque sea así, de este modo. Hoy tengo miedo de caerme y quedarme bloqueada para siempre. Miedo de caerme aún siendo tú quien me tira, quien me empuja y golpea. Quien me humilla y me abolla. Porque soy yo, si; soy yo quien se cae aunque la empujes, soy yo quien decide enchufar cada noche su alegría y su esperanza en vez de salir corriendo de una vez.
Hoy, después de mirarme al espejo me he metido en la cama. Mi cuerpo, mi cerebro, mi alma están fuera de cobertura. Apenas me puedo mover. Cierro los ojos. Te pienso. Seguro que estás en el bar. Evadiéndote- dices cada noche. ¡¡ Qué cómodo!! Yo para evadirme…¡¡Qué te voy a contar.!! Yo también tengo un bar al que bajar, pero apenas me queda espacio…ni tiempo.

Me duele todo el cuerpo. De golpe, me siento todo lo mayor que tú me dices que parezco, me acaricio despacio el vientre y noto como pesa ese kilo de más que ni un solo día has dejado de recordarme. Miro despacio mis manos. mis teclas, mis opciones… Cierro los ojos y te pienso de nuevo; Tan guapo, tan inteligente, tan trabajador… Y un dolor intenso recorre mi alma a la vez que un pitido me arranca de mis pensamientos. Me incorporo. Estoy temblando. Un sudor frío me recorre. ¡¡No puedo más ,me va a estallar la cabeza.!! De nuevo un dolor, si cabe más profundo, me recorre cortándome el aliento y tras de él ese ensordecedor pitido. Me asusto, tengo miedo. Salgo todo lo rápido que el dolor me permite de la cama. Voy a tientas hasta el cuarto de baño y enciendo la luz. Apenas me tengo en pie, no hallo fuerzas… De pronto, alzo mi cara hacia el espejo y lo veo. Es rojo, enorme, aterrador. Un único mensaje: LOW BATTERY. Tengo miedo. Rompo a llorar, me rompo. Intento borrar el mensaje del espejo…no es posible, golpeo. Me inundo en llanto…..no es posible- me digo. No quiero. No quiero apagarme. De nuevo ese maldito pitido en mis oídos, en mi alma. Y es ella, mi alma ,la que grita, la que me grita: No te rindas. No te apagues. Huye. Escapa… A duras penas me sostengo en pie pero encuentro la energía necesaria para moverme y utilizar la escasa batería que me queda en no rendirme, en no apagarme. Estoy débil, muy débil. tocando fondo. Mis movimientos son lentos pero seguros. Sé hacia donde voy. Respiro hondo y decido dejar de llorar. Sé quien soy- me digo mientras me visto con dificultad. Sé quien soy, repito intentando llenarme de esa otra energía en la que yo si creo. Cojo las llaves y cierro la puerta de golpe. Algo se rompe dentro de mí, duele. Duele mucho, tanto que me paraliza. Te pienso y siento como todo se derrumba. Dudo. Retrocedo. Vuelvo mi mirada a esa puerta, a lo que significa. Pienso si no sería mejor bajar al bar, a buscarte e intentar hablar de nuevo….Engañarme. Estoy temblando. Cierro los ojos para no mirar más, sigo paralizada, intento buscarte en mis recuerdos, en mi piel, intento perdonarte, girar la llave de nuevo…Esperarte. De nuevo el pitido hace que me maree, me apago, introduzco el pin y me vuelvo a encender.¡No quiero apagarme! Lentamente comienzo a bajar las escaleras, a separarme de la puerta, de ti. Mis pasos son lentos pero seguros. Sé hacia donde voy. Entro en la tienda de telefonía que hay al lado de mi casa y como en un último suspiro suplico al dependiente que me atienda……………….. LOW BATTERY. Se me cierran los ojos. Han pasado cuatro meses y aún siento mucho dolor. No tengo prisa. Tengo toda una vida por delante. Sonrío. Le pido a Mariano otro café. Me devuelve la sonrisa. Han sido cuatro meses de cafés y lagrimas. En mi bar. Ya tengo tiempo y espacio… Una melodía me arranca de mis pensamientos: “Escapa, que la vida se acaba, los sueños se gastan….los minutos se marchan. Siente la llamada de la libertad…..” Busco en el bolso mi móvil.
- ¿Si?. SÍ, SOY YO…
-Mariano, por favor, tengo que irme.
-Hoy invita la casa.-me responde con un abrazo invisible. Ten un bonito día Elena.
- Gracias. Tú También. Luego nos vemos.
Me llamo Elena y hoy no tengo miedo.

34º ERA ÉL

Después de beber en silencio su quinto daiquiri se levantó y vino hasta mi mesa con pasos lentos. Parecía deprimido, afectado por alguna preocupación. La ropa que cubría el cuerpo robusto era simple y estaba algo despeinado. Me pidió permiso y aló una silla para sentarse. Esbozó una leve sonrisa debajo de la barba blanca amarillenta y me dijo:
- ¿Me invita a un trago? Ya debo mucho en este lugar, aunque claro, me usan como propaganda.
- ¿Cómo es eso, le pregunté intrigado?
- Pues si mi amigo, el dueño sabe que mi presencia atrae al público.
“Debe estar muy ebrio” Pensé, pero me dispuse a escucharlo callado, sin preguntarle nada. Comenzó diciendo que había nacido al final del siglo XIX y casi me suelto una carcajada en su cara, pero me contuve. Tomó la copa entre sus manos y me habló de cuando gravemente herido por la artillería austriaca caminó cuarenta metros con un soldado italiano sobre los hombros para ponerlo a salvo, de la Medalla de Plata al Valor que ganó por la heroicidad; describió a la enfermera que amó en el hospital en Milán y que después lo dejó por un oficial napolitano; se quedó muy serio al invocar las dos guerras mundiales, donde según él, había sido chofer de ambulancia y corresponsal de guerra y creo que vi lágrimas en sus ojos; refirió sus viajes a Francia, Italia, España, Alemania, Normandía; se acordó con tristeza de Bumby, su primer hijo; y lo sentí algo eufórico al hablar de su amor desde pequeño por la pesca y la caza. Contó como también se empleó como sparring para boxeadores y «cazaba» palomas en los Jardines de Luxemburgo, pues los ahorros mermaban y no ganaba lo suficiente para dar de comer a su familia. Después, como en un soliloquio, mencionó El Viejo y el Mar, Por quien Doblan Las Campanas, Fiesta y Adiós a las Armas, entre otros títulos y dijo que el premio no le pertenecía, sino a la hermosa isla que lo había acogido. Por último me preguntó:
- ¿Sabes como me gusta escribir?
- No tengo la menor idea – Respondí incrédulo.
- En pie y vistiendo sólo calzoncillos en la Finca Vigía.
Como por arte de magia su imagen se fue esfumando hasta desaparecer entre el humo de la langosta que el camarero colocó a mi frente. Y aquella mesa a donde debería volver el hombre de la barba estaba sin vasos y supe que hacía años no había sido ocupada por nadie. El dependiente sonrió levemente y me dijo:
- Era aquel el lugar del Maestro. Todos venían al Floridita a ver a Ernest Hemingway beber sus daiquiris.
- ¡Pero él conversó ahora conmigo! – Exclamé atónito.
- Es imposible, mi amigo. Murió hace cincuenta años, aunque su recuerdo persiste en este ambiente.

Nº 35 Gotas de anís

Había vuelto. No sabía muy bien cómo empezar. Habían pasado ocho años. Aquel hotel y la mujer que lo regentaba se habían quedado grabados en su memoria. No hicieron falta demasiadas palabras. Todo estaba igual. Salvo que ahora el comedor tenía diez mesas. Tampoco era el momento para decir lo que sentía. “Dime tan sólo si te gusta” leyó al desplegar la servilleta. Se quedó sin palabras. Miró al camarero y esbozó su mejor sonrisa. Cerró los ojos con el primer bocado. El queso se mezcló el azúcar y el punto de canela dio el campanazo final. La quesadilla herreña le trajo como un vaho de azúcar su sonrisa en aquella pequeña habitación que daba al mar. El primer encuentro y después el olvido. Todavía con las luces del alba y el halo del amor reflejado en el rostro. Porqué no vienes conmigo. Nada te ata a este hotel y a este lugar en el fin del mundo, le dijo sin pensar que un día él sería el que sentiría la necesidad de volver. Ella tan sólo sonrió. No puedo irme de esta isla. Este hotel es mi vida. Lo heredé de mis padres. Nací aquí en el meridiano cero y ahora cuando el mundo cruje ahí fuera aquí me siento a salvo. En aquella ocasión no le entendió. Y a los pocos días, él tuvo que seguir su camino sintiendo los brazos aún más vacíos.
Era uno de los hoteles más diminutos del mundo. Una ventana tan cerca de otra. Una puerta tan cerca del mar. Y una decoración minimalista que hacía que la mirada se centrara en lo fundamental, el trato de su dueña y los materiales cálidos del edificio. Pero sobre todo aquella mujer enigmática cuidando con mimo a sus huéspedes. Provenientes en su mayoría de todas partes del mundo. Ella les preparaba cenas exquisitas con un menú a base de frutos de mar. Se encargaba personalmente de las comidas por pura vocación y de ir a la cofradía a seleccionar los pescados y el marisco. Y eso hacía que el lugar tuviera un toque aún más familiar. El desde el primer día se quedó prendado de aquella.
Una tierra agreste. Una mujer pálida como un sueño. Era un regalo haber encontrado aquel paraíso en un momento en que todo parecía desmoronarse a su alrededor. Se había separado de su mujer. Y afortunadamente su trabajo como técnico de comunicaciones le permitía viajar y eso le mantenía distraído.
Primero se extrañó que la empresa le enviara a un hotel tan pequeño. No era lo habitual. Pero en la isla se celebrara la fiesta de la patrona y estaba todo lleno. Los trabajos de supervisión y reparación de la antena acabaron antes de lo previsto y aquella mañana se sentó frente al ventanal. Cuando escuchó su voz no se giró inmediatamente. Cerró los ojos como era su costumbre para disfrutar una sensación. Y en seguida se encontró con unos ojos igualmente dulces. Te traigo esta quesadilla herreña. Al probarla no pudo evitarlo, por favor dígame de qué está hecha. Aparte de los ingredientes de la receta, no le puedo revelar el secreto. Si se lo dijera no volvería a visitar este lugar. Entonces no me lo diga. La firmeza de la frase le sorprendió a sí mismo. Después de estar en silencio. Ella empezó a reír. Veo que no la prueba, quizás en otro momento. El se había quedado ensimismado. No sabía si hablar o comer. Todavía me queda un día libre, y me encantaría conocer mejor esta isla. Le importaría….Antes de terminar la frase ella le interrumpió. No me importaría. Pasaron un día entero recorriendo rompientes y pequeños valles de lava. Un mar intenso y espumoso les rozó los pies. Tal era el contraste de colores, que no hacía más que respirar hondo. Un gesto que le devolvía a algo primigenio. No hay palabras para definir esta isla. Ella sonreía complacida. Por la tarde después del atardecer en Valverde y una tapa rápida de tollos en salsa, bañados con vino de Lanzarote, volvieron al pequeño hotel. Esa tarde no entraron nuevos huéspedes y los demás habían decidido cenar fuera. Me quedaría a vivir en este lugar, dijo él en medio de un suspiro. Los inviernos son duros dijo ella, veces el viento lo revuelve todo.
Por un instante le pasó el futuro por delante. Viajando por todas partes, añorando siempre un refugio, la posibilidad de una familia. No sé si aquí está mi lugar pero te prometo que volveré. Y volvió. Y ahora que estaba allí sentado, esperando. Cerró los ojos y saboreó el momento. He vuelto. Olía a madera y a mar. Una voz suave se mezcló con el rumor de las olas, “le he añadido unas gotitas de anís”

Nº 36 Tú y yo

No hay sensación comparable a la que provoca suplantar a otra persona. Nada tan delicioso como introducirse de puntillas en una vida ajena y hacerla tuya. Esta forma de vivir con urgencia, porque somos caducos y cada minuto va agotándonos, es una suerte de hormigueo que nace en las yemas de los dedos y termina culebreando en el estómago.
En toda ciudad hay una estación de autobuses o de ferrocarril, y en ellas una cafetería donde esperan los viajeros y se citan los desconocidos que necesitan precisar un lugar significativo para el encuentro. En esos bares siempre hay, también, alguien que busca. Sólo hay que estar atentos.
Era mi última oportunidad, sólo me restaban dos días para cumplir la semana de vacaciones y tener que reincorporarme a la vida laboral y a cubrirme con mi propio pellejo.
Aquella cafetería no era distinta a las demás. La elegí porque es una estación donde ver pasar los trenes como se ve pasar la vida, sin poder hacer gran cosa. Me recordó a los versos de Paul Borum: Pasa un tren /muere un sonido/ Detente grita la vida /nosotros ya estamos lejos.
Eran las cinco de una tarde veraniega cuando inspiré teatralmente y crucé la puerta. Una ojeada fue suficiente. La experiencia me había convertido en una avezada observadora: en los sillones se acomodaban varios solitarios, algunos con cara de cansancio y maletas y otros, de abandono; había, también, unos abuelos que procuraban sosegar la intranquilidad de una nieta a la que gustaba gritar y pisar la tapicería; una pareja que intentaba aplazar la inminente ausencia comiéndose a besos, y el jolgorio de un grupo de estudiantes.
Me retrepé en un taburete de la barra, con las piernas colgando en el vacío (nunca he entendido porque los hacen tan altos), al lado de una mujer que fumaba cada calada como si fuera la última de su vida.
Él no se hizo esperar; todavía no había mediado mi copa cuando apareció. Vestía vaqueros desgastados y camiseta negra con leyenda, una mochila cruzándole el pecho, gafas de pasta, pelo alborotado y un maravilloso aire distraído. Sólo verlo supe que en esta ocasión no me marcharía de vacío.
Se paró en medio del bar, nos echó un vistazo a los parroquianos y, tras pensarlo un momento, se dirigió a una de las solitarias que hacía dibujos con la cucharilla del café y le preguntó algo. Ella le dedicó una sonrisa, pero negó con la cabeza. No iba a darle otra oportunidad. Me levanté decidida y lo encaré:
- Hola, ¿a quién buscas?
- ¿Eres Isabel?- ligeramente sorprendido.
Asentí. Yo era Isabel, y las yemas de mis dedos cobraban vida. No pude evitar ver el destello de decepción en sus ojos entre el “encantado, yo soy Ramón” y los dos besos de rigor en las mejillas. Supongo que esperaba algo mejor que una bajita, con propensión a culona, que mediaba los treinta.
- ¿Y la cámara?- preguntó.
- En el maletero- respondí decidida.
- ¿Ya has decidido lo que quieres visitar para el reportaje?
– Lo que tú prefieras. ¿Nos vamos? – sugerí, pues no podía permitirme dilatar más tiempo la huida, no podía arriesgarme a que llegara Isabel.

Abrí la puerta de la cafetería, educadamente, para dejarla pasar. Ella no era cómo yo había imaginado. Pensé que nunca conocería su nombre, para mí sería siempre Isabel, como las que llegaron antes que ella y las que todavía estaban por venir.
Teníamos una tarde entera por delante, una tarde y una posible noche, en que ella sería una reportera de una revista de viajes y yo su cicerone antes de que llegara el momento de abandonar la piel de Ramón, de coger el coche que acababa de aparcar antes de bajar a la estación a buscar, y de regresar a mi vida.
Había muchas cosas que desconocía, pero lo que era cierto es que en las cafeterías de las estaciones siempre hay alguien que desea con toda su alma ser encontrado.

Nº 37 Un mal trago

Era viernes, y como de costumbre, Alberto acudió al bar-restaurante de Maria Antonia, tras una jornada agotadora. Allí encontró a su amigo y vecino Joxean, apoyado de pie sobre la barra y con la mirada perdida. Joxean estaba arrastrando un vaso vacío con sus manos temblorosas. Parecía consternado. Alberto se sentó a su lado sin saber qué decir. Tras dejar un par de monedas sobre la barra, le hizo una señal a Maria Antonia para que le sirviera dos copas.
Haciendo caso omiso a la invitación de su amigo, Joxean retiró las manos del vaso, recogió su anorak y salió del establecimiento sin dirigirle la palabra a Alberto, que lo alcanzó de camino al barrio donde ambos residían. No hablaron en todo el trayecto y ni tan siquiera se despidieron cuando llegaron al domicilio de Alberto. Allí, su esposa Sara le esperaba despierta.
- ¡Vacía tus bolsillos! –le ordenó sin darle apenas margen de reacción.
- ¿Qué esperas encontrar? –respondió Alberto sorprendido.
Al no recibir respuesta, Alberto decidió atender la petición de Sara, y vació los bolsillos. Se percató de que no llevaba nada encima y se preguntó donde habría dejado su documentación.
- Fundirte el trabajo de una semana en alcohol no es el mejor camino para afrontar nuestra situación –le espetó con tristeza Sara.
- ¿A qué situación te refieres? Me he encontrado a Joxean en el bar, y parecía abatido. Estaba bebiendo y he decidido acompañarle, pero…
Sara parecía no escuchar a un Alberto atónito ante la reacción de su esposa. El ruido de una puerta interrumpió al honrado trabajador del sector vinícola, que retrocedió para cerciorarse de que la puerta estaba cerrada. Cuando volvió a la habitación vio que Sara lloraba desconsolada. Alberto trató de calmar a su mujer, pero al acercarse a ella, Sara salió corriendo de casa.
Aquella noche Alberto apenas durmió. Su mujer regresó a medianoche, y lejos de disculparse, se metió en la cama dándole la espalda. No comprendía qué podía estar pasando por la cabeza de su esposa. Cuando despertó vio que Sara se había marchado y tras esperarle varias horas decidió irse al bar. Allí se reencontró con la escena de la noche anterior. Joxean ocultaba su cara con las dos manos, mientras Maria Antonia se disponía a servirle una copa.
- No me sirvas mas. He quedado para comer y creo que por hoy ya he bebido suficiente –dijo Joxean mientras se levantaba de la silla.
Con claros síntomas de embriaguez, dejó unas cuantas monedas en la barra y se dirigió a la puerta, como si no hubiera visto a nadie. Alberto salió a su paso, pero al ver el rostro descompuesto de Joxean, no fue capaz de articular palabra alguna y le abrió camino. Cuando volvió a su hogar, Alberto se encontró con la mesa preparada con un apetitoso manjar y a su mujer Sara sirviendo dos copas de vino. Se disponía a preguntarle a qué se debía aquel detalle, cuando le asaltó el sonido de los pasos de una persona a su espalda. Sara recogió las dos vasos de vino tinto y se acercó a Joxean, que permanecía de pie al lado de la puerta.
- ¿Me podéis explicar que pasa aquí? –preguntó un estupefacto Alberto.
Lejos de recibir una respuesta, Alberto vio como su esposa acercó sus labios al de Joxean, hasta que se fundieron en un beso. Alberto sintió como se le paralizaba el corazón. Giró la cabeza desorientado y su mirada se estrelló con la botella de vino gran reserva de 1999 que había descorchado su esposa, y que él había guardado para una ocasión muy especial.
- Creo que Alberto no se merecía este final –dijo Joxean-. Se ha pasado la vida catando vinos, y nosotros brindamos por su envenenamiento con su mejor botella.
Alberto no podía crédito a lo que estaba oyendo. Su mejor amigo y la mujer con la que había compartido sus últimos 20 años le habían envenenado. Aquello debía tratarse de una pesadilla.
- ¡Yo no estoy muerto! –exclamó con todas sus fuerzas.
Alberto se despertó exhausto, empapado de sudor, al tiempo que escuchó la voz de su mujer.
- Procura vaciar los bolsillos de los pantalones la próxima vez –le gritó Sara.
Alberto persiguió a su mujer con una atenta mirada hasta que ésta salió de la habitación. En aquel instante sonó la melodía de su teléfono. Se levantó con desgana y miró a la pantalla del móvil. Saludó a Joxean con voz adormilada.
- ¿Todavía en la cama? Te estás perdiendo un hermoso día. He pensado que podríamos quedar para comer con tu mujer y abrir esa botella de gran reserva. ¿Qué te parece?
Alberto apagó el teléfono sin responder a su amigo y después se dirigió al armario acristalado donde guardaba su botella de gran reserva como si de un tesoro de tratara. Se sirvió una copa de aquel vino color rojo rubí con tonos teja. Mientras acercaba su nariz y sus labios al vaso, pensó: “Si me tienen que envenenar, que sea después de disfrutar de este magnífico aroma”. Limpio en nariz, aquel aroma de fruta pasa, ahumado, con un toque de pastelería y ligera punta de acidez le ayudó a superar el mal trago.

Nº 38PARTIDA CALIENTE

Un hexágono o un romboide, ángulos, aristas, cálculos…así era su corazón más o menos. A base de tangentes y bisectrices su “figura” se había transformado en un perfecto “figurín”. Una sola túnica de seda, luego la piel y luego sus oscuras venas. Su sordo palpitar. Un trozo de pastel impecablemente cortado que empieza a secarse por los bordes. Todos sus movimientos son de un respetabilísimo ridículo.

Sus palabras de mermelada golpean en tus oídos convirtiéndolos en bizcocho. Preparan el sándwich que te emparedará entre fino chocolate y nata fresca y ese radical gusto en blanco y negro hará que tu campanilla se contraiga durante días.

Su ritmo de jazz hace que te sientas como un postre en la cámara del pescado, fuera de sitio. Se acerca…su aroma te atrapa y te deslizas por el infinito agujero, estas acojonado. Palpas las paredes, tratas de encontrar una referencia pero eres gelatina y la gelatina se deshace con el calor.
Te estas fundiendo chico, es como si te masturbases tocándote por dentro, introducido en los oscuros túneles y ya estas solo deseando acostarte con ella… cocinar ese manjar.
Pero ella te tiene chico, te esta “estufando” y cuando hayas doblado de volumen te meterá en el horno y tú te inflarás y te convertirás en un buen bollo…entonces ella te podrá rellenar del sabor que prefiera…mmm…

- Los postres de la cinco pasan.
- …
- ¡pasan! he dicho.
- ¡eh…! ¡ah!…jodido, digo oído, oído perdona, si…los postres de la cinco…vale.
- Atontao…

Si supieses en lo que estaba pensando ahora mismo no me llamarías atontao no. Ojala me atreviese a decírtelo en vez de quedarme pasmado mirando como te soplas el flequillo de medio lado mientras revisas tus comandas…buff…que sexy!

Nº 39 AMONA
No soy escritora, ni mucho menos. No recuerdo el tiempo que hace que no llevaba una carpeta entre mis manos. Es negra, discreta, en su interior solamente hay cuatro folios en blanco. Como complemento y algo totalmente inusual, llevo también en mi bolso un bolígrafo bic, color azul y aún sin estrenar. Hoy la cafetería está, como de costumbre, a medio gas. Lo típico a estas horas. Casualmente no voy acompañada por mis dos amigas de tertulia. Hermi tiene gripe y Paqui ha tenido que ir al hospital a visitar a un familiar. Esta tarde, tras la comida me he acordado de aquello que hace ya un par de días me comentó mi nieta, la avispada de mi nieta. Qué lista ella.
-Amoma, me he enterado de que hay un concurso de relatos que trata sobre cafeterías- me soltó- y tú que andas tanto en ellas…
-¿Un concurso de relatos?- pregunté siguiendo su juego.
-Sí, además tu letra es tan bonita que he pensado que podrías presentarte- acertó en resolver.
-¡Huy!, pero si yo hace que no escribo, vamos, una barbaridad…- le dije sorprendida y a la vez halagada por aquella atención inesperada.
-Venga, seguro que a ti se te ocurre algo que contar, ¿me prometes que vas a escribir? Además solamente se trata de una página.
-Bueno, no te prometo nada, ya veremos.
Hoy he comido tranquilamente, como lo hago desde hace años, sola en mi casa desde que murió mi marido. Con el café de la sobremesa, me ha venido a la mente aquella conversación. No he querido ver las noticias más bien porque esos pensamientos, veía yo, iban despertando una motivación hacia aquello que un día me gustó de veras; la escritura.
No tenía intención de salir. Total ninguna de mis compañeras iban a acudir a la cita diaria de tomar el café de la tarde.
Sin embargo, comprendo que las paredes de mi casa se me echan encima. La soledad es compañía obligatoria desde hace ya mucho tiempo. Mucho más del que yo quisiera. No lo he meditado mucho. Cuando ha venido, lo he decidido; ¡Voy a escribir esa dichosa página, lo haré por mi nieta! Como digo, esas paredes de este pequeño piso se han juntado más que de costumbre y, al hacerlo, me han expulsado de casa invitándome a salir. En la cafetería encontraré la inspiración, me he dicho.
En una pequeña mesa adornada con cuatro sillas, tres de ellas vacías, un cenicero sin usar y un servilletero repleto pintado por una publicidad llamativa, me encuentro ahora. Con la carpeta negra, ahora vacía, encima de una de las sillas y sobre ella está mi inseparable bolso. Los cuatro folios aún en blanco sobre la mesa, el bolígrafo sin estrenar…, mi café con leche bien calentito y mi mano derecha sobre esos papeles agarra nerviosa ese bolígrafo que espera ser utilizado, a la vez mi mano espera también ordenes de esta cabeza que curiosamente a su vez anda esperando algún atisbo de inspiración.
Miro a mi alrededor. Mis ojos no la ven por ningún lado. Resulta curioso, pero todo me parece idéntico, todo se encuentra de la misma manera en que vinimos al establecimiento por primera vez. Quizás alguna persona que otra logra entrar, tomarse algo, leer la prensa, mirar sin mucho interés al televisor, pagar lo que se debe y salir de la misma manera que entró. Vuelvo a mirar a mi hoja en blanco, a mi mano inquieta y descubro que me cuesta. No lo creí tan difícil. Apenas llevo unos minutos con esta guisa y me siento fracasada.
Observo el suelo. Baldosas blancas se entremezclan con las negras y entre todas forman un peculiar tablero de ajedrez. Curiosamente, cada pieza tiene cuatro patas. No respetan ningún tipo de regla y si bien la mayoría del tiempo se encuentran inmutables, en ocasiones, otras piezas, esta vez de dos patas las mueven para situarlas sin ningún tipo de patrón. Si bien me consta que todos los días, este tablero, se limpia, para estas horas ya se encuentra lleno de la suciedad de zapatos de todas clases, servilletas usadas, palillos de madera que hicieron su función y alguna colilla que otra que repentinamente va siendo desplazada, inconscientemente, por esa clase de piezas de ajedrez que poseen dos patas y que a veces dejan de pasear, para quedarse como yo; inmóviles y sin nada que ofrecer a este condenado papel en blanco.
Mis ojos van al techo. Un blanco, que en su día fue impoluto, se muestra hoy imitando a cualquier mineral de aspecto terroso y ocre. El ventilador, no cesa en su empeño de girar sus aspas e, inmutable en su labor, revuelve las estelas de un humo que los cigarros sueltan mansamente. Ahora, ante tal evento mi mente acciona el interruptor y lanza un mensaje a la mano inquieta que con el bolígrafo escribe… escribe… y comienza a disfrutar del recuerdo de algo olvidado.

Nº 40 Buenos amigos
Como soy una persona leal y de principios sólidos, me parecía que el asunto que debíamos tratar mi buen amigo y yo, merecía ser atendido con cortesía. Últimamente no se había portado bien. Hacer inventario de veinte años de amistad resulta una tarea ardua, sino imposible, no obstante, haré un breve repaso: Las primeras normas paternas quebrantadas, escapadas nocturnas, los nervios previos a las primeras citas o los primeros trabajos, viajes, ilusiones, alegrías, y aunque me avergüence algo decirlo, algunas mujeres…
En aquella cafetería habíamos pasado juntos muchas tardes, nos gustaba aquel rincón en la penumbra desde el que podíamos atisbar en silencio y con disimulo el paso de la gente. Sí, definitivamente, aquel era el mejor lugar para sopesar la importancia de su traición. En honor a la verdad, debo decir que no todo había sido bueno a lo largo de aquellos años, en los que, naturalmente, también hubo malos momentos y sinsabores. Si mal no recuerdo, nuestra discusión más importante fue la última navidad. Lo recuerdo muy bien, después de tomar la última copa de noche vieja, o la primera de año nuevo, según se mire, el enfado fue de tal calibre que decidí no volver a verle jamás. Afortunadamente, creo, el enfado pasó, y seguimos disfrutando de nuestra amistad sin volver a hablar de aquel asunto, aquella discusión sobre la que ambos pasábamos de puntillas, pero que, a buen seguro, había dejado una sombra imborrable.
El camarero me acercó un café. En la cafetería la gente se mostraba contenta. Era viernes, y se palpaba alegría y ambiente festivo, ajeno al conflicto, si no tragedia que se avecinaba. Y es que a medida que iba pasando el tiempo mi talante se iba ensombreciendo. Mientras esperaba pensé mil cosas: Que no era para tanto, que mejor sería olvidarlo, pero por otro lado también me acordaba de consejos y avisos, algunos de esos que hieren tanto, sobre todo cuando van acompañados de un “ya te lo advertí”, también escuché unos cuantos, “eso se veía venir”, y algún que otro, “cuanto antes mejor”.
Se hacía tarde, los parroquianos habían ido abandonando el local, y el camarero comenzaba a mirarme con cierta premura. Como no me daba por enterado, empezó a barrer con discreción, que es esa manera diplomática que tienen algunos buenos profesionales de darnos a entender que ya va llegando el momento de marcharnos. Empezaba a aburrirme y por distraerme repasé los últimos análisis médicos que me facilitaron por la mañana, nada que no supiera ya, cada día más de todo. Los volví a guardar. En fin, el asunto ya no admitía demora. Saqué un cigarrillo, lo encendí.
El humo me produjo un intenso placer, aquello no iba a ser fácil, otra chupada igualmente placentera, y dibujé unos aros nítidos en el aire. Después deposité el cigarrillo en el cenicero y lo dejé humeando, trazando arabescos de forma caprichosa. Mientras me dirigía a la puerta me atenazaba una terrible sensación de soledad y abandono. No pude evitar echar un último vistazo. Allí quedaba mi buen amigo humeando hasta extinguirse sin remedio. Era su destino, y el de nuestra malsana amistad.

Nª 41 ARDOTEGI (1939)

Las velas añadían un cariz siniestro a nuestros rostros, llenándolos de sombras lúgubres. Desde el fondo de la estancia en penumbra, llegaba una figura oscura que ganaba en matices conforme avanzaba hacia la luz temblequeante que tremolaban los pabilos. Se retorcían las llamitas en chisporrotazos brillantes y llenos de humo. Nadie podía saber cuánto tiempo podríamos permanecer allí. Cuándo habríamos de volver a huir. Era difícil reconocerse después de todo. Acostumbrábamos a definirnos más por nuestra ausencia que por nuestra presencia misma. Se nos identificaba por el vacío que dejáramos al huir más que por nuestro existir físico en el pueblo –siempre brevísimo y muy de cuando en cuando-. Es así, que resulta muy complicado ahora hablar de nosotros. ¿Cómo hablar de algo que se define por su ausencia, por su no estar? Hablar de palabras mudas, de bailes fantasmales, de canciones y de risas invisibles, de sentimientos y vidas inubicables, etéreas. Ese olor de labradores que se respira en nuestra ausencia y que palpita, violento y genésico, en la tierra. Y es que es un aroma de montaña y despedidas repentinas.

Ha llegado un momento ya en el que soy incapaz de recordar una vida diferente a ésta. No recuerdo qué hacía antes de convertirme en una ausencia presencial, en un humo que avanza, blando, hacia el último techo de la tasca de nuestro pueblo. En el último techo, antes de convertirme en humo, digo, volví a besar a Luna. Un besar violento, urgente para que permanezca por más tiempo en nuestros labios. Interrumpo a cada rato la escritura para respirar mi propio hálito, aún invadido dulcemente por el suyo. Este hálito de Luna termina por desaparecer a base de repetir obsesivamente la operación descrita con anterioridad, hasta que se agota y expira en mis pulmones para quedarse. No sé si me acostumbro a esta presencia mía fantasmal, a este amor entre espectros, a esta simbiosis de alientos. Pero lo cierto es que no sé, no puedo amar de otra manera ni ser de otra forma. Sencillamente, estamos marcados y no sabemos vivir de otra manera. Huyendo, volviendo, escapando, vida puro frenesí. A estas alturas de la resistencia (resistencia…), incorporarse a una vida normal en el pueblo equivaldría a entregarse, a dejar de ser… Y es que somos como los sueños auténticos que nunca renuncian. O terminan por cumplirse o mueren junto al soñador, abrazaditos los dos en el intento. Eso y que nuestra vida es puro tránsito, pura resistencia –no puedo imaginar que vivir sea otra cosa…

Ahora desde las montañas me siento incompleto, sé que una parte de mí se quedó en la taberna del pueblo, una parte de mí que sigue danzando ausencias, una parte de mí que sigue besando la fantasmal boca de Luna, un parte de mí que sigue embistiendo contra una pelvis de sombra. Es esa mitad de la tasca la que siempre me dejo allí, que nunca se escapa conmigo, que sigue girando bestial, dibujando la figura feliz de Luna. Ahora, desde las montañas, estoy deseando bajar de nuevo a esa tasca para llenarla de mi cuerpo. Ahora, que me acompañan eternas estas montañas nostálgicas, esta casa entre velas, este olor verde de esperanza, de dignidad y de resistencia. Estos riscos cómplices que absorben mis lamentos por una causa que parece perdida, por una voz cívica que se resiste a ser silenciada. E imagino a Luna en nuestra tasca, en la tasca buscándome en cada nota, en cada cigarrillo a medias. De las dignas montañas a la libertaria tasca. Necesito recoger mi espectro para besar a Luna auténtica. Allí, en nuestra tasca, a pecho descubierto, ciñéndote Luna y disfrutando con el gesto libre de mis compañeros. O el regazo blando de las montañas o la taberna. Ambos úteros gestan mis dos mitades que se niegan a bajar la cabeza, a someterse a una atroz dictadura que desoyó las voces de un pueblo. Mis dos mitades contra el mundo si hace falta para abrazarme a Luna y poderla mirar a los ojos sin reproches, sin excusas, sin mentiras. Y es esa taberna prueba de veracidad porque allí soy, porque allí somos. Y aunque después queden sólo nuestras sombras, nuestros hálitos fugitivos que salieron con prisa, nuestras medios cigarrillos por medio fumar o nuestros medios chatos de vino por medio beber, se respira en la tasca, a pesar de que la contaminen las fuerzas de la represión al irrumpir en nuestro santuario, un penetrante olor de dignidad y una aquiescencia espectral libertaria, por no hablar de los ojazos de Luna que hieren-con-solo-mirar o de su escote, abismo ancestral de lo divino.

Desde el suelo, hiperventilando como una bestia, espero que recibas esta última carta y que la leas en nuestra taberna para conjurar mi presencia fantasmal, para que beses mis labios espectrales dibujados por estas líneas finales escritas para volver a ser esa sombra que gira y gira y que queda atravesada por tus ojazos y que se asoma pícara al balcón de tu escote.

Nº 42 Una tarde de suerte

Esperar… Abanicarse con el plastificado menú del día cuya piel contiene un fichero policial de huellas sudorosas…hambrientas. Restregar con la mirada el cristal en busca de una minifalda jugosa… Hundir los dedos en el vaso rallado para sacar el limón despeluchado que un camarero despistado ha colado en tu refresco de naranja…no me importa. Amo los garitos de todo tipo y siempre perdono a los camareros. Groseros, surrealistas y altamente cualificados, me da igual, me resultan atractivos…Para mí son un colectivo romántico. Sus vidas me las imagino plagadas de ardides para esquivar el suicidio. Me gustan, me identifico con ellos. Tengo, por supuesto preferencias, las bandejas por ejemplo. Me puedo pasar horas mirando a los camareros flirtear con mesas y sillas, contoneándose entre ellas mientras sin prestar atención ninguna a la bandeja la desplazan de aquí para allá llena de consumiciones. El arte que ponen en amontonar los desperdicios para apurar al máximo su capacidad y ahorrar paseos. O, por el contrario, el constreñimiento absoluto de un primerizo, que se agarra a ella con desesperación en un intento de no volcar su contenido. Y, a fuerza de no perder de vista la bandeja, tropieza constantemente con sillas y comensales que le miran con desaprobación. Ah! Que turbadoras expresiones muestran en hora punta y como se relajan sus rostros cuando termina el servicio. No se cansan de hacer síes con la cabeza mientras tratan de escribir en su libretita las voraces peticiones de los clientes. Sus manos tiemblan de continuo: del boli al abridor, del abridor al delantal…a estos siempre les dejo propina. Adoro ver su sonrisa al recibirla. No creo que sea tanto por la cantidad como por el reconocimiento y el breve instante que les regalo para reposar de ese ritmo que siempre se les adelanta. Suelen agradecérmelo con un cestillo de patatas fritas que pruebo por no ofenderles aunque no me gustan. Cuando la asiduidad me lo permite y logro verles evolucionar, gozo como un padre el día en que su hijo se gradúa cum laude. En vez de esconderse tras su chaleco caminan con la cabeza alta. Su repertorio de frases ha crecido y son capaces de poner en su sitio a cualquier cliente molesto, los más avispados hasta hacen chistes. Reciben las propinas con una suave ironía que incomoda a quién suele hacer este tipo de cosas destinadas a un tercero que observa. Me siento orgulloso de ellos.

El camarero se acerca y deposita algo en mi mesa. Su mirada, mezcla de rabia y dignidad, me inspira gran compasión. ¿He de sacarle de su error? ¿Para qué? ¿Qué terrible error ha podido cometer esta criatura que no sea reversible o perdonable? ¿Acaso somos los clientes “profesionales”? me temo que no. ¿He de dar la posibilidad a algún desalmado de desatar su estresada prosa? Tal vez sea un golpe de suerte. La posibilidad de dejar constancia real y legal de mi amor por la hostelería. Veamos… “¿Cómo empezar? Ya sé: Esperar…” El camarero me observa desconfiado desde lejos, debe extrañarle lo mucho que tardo en redactar mi queja ¡pronto! He de darme prisa no sea que alguien se percate de lo que sucede y corrija el error. A mi lado un cliente furioso agita su manga llena de tomate entre aspavientos. Esta tan concentrado en su rabia que no se ha fijado en que ha sido a mí a quién han traído el libro de reclamaciones. Vale, bien, creo que con esto termino… a ver…si: “me siento orgulloso de ellos.” Creo que me ha quedado bien…vale, ya esta:- “! Camarero, por favor!” ya se acerca, lo voy a conseguir. Mira con que decisión se dirige hacia mí… que pena no poder ver su cara cuando lea lo que he escrito

Nº 43 THE CLUB

Lejos de la ajetreada vida que proporciona las mañanas en una gran ciudad, se descalzó

los zapatos mientras masajeaba suavemente y con placer su pie derecho.

Pensó en acudir a ese punto de encuentro de solitarios, divorciadas y canallas…

Un baño reconfortante a la luz de las velas, mientras el olor a Pachulí del incienso,

penetraba en sus cinco sentidos.

Traje de noche, zapatos de tacón, bolso de mano y bisutería barata para la ocasión…

Atravesó la urbe que a eso de la una de la madrugada parecía desconocida, y entre

las luces de neón de la publicidad competitiva y organizada, guió sus pasos al

Midnight Club.

Alfombra roja y seguridad para Lola.

Luz tenue y humo de tabaco animaban el ambiente.

Fauna nocturna, club de desamparados, güisqui y sifón…

Al fondo, un piano amaestrado por esas manos que seducían con su movimiento.

La chica de color, entonaba el mítico Bagdad Café, y uniones efímeras que acabarían

con el cigarrillo de después, empezaban a florecer.

El show iba a comenzar y el ambiente cada vez era más cálido, más acogedor.

Alguien rozó su espalda y sin pensarlo decidió colgarse de la madrugada…

La boca del metro fue testigo de esa madrugada de pasión y crueldad.

Sin quererlo, se vio obligada a encender el cigarro del después, empapada en el

sudor y en las babas malolientes de aquel sucio villano, que con mil palabras,

hizo que esa noche vendiese a precio de costo, su alma al diablo…

44º UN CLAVEL

Como Mario Postigo, aquel barman cerraba a las 5 la barra de aquel viejo café. Como todos los días desde hace 25 años, aquel barman, a quien los años ya le empezaban a pasar factura, llegaba a su casa cansado y saludaba sin mucho afán a su esposa quien le esperaba con el desayuno preparado; un par de tostadas y café.
Aquel barman de aquel viejo café, había perdido hace años la ilusión por su trabajo, por servir los cafés que tan buena fama le dieron al bar, por llenar la barra de birras en días de fútbol mientras el local rebosaba de forofos del equipo de su ciudad…Limitaba a pasar las horas detrás de la barra viendo las horas pasar.
Asiduo del local era un apuesto hombre que rozaba los 40 años. A su paso, un fuerte olor a tabaco y Brumel. Sentado en la misma esquina tomaba siempre su copa y entablaba conversación con el camarero, quien con el paso de los años se había convertido en su confidente y amigo. Hacía meses que le había confiado al resignado camarero que las cosas con su esposa no marchaban del todo bien. Desde el más sepulcral de los silencios, el camarero sentía una profunda empatía con él. Comentaba impasible, cómo había conocido a una mujer por un chat, y cómo habían decidido cual jóvenes quinceañeros reunirse en aquel mismo bar dentro de un par de semanas. Explicaba como aquella mujer conversación tras conversación le había logrado comprender mejor que nadie; ella y sólo ella.
Durante los días siguientes los nervios se apoderaban del cliente, mientras el fiel camarero preparaba manzanillas al nuevo adolescente. En el día señalado la pareja de enamorados llevaría un clavel en la solapa. Así había sido acordad. Nada podía salir mal, ambos estaban destinados: medias naranjas, dos almas gemelas que se terminaban encontrando.
En casa del nervioso cliente la llama se había terminado por apagar, notaba a su mujer cada día más distante, si bien él ya no se preocupaba.
Por fin llegó el señalado día, él llevaba horas en el mismo taburete que siempre mirando fijamente a la puerta mientras removía la copa que hacía tiempo que había dejado de contener líquido alguno.
De repente el tiempo pareció pararse, a pesar del ruido del gentío parecía como si en la sala reinase el mayor de los silencios. Ante los ojos de él se encontraba una hermosa mujer con un clavel en su ajustado vestido. Una cara familiar, una cara conocida, la cara de la mujer con la que había compartido lecho durante los últimos 25 años. Se miraron fijamente, los ojos se les inundaron de lágrimas. Pasaron 5 largos minutos, el pavor les impedía articular palabra. Una vez más la falta de comunicación. Ella salió por la misma puerta que minutos antes le había visto entrar con total ilusión. Él permaneció sobrecogido en aquel rincón de la sala.
Aquel día el camarero había recordado por qué había decidido dedicar su vida a aquel sacrificado trabajo: las historias que en él trascurrían. Había mucho que aprender. Aquel día la persiana del viejo café fue echada mucho más pronto de lo habitual.
Mientras, en casa le esperaba su mujer aquella a la que no iba dejar escapar.

Nº 45 Citas a ciegas.

“Eran ya demasiados desengaños, pero algo dentro de mí, tal vez la soledad, me arrastraba a afrontar un nuevo riesgo; una nueva cita, casi a ciegas, con alguien casi desconocido. ¿Qué podría ocurrir, que nuevamente sintiera pesar sobre mí la sombra del fracaso?
Iría al bar convenido, me sentaría en la mesa del rincón más escondido, pediría la consumición acostumbrada, me fumaría media cajetilla de cigarrillos, sostendría desafiante las miradas compasivas de los camareros y, si no llegase, abandonaría el local, triste, sí, pero con dignidad, aunque sea fingida, y volvería sola a casa una vez más, ya fuese a pie, ya en taxi”.
Eso pensaba la víspera; lo que siguió después ya lo conoces, aunque te enterases tarde. Perdóname si vuelvo una vez más a recordarte cómo pasó:

II

Las luces rojas de las lámparas angustiaban al aire con sus brillos opacos. El humo de los cigarrillos, que se apagaban lentamente en los ceniceros llenos, densificaban la atmósfera hasta hacerla espesa. Despacio, los clientes cruzaban el bar, empujaban la puerta giratoria, se estremecían con el frío de la niebla y se iban.
Yo, sentada, ya al borde de la indolencia, permanecía en aquel sitio del último rincón del reservado. Una mesa en el centro y una silla vacía frente a mí.
Los camareros se afanaban en recoger los restos de los últimos servicios. La señora de la limpieza empezaba a desparramar el primer aserrín húmedo por el suelo.
Al fin, con un rictus entre amargo e indiferente, abandoné el local. Eran las dos de la mañana y seguía sola. La casa fría me esperaba y sentí prisa. Decidí tomar un taxi pero en la parada no contestaron a mi llamada. Traté de erguirme y emprendí la marcha de regreso a pie, a través de calles solitarias, con un tráfico anémico a aquellas horas de la noche.

III

Hoy, que han pasado los años y tengo la cabeza recién teñida; ahora que es necesario hacerlo con frecuencia ya que las canas pugnan tercamente por volver blanco el cabello; ahora, repito, a pesar del tiempo que ha pasado, todo me vuelve a la memoria como en un viaje en el tiempo hacia el pasado. Te miro, retomo los recuerdos y no puedo por menos que sentirme melancólica.
Aquella noche en que me cerraron el bar y con él parecía que se me cerraba la última esperanza, retorna de forma irremediable a mi memoria. Vuelvo a la calle oscurecida por la niebla, compruebo que el bar se ha convertido en un Mac-Donalds, y sigo inevitablemente, como si un imán me atrajera, hasta la puerta de la clínica adonde te envió aquel absurdo accidente de moto y que tanto pudo influir en nuestras vidas. Pienso en cómo nuestras vidas y nuestro futuro pendieron de un hilo más débil que la niebla. Un accidente tonto pudo romper antes de tiempo algo que aún no había nacido.

IV

Y pienso en ello hoy, después de tantos años en que, aclarado el entuerto, devoramos con ansia el regalo que nos hizo la vida.
Ahora, en un minuto, he rebobinado la vida entera. En este minuto que ha pasado desde que he llegado otra vez a la misma clínica que una vez me arrebató la ilusión, y que hoy vuelve a jugarme una mala pasada.
Me han dado los resultados. La biopsia ha sido positiva y ello me anuncia una nueva cita a ciegas. Esta vez, una cita a ciegas con la muerte.

Nº 46 DESPIDO
No recuerdo, en este instante, un momento tan desastroso como el de ahora. Hasta el momento todo iba bien. Si bien es cierto que siempre resulta un verdadero lastre hacer frente a la dichosa hipoteca, el bendito sueldo mensual contribuye, a duras penas, en ir resolviéndola. Como digo, a duras penas. Camino ahora mismo por la calle pensativo, meditabundo, tanto que me es imposible vislumbrar los copos de nieve que, con delicadeza, se posan sobre mi abrigo. Bailando suavemente con su peculiar danza. La calzada está húmeda y no llega a cuajar. Por la calle pocas almas se divisan, y entre ellas, la más miserable, sin duda, es la mía. Mi congoja va en aumento. Resulta que esto se veía venir. Llevamos meses viéndolo, las noticias nos lo dicen todos los días, siempre te quedas con la mosca detrás de la oreja y comprendes que es difícil que te llegue a tocar a ti. Me ha tocado. De veras que toca. Impotencia, incredulidad, duda ante lo que pueda venir. La empresa iba bien, sí que es cierto que el trabajo iba descendiendo paulatinamente, pero de ninguna de las maneras entraba en la cabeza de que iba a suceder lo que me acaba de ocurrir hace apenas veinte minutos:
-La corporación va a ser reestructurada para hacer frente a los embates de la crisis. Sabemos que eres un potente valor en nuestra firma pero, a pesar de ello y sintiéndolo mucho, nos vemos obligados a prescindir de tus servicios.
Todavía, me consta, llevo puesta la cara de imbécil que se me ha quedado. Mi jefe me lo ha dejado claro. Se supone que para él es un duro varapalo (o eso es lo que ha querido dar a entender). Pero mi situación resulta ser la más perjudicada. No, de ninguna de las maneras les voy a comprender. Lo mucho que me he esforzado en todos estos largos años por sacar el tajo adelante, las horas que he metido, esas jornadas interminables y esas noches sin dormir por ser incapaz, imbécil de mí, de dejar el trabajo en donde tiene que quedar cuando acaba la jornada, en la oficina. Sin apenas darme cuenta voy echándome, una y otra vez, a la espalda tales pensamientos que se convierten en una verdadera losa a transportar. ¿Cómo se lo digo a mi mujer?, ¿saldremos adelante con la subvención?, ¿cómo se lo tomarán mis hijos?, los recibos son muchos y por supuesto carentes de piedad…
Veremos cómo se portan con la indemnización. Me duele la cabeza, la presión va en aumento, tengo miedo, indecisión, estoy por ponerme a llorar, a gritar, a golpear de rabia lo que me rodea, no lo sé, la impotencia me tensa y me resulta difícil hasta respirar. Los pensamientos me acechan como si de un enjambre se trataran y los tengo encima, alrededor de esta cabeza cabizbaja.
Siguen cayendo más copos de nieve, continuamente sobre la calzada, las aceras, sobre todo el movimiento de esta ciudad con sus coches, sus pitidos, sus rugidos sordos e incansables de motores, sobre estos edificios monumentales, sobre los bancos, jardines, semáforos, señales, sobre esta humedad que todo lo engloba, sobre los paraguas de los transeúntes, inmersos, como yo en sus pensamientos. Unos pensamientos, sin duda más halagüeños que los que me acompañan. Mi abrigo comienza a mostrar signos de flaqueza y siento un frío en mis derrotados hombros, me percato de la humedad y, sin mucho afán, me acerco a la puerta de la cafetería más próxima. Al entrar, un universo completamente diferente al mío: música alegre, gente en las mesas hablando, tomando sus consumiciones, gente en la barra leyendo la prensa, humo de tabaco en un ambiente cálido y seco…
-Buenos días, ¿le sirvo algo? – me recibe con una sonrisa una camarera joven, guapa y rebosante de energía.
-Café con leche y… ponme un pincho de tortilla.
-Ahora mismo.
-Cóbrate – Deposito cinco euros en la barra.
-Ahí tiene, gracias- Recojo las vueltas mientras la chica se marcha ágilmente para solucionar su peculiar ajetreo.
Al calor del ambiente y al de la música alegre se suma el agradable sabor que me proporciona el sorbo de un café que, curiosamente, reclama ansioso mi atención. Surge en mí una tenue sonrisa que desplaza, por momentos, el colapso mental. Éste desaparece por completo al saborear el primer trozo de mi pincho. Consigo deleitarme con el momento. Todo ha quedado atrás, relegado a otro lugar. Ni me imaginaba el hambre que tenía. Pasan unos minutos más raudos de lo que quisiera pero bien que ha merecido la pena la decisión. Me deleito con la música y me siento a gusto, me siento involucrado con el ambiente, fluyo con el entorno y me quedo satisfecho ante el agradable ámbito del establecimiento. Decidido, busco una servilleta en la que leo el nombre de la cafetería y me la guardo en el bolsillo. Realmente satisfecho, con el estómago lleno y con un calor agradable que me ayudará a soportar el gélido ambiente exterior, salgo no sin antes pronunciar un sincero “Gracias”.
Sigue nevando en la calle. Sigue sin cuajar, no hace viento pero sí un frío despiadado. No doy más que unos pasos y descubro en frente de mí a un indigente sentado en la acera. Resguardado de los inquietos copos de nieve, abrigado, desarrapado. Cabeza y barba enmarañada y sucia. Un recipiente en el suelo. Al acercarme, le miro con recelo. Sus ojos brillan tristes bajo unas cejas bien pobladas. Aparto la vista y siento que su mirar me escudriña. Vuelvo a mirar esos ojos que claman piedad y mientras me paro en frente de él, voy sacando mi cartera. Encuentro las vueltas de mi almuerzo y las cojo. Al instante, descubro otro billete de cinco euros. Sin pensar un segundo más, suelto la calderilla y sacando el billete hago ademán de entregárselo. Descubro entonces una sonrisa no ya solamente en su rostro, sino también en aquellos ojos tristes que logran completarla. Al acercar su mano, no le entrego simplemente el billete, le acompaña, ahora, la servilleta de la cafetería.
-Merece la pena- consigo decir mientras su triste sonrisa acompaña a mis palabras.
-Gracias.
Ahora, andando por la calle, descubro lo afortunado que me siento.

Nº 47 LA CASA SIN PUERTAS
Domingo. Diez de marzo. Diez de la mañana. Cristales sucios. L as sendas de Punta Galea están mojadas. Llovía y el día estaba gris, y la bruma cubría parte de la ensenada. Las torres del Puente Colgante emergían de la bruma que envolvía, cual algodón aterciopelado, todo Portugalete, Getxo, Sestao y parte de la bocana. Posiblemente cuando levantara la bruma dejara de llover, pero no se iría el txirimí, que parece no mojarte, y que al cabo acabas empapado. Hoy no estaba el día para coger la bicicleta y pedalear por las sendas de Punta Galea, o acercarme a Sopelana, o ir a Los Castaños por la estupenda pista ciclista. Periódico, desayuno en Txiqui, y luego me acercaría a Fadura. – Hostia tú, ¿estás buscando piso? – Pues sí Txiqui, hace años que estoy de alquiler y tengo la sensación de estar pagando el piso a otro – ¡Hostia! ¡ pues claro, joder! -. Txiqui nunca se quitaba la txapela. No sé si era nueva o usada, pero siempre la llevaba como si ese día la estrenara, con su gran rabo arriba y ladeada tapándole una oreja. Cuando creía tener algo importante que decir, con la mano derecha la giraba, tapaba la oreja opuesta y soltaba la idea. – Hostia tú, en Neguri vende la ciega, se va con su hijo porque ya no puede vivir sola. Es un primero. Y la zona es cojonuda. Por verlo no pierdes nada. – Llevas razón Txiqui, tengo que empezar por algo. ¿A qué ciega te refieres? – Hostia, pues claro, cojones. ¿Quién es la ciega? ¡quién ha de ser! La que nos trae el cupón, joder, pregunta en Neguri donde vive.- ¡Ah! Ya, la que lleva un perro color canela.- La misma, ¡hostia! – Cloe vivía en un primero. Estaba alto. Al portal se accedía por un tramo de escalera amplio, con un jardincito en el lado izquierdo repleto de pensamientos, geranios, tulipanes y lavandas. Dos madreselvas iniciaban y terminaban los jardincitos de la escalinata. En la parte opuesta, un pasamano servía de apoyo para la subida y bajada de la escalera. La estructura de la casa era como un gran chalet de cuatro pisos. El tejado a dos aguas con inclinación pronunciada y un alero enorme. La fachada de ladrillo visto, terrazas simétricas en ambos lados, y ventanales viejos y nuevos. El de Cloe tenía los ventanales viejos y deteriorados. Los balcones estaban adornados con tiestos con geranios, pensamientos y siemprevivas.- ¿Quién es? – Señora Cloe me han informado que vende el piso, no sé si estoy en lo cierto.- Cloe me franquearía la entrada al piso después de pedirme paciencia para arreglarse. En la calle llovía y el tiempo se había enfriado. Esperando, en el portal, pude ver que las ropas de los vecinos pendían de los tendederos que daban a la entrada, eso no me gustaba. Los tendederos de las casa deben estar ocultos o disimulados con celosías; así, a simple vista, las bragas del segundo eran grandotas y los sostenes enormes, las del tercero eran minúsculas y con ribetes, y los slips y bragas rojas, que estaban en el cuarto, sugerían francachelas nocturnas. Cloe era una señora alta, delgada, con gafas oscuras y un porte magnífico. Junto a ella estaba su perro Frodo. Frodo era un perro de raza golden, pelo color canela cuidado, rabo como un plumero, pelo largo en las patas, fauces perfectamente encajadas y ojos negros bondadosos. Con las orejas caídas me miró y tuve la impresión que me inspeccionó con detenimiento, se sentó sobre sus patas traseras al tiempo que emitía un pequeño ladrido.- Bien Frodo, tú crees que este señor es de confianza y podemos dejarle pasar. – ¡Guau! ¡guau! – La casa, en su interior, no tenía puertas. A la izquierda la cocina, a la derecha el salón, al terminar el pasillo tres habitaciones y el baño. Una habitación daba a una pequeña terraza en el exterior en la parte trasera del edificio. Las ventanas, los marcos de las puertas, los muebles de la cocina y el baño eran los de obra – Este pido necesita tirarse entero – Eso lo sé, pero el precio que le pido está en consonancia con ello, si lo que usted dice estuviera así el precio sería otro. Cloe se dirigió al mueble de donde estaban las tazas y los vasos. Ella tendió las manos para coger lo útiles y Frodo le guiaba, dándole pequeños toques en las pantorrillas con el hocico, en la posición correcta. Cuando el vaso estuvo al alcance de Cloe, Frodo le dio dos veces con el hocico. Los ojos de Cloe eran los de Frodo. Llegamos a un acuerdo..Lo he renovado. Frodo se mueve a sus anchas en la casa sin puertas. ¡Hostia tú!¡de puta madre!¡y sin puertas! ¡es cojonudo! Decía Txiqui el día que lo inauguramos yendo sin parar de una habitación a otra y dando vueltas a la txapela. ¡De puta madre! ¡ hostia qué idea esta de las puertas! ¡cojonudo! ¡Gua! ¡guau!, asentía Frodo. Duermo tranquilo, cualquier ruido – que no es normal en la casa – hace que Frodo se levante, y me dé con el hocico en la cara para despertarme ¿Eh? ¡No pasa nada Frodo! Y volvemos a dormirnos.

Nº 48 NECESITO ESTAR AQUÍ
Cada mañana, desde que tengo uso de razón, lo que ilumina el nuevo día es el tentador aroma de café que se respira en nuestro bar. Hace ya tres generaciones que este noble establecimiento está en nuestra familia, y desde ese primer día en que mi abuelo abrió lo que en aquel entonces llamaban fonda, justo delante de una parada de carros, desde ese primer día, algo hay en nuestra sangre que nos obliga a seguir. Una de las cosas que más me gustaban cuando era niño era ver a papá y al abuelo detrás de la barra, en alegre tertulia con los parroquianos, y llamándolos a cada uno por su nombre. Ya desde primera hora, cuando el olor a café invadía toda la tasca, estaban los dos hombres de buen humor. Gustaba de acercarse por el lugar un noble escritor de entonces, que decía que se inspiraba viendo a mi madre cocinar y a mi abuela pasar la bayeta por las mesas. Yo era un mocoso por entonces, y solía sentarme detrás de la barra a escuchar las conversaciones de los mayores. Recuerdo claramente cuando a Pedro “El sordo” le robaron el cerdo. Hubo en aquella casa un disgusto mayúsculo, pues pretendían que el gorrino fuese el alimento de todo el año. Iba el pobre hombre cada mañana a lamentarse, y mi padre apenas tenía palabras de consuelo, solo se le ocurría decir que al menos tenían salud, y con salud todo se supera. También me acuerdo de cuando Iñaki tuvo un varón, después de haber tenido tres hijas, y trajo farias para todos. A mí no me dejaron fumarlo, pero mi padre lo metió en un bote para cuando “fuera hombre”. Otra de esas ocasiones memorables fue cuando el Atlethic ganó la liga. Ahí fue el no va más. Corrió el vino por la tasca que era gloria verlo, y Don Karlos, que tenía un hermano en Francia, nos invitó a Champagne. Eran tiempos felices aquellos. Mi madre y mi abuela eran conocidas en todo el lugar por lo bien que cocinaban, y yo era un chiquillo feliz con una infancia diferente, pero me sentía muy querido. Nunca faltaba un saludo para mí cuando entraban los clientes, y siempre me hacían regalos en mi cumpleaños. Cuando tenía catorce años el abuelo se fue al cielo, y papá y yo quedamos al frente del negocio. Por aquel entonces las cosas ya eran un poco diferentes y la situación del país había cambiado, pero nuestro bar seguía siendo el centro de reunión del pueblo. Mamá y la abuela seguían siendo excelentes cocineras y por las tardes nuestra tasca se convertía en un lugar diferente, tenía una nueva vida. Hacía tiempo que los lugareños venían pidiéndolo así que habíamos organizado partidas de tute, de mus y de dominó. Por supuesto no se jugaba a todo a la vez, había horarios y teníamos los mejores equipos del lugar. Yo siempre formaba pareja con mi padre, y decía éste que en sus tiempos había sido pareja del abuelo y eran imbatibles. Nosotros nunca llegamos a ese nivel, pero no nos podíamos quejar, y pronto tuvimos el bar adornado con los trofeos que íbamos acumulando. Ahora ya no solo entraban los antiguos clientes, si no que empezaban a venir los hijos de esos hombres que habían compartido media vida con nosotros. Algunos ya trabajaban y venían al acabar la jornada, a otros eran estudiantes que venían cuando podían. El paso del tiempo no solo traía cosas buenas, y algunos de nuestros parroquianos más mayores se fueron quedando por el camino. Yo los echaba de menos a todos, y sobre todo a mi abuelo, pero por otro lado sentía que yo forma parte de aquel pequeño mundo que era nuestro bar. Me encantaba llamar a cada uno por su nombre, preguntarle por su mujer o por sus hijos y felicitarle el día de su santo. Fue allí donde conocí a Carmen y allí donde criamos a nuestros hijos. Con el inexorable paso de los años mi padre también nos dejó, y al poco tiempo mi madre. Mi abuela parecía resistirlo todo, pero un día ya no se levantó de la cama y al poco tiempo fue a reunirse con su familia. Mis hijos han ido creciendo y ellos se ocupan del bar. También saben el nombre de sus clientes y les felicitan por su santo, pero los domingos ya no juegan al mus, ponen una liga donde no gana el Atlethic y que encima cuesta un dineral ponerla en nuestra tele. Cuando alguien tiene un hijo ya no trae puros, pero el aroma a café sigue siendo tentador y la comida tan buena como siempre. Delante de la puerta ya no hay una parada de carros, hay una parada de Lurraldebús, que es un autocar que tenemos aquí. Cada mañana me acerco al mostrador y contemplo a los clientes, miro como desayunan y pienso en lo rápido que ha pasado el tiempo. Hacía tan poco que yo era un comino que escuchaba detrás de la barra y ayudaba a papá y al abuelo. A pesar de lo mucho que los echo de menos no he querido ir con ellos. Hace ya nueve meses que han celebrado mi funeral y yo me resisto a reunirme con aquellos a los que tanto quise. Yo necesito estar aquí, sentir el aroma del café por las mañanas y el sonido de las piezas del dominó por las tardes, y mirar la tele con la esperanza de que el Atlethic vuelva a ganar. Por eso vuelvo cada día y lo contemplo todo desde mi privilegiada posición. Necesito estar aquí. Este es mi hogar.
Nº 49 Alan Person hecho filetes.
Hubo hace tiempo en un pueblo del norte una humilde casa de comidas que había sido levantada piedra a piedra por su dueño. Servía platos caseros de puchero y cuchara, y todos los días sus comensales se reunían en las grandiosas mesas de madera que llenaban la estancia para combatir a golpe de caldero las frías tardes del norte.

Cada mes de abril, esta casa de comidas cerraba cara al público y anunciaba su periódica retirada mediante un cartel de “Cerrado por un mes. Volvemos en Mayo”. Y aunque la puerta se mantenía cerrada y nadie la veía abrirse jamás, las luces no se llegaban a apagar, y se podían ver, siempre tenues, a través de los cristales ahumados. Nunca nadie supo qué ocurría dentro de aquella casa de comidas durante los meses de abril, hasta que un buen día de ese mismo mes, un año cualquiera, cerca de entrar la noche un tal Alan Person vio a través de la lluvia desde su coche sin gasolina aquella luz, sin percatarse si quiera de la existencia del cartel en la puerta. Corrió del coche a la puerta trasera, y con tres ligeros golpecitos de muñeca, y tras no recibir respuesta alguna pero sí escuchar voces del interior, resolvió atravesar con empeño la puerta, que, para su sorpresa, estaba abierta. “¿Hola?”- gritó sin respuesta. “Mi coche se ha averiado y he visto luz”- continuó, pero nadie respondía. Avanzó con paso indeciso a través de la estancia trasera, que era una mezcla entre un comedor y un despacho, y que abría el paso hacia una cocina muy amplia donde todo estaba en calma y a oscuras. A punto estuvo Alan de dar la vuelta e irse, cuando vio algo. Al fondo había una habitación interior con un par de ventanas pequeñas. De ahí provenía la luz que Alan había visto desde la calle y de ahí las voces que oyó desde la puerta de atrás. No se oían ya aquellas voces, pero la luz hizo a Alan avanzar mientras repetía en un tono cada vez más bajo y temeroso: “¿Hola? Perdonen mi intromisión pero necesito ayuda y he visto luz desde mi coche…”. A cada paso que daba estaba un poco más cerca de la puerta. Cuando ya podía estirarse para coger el picaporte, alargó su mano, la acercó despacio pero con decisión y entonces, desde el otro lado, la puerta se abrió.

Nadie de aquel pueblo supo nunca lo que vio Alan Person en ese frío atardecer de abril. Lo que sí pudieron advertir fue que el siguiente mes de mayo la carta de la casa de comidas había sido ampliada con un plato más, cuyo nombre versaba en letras cursivas de la siguiente manera: “A.P. curioso rosbif”.

Y desde ese entonces ni una sola persona volvió a atreverse a interrumpir cualquier cosa que pasara allí entre marzo y mayo, no dejando sin embargo el resto del año de acudir cada mediodía a degustar lo que saliera de sus pucheros, sin que nadie, jamás, dijera chitón. Porque, como todos saben: A gusto de los cocineros, comen los frailes.

Nº 50 Menú Degustación:

Nadie sabe cómo ni por qué se pone de moda un restaurante. Tiene algo que ver, seguro, con la inherente tendencia del ser humano a repetir comportamientos ajenos, a ser rebaño. En cualquier caso, aquél era el restaurante de moda del momento. Bastante parecido al restaurante de moda del año anterior, y éste a su vez parecido al del anterior: minimalistas y oscuros, elegantes y fríos, el mobiliario con cierto tacto de plástico.
Era en ese escenario, a esas alturas lo tenía bastante claro, donde mi marido pensaba dejarme.
Un camarero flaco y silencioso, una estantigua venida a más, apareció para acercarnos hasta nuestra mesa. Tomamos asiento. Hicimos algún comentario baladí sobre el ambiente de eucaristía que se respiraba y pedimos algo de vino. Yo insistí que fuera un buen vino, uno especialmente caro. Esa noche necesitaría beber y no me bastaría cualquier cosa. Trajeron el vino, y como un mero trámite, como un preludio más, ambos acordamos luego pedir el Menú Degustación.
- ¿Más vino? –mi marido, inopinadamente educado, se ofreció a llenarme de nuevo la copa.
Yo accedí. Del silencio incómodo que sucedió a posteriori hasta que nos sirvieron el primero de los platos apenas recuerdo nada. Fue un silencio incómodo más. Uno más de nuestra sucesión interminable de silencios incómodos. Todos igual de vacíos, todos igual de estúpidos. Bebí un poco más de vino.
- ¿Está rico, umh? –opinó mi marido, masticando ya el primero de los platos.
Asentí levemente con la cabeza, pero con poco énfasis. Estaba bueno, sí, pero sin entusiasmos. El sabor era demasiado tenue, el regusto en la boca demasiado fugaz… Esperaba algo más. Supongo que de eso se trata siempre: de esperar algo más. De no conformarse con los sabores livianos, de esperar siempre un bocado que perdure en la boca. Se me humedecieron los ojos. ¿Por qué se relacionaban las personas, acaso alguien lo sabía? ¿Por qué esa sucesión –interminable, horrible, sinsentido- de corazones rotos? ¿Tanta repulsa nos causa la perspectiva de soledad que nos aferramos a clavos ardiendo, a platos desabridos, a comer siempre los mismos guisos sin sal?
Me obligué a tragarme mis lágrimas. El camarero, por su parte, continuó trayendo platos. Pero como si hubiera perdido el olfato, todos me parecían iguales, clónicos hasta la exasperación. Probablemente sería debido a mi estado de ánimo, porque mi marido –sin dejar de masticar- hablaba sin parar, cantando las excelencias de este o este otro sabor, hisopando la mantelería con asperges carmesíes directamente salidos de su boca. ¿Cómo pensaría dejarme?, me pregunté. Nunca había sido un dechado de originalidad, lo más seguro es que llegado el momento, ahuecara la voz y empezara alguna absurda letanía con un: «Tenemos que hablar…». Esa imagen representativa de su simpleza me hizo sonreír. Él me devolvió la sonrisa, pero sus ojos, más sinceros que su boca, asomaron tristes.
Aún trajeron cinco o seis platos más antes del postre. No lo sé, no los conté, no estaba por la labor. Los guisos se sucedían con la misma intrascendencia, con la misma futilidad, que los episodios de nuestra vida. Aquí uno, allí otro, nunca un capítulo especialmente feliz; ni infeliz tampoco, esa es la verdad. Supongo que sólo éramos una pareja más asentada en la rutina, establecida en el cariño, eufemismo para enmascarar la falta de pasión, de intensidad, de aromas. Como la vida misma. Como ese anodino y monótono Menú Degustación que nunca terminaba.
Finalmente trajeron el postre. Mi marido se revolvió nervioso en su silla. Aún no había hecho lo que había venido a hacer y su espíritu pusilánime no encontraba el momento. «Venga, dilo ya», le increpé mentalmente. «Maldito cobarde, aburrido infame… dímelo de una vez».
- Tenemos que hablar… –ahuecó, ¡por fin!, la voz y adoptó un impostado gesto de solemnidad.
Pero para ese momento yo ya no estaba allí, ni siquiera escuché lo que dijo después. Hacía rato que había tornado en un enser más de ese elegante restaurante: sin alma, sin calidez, con cierto tacto de plástico…

Nº 51 Esas alas
Recuerdo esas alas heridas… recuerdo también cómo se reía Marina cuando por fin la
gaviota se decidió a echar a volar; lloraba y se reía, lloraba y decía mírala mírala, lloraba y se
tapaba la cara… Recuerdo lo mucho que nos costó sacarla de la playa, qué picotazos daba la
cabrona, no se dejaba coger… Y Marina cógela, cógela, papá, que tiene un ala rota… Te
acuerdas, tuve que atarle el pico y sujetarla con una toalla, tú decías para qué tanta molestia,
una gaviota, una gaviota que es una rata de mar, y Marina te miraba con los ojos llenos de
lágrimas, está muy mal, mamá, qué mala eres… Costó cogerla sí, terminamos todos rebozados
de arena, y yo con una vaga sensación de estar haciendo algo poco natural… y a la vez querer
que Marina dejara de sufrir por ella… Recuerdo que la subimos entre Alfredo y yo, era grande
como un ganso, no paraba de intentar zafarse de la toalla. Alfredo nos miraba alternativamente
a ti, a mí y al suelo, como sin querer intervenir… Tú hiciste el camino en silencio, con ese gesto
hosco que se te pone y ese labio torcido, como cuando no salen las cosas como a ti te gusta…
Recuerdo que la pusimos en la chimenea, que Marina había limpiado para jugar con
sus muñecas; aquella chimenea que hacía las veces de parrilla en verano, en la terraza con
más sol de toda la costa guipuzcoana. Aquella chimenea, ostentosa y grandilocuente como
casa de nuevo rico, que sirvió de jaula a la gaviota, cuando le colocamos esa red de verja y
aquellos ladrillos que impedían que la empujara… Qué cara puso Dei, la dueña de la casa,
cuando vio aquel desmán, una gaviota, una gaviota que han metido ahí…! Estos veraneantes
originales y absurdos que éramos, con esa niña rubísima que era Marina, con esa
determinación y ese corazón que conmigo casi siempre, contigo menos, conseguía lo que se
proponía…
Recuerdo esas alas y recuerdo lo que me dijiste por la noche, aquella noche. Recuerdo
mucho más, ahora que lo pienso, tu pelo, tu tono de voz y cómo olías a mar y a body milk;
nunca te acostabas sin una buena ración de body milk encima. Yo por el contrario siempre
tenía la piel seca, y ahora me doy cuenta de que eso también te irritaba. Recuerdo cómo
miraste en la dirección de la habitación de Marina. Dijiste que se lo tendríamos que explicar
poco a poco. Que no querías shocks, ni numeritos. Que ella se acostumbraría, que lo
comprendería. Que era mejor así. Mejor separarse ahora que más tarde acabar amargados. Yo
no dije nada. Me fui a ver cómo andaba la gaviota. La saqué de su cautiverio, tomé la gasa y el
betadine y la agarré fuerte para que se dejara curar las alas. Protestaba e intentaba zafarse, y
consiguió darme un buen picotazo en la boca. Terminé de curarla y devolví todo a su sitio. Al
volver a la cama me dijiste que tenía sangre en el labio.
(…)
Sí, por favor, tráigame otro café… ¿Quieres tú otro…? Ah, tienes prisa… Siempre te
había gustado esta cafetería para dejar pasar el tiempo… Claro, comprendo, el tiempo… No,
deja, no hace falta que me devuelvas estas fotos… Sí, no me extraña, cuando yo me mudé
también encontré un montón de cosas que creía perdidas… Déjame solo esta foto de la
gaviota, puede que le haga ilusión a Marina… Se la daré luego, vienen a verme con los niños
esta tarde. Está hecha una madraza ya, Marina… Igual ella también se acuerda de aquella
gaviota y de aquella casa en Zarautz… Igual se sigue alquilando la casa para este verano…
Sería cuestión de preguntar, para ir con niños es perfecta… No, yo me voy a Cádiz, como
siempre. ¿Tú…? Ah, claro… Sí, dale un saludo de mi parte a Alfredo… Deja, yo te invito… otro
día me invitas tú… cuando vuelvas en Navidades… o antes, total Francia está ahí mismo…

Nº 52 La culpa y la primera piedra

Es siempre desconocida la justa verdad de lo que se dice, o sea, la verdad que no engaña a nadie ni rinde gran duda. Acaso al final de esta historia, se pueda entrever algo de lo cierto que se oculta en ella, entre el clamor excesivo de la mentira.
Ocurrió un sábado amable, un sábado de poteo, un sábado cualquiera, en definitiva. En la calle, sobre el frío insolente, había unas nubes inquietas y sin bordes, sin principio ni final. Los amigos, unos pocos que lográbamos desvirtuar el soso plan familiar, salimos a combatir el frío con cerveza, mientras charlábamos del mundo.
Aquel día, sin motivo aparente, se veían grupos de indigentes mendigando por las calles o acosando a los que esperaban en colas de cines y autobuses. En el segundo bar, tres hombres y una mujer, nos sacaron de la clase magistral sobre el poder de los astros. Ruidosos y chillones, fumaban y bebían sin parar, incluso la mujer. En aquel momento, varios de aquellos mendigos se colaron en el interior del establecimiento, hasta que el guarda se percató, y entonces se montó la gresca. Como es habitual entre los clientes, la mayoría se mantenía al margen, como cualquier sábado.
—Ni siquiera se vuelven…, son como buitres—oí chillar a uno de los que estaban a nuestro lado—, eh, eh, que son como nosotros…, de carne y hueso…, y también comen—decía en tono desafiante, altivo, invitándonos a la rebelión, mientras los otros le gesticulaban coralmente.
A ratos, nos miraba con maliciosa ironía, con insolencia. Moví la cabeza en un gesto múltiple, queriendo huir de la provocación con elegancia. Entretanto, el alcohol elevaba el tono, haciéndolo áspero y exigente.
—Que falta de honradez, solo tienen dinero para ellos, para el banco o el coche nuevo—proseguía retador—, que desinterés y poca conciencia…, ladrones, atracadores, y también chorizos…, y cuatreros…, es que no les interesa lo que pasa a su alrededor…, dejen de mirar, no se hagan los locos…, ofrezcan alguna limosna…, eh, eh, que el tiempo de ir al cielo se acaba—ahora torcía la boca y los labios, muequeando soez y burlón. El rictus parecía definitivo.
Como todos los sábados, el barman encargado de aquel trozo de barra, apremiado sin pausa, ni posible tregua, ni tiempo para oír discursos torpes y soñadores, corría de una esquina a otra, pletórico de copas, tazas y demás cacharrería, sin siquiera mirarles.
— Aunque no se si te voy a pagar, dime cuanto te debo—le requirió el del monólogo, como si diera por concluida su actuación.
El de la barra oyó lo justo, contó mentalmente mirando a la penumbra, sonrió enseñando una fila blanca de dientes enormes, se fue hasta la sumadora que estaba en el otro lado, aprisionó con sus gruesos dedos el teclado, y volvió con una tira de papel, sin haber movido siquiera un ápice, la blanca raya que iba de moflete a moflete. El otro, sin apenas mirar la cuenta, le extendió un billete de cincuenta euros, y el barman se alejó de nuevo, entre el griterío embarullado de voces y llamadas desde cualquier flanco.
En tan solo unos pocos segundos, regresó con varias cuentas en su mano, además de vasos, tazas, botellas y hasta una fuente con una atrevida tarta de despedida. En medio de aquel barullo, puso las vueltas en la mano del agitador, alzada entre varias más, que selló firmemente hasta lograr acercarla. Cuando la abrió, los dos, él y yo, que seguía con feliz fanatismo a su lado, miramos con estúpida ironía el billete de cincuenta euros, que de nuevo le llegaba, entre otro más y alguna moneda suelta. Levantó leve la cabeza, torció ambos ojos hacia los lados, hasta encontrarse con una insolente y sustanciosa mirada, la mía, que soslayó sin temblor ni agitación, mientras introducía todo en el bolsillo, y en un golpe de falaz energía, salían juntos y cabizbajos a la noche fría y lluviosa de la plebe.

Nº 53 “Esto es hostelería. Y es lo que toca”

Viernes, son las 11 menos cuarto de la noche y lo que parece otra gris jornada para el negocio. Tan sólo dos mesas de dos y una de tres servidas hasta el momento, y la reserva de las 10 aún sin aparecer. De pronto, oigo pasos de alguien que baja, “clientes” -me digo-, y raudo me asomo a la entrada del comedor para recibirlos. Y…. es Ana, la chica dominicana de la limpieza, que ahora además ayuda en la cocina, cosas de la crisis. “¿Que tal por aquí?” -me dice sonriendo-, “hoy etá flohita la cosa ¿eh?. Si te aburre ven a pelah patata con nosotra”. Huyo como un rayo en cuanto gira la cabeza, no sea que me lie, y me marcho a husmear un rato a la cámara de vino para matar el rato.

De pronto una voz me llama, es Ana, parece que llega otra mesa, y yo en la otra punta perdiendo el tiempo. Como se entere Manuel, mi jefe, me cuelga como a un jamón de la barra. “Hola, buenas noches” -saludo- , “Hola, teníamos reserva a nombre de Joseba Damboriarena para las 10″, “Sí, Joseba Damboriena. A las diezz….”, -siseo yo- “No, es Joseba Damboriarena” –puntualiza él- ” Reservada para 12 ¿verdad?” – le pregunto-, “Éramos 12, pero al final vamos a ser 7″, “Ah. Vale de acuerdo”, y encima fallan cinco -pienso-, tócate los…, “¿Quién es?” -pregunta Manuel, que de pronto aparece- “Es la mesa de Joseba Damborenea, que van a ser 7″ – replico- “Sí, aquí está. Joseba Dambolenea. Por aquí por favor si son tan amables”. Y el hombre con gesto serio le acompaña. Junto a él su mujer, una refinada señora de cuarenta y pico años, de buen vestir pero de gesto adusto y frío. Pasa por mi lado y un sopapo de perfume me sacude. Junto a ellos, dos matrimonios de aspecto más agradable y risueño y… si no me fallan los cálculos, en realidad son seis, no siete, así que una vez sentados los 3 matrimonios me dirijo a la mesa para preguntarles “¿Van a ser seis al final”?, “No, no, que somos siete te he dicho”, responde el señor Damberienea, “Es que está aparcando, y ahora viene”, me tranquiliza con una sonrisa una de las mujeres. En esto que voy a por las cartas y me dispongo a repartirlas, “Oye, es que falta una persona de venir” me dice otra vez don Joseba, “Bueno, pero así le va echando un ojo a la carta y van pensando”, a lo cual me fulmina con una mirada entrecerrada de ojos.

Me doy la vuelta y mis ojos van a parar de bruces a un contundentemente tulgente escote de ultravioleta bronceado del que por unos segundos no puedo apartar la mirada. Consecuencia: tropiezo con un comensal de otra mesa. No habrá mesas vacías… Le pido disculpas y de nuevo recibo una entrecerrada mirada de ojos. “Concéntrate” -me digo-. Acudo con una carta más para la diosa morena de intensos ojos marrones que acaba de sentarse y me fijo en lo rojo que tiene el pecho, “¿rayos?”- pienso- ” más bien parece que se lo ha puesto directamente en las brasas del horno”, y la imagen de la joven agachada poniendo sus encantos al fuego para que se doren, hace ausentar mi mente un momento. “¡Que qué precio tiene este vino!”, me despierta Joseba de un grito, “¿cuál?” -pregunto-, “El que te he dicho, hombre, un Arzuaga, que no estás atento”, “Disculpe. Eh, creo que 25 euros si no me equivoco”, “míramelo anda, vete a mirármelo” -reclama-, y yo desconfiando un poco de mi, acudo a la máquina a comprobarlo: en efecto 25 euros. Y voy rápido a decírselo “Sí, son 25 euros”. No importa, su gesto de desconfianza hacia mí por el ligero titubeo se hace patente. Al final, consigo tomarles nota de todo, no sin antes lanzar una fugaz mirada a ese pronunciado escote que tanto me fascina, como si mirara al cielo estrellado y de pronto me encontrara a Saturno y Júpiter, juntos en el mismo pedazo de cielo.

Los platos se van sucediendo y llega la hora del postre. “¿Qué tiene de postre”? -me espeta uno de los caballeros-, “pues tenemos tarta de queso, flan de huevo, mus de limón, nata con nueces, nata con tru…”, “¿has dicho mus de limón?”, -pregunta una de las señoras-, “Sí” -respondo- , “¿Y el mus es casero?”, “Sí, todo es casero” -vuelvo a responder-, “entonces ponme nata con nueces”. Sigo con los postres y pregunto ahora “¿Van a querer café?”. “Sí, yo uno descafeinado”, “Y, yo con leche”, “Yo cortado de máquina, corto de café. Con sacarina”, me saltan a la vez. “Faltaría más, después del revuelto, el entrecot con patatas y la tarta de queso que se ha metido, señora mía” – pienso-. “Sólo tenemos café sólo de puchero, muy rico” -les comento-. Cara de asombro indignado generalizado. “¿Qué no hay leche? ¿Cómo no tenéis leche?”-dicen-. “Es que nosotros aquí abajo en el comedor trabajamos sólo con café de puchero”, “¿Y puede ser con hielo? ¿O tampoco tenéis hielo?”, – me lanza como un dardo una de ellas”. “Sí, si quiere ahora le traigo un poquito hielo en un vaso” – termino – “No sea que se muerda el veneno de la lengua y se la inflame” –pienso para mí-.

Llega la una y media. Todo está recogido, cámaras llenas y mesas montadas. Sólo queda barrer. Y que marche la mesa de Damborielenea. Paso por la mesa para recoger las copas de vino y de chupito vacías, cuando me exclaman, “Pon otra ronda de chupitos anda”, y yo con voz apenada contesto “Es que ya es muy tarde y estamos a punto de cerrar”, a lo que la diosa de pronto me responde “Aquí cerráis cuando nosotros nos vayamos. Esto es hostelería… y es lo que toca”. En aquel momento Venus tornó en Medusa y una nueva ronda de chupitos caía. Ellos reían, yo miraba el reloj y de nuevo otro viernes, que de fiesta no salía.

Nº 54 CAFÉ CALIENTE

El café está caliente. Es un misterio, una curiosidad, una coincidencia o simplemente mala suerte. Siempre me traen el café demasiado caliente y me tengo que entretener observando a los otros clientes para imaginar su vida y conseguir que alguna sea más solitaria que la mía.
Hoy algo va a ser diferente. No se como lo he hecho pero antes de verla he notado su presencia. Un nuevo habitante en el paisaje del bar. Una joven mendiga. La descubro mientras aborda a la pareja sentada en la mesa junto al ventanal, probablemente estudiantes que hoy han preferido darse los besos lejos del campus. La chica blande un cartón lleno de palabras escritas con una caligrafía ensortijada. Desde mi posición todavía no puedo leerlas. Cuando pueda leerlas tampoco lo haré. La muchacha se acerca ahora hacia la siguiente mesa sin haber logrado captar la atención de la pareja, al menos, sin haber captado ninguna moneda. Me mira e inesperadamente decide avanzar hacia mí, dejando tranquila a la señora, que adivino, ya se había llevado la mano al bolso. De pronto, vuelve sobre sus pasos. Ha debido escuchar la cremallera abriéndose. Recoge la moneda que la mujer, probablemente un ama de casa camino del mercado central, ha preparado para ella. Abre la boca para dar las gracias y los veo por primera vez. Unos dientes muy blancos, brillantes y perfectamente alineados. Una sonrisa perfecta. Todo lo que rodea a esos dientes desaparece. Desaparece la melena larga retorcida en una trenza, desaparece la falda plisada, desaparece la colorida rebeca, desaparecen los calcetines blancos, que de todas formas apenas asoman bajo la falda, desaparecen las zapatillas muy sucias que no concuerdan con la falda ni con la rebeca, pero que sobretodo desentonan con los dientes, que es lo único que sigo viendo.
Ya está a mi altura. Me sonríe enseñándome el cartel. No pienso leerlo pero descubro algunas palabras, “ambre”, “carida”, “madre”, “inbalida”. Subo la vista hacia sus ojos y me encuentro allí una mirada sin brillo que parece no verme y que tampoco concuerda con la sonrisa perfecta. Gesticulo con la cabeza formando una negación que viene a decir, no te voy a dar limosna, va contra mi forma de ser dar limosna, ya pago mis impuestos y por tanto colaboro para que se dispongan las medidas necesarias para atender casos como el tuyo, todos los meses de mi cuenta corriente desaparecen seis euros dejando una anotación que, si no recuerdo mal, es Socio Cruz Roja. De repente realiza un gesto, para contestar al mio, que definitivamente descuadra con todo lo demás, menos con las zapatillas. Un gesto sucio. Por un momento creo haberme confundido y pienso que, al llevarse la mano a la boca, me ha pedido algo de comer. Pero al realizar la maniobra, por segunda vez, me fijo en la mano y observo que está formando un hueco en el que cabría un cilindro. No entiendo las tres guturales palabras que ha pronunciado al terminar de mover la mano. Tampoco leo sus labios. A pesar de eso esta claro que lo que ha dicho es «¿Te la chupo?». Después abre las dos manos, la que ha simulado la felación y la que sujetaba el cartel, que tras un rápido movimiento descansa ahora bajo la axila, y las plantifica frente a mi. Diez dedos. Diez euros. Entre las manos sigo viendo esa sonrisa que ahora ya no parece tan angelical. Por un momento estoy tentado de decir algo. Desconozco qué, desconozco con qué fin. Finalmente dejo de mirar los dedos para que dejen de sumar diez euros. Ella comprende. Desiste y se va, pero antes no evita la tentación de estamparme una sonrisa.
El café sigue caliente. Sigo preso. Del café y de esa sonrisa. Mis ojos buscan a la muchacha que se aleja hacia una mesa donde un hombre, canoso, con una corbata muy llamativa que le ciñe la papada con el afán estéril de ocultar lo evidente, almuerza demasiado pronto o desayuna demasiado tarde unos huevos fritos con chistorra.
La sonrisa vuelve a aparecer en el rostro de la muchacha mientras le da la vuelta al cartón para enseñar un texto diferente al que me ha enseñado a mí. Lo se por la cantidad y el color de las palabras. Antes muchas, ahora pocas. Antes negras, ahora rojas. Desde aquí no puedo leerlo pero me temo lo peor. El dueño de la papada sí lo ha leído. Empuja los restos del desayuno tardío, deja un billete sobre la mesa y se levanta mientras yo me aventuro a imaginar que “ambre, “carida”, “madre”, “inbalida” y todo lo demás ha sido sustituido, en este lado del cartón, por “completo”, “20”, “francés” y “10”. La joven se dispone a salir siguiendo a su cliente pero antes me dirige una última sonrisa que yo sé interpretar. Socorro. De nuevo siento la tentación de decirle algo. Esta vez si se que, «Ven y sonríe una vez más para mi». Tampoco ahora lo hago. Llego a abrir la boca pero ya no hay tiempo. «¡Adiós!» murmuro sin compasión, porque se que nadie me oye o porque solo yo quiero oírme. Demasiado tarde para dientes blancos, el café ya se ha enfriado.

Nº 55 EL BESO
El camarero me acompañó hasta una de las pocas mesas libres que quedaban en el local. No tenía pensado el cenar fuera de casa, pero una pertinaz llovizna que había comenzado a caer a los pocos minutos de haber comenzado mi paseo nocturno me impulsó a entrar en el pequeño y coqueto restaurante al que siempre había pensado en ir pero nunca lo había hecho.
Me dispuse a estudiar la carta al tiempo que di un corto sorbo a la copa de vino que el mismo camarero que me había acompañado a la mesa me acababa de servir. Delicioso, dije para mis adentros. Una risa femenina hizo que me distrajera de mi propósito gastronómico y levantara la mirada de la carta. La mujer, una atractiva pelirroja de unos veinticinco años, compartía mesa con un hombre al que no pude ver el rostro por encontrarse de espaldas a mí. Pero de la cara de ella sí podía disfrutar plenamente. Sonreía, con ese tipo de sonrisa que desarmaba a cualquiera que tuviera delante. Y me desarmó aunque no fuera dirigida a mí y aunque no estuviera precisamente justo delante de ella. Me gustaron sus ojos, grandes, expresivos y de color miel. Sus pómulos, ligeramente prominentes y apenas maquillados. Su nariz, recta, pequeña y con cierta altivez que probablemente escondía grandes dosis de picardía. Pero lo que realmente me enamoró, una vez que su sonrisa me había desarmado, fueron sus labios. Ni grandes ni pequeños, no excesivamente delimitados, ni podían siquiera haber sido definidos como carnosos, pero resultaban, al menos a mí me lo parecía, tremendamente sensuales.
La presencia ante mí del camarero con una libreta en la mano me hizo, con desgana, volver a prestar atención a la carta que había olvidado completamente al observar a la chica de la sonrisa seductora. Logré pedir una cena coherente con mis gustos, mi apetito del momento y la copa de vino que había comenzado a saborear y una vez me hube quedado solo de nuevo, volví a la observación discreta de la mujer que había comenzado a convertirse en el centro de mi vida. Logré observar sus manos, largas, finas, con una gran expresividad en los movimientos y, al menos intuía yo, con una inmensa capacidad de dar, de expresar ternura. Traté de escuchar su voz que imaginé melodiosa, segura y acariciadora a la vez, pero me resultó del todo imposible. El local era pequeño, de las diez mesas que lo llenaban, siete estaban ocupadas. A pesar de ello solo se escuchaban murmullos, ni un ápice de ruido. Pero la voz de ella no me llegaba. A decir verdad no pude discernir entre los murmullos que escuchaba. Por un instante nuestras miradas se cruzaron, pero fue tan corto ese momento que no tuve tiempo de regalarle una sonrisa. De todas formas en su mirada quise descubrir un cierto brillo de interés hacia mi persona. Pero volví a la realidad. Y esa realidad coincidió con el plato que el camarero acababa de poner en mi mesa.
Poco a poco el local se fue vaciando, hasta que al filo de las once y media solo quedaban dos mesas ocupadas. La de la pareja cuya mujer había enamorado mis sentidos y la mía. El camarero había desaparecido tras la puerta que posiblemente comunicaba con la cocina. La pareja estaba en silencio, ella con la mirada baja. Sin apenas darme cuenta se levantaron de sus asientos y abandonaron el local, él delante de ella, cosa que me llamó la atención. Miré la mesa que acababan de abandonar con cierta nostalgia, pensando en que jamás volvería a ver a la mujer que temía se convirtiese en una constante en mis sueños. Su copa destacaba sobre los demás objetos de la mesa. En ella quedaba todavía vino, el suficiente para realizar un brindis, y una ligera marca de rojo de labios manchaba el borde del cristal. En esa mancha pude disfrutar de nuevo de la contemplación de esos labios tan sensuales. Y no pude reprimir la tentación. Me levanté de mi mesa, me acerqué a la de ella y tomé la copa entre mis manos. Todavía en el pie de la misma quedaban restos del calor de sus dedos, de eso largos dedos de pianista que tanto me habían gustado. Acerqué la copa a mis labios haciendo coincidir la mancha para que al beber pudiera saborear también la suave piel de ella. Bebí pensado en ella, brindando por ella, por los dos, y al hacerlo sentí los labios de la chica besando los míos. El beso era suave, cálido, ardiente por momentos. Me quedé atrapado por la sensación y retuve la copa entre mis labios. El ruido de una puerta que se abría me hizo volver de nuevo a la realidad. Dejé avergonzado la copa de la chica sobre la mesa y salí del restaurante sin mirar al camarero.
Caminé sin rumbo no logrando quitar de mi mente los pensamientos sobre ella.
A pocos metros delante de mí descubrí una figura sentada en un banco con la cabeza entre las manos. Parecía una mujer que lloraba. Cuando estuve casi junto a ella el corazón me dio un vuelco. ¡Era la mujer del restaurante ¡. Me senté a su lado y le pregunté si le podía ayudar en algo. No contestó. A los pocos segundos separó las manos de su rostro y me miró. No pude controlarme. Sus labios todavía tenían el sabor del vino.
No volví jamás a verla a pesar de que cada vez que salía a la calle la buscaba con la mirada en cada mujer con la que me cruzaba. Al principio aparecía en todos mis sueños, aunque poco a poco la intensidad fue decreciendo hasta desaparecer de ellos. Ahora queda solo un recuerdo, un bonito recuerdo, el de ese primer beso al beber de su copa manchada de rojo de labios y el de aquel largo beso con sabor a vino que compartimos en el banco. Aunque hay momentos en los que dudo que todo eso haya ocurrido. ¿No habrá sido solo un sueño?

56º AQUELLA ESQUINA

Aquella esquina, esa mesa vieja, sí esa que cojeaba nada más moverla. El café, siempre con poca leche, un periódico y él. Un delantal, manos ásperas, cansancio, suspiros y mi mirada clavada en su figura. Aún, a día de hoy puedo ver su imagen al cerrar mis ojos, recuerdo como expresaba sus pensamientos con la mirada, siempre tan pendiente de aquel periódico. Hubiera dado todo porque en los mínimos segundos que la levantaba, la fijase en mí. No, nunca lo hizo, ni aún cuando me pedía su diario café, con poca leche. Debía de ser un maleducado, sí, lo admito, pero era el desconocido maleducado que ciegamente me había vuelto loca. Nunca me atreví a sentarme en frente suyo y hablarle, quizá fuese por mi poco atractivo, ese que me metía entre cuatro paredes dentro de mi mente, pero dicen que la esperanza es lo último que se pierde y yo no me rendí nunca. Siempre me pareció una pérdida de tiempo ilusionarse por algo que al poco tiempo darías por perdido. Quería luchar, quizá por algo imposible y lejano, pero quería hacerlo, al fin y al cabo, me pasaba ocho horas diarias en la taberna de mi abuelo. No tenía otra cosa mejor que hacer que ahogarle con la mirada y soñar, los sueños nunca faltaron.

Ahora, mientras yo escribo esto, él está sentado a mi lado, confesándome que en aquella taberna, cuando la camarera con aquel delantal y esas manos ásperas no miraba, él la divisaba de reojo. Son ocho años los que llevamos casados, siempre fijando su mirada en el periódico durante dos horas, pero las restantes, clavadas en mí.

Nº 57 Inter – cam – bio – s

Una mano en su muleta. El monedero gastado sonando al ritmo de su temblor, en la otra. Concierto gratuito y monetario. Delante, la camarera que le habla como si fuese idiota o sordo; o quizás ambas cosas.

La riña por un billete de cinco euros que el señor a veces olvida que ella le ha devuelto.

- “Qué sepa usté que se lo estoy dando, eh… que hay testigos… que luego to los días usté me forma la bronca pa luego veníh diciendo que sí, que lo encontró en su bolsillo… que luego me crea usté una “famita…” y los clientes se creen que quiero robarles… ¡vamoh… ea….! ¿S´ha enterao usté…? Pues eso…”

Un hombre abochornado debajo del abrigo. Menguante sin saberlo. Una camarera repleta de sí, que apenas cabe en su delantal. El poder en su apogeo. Como si a él le faltara todo lo que a ella le rebosa.

Y pienso… “Qué mal reparto el de los recuerdos”

Quizás un día ella no tenga constancia de la existencia de billetes ni de bares ni camareros y la vida le parezca algo que pertenece a otros… y crea que quien le chilla al otro lado sólo pretende confundirla y dejarla chiquita y encogida, como un recortable en manos de un niño.

No existe delantal que retenga el paso del tiempo.

Nº 58 EL LATIDO

Hacía semanas que Juan quería llevarme a un restaurante recién abierto y que, según él decía, rezumaba exotismo.
Cuando el jueves me llamó, volvió a repetirme las bondades del exótico lugar.
-El restaurante es para personas selectas, no viene en las guías. Es como un club privado- dijo Juan.
Sin mucho entusiasmo, acepté la invitación para cenar.
Era la noche del viernes cuando él pasó a recogerme vestido con sus mejores galas.
Aparcó el coche en una calle poco transitada del otro extremo de la ciudad y agarrándome del brazo, me guió por unas escaleras que bajaban hacia el sótano de un edificio del siglo XIX que presentaba un aspecto de abandono.
No vi luces de neón con el nombre del restaurante, solo un pequeño cartel que decía: “El Latido”.
-Por lo menos es original- dije.
Cuando mis ojos se adaptaron a la penumbra pude ver que la estancia era pequeña y en ella se hallaban seis mesas redondas preparadas cada una para tres comensales. Todas, excepto una, estaban ocupadas.
Al sentarnos, pregunté a Juan si esperaba a alguien más, ya que había un cubierto adicional.
-Aquí es la norma, dos comensales y tres cubiertos, ya lo irás viendo a lo largo de la velada- contestó Juan.
El camarero nos saludó, mientras descorchaba una botella de vino que puso sobre la mesa.
-En seguida les sirvo la cena- dijo el camarero.
Juan, notando mi extrañeza, me explicó
-Aquí no hay carta, es un único menú. La gente que lo prueba vuelve a repetir encantada. Brindemos por el exotismo- dijo Juan, y bebimos.
Mientras él se servía otra copa, mis ojos fueron recorriendo toda la estancia, las mesas y sus comensales, observando que en todas había dos personas y tres cubiertos.
Fui mirando uno a uno y me pareció ver algo en sus expresiones que me asustó. Comían con un deleite que rozaba lo obsceno.
El hombre de la mesa de al lado sacaba, casi con reverencia, una cinta de color del centro de la carne que comía.
Muy lentamente, levantando la cinta en alto, exclamó, de manera audible para todos: -¡Yo soy el siguiente, que gran honor!-
Algo nerviosa, pregunté a Juan
-¿Que significa todo esto?-
Juan, lacónico, contestó
-Lo entenderás en un momento-
En ese instante, sentí que algo siniestro estaba a punto de ocurrir.
Un escalofrío recorrió todo mi cuerpo y mis sentidos se agudizaron.
Percibí el olor a sangre que se filtraba por cada rincón del comedor y al escuchar, me di cuenta que no era música el sonido suave de fondo. Era un sonido rítmico y monótono: PAM PAM… PAM PAM…, como el latido del corazón.
El camarero, con ceremonia, colocó nuestros platos sobre la mesa.
Miré a Juan y al mirarle no le reconocí. Su rostro parecía desdibujado. Con una sonrisa victoriosa, mientras cortaba la carne, clavó su mirada oscura sobre mí. De su boca salieron ralentizadas las palabras que, como dagas envenenadas se clavaron en mi corazón
-Creo, Carlota, que esta noche el honor es tuyo también.
Conteniendo una arcada de repugnancia, comprendiendo al instante, con suma claridad lo que estaba ocurriendo, pude preguntar de nuevo, intentando controlar el terror que sentía…
-Y dime, Juan ¿Para quién es el tercer cubierto?
Juan contestó
-Veo que eres lista, mejor, más valiosa. Cuando te saquen el corazón palpitante de tu cuerpo lleno de vida y nos alimentemos de él, una parte de ti quedará atrapada en este lugar para siempre. El club, nosotros, como recordatorio de tu magnífica ofrenda, ponemos en la mesa el tercer cubierto.

FIN

Nº 59 Esas alas
Por error del secretario del Premio se designo este relato con dos numeros, computandose lo votos de ambos.
Recuerdo esas alas heridas… recuerdo también cómo se reía Marina cuando por fin la
gaviota se decidió a echar a volar; lloraba y se reía, lloraba y decía mírala mírala, lloraba y se
tapaba la cara… Recuerdo lo mucho que nos costó sacarla de la playa, qué picotazos daba la
cabrona, no se dejaba coger… Y Marina cógela, cógela, papá, que tiene un ala rota… Te
acuerdas, tuve que atarle el pico y sujetarla con una toalla, tú decías para qué tanta molestia,
una gaviota, una gaviota que es una rata de mar, y Marina te miraba con los ojos llenos de
lágrimas, está muy mal, mamá, qué mala eres… Costó cogerla sí, terminamos todos rebozados
de arena, y yo con una vaga sensación de estar haciendo algo poco natural… y a la vez querer
que Marina dejara de sufrir por ella… Recuerdo que la subimos entre Alfredo y yo, era grande
como un ganso, no paraba de intentar zafarse de la toalla. Alfredo nos miraba alternativamente
a ti, a mí y al suelo, como sin querer intervenir… Tú hiciste el camino en silencio, con ese gesto
hosco que se te pone y ese labio torcido, como cuando no salen las cosas como a ti te gusta…
Recuerdo que la pusimos en la chimenea, que Marina había limpiado para jugar con
sus muñecas; aquella chimenea que hacía las veces de parrilla en verano, en la terraza con
más sol de toda la costa guipuzcoana. Aquella chimenea, ostentosa y grandilocuente como
casa de nuevo rico, que sirvió de jaula a la gaviota, cuando le colocamos esa red de verja y
aquellos ladrillos que impedían que la empujara… Qué cara puso Dei, la dueña de la casa,
cuando vio aquel desmán, una gaviota, una gaviota que han metido ahí…! Estos veraneantes
originales y absurdos que éramos, con esa niña rubísima que era Marina, con esa
determinación y ese corazón que conmigo casi siempre, contigo menos, conseguía lo que se
proponía…
Recuerdo esas alas y recuerdo lo que me dijiste por la noche, aquella noche. Recuerdo
mucho más, ahora que lo pienso, tu pelo, tu tono de voz y cómo olías a mar y a body milk;
nunca te acostabas sin una buena ración de body milk encima. Yo por el contrario siempre
tenía la piel seca, y ahora me doy cuenta de que eso también te irritaba. Recuerdo cómo
miraste en la dirección de la habitación de Marina. Dijiste que se lo tendríamos que explicar
poco a poco. Que no querías shocks, ni numeritos. Que ella se acostumbraría, que lo
comprendería. Que era mejor así. Mejor separarse ahora que más tarde acabar amargados. Yo
no dije nada. Me fui a ver cómo andaba la gaviota. La saqué de su cautiverio, tomé la gasa y el
betadine y la agarré fuerte para que se dejara curar las alas. Protestaba e intentaba zafarse, y
consiguió darme un buen picotazo en la boca. Terminé de curarla y devolví todo a su sitio. Al
volver a la cama me dijiste que tenía sangre en el labio.
(…)
Sí, por favor, tráigame otro café… ¿Quieres tú otro…? Ah, tienes prisa… Siempre te
había gustado esta cafetería para dejar pasar el tiempo… Claro, comprendo, el tiempo… No,
deja, no hace falta que me devuelvas estas fotos… Sí, no me extraña, cuando yo me mudé
también encontré un montón de cosas que creía perdidas… Déjame solo esta foto de la
gaviota, puede que le haga ilusión a Marina… Se la daré luego, vienen a verme con los niños
esta tarde. Está hecha una madraza ya, Marina… Igual ella también se acuerda de aquella
gaviota y de aquella casa en Zarautz… Igual se sigue alquilando la casa para este verano…
Sería cuestión de preguntar, para ir con niños es perfecta… No, yo me voy a Cádiz, como
siempre. ¿Tú…? Ah, claro… Sí, dale un saludo de mi parte a Alfredo… Deja, yo te invito… otro
día me invitas tú… cuando vuelvas en Navidades… o antes, total Francia está ahí mismo…

Nº 60 SALDA DAGO

Mi bar, el bar Paco. Era nuestro bar, el de mis padres, mis hermanos y yo. Si, el que estaba subiendo la cuesta del camino de Larraskitu, parada obligada para todo montañero y familia que fuera al monte Pagasarri allá por los años sesenta y setenta.

- ¡Inaaa! – que así llamaba mi padre a mi madre – ¿Por qué no hacemos caldo calentito? ¡Se venderá bien! ¡La gente viene con frío!

- ¡Vamos al bar del caldo! –decían los montañeros-

Allí se inventó el caldo de Pollo-Pollo del bar Paco, que era mi padre. Y creo que no me equivocaría mucho si dijera que en ese momento nació también el “Salda Dago” que hoy vemos en tantos y tantos bares de nuestra ciudad.

- ¡Paco! ¡Ponnos dos caldos! ¡Oye! ¿Te queda txacolí del vuestro?
- ¡Que va, han venido los de Basauri a por él y se han llevado las últimas botellas!

Pues es verdad que mis padres no inventaron el txacolí, aunque su fama bajara y subiera mas de una cuesta en Bilbao y llegara incluso hasta Basauri…¡Madre mia! Para una niña como yo debía estar… ¡seguro que pasando Artxanda! Que eran los montes que veía al otro extremo de Bilbao, desde la ventana de la casa de tia Emilia que estaba al lado de nuestro bar.

- ¡Mira nena! – decía ella – ¡Aquellos montes son Artxanda y aquel otro es el monte Serantes! Y todo esto me contaba mientras veíamos el funicular pequeñito, muy pequeñito.

- ¡Madre! ¡Cuando se pone negro por el Serantes –continuaba diciéndome-, eso es que va a llover mucho! Entonces yo reflexionaba… ¡Pues Basauri todavía estará más allá!

Como mi madre siempre estaba cocinando, yo creía que el txacolí también se cocía. Mi padre recogía la uva de la parra que había a la entrada del bar, los hijos la pisábamos –¡era muy divertido!- y luego se dejaba reposar en un barril que nos proporcionaba el vinatero en nuestra pequeña bodega. ¡Claro! Pasado un tiempo, yo veía por la boca del barril cómo aquel caldo hacía plof-plof como si estuviera hirviendo. ¿Lo estaría cocinando también mi madre como hacía con las otras comidas?

Vitori, preparaba aparte de unas cazuelitas de callos especialidad de la Casa, unas pechugas y muslos de pollo riquísimos. ¡Cuantas veces he oído decir a sus clientes sobre aquellas pechugas: ¿Pero esto qué es carne o pescado? Y ella solía decir ¡Ah! ¡Secreto de la cocinera! Ese secreto se desvelaba para mí en nuestra diminuta cocina.

- ¡Hija, vete quitando las pechugas a estos pollos!

Luego, ella las hacía filetes muy, muy finos para que cundieran más. Esos pollos despechugados iban a la cazuela donde le estaban esperando las verduras para hacerse el caldo y cuando habían dado todo su sabor, apartaba los muslos dorándolos en la sartén y así los muslos estaban muy jugosos por haberse cocido con las verduras y mi madre comentaba: ¡Así es la economía del hogar!

Esa economía era la que hacia que unos padres jóvenes trabajaran mucho en su negocio y tres niños colaboraran en algo que formaba parte de sus vidas. Por eso el bar era mi bar, mi casa, donde ayudé y viví mientras crecía. Por eso sus recuerdos, sus anécdotas están escritas en el libro de mi vida, de donde he sacado esta carta y mil más si lo abriera mas a menudo.

-¡Bueno, bueno, anda, date prisa que vienen tus hijas de clase y todavía no tienes preparada la mesa¡ ¡Corre, dale la vuelta a las patatas que se te van a quemar!. ¿Ya tienes calientes las lentejas?
- Todo a punto…¿verdad ama? como cuando estábamos allí, en tu bar, en mi bar.

2º Concurso de Relatos LaVisita y Larruzz

LaVisitaComnicación

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BASES DEL 2º CONCURSO
RELATOS CORTOS
LaVisita y Larruzz Bilbao

Los Bares, las Cafeterías, los Restaurantes, están llenos de historias.

Los requisitos y bases para participar en el Concurso de relatos cortos on line LaVisita y Larruzz Bilbao son los siguientes:

1. Los relatos participantes pueden tener una extensión máxima de una página en tipografía Arial, tamaño 10 e interlineado sencillo (1), se
deberán enviar en formato Word o PDF y
únicamente vía online a través del website www.lavisita.com Las narraciones sé
Podrán enviar desde el día de la presentación 3 de febrero hasta el 31 de Marzo.
Los relatos quedarán publicados en el website.

2. Habrá una única categoría de participación:
El concurso está abierto a todo el mundo, y en
él podrán participar todos los relatos cortos escritos en euskera o castellano que tengan como temático algún hecho o historia, sea
real o ficticio, con la hostelería como eje o escenario.

3. La entrega y comunicación de los premios se hará el 23 de abril en una cena que tendrá lugar en LaVisita y Larruzz Bilbao
.
El nombre de los ganadores también se publicará en el website www.lavisita.com Todos los usuarios agraciados con alguno de los premios del presente concurso deberán recogerlos en LaVisita y Larruzz Bilbao el día del Libro.
Habrá un premio y dos distinciones:
La suma de los votos recibidos en la website, tendrán una ponderación de un 30% sobre lo decidido por el Jurado.
Premio del Jurado: 1 ganador y 2 distinciones

4. El programa La Visita de TeleBilbao recreara cada uno de los relatos ganadores por el jurado con una video-Creación.

5. Las obras tienen que ser inéditas y no premiadas en otros concursos o certámenes.
Valorando la originalidad, el estilo gramatical, ortografico y extensión del mismo.
6. Por el hecho de la mera participación en el concurso, los participantes
cederán cualquier derecho de explotación que les pueda corresponder sobre su obra a LaVisita y Larruzz Bilbao.

7. LaVisita y Larruzz Bilbao se reserva el derecho de publicará alguna obra, y podrá retirarla del website www.lavisita.com y del concurso si considera que puede ser ofensiva, que atenta contra las normas sociales de convivencia, usos y costumbres, que no responden a criterios de buen nivel estético, que pueda afectar la sensibilidad o el buen gusto del colectivo ciudadano, o la imagen de cualquier persona entidad o institución. La participación en el concurso supondrá la aceptación de estas condiciones y la no publicación de alguna obra, no dará derecho a ningún tipo de indemnización o compensación.

8. Para la participación y para tener derecho a la entrega del premio es condición imprescindible que el participante:
- Cumplimente correctamente los datos que aparecen en el website TITULO del RELATO, MOVIL , MAIL, nunca el nombre real.
A estos efectos, el error en los datos facilitados por el ganador a LaVisita y Larruzz Bilbao
que haga imposible su identificación, exime a LaVisita y Larruzz Bilbao
de cualquier responsabilidad y el participante queda excluido de la participación en el concurso.

9. Generales
El regalo de este concurso no es canjeable por dinero ni por otros artículos.
Premio del Jurado:
- Premio ganador: Un ordenador portátil
Lote de libros.
Diploma Acreditativo
Lote Botellas Vino
Cena Para dos Personas restaurante
Larruzz Bilbao
- Premio distinciones especiales:
Lote de libros.
Diploma Acreditativo
Lote Botellas Vino
Cena Para dos Personas restaurante
Larruzz Bilbao
Premio Publico:
Cena Para dos Personas restaurante Larruzz Bilbao
- Premio distinciones especiales:
Lote de libros.
Diploma Acreditativo
Lote Botellas Vino
Cena Para dos Personas restaurante Larruzz Bilbao
10. El hecho de tomar parte en este concurso implica la aceptación de las Bases anteriormente descritas.

11. Los datos de los participantes y del ganador se tratarán conforme a las disposiciones de la Ley Orgánica de Protección de Datos de carácter personal (L.O. 15/1999, de 13 de diciembre)

12. De conformidad con la LO 15/1999, los datos personales que voluntariamente y con el consentimiento del interesado se facilitan formarán parte del fichero Promociones creado con fines publicitarios y promociónales y podrán ser utilizados a estos efectos para cualquiera de las marcas de LaVisita y Larruzz Bilbao o de sus sociedades filiales. Si no desea estar incluido en él, o desea consultar, modificar o cancelar sus datos, contacte con LaVisita y Larruzz Bilbao – paseo Uribitarte 14, 48001 BILBAO; o envíe un
email a lavisita@lavisita.com